Buenos Aires, 26 mayo (Especial para NA, por Susana Merlo*)
— El trigo, sin duda, puede ser la gran revancha para los
productores (y también para el Gobierno), después de varias
campañas irregulares por inundaciones y por sequía, como esta
última. Todo eso impidió que el cereal, uno de los más
tradicionales que tuvo la Argentina desde sus orígenes, se
recuperara más rápidamente de una caída inédita, que lo llevó al
área más baja en 108 años.
Esto ocurrió en la campaña 2012-2013 cuando apenas se
lograron 3,15 millones de hectáreas, a causa de políticas erróneas
(retenciones, precios de referencia, Roes verde, etc.). El resultado
fue una magra cosecha, con muchos problemas de calidad que
determinaron que ya para septiembre del ´13 la oferta local se terminara.
El trigo llegó a valer, internamente, más que la soja, y se
sospecha que en ese momento se trajo harina de contrabando
para calmar la demanda local a dos meses de las elecciones
legislativas nacionales.
A partir del ciclo 2016-2017, con el recorte de las retenciones a
0%, el grano fue recuperando rápidamente su superficie de cultivo
aunque, como se dijo, los avatares climáticos impidieron un
despegue mayor.
Ahora, tras la pérdida de más de 35% de la última cosecha
global por la seca, la conjunción de buenos precios
internacionales, sumados a la recuperación del dólar que le da
más competitividad a la Argentina, determinan que el estratégico
cereal de invierno haya acrecentado nuevamente sus
expectativas, que lo podrían llevar a superar los 6 millones de
hectáreas, lo que puede permitir perfectamente alcanzar un
récord de alrededor de 20 millones de toneladas.
Esto es clave, para los productores, ya que el trigo es lo primero
que tienen para vender al comenzar el año, y eso les permite
manejar con mucho más calma los granos gruesos, como maíz y
soja que se recolectan después.
Sin embargo, en este caso, es mucho más importante, aunque
por la misma razón, para el Gobierno que tendría con esas
abultadas exportaciones de más de 12 millones de toneladas, los
primeros ingresos "genuinos" de un año que será muy complejo,
entre otras cosas, por las elecciones presidenciales de octubre.
Las colocaciones no son difíciles. De hecho, sólo Brasil requiere
más de 8 millones de toneladas de grano, mientras que la
molinería local tiene previsiones de llegar a 2 millones de
toneladas de ventas al exterior.
De todos modos, el objetivo no es tan fácil de lograr. En primer
lugar, el clima sigue inestable lo que impidió, hasta ahora, finalizar
con la recolección del ciclo pasado, tanto de maíz como de soja, y
el trigo como cultivo de invierno ocupa muchos de estos potreros
en el caso del doble cultivo trigo-soja.
También hay otras rotaciones, pero los altos niveles de
humedad también impiden, por el momento, el laboreo de
preparación.
Pasado este escollo queda otro para nada menor. Es que los
productores están "desplatados" y la actual conmoción financiera
no contribuye, justamente, a dar tranquilidad para planear
estratégicamente a mediano plazo.
Tampoco se sabe demasiado bien en qué nivel quedarán las
tasas, saldrán los créditos o estarán los planes canje para acceder
a los insumos, considerando que no todos los productores están
en condiciones de obtener créditos bancarios, por la situación de
sus carpetas, excepto que se "flexibilicen" sensiblemente las
condiciones.
Hay que considerar además que, según Margenes
Agropecuarios, con el dólar anterior a la última escalada (de $
21,50 por dólar), el costo directo de implantación en la zona típica
del sudeste bonaerense, alcanzaba los U$S 360 por hectárea, lo
que arrojaría un requerimiento de más de U$S 2.100 millones
para cubrir la superficie triguera estimada en la intención inicial de
siembra y, sin duda, tal cifra dista de estar hoy al alcance de la
mayoría de los agricultores.
De ahí que el "pleno", aunque salga, puede llegar a resultar muy
magro.
(*) Periodista especializada.
Primicias Rurales
NA


















