“Quintinus” o Quintín fue el hijo de un senador romano que se convirtió al cristianismo. La tradición sugiere que fue bautizado por el Papa San Marcelino (p. 296-304) y que acompañó a San Luciano de Beauvais (s. III) en su predicación por la Galia (región romana que comprendía la actual Francia y parte de Bélgica).
Por siglos se ha sostenido que San Quintín realizó curaciones milagrosas y tenía la potestad de expulsar demonios. Por su testimonio de amor a Cristo suscitó la conversión de muchos paganos, aunque despertó también las sospechas y la mala fe de las autoridades civiles del imperio.
Fue acusado de profesar el cristianismo y conducido a la fuerza ante el gobernador-prefecto Ricciovaro (Rictiovarus). Este le reprochó haberse puesto de lado de aquellos que proclamaban la fe en un crucificado, algo que el ciudadano común consideraba deshonroso, propio de delincuentes y cobardes. Quintín le contestó a Ricciovaro que hacerlo constituía para él el más elevado honor, incluso más grande que ser el hijo de un senador.
¡Ay de mí si no evangelizo! (1Cor 9, 16)
Libre de nuevo, Quintín retomó la predicación. Lamentablemente fue descubierto de nuevo, y apresado por segunda vez. Se le trasladó a “Augusta Veromanduorum” (hoy la ciudad francesa de Saint-Quentin, en Vermand, renombrada en honor al ilustre santo). Allí permaneció en una mazmorra esperando su ejecución.
San Quintín fue decapitado y sus restos arrojados al río Somme, de cuyas aguas serían rescatados por un grupo de cristianos, se dice, encabezados por Eusebia, una anciana poseedora de cierta riqueza. Corría el año 287.
En la cultura popular: “La de San Quintín”
Curiosamente, el nombre de San Quintín evoca hasta hoy muchas cosas. No obstante hay un episodio histórico que lo ha hecho célebre en el habla popular.
San Quintín es el patrono de los capellanes y cerrajeros.
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Fuente: aciprensa


















