Cada 29 de junio celebramos la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el día del Papa

Cada 29 de junio celebramos la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el día del Papa

Además, dado que ambos apóstoles fueron quienes fundaron la Iglesia de Roma, centro de la cristiandad, esta solemnidad es también “el día del Papa”.

Un día sagrado

Llamar a estos santos mártires “pilares” de la Iglesia no es gratuito. Sobre ellos descansa el “peso” del rebaño de Cristo que peregrina en el mundo como si de columnas de un edificio se tratase. Sin ellos, el “edificio” se vendría abajo. Con ellos, siempre hay equilibrio o balance. Así lo aclara San Agustín en uno de sus sermones:

“El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo… Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos”.

En consecuencia, siguiendo al Obispo de Hipona, recordamos también que la unidad de la Iglesia se selló con la sangre del martirio. El primero en derramarla fue Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso compartir su sacrificio de amor con los hombres, de la misma manera como puso en manos humanas la misión de conducir la barca que es la Iglesia: así, el Apóstol Pedro fue elegido por Cristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

Y es que la obra de Dios requiere de la cooperación humana. Pedro es entonces “la roca” humilde que sirve de base al Cuerpo Místico de Cristo. Por esta razón, el Papa, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, es principio y fundamento visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de fieles. El Obispo de Roma, el Papa, es Pastor de toda la Iglesia y tiene potestad plena, suprema y universal. Hoy se festeja, en particular, a quien encarna esa misión en la actualidad, el Sumo Pontífice Papa Francisco.

Pedro y Pablo: el sello de la unidad

Tal como recordó el Papa Benedicto XVI en el año 2012: “La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a San Pedro y a San Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo… Aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad”.

Pidamos a estos dos santos apóstoles que intercedan por la fidelidad de todos los miembros de la Iglesia.

Si quieres saber más sobre San Pedro y San Pablo, te recomendamos estos artículos de la Enciclopedia Católica:

Para San Pablo https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pablo.

Para San Pedro: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pedro.

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Quién es el Papa

 

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Fuente: Aciprensa

Cada 28 de junio se celebra a San Ireneo, obispo y Padre de la Iglesia, amigo y defensor de la verdad

Cada 28 de junio se celebra a San Ireneo, obispo y Padre de la Iglesia, amigo y defensor de la verdad

 

 

Buenos Aires, domingo 28 junio (PR/26) — Cada 28 de junio, la Iglesia Católica celebra a San Ireneo, Padre de la Iglesia, obispo de la ciudad francesa de Lyon y una de las figuras más importantes de los primeros siglos de la cristiandad.

Ireneo fue un autor prolífico y sus obras contribuyeron a forjar los cimientos de la teología, en gran medida como parte del esfuerzo por confrontar y corregir los errores del gnosticismo del siglo II, así como de otras doctrinas que tergiversaban el mensaje de Cristo.

Ireneo fue discípulo de San Policarpo, quien a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan.

Su escrito principal lleva el nombre de Contra las herejías, texto que compila en cinco volúmenes las refutaciones a las principales tesis gnósticas.

Gnosis y el gnosticismo del siglo II

 

El gnosticismo es una herejía muy antigua que plantea, en líneas generales, que la salvación del alma se obtiene a través de cierto “conocimiento”, proveniente de la mezcla de diversas doctrinas, tradiciones y creencias religiosas -en las que están incluidas verdades del cristianismo- acerca de los misterios del universo y de la naturaleza humana.

Sobre la base de esta amalgama, el gnosticismo alienta a alcanzar la perfección, pero sobre la base de posturas que son, en el fondo, claramente incompatibles o contradictorias. Los gnósticos pretendieron “articular” indebidamente un camino de perfección sin el Dios verdadero, sin auténtica conversión de la mente y el corazón, y, además, en medio de su error, relegaban a todos aquellos que considerados “no iniciados”; de manera muy semejante a como los movimientos de la Nueva Era (New Age) han venido operando en las últimas décadas.

El Papa Benedicto XVI, en su catequesis sobre San Ireneo del 28 de marzo de 2007, recordaba las particularidades del gnosticismo que conoció este santo: “La Iglesia del siglo II estaba amenazada por la gnosis, una doctrina que afirmaba que la fe enseñada por la Iglesia no era más que un simbolismo para los sencillos, que no pueden comprender cosas difíciles; por el contrario, los iniciados, los intelectuales —se llamaban «gnósticos»— comprenderían lo que se ocultaba detrás de esos símbolos y así formarían un cristianismo de élite, intelectualista”. Ireneo denunció ese “cristianismo dualista” contaminado por la división -”iniciados” versus “legos”- y peligroso para la unidad de la Iglesia en torno a la verdad que le había sido confiada.

Heredero de los Apóstoles

San Ireneo nació en Asia Menor en la primera mitad del siglo II. Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, pero se conviene en que fue alrededor del año 125. Recibió una educación esmerada y alcanzó un gran conocimiento de las Sagradas Escrituras y el saber de su tiempo, centrado en la búsqueda filosófica. San Policarpo, obispo de Esmirna, fue su maestro y formador.

Conocemos su vida y obra gracias a las notas biográficas transmitidas por Eusebio de Cesarea en el quinto libro de su Historia eclesiástica, cuya fuente es el mismo Ireneo.

No hay plena certeza de cómo ni por qué dejó el Asia Menor y llegó a las Galias (Francia). Hay seguridad sí, de que estuvo allí en calidad de presbítero. Durante la persecución de Marco Aurelio, fue enviado con una carta para el Papa a Roma, por lo que probablemente se salvó de ser ajusticiado como muchos otros. Tras el martirio de San Potino, obispo de Lyon, Ireneo lo sucede como obispo de la ciudad.

Como pastor su labor fue notable. Se propuso dos cosas: “Defender de los asaltos de los herejes la verdadera doctrina y exponer con claridad las verdades de la fe” (Papa Benedicto XVI, audiencia del 28 de marzo de 2007).

 

Teólogo eminente

Durante la paz religiosa que siguió a la persecución de Marco Aurelio, el obispo repartió  esfuerzos entre la sede episcopal y su labor de intelectual cristiano. Dos grandes obras suyas han llegado a nuestras manos: Contra las herejías y La exposición de la predicación apostólica. Especialmente, esta última puede ser considerada una suerte de primer catecismo de la doctrina cristiana. En el mismo sentido, el aporte del santo ha sido crucial para el establecimiento y delimitación de la denominada «regla de la fe» -lo que se expresa en el símbolo de la fe o Credo- y de su transmisión, centro de la doctrina de la Iglesia.

La tradición de la Iglesia lo cuenta entre los mártires.

Si quieres conocer más de San Ireneo de Lyon, te recomendamos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Ireneo.

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Fuente: ACI Prensa
Cada 27 de junio es la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Cada 27 de junio es la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Buenos Aires, sábado 27 de junio (PR/26) .- Cada 27 de junio se celebra la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, advocación mariana extendida por todo el mundo, cuyos orígenes se remontan a los siglos X y XI, pero que, como casi todas las advocaciones marianas hunden sus raíces en los tiempos de la Iglesia primitiva.

Esta es una devoción particular a la Virgen María, la Madre de Dios, que se hace presente siempre que uno de sus hijos sufre un profundo dolor, una emergencia, una catástrofe, una tentación, un peligro inminente, una enfermedad grave. María, como Madre Inmaculada, nunca se cansa de brindar auxilio y consuelo cuando acudimos a Ella.

Ayuda perpetua

La Virgen del Perpetuo posee innumerables patronazgos, repartidos en diversos países, pero es considerada de manera especial patrona de la Congregación del Santísimo Redentor, cuyos miembros son conocidos como redentoristas. Ellos velan por la difusión de esta hermosa advocación y por el provecho espiritual de sus devotos.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es un ícono (imagen) de la Virgen María cuyo original se conserva hasta hoy. Se encuentra en el altar mayor de la iglesia de San Alfonso del Esquilino en la ciudad de Roma (Italia).

La imagen del Perpetuo Socorro representa los cuidados maternales que tuvo la Virgen María hacia su Hijo Jesús, desde que fue concebido por el Espíritu Santo hasta su muerte en la cruz. En virtud del ejercicio de tan preciosa maternidad, hoy, la Madre de Dios ejerce los mismos cuidados espirituales sobre nosotros sus hijos por adopción.

La historia

La historia del icono del Perpetuo Socorro se remonta con toda claridad al siglo XV, cuando un rico comerciante del Mar Mediterráneo adquirió la imagen por su gran belleza -lamentablemente se desconocen mayores detalles, como quién la pintó o por qué fue puesta en venta-.

Con el propósito de preservar la bella imagen, el mercader que la adquirió tomó la decisión de llevarla a Italia. En medio de la travesía, se desató una terrible tormenta que puso en peligro de naufragar a la embarcación en que era transportada. Preso del miedo, el comerciante tomó la imagen en alto, pidió auxilio al Señor y a la Virgen y, sorprendentemente, el mar se calmó de inmediato. Aquel hecho extraordinario despertó en quienes lo presenciaron la conciencia de que Ella, la Virgen María, es socorro perpetuo y verdadero para todo aquel que está necesitado o en peligro.

Después de un tiempo, el negociante enfermó gravemente, pero antes de morir, le hizo prometer a su amigo que realizaría los menesteres necesarios para que la imagen pudiera colocarse en alguna iglesia importante de la ciudad. El deseo del comerciante no se cumplió, porque la esposa de su amigo se encariñó con la pintura y se la quedó. Cuenta la leyenda que la Virgen se le apareció en sueños a aquel amigo, exhortándolo a que cumpliese su promesa; sin embargo, no lo hizo por complacer a su esposa. Tras la muerte de éste, la Virgen se apareció a su hija de seis años y le pidió que ruegue a su madre que lleve la imagen a alguna iglesia. La pequeña hizo como la Virgen le pidió, pero la madre, aunque se sentía asustada, no hizo nada por cumplir la promesa a su difunto esposo.

Una vecina, bastante al tanto de lo ocurrido, encontró en esta historia motivo para la burla. A los días le vinieron tales dolores a aquella mujer que solo atinó a pedirle perdón a la Virgen y rogarle que la socorriese. Sintiéndose muy enferma, solicitó ver el cuadro y, cuando lo tuvo enfrente, lo tocó con devoción. Al día siguiente estaba curada.

Nuestra Señora volvió a aparecerse a la niña y le dijo que la pintura debía ser puesta en la iglesia de San Mateo, ubicada entre las Basílicas Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. Ahora sí su madre y la vecina se dispusieron a cumplir el deseo de Nuestra Señora. Desde entonces, grandes milagros empezaron a obrarse por intercesión de la “Virgen del Perpetuo Socorro”.

Entre redentoristas y agustinos

A fines del siglo XVIII, Napoleón quien ocupaba la Ciudad, mandó destruir muchas iglesias romanas, entre ellas la de San Mateo. Providencialmente un sacerdote agustino logró llevarse a escondidas el cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro. Más adelante, la imagen sería colocada en la capilla agustiniana en Posterula.

Paralelamente, los redentoristas empezaron la construcción de la Iglesia de San Alfonso sobre las ruinas de la antigua iglesia de San Mateo. Ellos tomaron noticia de que en el lugar había estado el milagroso cuadro del ‘Perpetuo Socorro’ y que en ese momento se encontraba en manos de los agustinos. En favor de los redentoristas se sumó el testimonio de un sacerdote jesuita que conocía del deseo de la Virgen que quería ser honrada en ese lugar.

La Virgen, el Papa y la Congregación del Santísimo Redentor

Así, el superior de los redentoristas solicitó al Beato Papa Pío IX que el cuadro sea devuelto al lugar original. El Pontífice dispuso que así se hiciera, a lo que accedieron los agustinos, y le encargó a los redentoristas la misión de propagar la devoción a Nuestra Señora.

Hoy, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro está extendida en todo el mundo cristiano. Iglesias, santuarios, escuelas católicas y otras edificaciones están dedicadas en su honor. Sus devotos la veneran y piden su auxilio por todo el globo.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ¡Ruega por nosotros!

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Fuente: Aciprensa

Cada 26 de junio se celebra a San Josemaría Escrivá, ‘el santo de lo ordinario’

Cada 26 de junio se celebra a San Josemaría Escrivá, ‘el santo de lo ordinario’

«Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional… pero, ahí, ¡te quiere santo!». Estas palabras resumen muy bien buena parte de la inspiración que recibió San Josemaría para mover los corazones de muchos, y convocarlos a santificarse y santificar el mundo actual. Por eso, se le conoce como ‘el santo de lo ordinario’, apelativo que recibe por haber  entendido a la perfección de qué trata la vida del cristiano hoy: de hacer de lo ordinario -de la vida cotidiana- algo extraordinario.

Tras las huellas de Cristo

San Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, Huesca (España) en 1902, en el seno de una familia profundamente cristiana. Desde joven, le tocó conocer el sufrimiento: sus tres hermanas menores murieron aún siendo muy pequeñas, el negocio de su padre quebró y la familia tuvo que dejar su tierra para mudarse a Logroño en busca de una situación mejor.

Cierto día, Josemaría vio sobre la nieve las huellas de unos pies descalzos. De solo pensar en quién podría haberlas dejado, se le congeló hasta el alma. ¿Quién puede andar sin zapatos pisando el hielo? Le pareció una locura. Pero cuando se enteró de que eran las pisadas de un religioso, su apreciación del hecho cambió completamente. Esas huellas -pensó- han sido dejadas por alguien extraordinario, que hace cosas igualmente extraordinarias. Pensar en que alguien era capaz de hacer algo así, sólo podía explicarse por un gran propósito, algo propio de un plano distinto. Josemaría intuye entonces que quizás Dios le estaba enviando un mensaje: quizás Dios quería algo de él.

Poco a poco, su mente se fue aclarando: Cristo quería que siga sus pasos de cerca, como sacerdote.

Josemaría se caracterizaba por su carácter generoso y alegre, mientras que su sencillez y serenidad lo hicieron muy querido entre sus compañeros de estudio. Mostraba esmero en la oración, disciplina y cariño por el estudio. Se convirtió sin quererlo en referente para quienes lo rodeaban. Más tarde vendrían los días de la formación en el seminario.

El 28 de marzo de 1925 San Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote. Años más tarde, con permiso de su obispo, se trasladaría a Madrid para obtener el doctorado en derecho. Desatada la Guerra Civil española, se vio obligado a interrumpir sus estudios; los que solo pudo concluir acabado el conflicto. Terminado el doctorado en Derecho, sumó otro en teología, esta vez, fuera de España, en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

El 2 de octubre de 1928, según sus propias palabras, Dios le hizo “ver” lo que quería de él: que lleve el mensaje del llamado universal a la santidad por todo el mundo.

Lo que el Espíritu de Dios había suscitado en el corazón lo mueve a formar una comunidad, una familia en el seno de la Iglesia: el Opus Dei; cuyo propósito radica en promover la santificación entre sus miembros en medio de la vida ordinaria, en particular a través del trabajo. San Josemaría define con estas palabras lo que debe ser el Opus Dei: “Una movilización de cristianos que supieran sacrificarse gustosos por los demás, que hicieran divinos los caminos humanos de la tierra, todos, santificando cualquier trabajo noble, cualquier trabajo limpio”.

Cristo ha de volver a los claustros universitarios

En 1933 el santo concibe la idea de crear una academia universitaria de espíritu católico. Josemaría entiende que esto es imperioso, ya que el mundo de la cultura y la ciencia son ámbitos decisivos para la evangelización de toda sociedad. Lamentablemente, el estallido de la guerra civil en 1936 desató una persecución religiosa que obligó al santo a refugiarse en diversos lugares de España, hasta que pudo asentarse en Burgos.

Acabada la guerra en 1939, San Josemaría retorna a Madrid para terminar los estudios de doctorado en derecho civil en la Universidad Central. Su fama de hombre espiritual lo llevó a dirigir ejercicios espirituales a pedido de obispos y superiores religiosos. En 1946, se traslada a Roma y obtiene de la Santa Sede la aprobación definitiva de su más importante obra, el Opus Dei.

Al paso de la renovación de la Iglesia

En los años sesentas sigue con atención el Concilio Vaticano II, estableciendo lazos apostólicos con muchos padres conciliares y abriendo nuevas puertas para hacer crecer al Opus Dei y difundir su mensaje. El crecimiento de la familia espiritual lo obliga a dedicarle todos sus esfuerzos. Viaja por diversos países de Europa y América con el objetivo de impulsar y consolidar el trabajo apostólico de “la Obra”.

«Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo», declaraba, con ánimo inacabable, San Josemaría Escrivá.

El “santo de lo cotidiano” partió a la Casa del Padre el 26 de junio de 1975 a consecuencia de un paro cardíaco. Murió asistido por la gracias debidas y a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen de Guadalupe. Fue canonizado por San Juan Pablo II en el año 2002.

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Cada 25 de junio celebramos a San Próspero de Aquitania, discípulo de San Agustín y defensor de la verdad

Cada 25 de junio celebramos a San Próspero de Aquitania, discípulo de San Agustín y defensor de la verdad

Buenos Aires, jueves 25 de junio (PR/26) .- San Próspero de Aquitania (390-455) fue teólogo seglar, discípulo de San Agustín de Hipona que participó activamente en las principales controversias religiosas de su época, especialmente las concernientes al pelagianismo y a lo que después se denominaría ‘semipelagianismo’; además, en calidad de laico, fue servidor y colaborador del Papa León I durante su pontificado (440-461).

Errores, confusión, herejías

El semipelagianismo fue un intento de conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina de la lglesia en torno a la gracia y el pecado original. Los pelagianos de larga data habían sostenido que la vida eterna podía ganarse sin el concurso de la gracia divina, haciendo valer solamente el libre albedrío y el esfuerzo humano; para ello se apoyaban en ideas como que el pecado original habría afectado exclusivamente a Adán y que sus consecuencias podían ser remisibles si se procuraba una vida intachable. Los semipelagianos, sus “herederos”, aparecen tras la contundente respuesta que dio San Agustín (354-430) a este problema, quien había señalado que tanto la gracia como la libertad humana son necesarias para la salvación y que al hombre le toca cooperar siempre con la iniciativa divina. Los semipelagianos pretendieron acoger la crítica agustiniana pero sin abandonar las tesis de fondo de Pelagio (354-420), cuya doctrina terminó condenada por herética (Concilio de Cartago de 418).

Los semipelagianos, a diferencia de su inspirador, admitían el concurso de la gracia divina para alcanzar la salvación, pero sólo sobre la base de un movimiento primigenio de la voluntad humana, es decir, de un acto de la libertad en la que Dios no toma parte en absoluto.

El discípulo que honra al maestro

Próspero de Aquitania, discípulo de Agustín, se dio a conocer en medio de esta compleja disputa doctrinal gracias a sus escritos. Estos, afortunadamente, se conservan hasta hoy.

En 428, Próspero escribió una carta a San Agustín –que en ese momento ya se hallaba en Hipona– sobre las dificultades surgidas en Marsella y sus alrededores contra la doctrina que Agustín había desarrollado. Por esta razón, Agustín escribió dos tratados: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos.

Cooperador de la verdad

También San Próspero es reconocido por ser el autor de una Crónica sobre la Iglesia,  relato histórico que comprende el período desde la creación hasta la conquista de Roma por los vándalos en el año 455. Este escrito fue una suerte de síntesis de la obra del mismo nombre que escribió San Jerónimo, pero al que Próspero añadió algunas correcciones y precisiones.

San Próspero terminó sus días como secretario seglar nada menos que del Papa San León Magno (León I). Murió alrededor del año 455.

 

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Cada 24 de junio la Iglesia celebra la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Cada 24 de junio la Iglesia celebra la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Buenos Aires, miércoles 24 de junio (PR/26) .- Cada 24 de junio, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

En uno de sus famosos sermones, San Agustín de Hipona (354-430) se refería a esta celebración: “La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja”. Así, el Obispo de Hipona se hacía eco de una antigua convicción de la Iglesia sobre Juan, el Bautista: su nacimiento representa un punto de inflexión en la historia de la salvación.

Agustín explicita el porqué: “Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: la ley y los profetas llegaron hasta Juan”.

Lo habitual es que a un santo se le celebre el día de su muerte. Esto, porque se considera que ese es el día en que ingresa al cielo; es decir, su natalicio para la vida eterna. No obstante, el caso del Bautista es especial ya que las gracias que recibió fueron todas únicas y extraordinarias: fue santificado desde el vientre, cuando Isabel, su madre, y la Virgen María se encuentran, frente a frente, ambas en estado de buena esperanza; fue profeta como ninguno porque anunció con excepcional cercanía la llegada del Mesías, “allanando el camino” del redentor; y por haber tenido la oportunidad de señalarlo directamente entre la multitud, miembros del pueblo elegido.

Anunciado por el ángel

En el primer capítulo del Evangelio de San Lucas se dice cómo Zacarías, sacerdote judío casado con Isabel, pariente de María, no había podido tener hijos pues su mujer era estéril y de edad avanzada. Entonces, el ángel Gabriel se le aparece a la derecha del altar y le dice que su esposa tendrá un hijo que será el precursor del Mesías, y a quien deberá por nombre ‘Juan’. Lamentablemente, Zacarías, presa del miedo, dudó de que todo esto fuera posible, y como aleccionamiento y confirmación de que el anuncio venía de Dios -Zacarías pedía una ‘señal’- quedó mudo “hasta que todo se cumplió”.

Una celebración cristocéntrica

Así como el nacimiento del Señor Jesús se celebra cada 25 de diciembre durante el solsticio de invierno (el día más corto del año), el nacimiento de San Juan se celebra cada 24 de junio, solsticio de verano (el día más largo). De esta manera es posible decir que después de Jesús los “días van a más” (empiezan siendo cortos y luego se hacen más largos) y después de Juan, “van a menos” (con el tiempo se hacen más cortos), hasta que “el sol de Justicia”, el Señor, “vuelva a nacer”, en todo su esplendor.

El santo al que se celebra dos veces

La Iglesia Católica ha considerado en el calendario cristiano un día adicional para celebrar a San Juan Bautista, pero, a diferencia de hoy, esta conmemora su muerte: el martirio de San Juan Bautista (29 de agosto). Por último, es importante recordar que hoy no solo celebramos el natalicio de Juan, sino todo lo que representa en la obra de la salvación.

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