Buenos Aires, 29 abril (Especial de NA, por Gabriel Profiti) 
— En dos meses Mauricio Macri se habrá entrevistado con los 
mandatarios de las cuatro economías más grandes del mundo y 
ampliará un álbum que -en 500 días de gobierno- incluyó al menos 
una reunión con los rectores de las diez naciones más influyentes 
y de diecisiete de los primeras veinte. 
   El mes próximo realizará visitas oficiales a China y Japón y 
tendrá en Buenos Aires su primer encuentro con el primer ministro 
italiano Paolo Gentiloni, sucesor de Matteo Renzi. En junio será 
anfitrión de la canciller alemana Angela Merkel.
   La Argentina presidirá el estratégico G20 en 2018 y a fin de 
año será la sede de la próxima Conferencia Ministerial de la 
Organización Mundial del Comercio (OMC), dos organizaciones con 
las que el kirchnerismo se llevó a las patadas.
   Ese protagonismo internacional levanta las acciones de un 
Gobierno que todavía es escrutado por buena parte de los 
argentinos a partir de razones muy concretas: las medidas 
económicas que permitieron amigarse con el mundo no repercutieron 
fronteras adentro y en algún caso lo hicieron negativamente.
   No obstante, que todo el mundo desarrollado diga que está 
haciendo bien las cosas apuntala de cara a las elecciones a un 
Macri cuya popularidad ya había crecido luego de la marcha del 
1A, según revelaron distintos encuestadores.
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   Trump, limones y después
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   La visita a Estados Unidos y el encuentro con Donald Trump 
estuvieron rodeados de múltiples particularidades: se trata de un 
mandatario impopular en el mundo, con una imagen declinante en 
su país y que a diferencia de su antecesor Barack Obama exacerba 
el histórico sentimiento antiestadounidense argentino. 
   Está presente también el recuerdo del alineamiento político, 
militar y de modelo económico durante el gobierno de Carlos 
Menem, cuando Estados Unidos regía al mundo sin rivales (ahora 
transcurre un escenario más multipolar), cuya contribución al 
bienestar argentino fue nulo.  
   El viaje de Macri deberá transformar en beneficios económicos 
la sintonía personal exhibida por los presidentes, pero aun así 
representa un activo para el Presidente. 
   Se puede decir que después del inoportuno apoyo a Hillary 
Clinton, la relación política está encarrilada. "Vinimos a buscar 
que la agenda trazada con Obama se cumpliera. En algún momento 
tuvimos miedo de que bajara todo como hizo con los limones pero 
dijo que todo va a seguir y ese es el compromiso que nos 
llevamos", sintetizó un funcionario argentino.
   "¿Por qué es tan importante el tema de los limones?", preguntó 
extrañado el secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross, 
a Susana Malcorra, antes de la cumbre presidencial. "Porque es 
simbólico para la relación, hace muchos años que se viene 
pidiendo por esto y es poco dinero pero muy importante para la 
economía regional", respondió la canciller argentina.
   Al día siguiente Trump mencionó el tema burlonamente durante 
un contacto con la prensa y, más tarde, el propio Ross le 
garantizó al ministro de la Producción, Francisco Cabrera, el 
franqueo al cítrico argentino.
   La reapertura del mercado estadounidense a los limones 
tucumanos y el apoyo de la principal potencia mundial al ingreso 
argentino a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo 
(OCDE), el club de los países más ricos del mundo, fueron los 
principales anuncios del viaje.
   Sería más significativo que finalmente Estados Unidos vuelva a 
permitir el ingreso del biodiésel argentino a su mercado. Las 
ventas del biocombustible representaron el año pasado un cuarto 
de las exportaciones a ese país, U$S 1.120 millones sobre un 
total de 4.420 millones y ahora están frenadas en análisis por 
una denuncia privada de dumping.
   También, que contribuya a la "lluvia" de inversiones 
extranjeras en la Argentina, pero esta aspiración va a contramano 
del esfuerzo del magnate por reindustrializar su país.
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   Hormiguero electoral
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   La política vernácula ya comenzó a moverse al ritmo electoral, 
pese a que faltan dos meses para el cierre del plazo para la 
presentación de candidaturas, cuatro meses para las PASO y seis 
para las elecciones generales del 22 de octubre.
   En Cambiemos, la pulseada pasa por ordenar internamente al 
frente. Hay chisporroteos entre el PRO y el radicalismo, el más 
sonoro en la Ciudad de Buenos Aires, donde las autoridades 
locales de la UCR respaldan a Martín Lousteau y las nacionales se 
encolumnan detrás de la estrategia de Horacio Rodríguez Larreta 
de dejar fuera del frente a su principal amenaza para 2019.
   La paz llegará si ambos sectores mantienen algunos acuerdos 
básicos de convivencia ya fijados: donde gobierna el oficialismo, 
ya sea radical o macrista, el gobernante define la estrategia y 
al mismo tiempo debe ser generoso con sus aliados.
   Mientras, el PJ entró en estado de agitación. La Cámpora y 
sectores del peronismo clásico salieron a proponer la confección 
de una lista de unidad en Buenos Aires para desafiar a un 
Florencio Randazzo que logró construir una base política e 
insiste en competir en primarias.
   Operadores del randazzismo sostienen que esa lista de unidad 
no será posible y que el exministro del Interior está dispuesto a 
enfrentar a cualquier rival, incluso Cristina Kirchner, quien 
sigue midiendo muy bien en el Conurbano bonaerense.
   En ese contexto, Sergio Massa y Margarita Stolbizer buscaron 
cortar el escenario de polarización vigente entre el oficialismo 
y el PJ. Presentaron conjuntamente un proyecto para eliminar el 
IVA en los principales productos de la canasta básica y se espera 
que instalen una agenda sobre temas irresueltos. 
   Las propuestas de Massa suelen ser taquilleras pero 
fiscalmente dolorosas. Con algunas les fue bien y con otras no. 
 
NA
 
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