Desde una bodega abandonada en General Roca hasta liderar el mercado nacional, Bodegas Cuvillier construyó, a lo largo de casi 70 años, una de las historias más emblemáticas de la sidra argentina, marcada por la visión empresarial, la innovación y la obsesión por la calidad.

Buenos Aires, 24 de diciembre (PR/25) .- El Alto Valle de Río Negro no solo es el principal polo frutícola de la Argentina, sino también el núcleo de una industria que forma parte de la identidad de las fiestas de fin de año: la sidra. En ese escenario, una antigua bodega vitivinícola en desuso se transformó, a partir de 1957, en el punto de partida de una de las marcas más reconocidas del mercado nacional: Sidra Del Valle.

El impulso inicial llegó de la mano de Virginio Luis Saccani, un comerciante de Pergamino que desembarcó en la región a fines de los años 50 y supo ver oportunidad donde otros veían abandono. La compra de la bodega y de una marca de sidra prácticamente sin desarrollo marcó el comienzo de un proyecto que cambiaría el mapa sidrero argentino.

Una visión que sentó las bases de la calidad

Desde sus inicios, Saccani —conocido en el sector como Don Luis— apostó por elevar el estándar del producto. Una de las decisiones más trascendentes fue tomada en 1976, incluso antes de finalizar la planta de envasado en San Fernando: la sidra Del Valle sería pasteurizada. Esa elección, pensada como una garantía de estabilidad y calidad, convirtió a la marca en la única sidra pasteurizada del país, una característica que mantiene hasta la actualidad.

Del Alto Valle a Buenos Aires: producción a gran escala

El proceso productivo comienza en Río Negro y Neuquén, con manzanas como Red Delicious, Granny Smith y Pink Lady. Cada año se muelen entre 20 y 25 millones de kilos de fruta, que se fermentan en la planta de General Roca, donde se produce el caldo base de sidra.

La capacidad de almacenamiento local alcanza los cinco millones de litros, pero debido al ritmo de cosecha, gran parte del volumen se traslada a una segunda bodega en Ingeniero Huergo, con capacidad para 15 millones de litros. Tras un período de reposo de hasta un año, el caldo viaja a la planta de San Fernando, en Buenos Aires, donde se completa el proceso de ultrafiltrado, edulcorado, gasificado, envasado y pasteurización.

La planta bonaerense puede envasar más de 270.000 botellas diarias en los picos de fin de año, operando las 24 horas. En total, Bodegas Cuvillier produce entre 15 y 17 millones de litros de sidra por año, emplea a más de 160 personas y exporta unas 700.000 cajas anuales, principalmente a Bolivia y Paraguay.

Innovar para romper la estacionalidad

Con el consumo de sidra fuertemente concentrado en las fiestas y en retroceso durante 2024, la empresa decidió profundizar su estrategia de diversificación. Fue pionera en lanzar sidra en lata durante la pandemia y amplió su portafolio con líneas premium y artesanales.

Hoy ofrece la línea 1930, en homenaje al año de nacimiento del fundador, con variedades Demi-Sec, Dolce, Pera y Rosé; la línea artesanal Pyrus; y la tradicional Sidra Del Valle, relanzada con propuestas como Del Valle Gold. También incorporó formatos más pequeños, como el porrón de 500 ml, pensados para un consumo más cotidiano.

Además, la firma intensificó su presencia en ferias, festivales y eventos para promover la desestacionalización del consumo. Aunque Argentina se ubica entre los diez países con mayor consumo per cápita de sidra, el promedio sigue siendo bajo —menos de un litro por persona al año—, lo que deja margen para crecer.

Un clásico que nació del abandono

A casi siete décadas de aquella primera decisión, la bodega abandonada de General Roca es hoy una de las principales productoras de sidra del país. Bodegas Cuvillier no solo consolidó a Sidra Del Valle como la marca líder del mercado argentino, sino que también convirtió una oportunidad olvidada en un símbolo que sigue presente en las mesas de millones de argentinos cada fin de año.

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Fuente: RioNegro