Buenos Aires, 4 febrero (Especial para NA, por Susana 
Merlo*) —  Si para el Gobierno las cosas están ocurriendo con 
mucha más lentitud de la que esperaban, y el país todo debe 
aceptar que los resultados políticos y económicos no se condigan 
con muchas de las urgencias de la sociedad, para el campo el 
escenario es mucho peor, ya que el ritmo de la naturaleza también 
es distinto.
   Por caso, mientras asumía el nuevo gobierno, en diciembre de 
2015, la campaña 2015-2016 ya estaba jugada y, a pesar de la 
relativa euforia inicial, poco y nada se podía capitalizar de las 
mejores expectativas.
   Luego, las excesivas lluvias de abril y los meses transcurridos 
desde el inicio de la nueva Administración Macri, obligaron a un 
"baño de realismo" que frenó bastante el ímpetu productivo 
inicial, especialmente, cuando los precios agrícolas comenzaron a 
caer, los costos de producción continuaron trepando alentados por 
una inflación que no parecía ceder. 
   Y mientras la cosecha se atrasaba en forma extraordinaria 
(recién se concluyó en agosto¡), se demoraba el inicio del nuevo 
ciclo 2016-2017 debido a las contingencias climáticas del otoño 
anterior, el grado de encharcamiento que aún presentaban muchos 
potreros y a la ocupación que todavía mostraban otros con cultivos 
de verano que no se habían podido cosechar.
   Junto con estos ingredientes, también el tipo de cambio campo 
perdió parte de las ganancias que había registrado con la 
devaluación y el recorte de las retenciones y la Argentina volvió 
a retroceder en su competitividad frente a los competidores.
   Esto determinó que por ejemplo en ganadería, si bien se produjo 
cierta retención de vientres, no se dio el gran salto productivo 
que se esperaba en base al atractivo mercado internacional y hoy 
la oferta exportable sigue siendo escasa respecto a los volúmenes 
que llegó a tener en otros tiempos cuando, además de abastecer al 
mercado interno, se llegaron a exportar más de 750.000 toneladas, 
vs las apenas 220.000 actuales.
   En granos pasó algo otro tanto pues, si bien la intención de 
aumentar el área de siembra y volver a los cereales (más trigo y 
maíz y menos soja), estuvo desde el vamos, luego la realidad 
obligó a los productores a modificar un poco los planes, entre 
otras cosas, por el alto costo relativo del financiamiento. 
   El clima y los mercados internacionales hicieron el resto , a 
pesar del voluntarismo oficial que quiso ver crecimientos mucho 
más espectaculares que los que se estaban registrando, y más aún, 
los que terminó habiendo.
   Con ese escenario se llega a un 2017 en el que habrá elecciones 
y el Gobierno ya adelantó que la prioridad es la política, ganar 
la votación de medio término, por lo que los sectores productivos, 
el campo entre ellos, deberán esperar, y amañarse con sus propios 
fuerzas que, hasta ahora, vienen bastante menguadas.
   Lamentablemente, para muchos productores que ya perdieron sus 
cosechas o vienen registrando caídas importantes de rindes, como 
ya ocurrió con parte del trigo en su zona típica, con el girasol 
que venía muy bien hasta los excesos de humedad actuales que dañan 
la calidad del grano, o la soja que no se pudo sembrar en la época 
óptima por los excesos de agua (sin mencionar a los tamberos que 
ya no tienen retorno), el ciclo es prácticamente terminal. 
   Sólo si aparecieran fuentes de financiación con 2 años de 
gracia y tasas acordes a la actividad agrícola, esos 
establecimientos estarían en condiciones de continuar. 
   Caso contrario, seguirán endeudándose y comiéndose el capital 
productivo.
   El resto puede tener un ciclo con recuperación relativa pero 
que, en ningún caso, permitirá el salto productivo de volver al 
crecimiento agrícola con más de 35 millones de hectáreas de 
siembra "reales", más allá de los ficticiamente "inflados" 38,5 
millones de campañas anteriores. 
   Tampoco, la reposición de al menos un 10% de los tambos 
perdidos últimamente (unos 600 establecimientos) o de unos 2 
millones de cabezas de vacunos, de las 11 a 12 que se perdieron en 
la última década y de las que apenas se recuperó la mitad hasta 
ahora.
   Junto con el alto costo argentino, las muy pesadas cargas 
laborales y el costo del dinero, el principal factor que frena 
cualquier intento de crecimiento significativo, al menos por este 
año; la altísima presión fiscal que difícilmente vaya a bajar en 
un año de elecciones como el actual y que, solo en el área 
agrícola, sigue implicando más de 60% de la renta de la actividad, 
según estima la Fundación FADA.
 
(*) Periodista especializada. Productora.