Cuento. Por Ximena María López Zieher

En un cajero

"Javo, sin discutirle a Ariel que se había puesto en el rol protagónico, el macho alfa, el líder de la manada, les dio la plata a los oficinistas".
Publicado el 04/07/2011 en Varios
Por Primicias Rurales



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Hoy era viernes y Ariel quería ir al boliche. Eso significaba que debía hacer una parada táctica para conseguir dinero. Fue con Javier hasta el banco y se metieron atrás de un hombre alto que había abierto la puerta. Ariel y su amigo se miraron, estaban de acuerdo: ese sujeto sería la víctima, porque la señora mayor de adelante tenía pinta de no tener donde caerse muerta y le hacía recordar a su difunta abuela. Lo que pasaba era que ellos trabajaban juntos repartiendo empanadas, por lo que sus diminutos sueldos no les alcanzaban para llevar la vida que querían, así que de vez en cuando pasaban por un cajero a buscar esa plata que necesitaban en bolsillos ajenos.

Rocío tenía que estar a las 8 en el Café Tortoni para cenar con su amiga Inés que hace tanto que no veía. A la salida del trabajo había decidido pasar a sacar plata, porque el lugarcito este al que la llevaba Inés era muy lindo y tradicional, pero no muy económico. Llegó a la puerta del banco, pasó la tarjera por la ranura correspondiente y cuando escuchó el vip, empujó. Había cuatro personas en la cola para sacar plata. La que estaba efectuando la operación en ese momento era una mujer mayor que llevaba unas arrugas muy profundas donde tenía insertos unos diminutos ojos ciegos, lo que Rochi supo apenas vio los anteojos culo de botella de la señora. Se tardó como 15 minutos para sacar la plata. Un fajo de billetes, le escupió la máquina. Para su sorpresa, la mujer se estaba yendo sin agarrar el dinero. El hombre que le seguía en la cola le advirtió, pero la anciana pareció no escucharle; el otro hombre, más jovencito, intentó agarrar a la mujer del brazo, pero ésta se escapó asustada; finalmente, le tocó el turno a Rocío, que se le paró en frente con cara amable para explicarle, pero la señora, con una fuerza bruta que no se condecía con su físico ni con su edad, la empujó hacia un costado y se fue del banco cerrando de un golpazo la puerta.

Anonadados, los cuatro que quedaron dentro del cajero se miraban sin saber qué hacer. Personalmente, a Rochi le venía bien un pequeño ingreso extra, aunque no fuera más que para pagar la cena de esa noche.

Ariel había tropezado a causa de su compañero que lo empujó hacia adelante para que agarrara la plata que se olvidaba la señora, y se tuvo que agarrar de la abuela para no caerse en lo que pareció una maniobra para advertirle a la misma de su olvido. No era la intención, y ella pareció haberlo notado, porque se libró de él y se escapó como si se tratara de un delincuente. Se dijo a sí mismo que era una vieja prejuiciosa, ahora sí podía llevarse su dinero sin problemas de conciencia. No era buena como su abu… Se dio vuelta y cruzó miradas con Javo y ambos estuvieron de acuerdo. Pasó por delante del hombre alto y tomó el dinero.

  • No saben lo bien que me viene este dinero… y a ustedes, también. Ahora les explico. Estoy tan de buen humor que les voy a explicar: acá con mi amigo no nos alcanza el sueldo para vivir, el por su familia y yo por mis putas, así que de vez en cuando nos pasamos por el cajero. Teníamos intenciones de robarle ya sea a usted señor o a la señorita bien arreglada, pero dado que la anciana dejó el dinero, ya no hace falta. Deberían agradecerle a la anciana. – dijo con aires de superioridad y le dio el dinero a Javo que se puso a contar los billetes de cien con su dedo ensalivado.

Rocío se quedó paralizada del horror. Quieta. Una estatua. Cuando escuchó que habían venido a robar a alguien y que podía ser al hombre de adelante o a ella, sintió un escalofrío que le subió de los pies a la cabeza. Menos mal que la vieja se había olvidado la plata; realmente habían tenido suerte ella y el otro. Era casi una bendición, aunque ella no se beneficiara de ese dinero, que no le robaran, algo es algo. Se dijo a sí misma que no tenía que demostrar temor. En unos segundos estos sátrapas se marcharían y estaría a salvo.

A continuación, los delincuentes se dirigieron con cara de satisfacción hacia la salida. Ariel empujó la puerta, pero ésta no se abría. Intentó con más fuerza sin obtener el resultado esperado tampoco. ¡Qué miércoles! Javo lo miró sobrador y le dio un hombrazo a la puerta, pero solo logró lastimarse.

La joven miraba consternada cómo los delincuentes intentaban salir con el dinero, pero que, por alguna razón, no podían abrir la puerta. Para colmo, uno de los idiotas la había golpeado fuerte y ahora sonaba una estridente alarma. Empezaron a correr en círculos como pájaros enjaulados.

Con tanto dinero en su bolsillo y sin forma de salir, Javo se sentía como el relleno de las empanadas que repartían en la moto todos los días, atrapado entre la masa… Se reía sólo ante su condición, mientras que Ariel lo miraba con los ojos muy abiertos y las manos en la cabeza.

Éste corría de un lado al otro del cajero. Estaba furioso. Esto no podía estar pasando. Peor imposible… ¿o sí? Peor iba a ser cuando llegara la policía y los encontrara con la plata de la vieja. De seguro que la pendeja los iba a delatar. Y el tonto de Javo que se reía como si no pasara nada.

La pobre chica se empezó a poner nerviosa, incómoda, mientras los malvivientes hablaban en secreto en un rincón. Sólo esperaba que la policía llegara rápido así atrapaban a estos dos y la dejaban salir del cajero para visitar a su amiga. Por lo menos, ahora tenía algo interesante que contarle a Inés que siempre se las arreglaba para viajar a lugares exóticos y tener aventuras, pero de seguro que nunca había quedado atrapada con dos ladrones en un cajero automático.

  • ¿De qué te reís, boludo? No vés que esto es serio. Va a caer la cana y nos van a agarrar in fraganti.

  • ¿Y qué saben ellos? Bien podemos haber sacado esta plata de mi supuesta cuenta. – alegó Javier.

  • Hay dos personas más acá y de seguro que con gusto les aclararían las dudas a los policías. Son botones, se les nota en la cara ¡Nos van a denunciar!

Rocío miró al hombre “no delincuente” y se le acercó. Su aliado. Le pudo sacar el nombre nomás. Se llamaba Hernán. No estaba interesado en hablar. Tendría unos 50 años y estaba de traje. Se notaba que trabajaba por la zona y que estaba asustado. Se le notaba en la mirada. Se quedó cerca de él, aunque no hacía frío ni se sentía atraída por él. Pero le transmitía una sensación de seguridad o algo así. Algo que ella necesitaba en ese momento, porque sospechaba que los criminales estaban armados y que, ante la desesperación, iban a empezar a disparar a cualquier lado.

Ariel dejó de razonar con su amigo que no entendía la gravedad de la situación. Entonces se le ocurrió una idea brillante, mejor aún que la de las camaritas. Ya los habían agarrado una vez por culpa de esos aparatitos, así que ahora habían descubierto que de 7.15 a 7.30, que es cuando menos gente hay en el cajero por alguna extraña razón, los guardias se iban al puestito de empanadas donde ellos trabajaban y se tomaban una cerveza y media docena de carne, total, nunca pasaba nada. Eso significaba que quedaban 5 minutos para tomar la decisión de hacerlos cómplices a los dos civiles o tomarlos por rehenes. Mejor los hacía cómplices y de última después la tomaba de rehén a la chica, que tenía menos fuerza. Pensó que hubiera sido bueno tener un arma en ese momento.

Vamos a hacer así. Les damos 100 dólares a cada uno de ustedes dos y se quedan calladitos la boca. ¿Entendido? No le dicen nada a la cana y salimos todos ganando, sino son boleta. Además si nos delatan, nosotros los delatamos a ustedes que también tienen parte del botín.

Javo no entendía por qué Ariel se creía siempre tan superior y tomaba las decisiones sin consultarle. Era una buena idea, no muy original. Algo así había visto en una película, pero en la ficción habían armas de verdad y un tesoro de unos cuantos millones. Acá en cambio se estaba armando un drama con un cuchillo que tenía en el bolsillo y unos míseros mil dólares de los cuales le iban a dar el 10% a cada uno de los boludos esos.

Al agarrar el billete que le daba el callado de los dos ladrones ella se sintió parte de una telenovela y se alegró... Mientras que le pagaran y no le pegaran, no habría problema. No parecían malos pibes. Además, no le habían querido robar a la vieja. Ya estaba todo resuelto para Rocío: tenía dinero de sobra para esa noche y hasta podría comprar la cartera esa que tanto le gustaba, esa que tenía Carla y que decía que era “tan exclusiva”. Sólo esperaba que no sacaran una pistola...

Javo, sin discutirle a Ariel que se había puesto en el rol protagónico, el macho alfa, el líder de la manada, les dio la plata a los oficinistas. De seguro que no la necesitaban, que cobraban miles de pesos por tipiar numeritos y tomar café y sentirse “estresados”. Ellos no sabían lo que era romperse el lomo laburando arriba de la moto soportando el tráfico que había en la calle para juntar dos pesos que no alcanzaban para mantener la familia. Él tenía dos hijos que alimentar y su mujer se pasaba todo el día en una fábrica. Los pobres nenes se quedaban solos después de la escuela y Juancito, que tenía apenas 6 años, se tenía que hacer cargo de su hermano más chico.

¡Qué importante se sentiría con esa cartera! Iba a caer en la oficina con ella y la iba a tirar sobre el escritorio como si fuera basura para ver como el resto halagaba y envidiaba su suerte, mientras ella, tranquila, haría de cuenta que no le importaba lo que le decían, que era una cartera más. Se le escapó un esbozo de sonrisa al contemplar el verde.

¡Qué lo disfruten! Con esa plata mis hijos comen y van a la escuela por un mes.

Ariel le dio un codazo a Javier que le levantó una ceja como insultándolo por hacerle dar la plata a estos cabrones, pero era mejor estar libre con algo de dinero que estar pobre en la cárcel. Eso era ciertamente lo peor que les podía pasar. Ariel por suerte no tenía familia. Amaba la noche y las mujeres, todas ellas, flacas, gordas, rubias, morochas, mientras tengan el sexo bien definido. Javier debería estar más preocupado por la cárcel: tenía una familia que cuidar, no se podía arriesgar así. ¡Qué tanto hacer ojitos! Que les diera la plata de una vez, y a esperar pacientes que todo saliera bien y que no los delataran. Encima los polis los conocían, sabían dónde trabajaban y todo.

Rocío se sintió un poco avergonzada de su vanidad con lo que le dijo el ladrón, pero qué le iba a hacer... Era su dinero y para ella la cartera esa era una prioridad. Además, ¿quién era este tipo para darle una lección de ética? ¡Un ladrón, por amor de Dios! Para ganarse la plata había que laburar. Ella pasaba ocho horas al día encerrada, esclavizada, con cuentas y cuentas frente a la computadora que le deterioraba la vista, mientras el asiento le cortaba la circulación de las piernas. Seguramente ellos no trabajaban como ella, porque robar era mucho más fácil. Buscó comprensión en los ojos de Hernán, que le devolvió la mirada y, que luego de un pestañeo, la bajó al piso y movió la cabeza de derecha a izquierda y viceversa como diciendo que no. Interpretó que él estaba totalmente indignado, igual que ella.

Javo se dio vuelta y lo miró a su supuesto amigo. No había nada de amistoso en ese gesto. Era en momentos como estos en que no entendía cómo lo toleraba. El pendejo ese sólo quería ir al boliche y gastarse la plata en alcohol y minas... Bien podría arreglárselas con el sueldo de repartidor, si no fuera al cabaret tan seguido. No tenía necesidad de robar. Siempre organizaba con tanto entusiasmo cada robo que parecía que lo hacía con gusto, que lo disfrutaba. Javo, no. Ojalá las cosas fueran más fáciles. Ésto de delinquir y arriesgar la vida no le gustaba en absoluto, pero no le quedaba otra opción, porque su sueldo no alcanzaba y otro laburo no se podía conseguir, dado que apenas si tenía el título secundario.

Ariel dejó de pensar en Javo. No había caso. Era un buen tipo, pero corto de inteligencia. Arielito estaba demasiado preocupado de que los delataran. Tenía ese maldito presentimiento de que les iba a ir mal, de que el tipo iba a hablar o la secretaria esa. Para distraerse se concentró en el trasero de ella. Bastante lindo, interesante. Podría casarse con una mujer así, con una “ejecutiva”. Si ella se ponía los anteojitos de carey estaba dispuesto de decirle “jefa”…

Rochi miraba por la ventana. Se quería ir. Justo en ese momento vio que dos hombres uniformados llegaban corriendo. Suspiró de alivio. El más alto sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. El que le hacía de segundo desenfundó un arma y entró en seguida. Les pidió a todos que se separaran y mantuvieran las manos en alto. Se sentía tan contenta. Al fin... Pero Hernán, no levantó las manos. ¿Estaba loco este hombre? ¿Por qué no hacía caso a la autoridad? Ella lo miró sin mover más que la cabeza tratando de manipularlo con la mente para que se quedara quieto y con las manos en el aire.

El corazón de Ariel se batía a mil revoluciones por minuto, no podía disimular su culpabilidad. Eso que esta vez no había robado, digamos… Sólo había tomado lo que la vieja se él había olvidado. ¿Qué culpa tenía él? Culpa de la edad o el Alzheimer, en todo caso. Tenía que convencerse de que era inocente. No iba a ir a prisión. Esperaba que no lo delataran. Por favor.

Cuando vio a la policía a Javier se le paró el corazón. Estaba muerto, pensó, él tenía la plata y Ariel de seguro que se iba a limpiar las manos. No era un buen católico ese Ariel, era un Poncio Pilatos. Javo lo último que quería era estar lejos de sus hijos. Se alejó de la puerta cuando el cana entró con el arma y puso una mano sobre el cuchillo que tenía en el bolsillo de la campera. No era muy filoso, pero serviría para hacerle daño al policía y huir. Sólo deseaba que todo esto terminara pronto y estar en casa con Peco y Juancito. Luego, vio que el tipo alto y callado no levantaba los brazos y que, con tranquilidad y confianza, se dirigía a la autoridad. Entonces pensó que se trataba de otro cana más y soltó el mango del cuchillo. Ya no había caso, eran demasiados contra él. Se hizo a la idea de que tendría que pasar un tiempo lejos de sus hijos. ¡Qué desgracia! Subió las dos manos como le pidieron.

Ariel deseaba nunca haber querido ir al boliche ese día. De no haber sido por esa rubia que le dijo que iba a ir hoy a ese lugar careta. Linda la chica, pero no valía su vida. Robar por una mina; las mujeres lo dominaban. Eso tenía que terminar. Tenía que dejar esos hábitos de dandy y asumir su condición humilde y conseguir una chica con la cual hacer el amor. Tenía que sentar cabeza como le decía su mamá, su papá, sus hermanos, Javo, todo el mundo… Levantó los brazos como le ordenaron y se tranquilizó, porque ya no había nada que hacer más que dejar que sucedieran las cosas, lo que sea que fuera a ocurrir.

¿Qué pasó acá?- gritó el cana gordo.

Tranquilo. Yo soy un investigador del CONICET y estábamos haciendo un experimento sobre psicología. Verá. Mi cómplice fue una señora que hizo de cuenta que se olvidaba un dinero. La idea era registrar la reacción de estas tres personas ante el hecho. Las cosas salieron un poco mal… No se suponía que nos quedáramos encerrados. Pero mi colega, la que dejó la plata, sin querer golpeó la puerta al salir y se trabó y se disparó la alarma. Quiso hablar en la guardia, pero me dijo a través del vidrio que no encontró a nadie…

¡Pucha, ché! Pasa que en algún momento tenemos que comer nosotros también. Por favor no diga nada de esto, porque nos echan… - acotó el que había abierto la puerta.

Igual, deberían avisar cuando van a hacer este tipo de cosas, no creo que esté permitido montar semejante espectáculo en un cajero. – dijo seriamente el otro policía bajando el arma.

¡Casi me muero del susto! Sin contar que hacé dos cuadras que vengo corriendo y tengo las empanadas en la garganta.

Mil disculpas. Quisimos avisarles, pero no tuvimos tiempo. Acá tengo unos papeles, si quieren ver…

Ariel se sentía mucho mejor ahora. El tipo era un científico. ¡Qué loco! No los había delatado y parecía que no lo iba a hacer. En los asuntos médicos siempre reservaban la identidad de la gente… Eso pasaba en la tele, al menos. Era como en la Iglesia, cuando uno se confesaba y el padre no podía decir nada a nadie. Y después le decían que no había aprendido nada en catequesis…

¡Qué locura! Pensaba Rocío. Sí que se iba a divertir contando esta historia en la oficina. Lo malo sería que no le creyeran. Es una historia muy tirada de los pelos, pero era cierta. Ella lo estaba viviendo. Flor de anécdota. Lo miró al intelectual mentiroso ¿Le habría dicho la verdad sobre que se llamaba Hernán? Vio que el tipo atinó a sacar unos papeles, pero el guardia le hizo gestos de que no hacía falta. Ya estaba todo resuelto. Una falsa alarma.

Bueno, la puerta está abierta. – dijo el policía guardando el arma.

Vayan tranquilos. Tengo que hablar un par de palabras con los señores al respecto de la experiencia. – agregó “Hernán”.

Javo metió las manos en sus bolsillos y acarició el montón de billetes. Miró para abajo mientras la cana se iba para no parecer sospechoso.

Bueno, ahora que se fueron los policías les voy a pedir que me den el dinero. No voy a delatar el “robo”, a menos que se queden con la plata y entonces sea un verdadero robo.

Tranquila, la Rochi, y con una sonrisa divertida sacó el billete y lo sostuvo en su mano derecha. Esas cosas locas que pasaban en la vida. Lástima que no podría comprar la cartera, pero no la necesitaba. Estaba viva y tenía todo lo que necesitaba. Pobres los pendejos estos que parecían unos muertos de hambre y sus familias. Lamentablemente, ella no tenía forma de ayudarles. Le dieron pena.

Ariel le dirigió a Javo una mirada de total resignación. Habían perdido su tiempo. Lo bueno era que no terminarían en la prisión. Sólo faltaba que Javo le devolviera la plata al tipo y listo. Nada de boliche. Volvería a la libertad de ser pobre, pero libre. Unas pizzas con cerveza y se olvidaría del mal rato. Tal vez hasta llamara a la rubia para que lo acompañase a comer, pero eso sí, nada de salidas caras.

Javier dirigió la mirada al piso. ¡Qué pena tener que entregar la plata! Las lindas cosas que les hubiera comprado a sus nenes. Juguetes de esos que aparecen en los comerciales; esos que los reyes no les traían ni Papá Noel. Lástima. Javo se conformó con saber que no los dejaría sin un padre. Siempre estaría ahí para ellos y se las arreglaría. Decidió que dejaría de robar. Le había asustado tanto la idea de dejar a sus hijos huérfanos y a su mujer, viuda mientras estuviera en la cárcel (porque la cárcel era la muerte) que ya no quería robar. Él tenía dignidad, la iba a recobrar e iba a ir a la Iglesia más seguido a pedirle a Dios que lo perdonara.

Gracias por su colaboración. Espero no haberles ocasionado mucha molestia. Sepan que esto es en favor de la ciencia. Pronto podremos entender mejor cómo funciona la mente humana.

Con una mano en el pecho y la mirada en el techo, la muchacha suspiró una vez más. Ya basta de esta locura. Necesitaba un vasito de algo fuerte. Los ladronzuelos se fueron a pasos apurados apenas devolvieron la plata. Ella esperó unos segundos a que se alejaran y luego aprovechó, a la vez que extendía la mano para devolver los 100 dólares, para preguntarle al cincuentón:

¿Te llamás Hernán de verdad?

Sí - dijo mientras metía ese último billete en su portafolio.

¡Qué momentito que me hiciste pasar! ¿Sos psicólogo? Porque yo andaba necesitando uno. Últimamente estoy viviendo una vida muy superficial, muy esnob. Necesitaría salir de este círculo vicioso, superar la envidia…

Es una lástima que no sea psicólogo, porque realmente me encantaría volver a verte.

Sería psiquiatra, entonces, supuso... En lo que no había duda era que el hombre le estaba tirando los galgos. Se reía por dentro la chica. No era un hombre feo, pero ya estaba mayor para ella. ¡Cuándo se lo contara a Inés! ¡Qué risa! Y también se lo contaría al psicólogo que se iba a conseguir. Se había convencido de que necesitaba uno.

Y… la anciana que actuó como que se olvidaba la plata, ¿quién era?

Ni idea. - le guiñó el ojo y se fue sin mirar para atrás.

Ahora sí que tenía que contar esta historia. Más bien tenía que escribirla y venderla, pensó.

 

Ximena María López Zieher

Mayo 2009

 


Noticia publicada el 04/07/2011 a las 15:33
Última modificación: 04/07/2011 a las 15:49


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