Buenos Aires, 23 enero (Especial para NA, por Luis Fontoira*)
Parece mentira pero ya desde la forma de nuestro territorio 
nacional estamos predestinados a profesar una pasión 
inconmensurable por la carne vacuna y ese manjar, el "bifacho", 
protagonista excluyente de nuestra gastronomía y de nuestra 
cultura.
  "To beef or not to beef" es la pregunta shakesperiana que se 
hace el Indio Solari en la canción que lleva ese mismo nombre  y 
resume, sin proponérselo, el gran enigma del ser nacional: el país 
de la carne, el país del asado, el país del bife.
   Y cómo será de profunda nuestra unión con ese famoso y 
renombrado bife (término derivado del "beef" inglés) que hasta las 
guerras de la independencia nos terminaron dejando un territorio 
nacional que tiene la forma exacta de un bife, coincidencia que 
fue utilizada por la publicidad, la propaganda política y, más 
recientemente, los "memes" de internet. 
   Se lo podrá llamar costeleta, entrecot o churrasco, según la 
zona del país (filet o bistec, en la jerga amanerada de Puerto 
Madero), pero cualquier argentino sabe de qué se habla cuando se 
pide un bife, un "bifacho", aún en aquellas carnicerías de pueblo 
en las que la división más compleja de cortes es entre "pulpa" y 
"hueso". 
   No por nada en nuestra querida argentina carnívora "ir a los 
bifes" es ocuparse apropiadamente de algo o "pegar un buen bife"  
es asestar un golpe certero.
   Famoso en el mundo entero, como sostiene el analista Ignacio 
Iriarte -quien asegura que muchos chinos que nunca probaron 
nuestra carne "sueñan con un bife argentino"-, motiva elogios 
desmedidos de todas las personalidades que visitan el país, desde 
rockeros como AC/DC, que lo inmortalizaron en un DVD , hasta 
Barack Obama (que antes de su arribo al país declaró "estar 
ansioso por comer un bife argentino") y su esposa Michelle, que se 
sacó el gusto en una parrilla de San Telmo. 
   También Bill Clinton (que en 1997, en Bariloche, mandó "de 
vuelta" a la cocina una corvina negra y se pidió un churrasco ) o 
Joe Black, el actor que, antes de visitarnos por primera vez, 
aseguró que "sé que tienen los mejores bifes del mundo. Eso me 
contaron… De hecho, hay un lugar en Brooklyn que se llama Peter 
Luger, donde los hacen muy buenos… ¡y no me imagino cómo puede 
haber mejores! Pero eso dicen de la Argentina, ¿no?" .
   El champagne podrá ser francés, los relojes suizos y los autos 
seguros, alemanes, pero el bife es argentino, como lo sostuvo la 
prestigiosa revista "Time" cuando ante la debacle del rodeo 
nacional de los últimos años se preguntaba amargamente: "¿Le 
gustaría probar un bife argentino jugoso y a punto? A menos que 
visite el país sudamericano eso será imposible" . 
.
   Literatura a punto
.
   El bife es una presencia "divina", casi omnipresente, en todas 
las manifestaciones artísticas argentinas, pero muy especialmente 
en la literatura, de Borges y Bioy Casares (él mismo tan fanático 
del bife que alguien definió su dieta como "esencialismo porteño") 
a Feinmann, de Cortázar a Manuel Puig, con personajes que se 
fanatizan con la carne: 
   "En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber 
que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, 
y se queda de una pieza cuando el cronopio camarero le pregunta 
cuántas papas fritas quiere". (Historia de cronopios y de famas. 
Julio Cortázar).
   -¡Bifes! Yo quiero que me den un bife alto así — dijo con 
despótica voz chilena Loló Vicuña de De Kruif, oprimiéndose un 
muslo. (Dos fantasías memorables: Un modelo para la muerte. Jorge 
Luis Borges y ‎Adolfo Bioy Casares).
   -Vení, no seas otario, hacemos un bife y papas fritas. Después 
le meto a la viola y hay vino, un vinito San Juan que da las doce 
antes de hora. (El juguete rabioso, Roberto Arlt)
   El manjar de la parrrilla argentina incluso dio pie a un enorme 
cuento de Enrique González Tuñón , titulado "Un bife a caballo". 
   En la historia, un triste suicida se pega un tiro en un oscuro 
hotel de Retiro y el agente que debe custodiar el cuerpo hasta la 
llegada del juez le pide al dueño del lugar que le prepare un bife 
para amenizar la espera. El final es impresionante: "Le sirvieron 
el bife a caballo en la mesita de noche, junto a la cama del 
muerto. Comía con apetito, sin reparar en el hilo de sangre que 
trazaba un barbijo en el rostro del suicida".
   Más allá de la literatura –como se ha consignado en otras 
"Historias de la carne"- el rastro jugoso del bife se puede 
encontrar en la música, ya sea el tango ("Cuando llegués de New 
York,/de Hong Kong o de Madrid,/hay un bife en Chiquilín/y un 
abrazo para vos" .) o el rock (hasta existe un grupo que se llama 
"BIFE" ), como lo atestiguan temas de "Las Pelotas" ("La vaca y el 
bife"), Charly García ("Ni siquiera puedo comerme un bife y 
sentirme bien ") o Andrés Calamaro ("…detrás de la puerta de 
entrada de Ezeiza están el bife de chorizo y el vino" ).
   Lo mismo ocurre en otras manifestaciones artísticas, como la 
historieta y el humor gráfico -con creaciones como "Bife Angosto" 
de Gustavo Sala- o el séptimo arte, donde el bife es un alimento 
recurrente, desde "Pasó en mi barrio" (1951) o "Mercado del 
abasto" (1955), hasta "Hombre mirando al sudeste"  (1986) o "El 
lado oscuro del corazón" (1992), película en la que el 
protagonista "canjea" poesías por churrascos en la costanera de 
Buenos Aires.
   El bife en la política
.
   El bife, como la carne vacuna en general, tiene la virtud –o el 
defecto- de exasperar el ánimo de los argentinos cuando aumenta su 
precio, casi como si se tratara de un golpe al mismísimo ego 
nacional que está construido en gran parte sobre ese mismo manjar 
de las pampas.
   Por eso mismo no es extraño que haya sido protagonista central 
de la política nacional, como lo atestigua el propio Juan Domingo 
Perón (fanático del bife, como también lo serían Raúl Alfonsín y 
Eduardo Duhalde) cuando sostuvo que "Le he preguntado a un 
norteamericano, y se lo pregunto a todos, si con un dólar en Nueva 
York se hace lo mismo que con un peso en Buenos Aires. ¡Qué 
esperanza! Un bife cuesta diez dólares en Nueva York, o sea ciento 
cincuenta pesos. Nosotros con ese dinero casi compramos una vaca". 
   Y si no, pregúntenle a Arturo Frondizi, que se floreó con un 
famoso bife que compartió el mandatario con el presidente de 
Estados Unidos, Dwight Eisenhower (1959) y cayó al quinto 
infierno cuando compartió otro bifacho con Ernesto "Che" Guevara 
(1961).
   La cuestión del "bife" como reafirmación del ser nacional es 
tan compleja que fue desarrollada por Arturo Jauretche que en su 
"Manual de zonceras argentinas" define al "guarango" como "aquél 
que mide por el tamaño del bife la significación de lo nuestro". 
   Jauretche sostiene que "Ningún argentino, ‘ni ebrio ni dormido’ 
permitirá que se compare nuestro ‘bifacho’ con cualquier otro:
   —¡No; bifes como los nuestros no hay! ¡Pobres de ellos con sus 
vitelos, sus terneras, su roast-beef! ¡Bueno! Este último no es 
tan malo porque seguramente es argentino".
   Y lo que dice el turista se repite en el diario, en el libro, 
en todos los medios de comunicación de masas, como ahora dicen.
   — ¡Sí!, viejo… no veía la hora de comer un bifacho al uso 
nostro! —dice el castizo porteño, mientras se le afirma a la 
parrillada".
   "Estaba mal el guarango que utilizaba como medida de cotejo 
internacional el bife a caballo. Pero entre éste y el tilingo, lo 
positivo para el país era el guarango", concluye Jauretche en "El 
medio pelo en la Sociedad Argentina".
   Predestinación, consecuencia, karma o bienaventuranza 
parrillera, lo cierto es que la pregunta del Indio Solari del 
comienzo de la nota es uno de los dilemas más complejos del ser 
nacional que, como buen "guarango", saca pecho a la hora de 
defender el viejo y querido bifacho.
   Marche entonces un bife para celebrar la argentinidad y, si 
sale a caballo, mucho mejor.
 
 (*) Periodista especializado 
Primicias Rurales
NA