Buenos Aires, jueves 25 diciembre (PR/25) — En medio de luces, celebraciones y Misa, la Navidad vuelve cada año a recordarnos quién es el verdadero protagonista de este día: el Niño Jesús.

Su nacimiento, humilde y silencioso en un pesebre, marcó un antes y un después en la historia de la humanidad y sigue siendo hoy un mensaje vigente y necesario.

El Niño Dios no llega con poder ni ostentación, sino con la fragilidad propia de un recién nacido. Desde esa pequeñez, propone una revolución profunda: la del amor, la ternura y la cercanía con los más pobres y olvidados.

Su presencia invita a mirar al otro con compasión, a tender la mano y a construir la paz desde los gestos simples.

En un mundo atravesado por la prisa, la violencia y la indiferencia, la figura del Niño Jesús interpela y desarma. Nos recuerda que la esperanza no nace de la fuerza, sino del encuentro; que la verdadera grandeza está en servir y que la paz comienza en el corazón de cada persona.

Celebrar la Navidad es, entonces, volver al pesebre. Es dejarnos transformar por ese Niño que, con su sola presencia, ilumina la noche y nos convoca a vivir con más fe, humildad y amor. Porque allí, en la sencillez de Belén, sigue latiendo el sentido más profundo de este día de fiesta.

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