Buenos Aires, 8 abril (Especial para NA, Nicolás Tereschuk) —
El observador que se asome a la cumbre entre los presidentes de
Estados Unidos, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, podrá
encontrarse en primer plano con las tensiones propias de una
globalización que a esta altura muestra más tensión que
estabilidad para la economía mundial.
De acuerdo a las crónicas del encuentro en suelo
norteamericano, la gestión de Trump dejó trascender que el
flamante mandatario pidió abordar la cuestión del déficit
comercial estadounidense en la relación bilateral de manera
"inmediata".
La Casa Blanca le reclama a Beijing un "plan de 100 días" para
empezar a cambiar la relación comercial.
El secretario de Estado, Rex Tillerson, confirmó que tiene uqe
haber "pasos concretos para balancear el campo de juego en favor
de los trabajadores estadounidenses".
A su vez, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, dijo que el
"plan de 100 días" era "ambicioso y lo calificó como "un gran mar
de cambios en el ritmo de las discusiones".
No se sabe a ciencia cierta cuánto hay de verdad en las
expresiones de los voceros de Trump en el sentido que los
intercambios sobre ese espinoso tema fueron "duros" entre ambos
mandatarios.
Más allá de la mención a un "plan de cien días", el diario New
York Times señaló que Xi no expresó ninguna "concesión", mientras
la gestión republicana deja trascenceder que Trump tiene a la
firma un decreto para penalizar a los países que exportan acero a
precio de "dumping" a Estados Unidos.
El lenguaje de la diplomacia china fue mucho más cauto: "la
relación económica bilateral se ha estado moviendo hacia adelante
obre la base de la cooperación ‘win-win’ y los dos países son el
mayor socio comercial mutuo, de lo cual ambos pueblos se han
beneficiado mucho".
"Las dos partes acordaron profundizar la cooperación en
comercio e inversión y manejar adecuadamente las fricciones
comericales para beneficio mutuo", señaló la prensa estatal china,
en una muestra de que Xi no pareció demasiado conmovido por los
planteos norteamericanos.
Como telón de fondo entre estas dos potencias económicas están
los crujidos de la estructura de la globalización, que 25 años
atrás parecía una dinámica arrolladora pero ahora se llena de
contradicciones, expresadas en las propias palabras de Trump y su
equipo de gobierno.
El columnista Michael Fuchs, del diario británico The Guardian,
destacó que en este caso no sólo la economía está sobre la mesa
sino que todo se toca con la cuestión de la seguridad.
"El objetivo de China para su relación con Estados Unidos es
evitar una guerra comercial y empujar a Estados Unidos a jugar un
rol más pequeño en la seguridad asiática. Eso hace la estrategia
de Xi fácil: ofrecer relucientes pactos económicos y obtener
concesiones en materia de seguridad", planteó.
Allí es que entrarían posibles anuncios de inversión por parte
de China en suelo norteamericano, lo que le permitiría a Trump
mostrar que los puestos de trabajo -aunque no necesariamente las
ganancias- regresan a su país.
En el New York Times, el analista Neil Irving destacó que en
parte, en la mira están los aranceles del orden del 25 por ciento
que China impone a la importaciones de autos y restricciones a la
importación agrícola.
Pero hay otro problema: la gran cantidad de ahorro de la
economía asiática.
Para rebalancear la relación bilateral, China debería impulsar
más su consumo interno, para así también buscar más importancioens
de bienes terminados -un cambio enorme en su estructura
productiva-.
El especialista se refirió a la relación chino-estadounidense
como la de un "matrimonio disfuncional" que no puede divorciarse:
¿Asistiremos a todas las tensiones que augura el temperamento de
Trump en la pareja? ¿O los cónyuges se las arreglarán para renovar
los votos de una globalización que hace rato dejó de ser una luna
de miel?
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