Por Sergio Marcelo Mammarelli
Comenzaría este editorial con un recuerdo. Hubo un día, en diciembre de 2001, en que miles de argentinos salieron a las calles con una consigna que parecía sintetizarlo todo: ¡Que se vayan todos! No uno solo, todos. Fue un grito que exigía la desaparición completa de la clase política. Fue más que un reclamo, fue un síntoma de agotamiento profundo con la democracia representativa, una declaración de que nadie merecía ya ejercer poder.

Buenos Aires, martes 20 de enero (PR/26) .- Nunca hasta ese momento, la legitimidad política se había desplomado de un plumazo. Esta vez, ni los militares gozaban de autoridad para animarse a su acostumbrada disciplina de un nuevo orden.

Veintitantos años después, la frase sigue resonando más como diagnóstico que como consigna: Ahora se la denomina “casta” y debemos destruirla. Y sin querer, ingresamos en una nueva etapa de la argentina, donde la democracia sigue, pero el entusiasmo ciudadano no.

El hartazgo como paisaje psicológico

Con esta introducción, observamos que, en Argentina, y en buena parte de América Latina, la democracia ya no inspira, sino que por el contrario desgasta. Las instituciones formales siguen existiendo, pero la relación entre ciudadanía y política está corroída por la apatía, el descreimiento y la ironía amarga. Según Latinobarómetro 2023-24, todas las instituciones básicas —partidos, Congreso, Poder Judicial, gobierno— están en niveles de baja confianza histórica, con partidos políticos prácticamente en el sótano y legislaturas que despiertan poca fe.

Pareciera incluso, que esta nueva moda, no es solo cuestión de “no gustar” sino que, en muchos casos, la gente ve la política como una maquinaria que funciona contra ellos mismos. La confianza en partidos y Congreso argentinos ronda porcentajes exiguos que parecen diseñados para un experimento sociológico más que para una democracia vibrante. En ese contexto, el clásico esquema democracia y participación se ha agrietado. La participación electoral puede sostenerse por tradición o por rutinas sociopolíticas, pero eso no significa que el sujeto político bajo ese esquema crea en el sistema. Hay una especie de participación zombificada: se vota porque hay que votar, no porque se crea que votar cambia algo.

Este desencanto con la política puede ser interpretado de dos maneras diferentes. Una como fracaso de las instituciones, incapaces de ofrecer soluciones reales. La otra, es un cambio cultural, un estado emocional de fatiga colectiva ante promesas incumplidas.

Todos los analistas políticos más destacados, afirman que Latinoamérica muestra que el apoyo a la democracia como sistema ha bajado considerablemente en la región desde 2010 (del 63% al 48% en 2023), mientras que quienes no prefieren ningún régimen aumentan de 16% a 28%. Eso no es un simple dato sociológico: es la prueba de que la cordura democrática está en oferta débil.

Este dato de la realidad es más que preocupante. No estamos hablando solo de desconfianza en los políticos sino de un desvinculamiento emocional con la idea misma de democracia representativa. Cuando la gente empieza a pensar que la democracia podría funcionar “sin Congreso”, como muestran algunas respuestas de Latinoamérica lo que brilla no es la creatividad política sino la irritación ante las mediaciones institucionales que supuestamente deberían canalizar demandas y solucionar problemas.

El yo cansado frente al nosotros constitucional

Hay una dimensión subjetiva de este cansancio que pocos análisis políticos abordan con honestidad. La democracia no se agota por falta de reglas, sino por falta de fe en las mediaciones. La política representativa se apoya en el principio de que electores y representantes están en un pacto de confianza mutua: vos me elegís, yo te represento. Cuando esa confianza se quiebra, la política se vuelve un trámite vacío.

Los ciudadanos quieren que se solucionen sus problemas, salarios, seguridad, servicios, justicia, pero no quieren implicarse en los circuitos donde esas soluciones se negocian. De golpe, todos nos transformamos en espectadores democráticos. Exigimos resultados, pero desde la tribuna, sin confiar en los jugadores.

El grito de “que se vayan todos” fue una explosión, pero hoy en día, esa misma lógica se hizo menos violenta y más silenciosa. Ahora es el voto blanco, el abstencionismo, la crítica ácida en redes sociales, la adhesión tibia a opciones que prometen externalizar la solución, como líderes fuertes, outsiders, rupturas radicales. Y lo peor, es que este fenómeno no es solo argentino, sino que invade a toda América Latina donde los ciudadanos muestran un patrón similar de desconfianza e indiferencia hacia las instituciones tradicionales y sus representantes.

El hartazgo no es antidemocracia… ¿o sí?

La confianza en gobiernos y otras instituciones en la región cayó hasta niveles alarmantes en muchos países. El desencanto no se limita a los gobiernos, sino que también abarca parlamentos, partidos y poderes judiciales, generando un contexto de desconfianza sistémica. Sin embargo, el apoyo a la democracia en términos abstractos creció ligeramente hasta el 52%, lo que muestra que la gente prefiere la democracia como concepto, pero no cree en quienes la encarnan.

En Argentina, solo el 17% confía en los partidos, y menos del 25% en el Congreso. La confianza en el presidente también es baja. A diferencia de otros países como Uruguay, donde ciertas instituciones aún gozan de respeto, Argentina atraviesa una crisis de representatividad más profunda, acompañada por la inflación crónica, los escándalos y la polarización crónica.

Todo este contexto, crea lo que podríamos definir un crecimiento de la participación vaciada: se vota, pero sin convicción, sin esperanza. Se elige desde el cansancio, desde la bronca. El resultado está a la visa. Emergen liderazgos que canalizan ese hartazgo en forma de rebelión anti institucional: figuras como Javier Milei son más síntoma que solución. Prometen terminar con el sistema desde adentro, borrar las mediaciones, refundarlo todo. Dicho de otro modo, la democracia funciona formalmente, pero sus ciudadanos están emocionalmente desvinculados.

El bienestar fatigado: cuando el éxito se convierte en carga

A mi humilde opinión, el cansancio democrático actual no surge del fracaso, sino del éxito inconcluso del Estado de Bienestar.

Las sociedades alcanzaron logros impensados en el siglo XX (salud, educación, seguridad social, consumo), pero una vez alcanzados, comenzó la fatiga de sostenerlos, especialmente cuando el contexto económico y político ya no permite expandirlos sin conflictos. La humanidad, nunca creció tanto ni consolidó tantos valores, bienestar o derechos como en todo el Siglo XX. Sin embargo, este proceso generó en forma paralela una reacción ambigua: el ciudadano defiende lo conseguido, pero no quiere comprometerse activamente para sostenerlo o actualizarlo.

Esa lógica conservadora del bienestar es lo que observamos a diario en toda la sociedad actual occidental: que no me lo toquen, pero tampoco me pidan que participe para cuidarlo.

De este modo y en forma paradójica, parte de este cansancio ciudadano puede explicarse por el éxito —no el fracaso— del siglo XX. El Estado de Bienestar, esa construcción colectiva que brindó educación, salud, trabajo formal y movilidad social, generó condiciones de vida que nunca antes se habían alcanzado. Pero ese proceso, en lugar de consolidarse, empezó a deshilacharse con las crisis económicas, el endeudamiento crónico y las nuevas formas de desigualdad. Y la reacción no fue una mayor implicación cívica, sino una mezcla de bronca y nostalgia: Así aparece el síndrome del “usuario enojado del sistema”. Exigimos que funcione, pero sin asumir los costos políticos, fiscales o sociales de su sostenimiento.

En ese marco, el descreimiento democrático crece no porque el sistema haya sido siempre fallido, sino porque ya no entrega lo que prometía, y la ciudadanía ya no cree posible volver a conquistarlo colectivamente. La democracia, entonces, se convierte en una estructura vacía: todos queremos los beneficios, pero nadie quiere ser parte del proceso.

Conclusión: la democracia que nadie quiere… pero que necesitamos

La política del cansancio es una descripción precisa de un fenómeno real. Las instituciones existen, pero su legitimidad se desvanece. La gente sigue votando, pero sin creer. La indiferencia se disfraza de pragmatismo. Una democracia formal sin compromiso ciudadano real. Mientras más gente dice que la democracia “no sirve”, menos gente parece dispuesta a arreglarla desde adentro. Y así, terminamos con una democracia que nadie quiere realmente, pero que encima hay que defender.

El problema no es solamente que la democracia representativa está cansada: es que ya no hay nadie que le escriba cartas de amor.

Por Sergio Marcelo Mammarelli

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