Con una fuerte integración entre ganadería y agricultura y una gestión basada en datos, Estancia Santa Marta -en el partido de Balcarce, Buenos Aires- multiplicó por 15 su producción anual de carne en apenas seis años, pasando de 150.000 kilos en 2018 a los actuales 2,3 millones.
Para lograrlo, implementó un sistema intensivo y dinámico, en permanente ajuste para que cada pieza encaje en tiempo y forma.
El punto de inflexión fue en 2019, cuando un golpe de timón en la gestión local del Grupo Benetton -propietario del establecimiento- llevó a repensar el modelo de manera integral.
Hasta entonces, daban en arrendamiento el 48% del área agrícola del establecimiento, participación que fueron reduciendo progresivamente hasta hacer casi todo por administración, excepto una pequeña superficie en la que prestan servicio para ensayos y producción de semillas bajo riego.
En ganadería, el cambio también fue total. “Antes vendíamos el ternero al destete. Hoy el animal se queda en el sistema hasta el final del ciclo”, resumió Ignacio Anchorena, administrador de Santa Marta, en diálogo con Valor Carne, resaltando que esto implicó crecer en la siembra de pasturas y verdeos, y destinar parte de las cosechas a alimentación animal en lugar de venderlas como grano.
Santa Marta engorda hoy unos 4.000 terneros propios, a los que se suman otros 4.000 de compra. Todos ingresan a un esquema de recría a campo, para luego pasar a una terminación corta a corral, apuntando a una máxima eficiencia.
De marzo a marzo, los animales tienen que salir terminados en el menor tiempo posible. “El objetivo es claro: todos los años tenemos que engordar unas 8.000 cabezas para que el esquema cierre. Eso ordena todo el sistema”, enfatizó Anchorena.
La cabaña, el punto de partida
El esquema productivo comienza por una cabaña propia, pensada como generadora de genética Hereford y Angus funcional para el resto del sistema. De ahí surgen las madres y los toros del rodeo comercial.
“El foco está puesto en facilidad de parto, eficiencia reproductiva, aptitud carnicera y adaptación al ambiente”, contó Ignacio Inda, 2do responsable de Ganadería, convencido de que la consistencia genética es una condición clave para que el modelo productivo funcione sin sobresaltos.
Este plantel alimenta el rodeo de unas 4.700 mil madres, entre vacas y vaquillonas, trabajado pensando en aumentar la cabeza de parición.
“La utilización sistemática de inseminación artificial, la evaluación permanente de preñez y destete, y el seguimiento de indicadores reproductivos permiten sostener una oferta de terneros homogéneos, con buen arranque en la recría y comportamiento previsible en las etapas posteriores”, sostuvo Inda, resaltando que “la recría empieza en la madre”.
En relación a los terneros de compra, desde el comienzo se trabaja en la identificación electrónica de los lotes, cargando origen, peso de ingreso, sanidad y todo su recorrido productivo. “Ese número acompaña al animal hasta la faena”, subrayó Inda.
Con esos datos, el equipo puede evaluar performance por origen, comportamiento a pasto y en corral, y construir rankings para futuras compras.
“Sabemos que el resultado muchas veces depende más del precio de compra y venta que de lo productivo, pero tener información nos permite decidir si vale la pena pagar un peso más por ciertos lotes”, agregó.
Hoy la compra de invernada se realiza mayormente vía consignatarios y remates. “Somos nuevos comprando. Aunque la compañía tiene muchísimos años en la zona, recién estamos profundizando la relación con los criadores”, sostuvo Pablo Martínez, responsable de Ganadería. Y planteó: “esperamos que con la identificación electrónica obligatoria podamos desarrollar un buen mapa de proveedores de terneros para mejorar la eficiencia de la recría y el engorde”.
El siguiente paso, ya con los terneros destetados y los de compra, es la recría sobre verdeos que arranca en febrero-marzo y se cierra hacia agosto-septiembre, cuando los animales alcanzan los 270 a 300 kilos.
Para esto, la gestión del alimento es fundamental, lo que requiere una planificación detallada a partir del balance forrajero de cada campo. En algunas épocas del año pasan más de 13.000 cabezas por el establecimiento, que se manejan divididos en rodeos de entre 300 y 400 animales, por lo que deben tener un seguimiento al detalle.
“Tratamos de ver qué va a comer cada rodeo durante todo el año y en qué lotes, para que esté ordenado, utilizando el balance forrajero como una guía que se vuelca en una planilla”, narró.
Así, el sistema permite saber “qué categoría, cuántas cabezas, en qué lote, cuántas hectáreas tiene ese lote, qué recurso y cuántos kilos de materia seca ofrece por hectárea, lo que se traduce en una estimación concreta de la oferta total de alimento y su duración en función del consumo diario”, agregó.
Feedlot corto y altamente eficiente
La terminación se apoya en un feedlot profesionalizado, con fuerte incorporación tecnológica, donde están de 80 a 90 días.
“Día a día trabajamos con las dietas para mejorar la eficiencia. Pasamos de conversiones de 11 a 7 kilos de alimento por kilo de carne. El salto se dio al integrar sistemas de gestión nutricional y avanzar en el procesamiento del grano, con un alto uso de grano húmedo partido”, señaló Martínez.
“El desafío ahora es seguir ganando eficiencia sin aumentar el riesgo”, aclara. La clave está en buenas recrías, sanidad ajustada y animales que ya llegan acostumbrados al comedero, reduciendo los días de transición.
“Las hembras entran a terminación con unos 270 kg y salen con 370 kg, mientras que los machos entran con 300 y se terminan en 420 kg. En algunos casos puntuales, orientados a exportación, se alcanzan pesos de 480 kg”, precisó Martínez.
En tanto, la venta del gordo es directa, principalmente a supermercados de primera línea, además de algunos negocios de exportación.
Remolacha forrajera: la pieza que acelera el sistema
Dentro de esta reingeniería, la remolacha forrajera se convirtió en una de las piezas más innovadoras. Santa Marta implantó unas 70 hectáreas, posicionándose entre los principales productores del país.
“La remolacha nos permite concentrar muchos animales en poca superficie y capturar kilos que antes se nos escapaban”, explicó Juan Pimentel, responsable de Agricultura. En términos de equivalencias, una hectárea de remolacha reemplaza unas ocho hectáreas de verdeo de invierno.
Con una productividad estimada de 25 toneladas de materia seca en secano, cada hectárea permite sostener 25 animales durante unos 150 días, con ganancias diarias de 800 a 1 kg. El impacto es directo: animales que pasaron por remolacha ingresan al feedlot con 340 kilos, frente a los 300 kilos de los que vienen de verdeos tradicionales, en el mismo tiempo.
“La diferencia es enorme”, subraya Gonzalo Varela, segundo responsable de Agricultura. “Además, llegan mejor preparados al corral, reduciendo el tiempo de adaptación y logrando mejores conversiones. Hemos sacado animales gordos con 40 a 45 días de encierre”, aseguró.
Sin embargo, el manejo del cultivo es exigente: requiere lotes bien drenados, nutrición similar al maíz, control fino de malezas e insectos y un seguimiento permanente. Pero el resultado justifica el esfuerzo. “El año pasado logramos 2.600 kilos de carne por hectárea”, destacan.
El trabajo en equipo
Más allá de la planificación y de la búsqueda constante de nuevas tecnologías, Anchorena reconoció que durante el año surgen muchas variables que hacen que en Santa Marta no haya recetas fijas. “El sistema se ajusta constantemente, lote a lote, categoría por categoría. Nada es estático”, aseguró, destacando por eso la “información y el trabajo en equipo” es la verdadera clave del sistema.
“El desafío conjunto es anticiparse, entender dónde está cada pieza del rompecabezas y moverla a tiempo. Ahí es donde se explica el crecimiento”, concluyó.





















