Jun 15, 2026 | Actualidad, Columnas, Especial
Desde la Provenza inmortalizada por Marcel Pagnol hasta las crisis agrícolas del siglo XXI, el cine rural francés ha retratado como pocos la relación entre el hombre, la tierra y el paso del tiempo. Un recorrido por las películas que convirtieron al campo en protagonista de algunas de las historias más profundas y conmovedoras del cine europeo.
Autor: Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine
Buenos Aires, lunes 15 de Junio (PR/26)–El cine francés mantiene desde sus orígenes una relación íntima con la tierra. Los viñedos, las colinas, los campos de cultivo y los pequeños pueblos rurales nunca fueron simples escenarios: se transformaron en protagonistas capaces de contar historias de pertenencia, conflictos familiares, desigualdades sociales y cambios culturales.
A lo largo de más de un siglo, el cine rural francés construyó un extraordinario retrato de la Francia profunda, esa que vive lejos de París y de los grandes centros urbanos, donde los ritmos siguen marcados por las estaciones, las cosechas y las tradiciones heredadas de generación en generación.
Los primeros años: la tierra como destino
Ya en la década de 1930, el cine francés comenzó a descubrir la enorme fuerza narrativa del mundo rural.
Uno de los pioneros fue Jean Renoir, quien en Toni (1935) filmó en escenarios naturales de la Provenza y ofreció una mirada innovadora para su época. La vida de los trabajadores agrícolas, la inmigración y las tensiones sociales aparecían retratadas con una autenticidad cercana al documental.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el campo ocupó un lugar central en la reconstrucción simbólica del país. Mientras Francia intentaba sanar sus heridas, las películas mostraban una doble realidad: por un lado, la nostalgia por una vida campesina idealizada; por otro, la creciente amenaza del éxodo rural que comenzaba a vaciar pueblos enteros.
La Nouvelle Vague y una Francia rural relegada
Durante los años sesenta, la célebre Nouvelle Vague revolucionó el lenguaje cinematográfico. Sin embargo, la mayoría de sus figuras emblemáticas, Godard, Truffaut o Chabrol, dirigieron su mirada hacia las ciudades.

El campo quedó en un segundo plano, aunque algunos realizadores continuaron explorando la vida provincial y sus silencios. Allí empezó a consolidarse una oposición que reaparecería una y otra vez en el cine francés: la tensión entre el París moderno, dinámico y cambiante, y la llamada France profonde, aferrada a sus costumbres, sus ciclos naturales y sus viejas disputas.
Los años setenta: cuando el campo se volvió político
La década de 1970 trajo consigo una mirada más crítica y comprometida.
La mecanización agrícola, la desaparición de pequeñas explotaciones familiares, la concentración económica y las luchas de los productores rurales comenzaron a ocupar un lugar destacado en las historias.
El campesino dejó de ser una figura pintoresca para convertirse en el símbolo de una clase social amenazada por los cambios económicos y tecnológicos.
En ese contexto surgiría una de las obras más importantes de la historia del cine francés.
Jean de Florette y Manon des Sources: la epopeya moral de la Provenza
En 1986, el director Claude Berri estrenó Jean de Florette y Manon des Sources, adaptaciones de las novelas de Marcel Pagnol que rápidamente se transformaron en clásicos universales.

La trama parece sencilla: Ugolin Soubeyran y su tío César bloquean secretamente el manantial de una propiedad vecina para apropiarse de ella y desarrollar un rentable cultivo de claveles.
Cuando el nuevo propietario, Jean de Florette, llega desde la ciudad dispuesto a trabajar la tierra que heredó, ignora que su destino ya ha sido sellado por la ambición de quienes lo rodean.
Una tragedia griega bajo el sol de Provenza
Lo extraordinario de estas películas va mucho más allá de sus espectaculares paisajes.
Las colinas áridas, los caminos de piedra y la vegetación mediterránea forman parte de una tragedia donde la tierra parece observar en silencio los errores humanos.
Jean es trabajador, honesto y perseverante. Sin embargo, es un extranjero. Un hombre de ciudad que intenta integrarse a una comunidad cerrada sobre sí misma.

La indiferencia colectiva termina siendo tan devastadora como la propia conspiración.
La Provenza que muestran estas películas está muy lejos de las postales turísticas. Es una tierra donde los rencores se heredan, donde la posesión de una parcela puede definir una vida y donde el silencio pesa más que las palabras.
Marcel Pagnol y la memoria de la tierra
La fuerza de la historia nace de la experiencia personal de Marcel Pagnol, nacido en Aubagne y profundamente ligado al paisaje provenzal.
Al escribir L’eau des collines, la obra que reúne ambas novelas, Pagnol construyó mucho más que una historia rural: elaboró una profunda reflexión sobre la memoria, la identidad, la pertenencia y la justicia.
La adaptación de Claude Berri estuvo respaldada por interpretaciones memorables.
Yves Montand compone un César Soubeyran tan manipulador como humano. Daniel Auteuil entrega uno de los mejores trabajos de su carrera como Ugolin. Y Emmanuelle Béart, en la segunda parte, encarna a una Manon convertida en símbolo de la verdad y la reparación.

Emmanuelle Béart
El agua como metáfora universal
En ambas películas, el agua es mucho más que un recurso natural. Es vida, supervivencia y poder. Controlar un manantial significa controlar el destino de una familia. Pero también representa algo más profundo: la verdad.
Tal como ocurre con el agua subterránea, la memoria permanece oculta durante años, hasta encontrar finalmente el camino para salir a la superficie.

Por eso el desenlace de Manon des Sources (Manón del manantial) posee una potencia emocional tan extraordinaria: revela que algunas verdades pueden tardar décadas en emerger, pero nunca desaparecen por completo.
Después de Berri: entre la melancolía y la resistencia
El enorme éxito internacional de las películas inspiradas en Pagnol revitalizó el interés por el mundo rural.Sin embargo, las nuevas generaciones de cineastas abandonaron la mirada épica para explorar aspectos más duros y contemporáneos.
Directores como Bruno Dumont comenzaron a retratar una Francia rural marcada por el aislamiento, la falta de oportunidades y el desencanto.

En películas como La vie de Jésus (1997), el campo aparece como un espacio donde la juventud parece atrapada entre el aburrimiento, la violencia latente y la ausencia de perspectivas. La belleza del paisaje ya no alcanza para ocultar las heridas sociales.
El siglo XXI y las nuevas crisis del mundo rural
En las últimas décadas, el cine francés volvió a mirar hacia el campo impulsado por problemáticas urgentes.
La presión de los mercados, el endeudamiento de los productores, la concentración agroindustrial y las consecuencias del cambio climático se transformaron en temas centrales.
Una de las películas más representativas de esta etapa es Au nom de la terre (2019), dirigida por Édouard Bergeon, que aborda con enorme crudeza el drama de los agricultores atrapados por las deudas y la imposibilidad de sostener sus explotaciones.

En esta nueva etapa, el cine rural francés perdió parte de la nostalgia que caracterizaba a las obras de Pagnol, pero ganó una poderosa dimensión política.
El campo ya no es solamente un escenario de historias humanas universales: es también un territorio donde se manifiestan algunas de las tensiones más profundas de nuestro tiempo.
La tierra no olvida

Si existe un hilo conductor que atraviesa toda la historia del cine rural francés, es la convicción de que la tierra conserva memoria.
Desde las películas pioneras de Jean Renoir hasta las denuncias contemporáneas sobre la crisis agrícola, el campo ha funcionado como un gran archivo emocional de Francia. En ese recorrido, Jean de Florette y Manon des Sources ocupan un lugar privilegiado.
No solo representan una de las cumbres artísticas del cine francés, sino que transformaron un drama rural en una auténtica epopeya moral.
La imagen final de César Soubeyran enfrentando las consecuencias de sus actos permanece entre las más conmovedoras del cine europeo: la de un hombre que comprende demasiado tarde que la tierra puede ocultar secretos durante años, pero que ninguna verdad permanece enterrada para siempre.
Porque, al igual que el agua, la verdad siempre encuentra su camino.
Primicias Rurales
Autor: Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine
Jun 15, 2026 | Actualidad, Columnas
Un recorrido por la historia argentina a través del simbolismo de sus grandes velorios, el misticismo económico de Javier Milei, el escándalo judicial de Manuel Adorni y la tregua social que sólo el fútbol logra imponer en un país habituado a la grieta.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Buenos Aires, lunes 15 junio (PR/26) — La Argentina tiene la costumbre de medir su propia temperatura en los velorios. Cada vez que muere alguien que significó algo —un caudillo, un artista, un mito— el país sale a la calle, forma fila, llora o no llora, y en ese acto colectivo dice algo sobre sí mismo que no podría decir de otra manera.
Irigoyen: la democracia que aprendió a despedirse
Hipólito Irigoyen murió en julio de 1933, dos años después de ser derrocado por el primer golpe militar del siglo XX. Tenía ochenta y un años, estaba empobrecido y solo. Sin embargo, cuando su cadáver fue expuesto, Buenos Aires salió a la calle de una manera que nadie esperaba. Cientos de miles de personas —algunos hablan de más de un millón— formaron una fila interminable para despedirlo.
¿Qué medía ese velorio?
Irigoyen no era un héroe y su segundo gobierno había sido caótico, su estilo personalista rayaba el caudillismo, y su relación con las instituciones era, en el mejor de los casos, ambigua. Pero era el primer presidente elegido por sufragio masculino universal. El velorio de Irigoyen medía el duelo por la república interrumpida.
Gardel: la patria sentimental
Carlos Gardel murió en junio de 1935 en un accidente de avión en Medellín. Tenía cuarenta y cuatro años y era el hombre más famoso del mundo de habla hispana. Cuando su cuerpo llegó a Buenos Aires la ciudad entera se detuvo.
Sin embargo, el velorio de Gardel medía otra cosa. No medía política: medía identidad. Su velorio fue masivo porque su muerte no era solo la muerte de un hombre: era la muerte de un espejo. La Argentina lloraba a Gardel porque lloraba la imagen de sí misma que él le devolvía.
Eva Perón: el poder que duele
Eva Perón murió el 26 de julio de 1952. Tenía treinta y tres años y era la figura política más amada y odiada de la Argentina contemporánea. Las colas para verla en el Ministerio de Trabajo duraron más de dos semanas. Se calculan entre dos y tres millones de personas.
El velorio de Evita medía el dolor de los que habían sido reconocidos por primera vez. El velorio de Evita era el velorio del primer populismo argentino en su momento de máxima tensión emocional. Era, también, el primer gran ensayo de la religión peronista.
Perón: el fin de una era que ya había terminado
Juan Domingo Perón murió el 1° de julio de 1974. Tenía setenta y ocho años y había regresado al país después de dieciocho años de exilio. Su tercer gobierno duraba apenas nueve meses y ya era un desastre.
El velorio de Perón medía otra cosa que los anteriores: medía el agotamiento. Las multitudes que fueron a despedirlo eran multitudes confusas, atravesadas por el luto y por la incertidumbre. No había la unidad de Evita ni la melancolía de Irigoyen. Había perplejidad. El Peronismo sin Perón era una ecuación que nadie sabía resolver. El velorio de Perón medía el miedo al vacío.
Alfonsín: el duelo republicano
Raúl Alfonsín murió el 31 de marzo de 2009. Había dejado el poder en 1989 en medio de la hiperinflación, en lo que sus propios partidarios llamaban una derrota.
El velorio de Alfonsín medía el valor de lo que se pierde cuando ya no está. Medía la nostalgia por la política como vocación, por el dirigente que discutía en el Parlamento y no desde el balcón, por el presidente que se fue antes que usar la violencia para quedarse. La Argentina que fue a despedir a Alfonsín no lloraba al radical: lloraba al demócrata.
Kirchner: el poder que se fue antes de terminar
Néstor Kirchner murió el 27 de octubre de 2010, en El Calafate, de un paro cardíaco. Tenía sesenta años y era, en ese momento, secretario general de UNASUR y el hombre más poderoso de la política argentina, aunque no ejerciera ningún cargo ejecutivo nacional. Su muerte fue un shock.
El velorio de Kirchner medía la dependencia. Medía cuánto del proyecto político que él encarnaba dependía de su persona y cuánto había podido transferirse a estructuras, ideas, instituciones. El velorio medía el umbral entre el líder y el movimiento.
Maradona: la deidad popular
Diego Armando Maradona murió el 25 de noviembre de 2020, en plena pandemia, con el mundo clausurado y los velorios prohibidos. Sin embargo, la Argentina rompió todos los protocolos sanitarios y llevó su cajón a la Casa Rosada para que la gente pudiera despedirlo.
El velorio de Maradona medía algo que ningún velorio anterior había medido con tanta claridad: medía el hambre de trascendencia de un país que se sabe periférico. Maradona le había dado a la Argentina la única victoria que nadie le puede quitar con un decreto ni una devaluación: le había dado la sensación de ser los mejores del mundo en algo.
El Indio Solari: el último profeta de la tribu

Roberto Patricio Solari murió el 5 de junio de 2026. Tenía más de setenta años, había dejado de tocar en público hacía más de una década, y en sus últimas apariciones era ya una figura casi espectral.
La gente fue. Como siempre. Como en todos los velorios que cuentan.
Sin embargo, el velorio del indio medía algo diferente a todos los anteriores. No medía política partidaria como Irigoyen o Kirchner. No medía identidad nacional como Gardel. No medía el terror al vacío como la muerte de Evita o de Perón. No medía ni siquiera la divinidad popular como Maradona. El velorio del Indio medía el fin de una forma de creer.
El rock nacional argentino había funcionado durante cuarenta años como una religión alternativa para una generación que había perdido la fe en todas las otras religiones disponibles. La política había traicionado. La Iglesia había colaborado con la dictadura. El sindicalismo había sido cooptado. El Estado había defraudado. Pero el Indio cantaba en los estadios ante doscientas mil personas que sabían de memoria cada palabra de cada canción como si fueran versículos.
Los ricoteros no eran un público. Eran una comunidad. Tenían su propia liturgia, su propio calendario, sus propios textos sagrados. Y el Indio era, queriendo o sin querer, su profeta.
Por eso su velorio medía algo que los anteriores no habían medido: medía el orfanato cultural de una generación. No el duelo por un líder que se fue antes de terminar su obra, sino el duelo por una voz que ya no va a volver a decir lo que nadie más sabe decir. El Indio era el último de una estirpe que empezó con Spinetta y Almendra, que continuó con Sui Generis y Serú Girán, que alcanzó su cima en los estadios de Los Redondos.
Hay algo más que el velorio del Indio mide. Mide la distancia infinita entre la Argentina que él cantó y la Argentina que existe. El Indio cantaba sobre una sociedad rota, sobre la injusticia estructural, sobre los que quedan abajo del sistema.
Lo que miden todos juntos
Si uno pone los siete velorios en fila —Irigoyen, Gardel, Evita, Perón, Alfonsín, Kirchner, Maradona— y agrega ahora el del Indio, lo que aparece es una historia paralela de la Argentina. Una historia que dice, en cada caso, qué necesitaba el país y qué sentía que había perdido.
Gardel prometía identidad. Evita prometía justicia. Perón prometía orden. Alfonsín prometía república. Kirchner prometía voluntad política. Maradona prometía gloria. El Indio prometía que había una forma de nombrar la experiencia de vivir en este país sin mentir y sin rendirse.
La divina maquinaria: Milei, el Edén y el capitalismo como religión de Estado
Hay discursos que se pronuncian para informar, discursos que se pronuncian para convencer, y discursos que se pronuncian porque no pronunciarlos sería una traición. Javier Milei lo dijo él mismo, el lunes 8 de junio de 2026, ante la comunidad judía reunida en el Palacio Libertad para el tributo al Rebe de Lubavitch.
El Presidente tituló su epílogo con el nombre que resume todo el programa: Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso. El capitalismo no es un sistema económico que los humanos diseñaron, probaron, corrigieron y adoptaron después de siglos de experiencia. Es el sistema que Dios preparó a través de su ley para que después de la Caída el trabajo continuara.
La arquitectura del sermón
Para entender el discurso hay que leerlo en su estructura completa, no en los fragmentos que circularon en los medios. Milei construye un argumento que arranca en el Génesis y llega hasta el mercado de capitales del siglo XXI sin perder el hilo.
El punto de partida es el paraíso original: un mundo de abundancia radical donde no existía la escasez ni el tiempo como restricción. El Edén como el estado de naturaleza económicamente óptimo, donde todos los bienes están disponibles y el tiempo no es un costo. La caída introduce la escasez, el trabajo, el esfuerzo, la mortalidad. El hombre cae del Edén a la economía.
¿Qué sistema económico reconstruye mejor las condiciones del paraíso perdido?
La respuesta de Milei es sin rodeos: el capitalismo de libre empresa. El mercado sin Estado es la aproximación humana más cercana al Edén.
El Paraíso igual a mercado libre. Infierno igual a Estado intervencionista. El capitalismo como camino de vuelta a la abundancia original. El socialismo como camino deliberado hacia la condena eterna. Y los Diez Mandamientos como el código legal que sostiene todo el edificio: no matarás es el derecho a la vida; no robarás es la propiedad privada; no codiciarás los bienes ajenos es la prohibición de la redistribución forzosa. La Torá como el primer tratado de economía liberal de la historia. Moisés como el precursor de Hayek.
No es un presidente que usa metáforas religiosas para ilustrar argumentos económicos: es un presidente que usa argumentos económicos para ilustrar una revelación religiosa.
Si el capitalismo es el sistema que Dios preparó desde el principio como respuesta a la Caída, ¿por qué la humanidad tardó trescientos mil años en descubrirlo? ¿Qué estuvo haciendo Dios durante los doscientos noventa y siete mil años anteriores? ¿Esperando que aparecieran Adam Smith y la Revolución Industrial? ¿O acaso los pueblos que vivieron en sistemas de reciprocidad, caza y recolección, agricultura comunal, feudalismo, mercantilismo y esclavitud estaban todos, sin excepción, en el infierno?
Los textos sagrados que Milei cita —el Génesis, la Torá, los Diez Mandamientos— fueron escritos entre dos mil quinientos y tres mil años antes de que existiera el capitalismo como sistema.
No mencionan el mercado de capitales, la tasa de interés, la propiedad intelectual, las sociedades anónimas ni ninguno de los dispositivos institucionales que hacen funcionar al capitalismo realmente existente.
Si el mandamiento “no robarás” legitima la propiedad privada y la prohíbe redistribuir, ¿cómo se explica que la misma tradición bíblica contenga el año sabático, que mandaba dejar descansar la tierra y perdonar las deudas cada siete años, y el año jubilar, que cada cincuenta años ordenaba devolver las tierras a sus propietarios originales y liberar a los esclavos? ¿Eso era socialismo? ¿Estaba Dios confundido cada siete y cada cincuenta años?
Lo que ocurrió el lunes 8 de junio en el Palacio Libertad no es, en sentido estricto, una novedad en el pensamiento de Milei. Desde sus primeras apariciones televisivas, Milei siempre mezcló economía con moral, y la moral con trascendencia. Por primera vez, un presidente argentino en funciones presentó como epílogo de un libro oficial del Estado una doctrina que sustenta su programa económico en preceptos bíblicos y en la voluntad divina.
Es una teología política. La teología política es la doctrina que legitima el poder político en términos sagrados: el rey por la gracia de Dios, la guerra santa, el manifiesto destino.
La ironía máxima del asunto es que esto lo dice el primer presidente anarcocapitalista de la historia, que llegó al poder criticando al Estado como una organización violenta y coercitiva, que prometió dinamitar el Banco Central y desmantelar la casta política.
Podría objetarse que todo esto es exagerado: que Milei habló en un acto religioso ante una comunidad de fe, que el contexto explica el tono, que sería injusto leer ese discurso como un documento de política de Estado. La objeción sería razonable si el texto no estuviera publicado en la página oficial de la Casa Rosada como discurso presidencial, si Milei no hubiera especificado que es el epílogo de su nuevo libro sobre moral como política de Estado, y si la audiencia en el Palacio Libertad hubiera sido una reunión privada y no un acto oficial transmitido por los canales institucionales del Gobierno.
Pero está publicado. Es oficial. Porque lo que la Argentina tiene desde el lunes 8 de junio de 2026 es un presidente que ha formalizado, en un documento del Estado, la doctrina de que el capitalismo de libre empresa es el sistema que Dios preparó para la humanidad, que seguir sus preceptos conduce a la prosperidad con la misma certeza que dos más dos son cuatro, y que apartarse de ellos conduce a la miseria como consecuencia natural de haberse apartado del orden divino. No es una opinión del Presidente: es, según sus propias palabras, una ley tan rigurosa como cualquier ley económica.
No se trata de hacer equivalencias improcedentes. Se trata de tomarse en serio lo que un presidente dice cuando cree que está diciendo lo más importante que ha dicho en su vida.
Un presidente que cree que su programa es la voluntad de Dios, no tiene, por definición, incentivos para revisarlo cuando los resultados no acompañan. Los resultados son terrestres. La voluntad de Dios es eterna. Si el ajuste duele, el dolor es el precio de la Caída. Si la pobreza persiste, es que no se obedeció suficientemente. Si el mercado no trae el paraíso, es que alguien introdujo una serpiente en el jardín.
¿En qué momento una democracia decide que hay una diferencia entre un presidente que tiene fe y un presidente cuya fe ha reemplazado a la política, y que esa diferencia importa?
O dicho de otra manera: ¿cuándo en la Argentina un presidente que cree haber encontrado la voluntad de Dios en los Diez Mandamientos dejó de ser noticia y empezó a ser paisaje?
Adorni: El hombre que juró ante el Congreso que nunca hubo ocultación, anoche confesó que sí la hubo. Y la ley que lo cubre la votó su Gobierno.
El miércoles 29 de abril, con Javier Milei mirándolo desde el palco como si fuera a comenzar un combate de box, Manuel Adorni miró a los legisladores a los ojos y dijo que en sus declaraciones juradas ante la Oficina Anticorrupción figuraban todos sus bienes “sin ocultación alguna”. El 25 de marzo lo había dicho en conferencia de prensa. El 4 de mayo lo repitió por escrito. Tres veces, misma frase, mismo gesto de republicanismo herido.
El miércoles pasado, ante la inminencia de que el fiscal Gerardo Pollicita avanzara sobre su causa, Adorni presentó su declaración jurada rectificada. E informó, con la misma soltura con que durante dos años explicó los ajustes del Gobierno, que había omitido cientos de miles de dólares porque “ahorramos en negro, como la mayoría de los argentinos”. La ocultación, confirmó, fue intencional. “Para escaparme de la vieja política”, dijo, sin notar que acababa de protagonizarla.
La ley que lo cubre se llama “Inocencia Fiscal”. La aprobó el mismo gobierno que prometió terminar con la Argentina en negro.
El régimen permite regularizar activos sin consecuencias penales. Una herramienta pensada, en teoría, para el pequeño ahorrista que guarda dólares bajo el colchón. Adorni adhirió a ella después de que la Justicia le detectara los números que no cerraban. Timing impecable. Y la oposición, que hasta ahora no consigue los votos para interpelarlo, pide ahora que los funcionarios sean explícitamente excluidos del régimen.
Hay además una contradicción que nadie en el Gobierno se apura a resolver. Milei había declarado en LN+, con convicción presidencial, que Adorni le había mostrado sus papeles y que “las cosas que me presentó estaban en orden”. Adorni, en cambio, dijo que el Presidente “confió ciegamente” en él y que nunca fue necesario mostrarle nada. Dos versiones. Mismo hecho. En una, el Presidente mintió. En la otra, el Jefe de Gabinete le mintió al Presidente. No hay tercera opción.
Villarruel fue escueta: “Me parece una vergüenza”. Nadie del círculo íntimo la desmintió.
En la Argentina, la corrupción tiene una característica que la distingue: no es clandestina por vocación, sino por costumbre. Se ejerce con tal naturalidad que cuando alguien la confiesa en televisión con cara de circunstancias, el escándalo dura exactamente lo que tarda en aparecer el próximo. Adorni contó que ocultó ingresos para “escaparse de la vieja política”. Pero la vieja política no es un lugar al que uno llega. Es un hábito que uno trae.
¿Cuántos otros funcionarios que hoy repiten la misma frase —“todo lo mío lo hice antes de llegar al poder”— están esperando, con la misma serenidad de Adorni, a que la Justicia les encuentre los números que no cierran?
El único altar sin grieta: Sobre los argentinos, el fútbol y la ilusión de ser un solo pueblo
Hay un fenómeno que se repite en la Argentina con la puntualidad de una ley física: cada cuatro años, cuando arranca el Mundial de fútbol, el país cambia de humor. No gradualmente. De golpe. Como si alguien apagara el ruido y encendiera otra cosa.
Las discusiones sobre el dólar, la inflación, el Kirchnerismo, el anti-kirchnerismo, los que se fueron y los que se quedaron, los que tienen razón y los que mienten se apaga por un rato. Aparece en su lugar algo difícil de nombrar: una fraternidad prestada, una tregua que nadie firmó, pero todos respetan. Durante unas semanas, somos un solo pueblo. O al menos nos gusta creer que lo somos.
¿Qué dice de nosotros que necesitemos una pelota para abrazarnos?
La escena más perturbadora de nuestra historia futbolística no ocurrió en una cancha. Ocurrió en las calles de Buenos Aires en junio de 1978, cuando Argentina ganó su primer campeonato del mundo bajo la mirada complaciente de la dictadura militar. Jorge Rafael Videla entregó la copa y las plazas desbordaron. Sin embargo, a pocas cuadras, en la ESMA, en El Olimpo y en cientos de centros clandestinos, se torturaba y se desaparecían personas.
No se trata de juzgar a quienes salieron a festejar. Yo fui uno de ellos. Lo que trato de entender es que esa unidad futbolística nació marcada por una paradoja brutal: el primer abrazo masivo como campeones del mundo fue también una pantalla sobre el horror.
Ocho años después, en México 86, llegó la otra cara de esa moneda. Diego Armando Maradona le metió dos goles a Inglaterra en cuartos de final y el país entero, peronistas y radicales, militares retirados y expresos políticos, se fundieron en el mismo grito.
Nuevamente el milagro, la grieta no existía. No porque se hubiera disuelto, sino porque Maradona la había vuelto irrelevante. Casi un milagro laico, tan argentino como el dulce de leche. Encontrar en el genio de Fiorito lo que la política nunca nos había dado.
Sin embargo, Maradona pagó un costo adicional. Él mismo era la grieta hecha persona, amado y odiado, sublime y autodestructivo, peronista y antiperonista según la lectura de cada uno. Pero cuando tocaba la pelota, todos lo querían. Era, en cierto modo, nosotros mismos.
Lamentablemente, el Mundial pasó y nuevamente en democracia, la grieta no desapareció. Se perfeccionó. Se institucionalizó. Cada proceso electoral la profundiza un poco más.
Hoy vivimos en un país donde es más fácil cambiar de religión que de bando político, donde la familia se divide en la mesa navideña y los amigos se borran en Twitter con la misma facilidad con que antes se saludaban en la esquina.
Sin embargo, cada cuatro años, pasa lo mismo: los que se bloquean mutuamente en redes se encuentran en el mismo bar mirando el mismo partido. Los que no se hablan hace meses se mandan el mismo meme cuando Argentina hace un gol. No es reconciliación. No es amor. Es algo más primitivo y honesto: la necesidad de pertenecer a algo más grande que uno mismo, aunque dure apenas un mes.
Qatar 2022 lo confirmó una vez más, con una intensidad que quizás no habíamos vivido desde el 86. Treinta y seis años de espera, una final interminable contra Francia, y después eso: las calles desbordadas, los cuerpos abrazados sin preguntar a quién votabas, el Obelisco convertido en altar de una religión sin dogma.
El kirchnerista y el libertario en el mismo abrazo. El que tiene trabajo y el que no. Por unas horas, Argentina era un solo país. Lionel Messi, que durante años soportó el peso absurdo de no ser «suficientemente argentino» para una franja de hinchas que nunca le perdonaron haber crecido en Europa, fue esa noche el argentino más argentino de todos.
Esta semana comienza un nuevo Mundial. Más grande que todos los anteriores, sobrecargado de equipos y partidos, diluido en su propia abundancia. Y sin embargo, la Argentina seguirá siendo la Argentina: un país que durante un mes suspende su guerra civil interior para librar otra, más noble, contra el resto del mundo.
Desde este espacio, hemos dedicado muchas páginas a la política, a la grieta, a los que gobiernan y a los que aspiran a hacerlo. Seguiremos haciéndolo. Pero entendemos que hay momentos en que el análisis político es, simplemente, el género menos urgente. Este es uno de ellos.
Volveremos cuando la ilusión de la unidad se despeje, cuando la pelota deje de rodar y la política retome su carrera hacia el 2027. Hasta entonces, estaremos atentos —como todos los argentinos— pero con el corazón y la cabeza en otro lado.
Primicias Rurales
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Jun 14, 2026 | Actualidad, Agricultura, Columnas
La absolución de los productores en el histórico juicio por fumigaciones en Pergamino deja al descubierto una verdad incómoda: el problema ya no es sólo legal, sino sistémico. Nos enseñaron a depender de los agroquímicos bajo la amenaza del desastre productivo, pero el verdadero desastre —silencioso, ambiental y a mediano plazo— ocurre bajo nuestros pies. En este escenario, las universidades y la academia emergen como responsables clave para liderar el cambio cultural.
Buenos Aires, (Pergamino) sábado 27 de junio (PR/26) .- El Tribunal Oral Federal N°2 de Rosario dio por cerrado uno de los capítulos judiciales más emblemáticos del agro argentino: el juicio por contaminación e intoxicación con agroquímicos en Pergamino, que investigaba hechos ocurridos entre 2011 y 2019.
El veredicto fue tajante en su división de responsabilidades. Por un lado, dictó la absolución de los cinco productores procesados (Fernando Cortese, Victor Tiribó, Mario Roces, y los hermanos Carlos y Hugo Sabatini), del ingeniero agrónomo José Luis Grattone y del aplicador Cristian Taboada, amparándose en el beneficio de la duda.
Por el otro, condenó a dos años de prisión condicional a los exfuncionarios municipales Guillermo Naranjo y Mario Tocalini por omitir los controles estatales.
Más allá de las lecturas jurídicas, el caso de Pergamino es el síntoma de una crisis mucho más profunda. Desnudó el agotamiento de un paquete tecnológico que confunde productividad con violencia hacia el ecosistema.
El mito de la dependencia y la responsabilidad académica
Durante décadas, el relato hegemónico del sector agropecuario instaló un dogma: sin agroquímicos no hay rinde, y sin veneno las malezas y las plagas destruirán las cosechas. Se construyó una pedagogía del miedo que obligó al productor a convertirse en un cliente cautivo de insumos cada vez más costosos y agresivos.
En la base de este dogma hay una responsabilidad institucional insoslayable: las facultades de agronomía y las universidades. Históricamente, las casas de altos estudios han sido el epicentro donde se legitimó y enseñó este modelo.
Durante generaciones, los profesionales del agro fueron formados bajo una currícula fuertemente influenciada por los laboratorios de las multinacionales químicas. Se enseñó a «recetar» soluciones empaquetadas en un bidón en lugar de comprender la complejidad biológica de los ecosistemas locales. Hoy, la academia debe asumir su rol histórico y ser la primera en deconstruir el mito que ayudó a crear.
El suelo diezmado: cuando la esponja deja de funcionar
El verdadero peligro que augura un desastre ambiental a mediano plazo no es la falta de rendimiento inmediato, sino la degradación invisible de la estructura física del suelo. La carga constante de biocidas ha diezmado la materia orgánica y la microbiología de la tierra, destruyendo su capacidad de esponja.
Un suelo sano, rico en carbono y vida bacteriana, tiene la propiedad de retener, filtrar y degradar los componentes químicos. Hoy, al tener suelos compactados y biológicamente muertos, esa capacidad de retención desapareció. ¿El resultado?
Los residuos de los agroquímicos ya no son absorbidos por la capa superficial; se filtran directamente por lixiviación (lavado) y terminan contaminando las napas de agua subterránea, las mismas de las que se abastecen las comunidades periurbanas de Pergamino.
El nuevo rol universitario: de la receta química a la ciencia soberana
El fallo de Pergamino, al condenar a los funcionarios por la «ausencia de controles eficaces», ratifica que el Estado falló. La resolución del tribunal de pedir que se investigue penalmente al intendente y a otros jerarcas municipales subraya que la desidia institucional fue la norma.
Pero la solución de fondo no llegará solo con inspectores o distancias de exclusión. El verdadero cambio es cultural y agronómico. Es urgente aprender a producir reduciendo drásticamente la carga de agroquímicos.
Para que esto ocurra, las universidades públicas y los centros de investigación no pueden seguir siendo espectadores ni cómplices pasivos. Tienen la obligación de financiar y validar científicamente la transición hacia alternativas sustentables —como la agroecología extensiva, los cultivos de cobertura y el manejo integrado de plagas—. Es necesario reescribir los planes de estudio para formar profesionales capaces de regenerar la tierra en lugar de explotarla hasta el colapso.
Pergamino es un espejo incómodo.
Nos muestra que el actual modelo de producción es un pagaré que la naturaleza nos va a cobrar muy pronto. Seguir sosteniendo que la única forma de producir alimentos es envenenando la «esponja» que nos da la vida es, además de una falacia científica, un suicidio colectivo que la ciencia y la academia tienen el deber urgente de frenar.
Primicias Rurales
Por Pedro Lobos, Ing. Agr, director de Primicias Rurales
Jun 11, 2026 | Columnas, Especial, Política
La interna electoral en la Sociedad Rural Argentina expone una profunda contradicción ética entre la renovación institucional prometida y la tentación de la permanencia. Por qué el respeto a las reglas y el fin de las retenciones deben ser el verdadero norte del gremialismo agropecuario.
Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales
Buenos Aires, jueves 11 de junio (PR/26) .- En el campo nos criamos con una máxima inquebrantable: la palabra vale más que cualquier papel firmado. En la manga, en la feria o bajo la lluvia, un apretón de manos cerraba un negocio, definía un destino y sellaba un compromiso.
Quien faltaba a su palabra, perdía lo más valioso que un hombre de la tierra puede tener: la confianza de sus pares. Por eso, asiste con profunda preocupación el espectáculo que hoy ofrece la Sociedad Rural Argentina (SRA) de cara a las próximas elecciones del 9 de septiembre.
La reciente oficialización de la candidatura de Nicolás Pino para un nuevo mandato, enfrentándose a su propio vicepresidente, Marcos Pereda, expone una fractura que va mucho más allá de una simple competencia electoral o de matices en la relación con el gobierno de Javier Milei.
Lo que está en juego en la histórica entidad de la calle Florida es, precisamente, el valor de la palabra y el respeto a las reglas de juego.

Nicolás Pino Marcos Pereda
La trampa de la interpretación
En 2023, la propia conducción de la SRA impulsó una reforma estatutaria para terminar con las reelecciones indefinidas, fijando un límite estricto de tres mandatos consecutivos.
Fue un logro celebrado como un avance hacia la transparencia y la renovación institucional.
Sin embargo, hoy nos encontramos ante una preocupante pirueta discursiva: el oficialismo argumenta que los mandatos deben contarse desde la modificación del estatuto y no desde la asunción real de la fórmula.
Como bien señala el sector que acompaña a Pereda —compuesto por decenas de socios que ven en esto un retroceso ético—, las reglas pierden toda legitimidad cuando quienes las promueven deciden no cumplirlas.
No se puede borrar con el codo lo que se escribió con la mano. Modificar una norma para perpetuarse, apelando a la letra chica, es una práctica que los productores siempre le hemos criticado a la política tradicional. Verla replicada en los pasillos de Palermo duele y desalienta.
Diálogo, tibieza y el fantasma de las retenciones
El conflicto también deja al desnudo dos visiones sobre cómo defender al sector. Por un lado, Pino exhibe un perfil marcadamente dialoguista y cercano al Poder Ejecutivo, celebrando pequeños alivios impositivos y promoviendo una «previsibilidad» que, para muchos de los que seguimos lidiando con los números en el barro, todavía parece lejana.
Por el otro, un sector importante de las bases reclama una conducción con una voz más firme, menos concesiva, que exija sin medias tintas la eliminación total y definitiva de los derechos de exportación (retenciones), ese lastre que asfixia a la producción desde hace décadas.
El puente de diálogo con el poder político es necesario, pero nunca debe construirse a costa de la firmeza gremial.
La Sociedad Rural no puede ser un apéndice de ningún gobierno de turno; debe ser el faro que guíe los reclamos legítimos del agro.
Un debate que debe volver a lo importante
Para colmo de males, la campaña ya se ha visto salpicada por chicanas que rozan lo ridículo, como los intentos de utilizar las declaraciones personales de la hija de Pereda respecto al veganismo para desgastar su figura.
El propio dirigente tuvo que salir a aclarar lo obvio: su defensa irrestricta de la ganadería argentina como pilar del país. Caer en estas bajezas electorales sólo demuestra la pobreza de la discusión actual.
El próximo 9 de septiembre, los socios de la SRA tendrán la oportunidad de elegir mediante el voto electrónico. Más allá de los balances financieros saneados, la digitalización de trámites o las sedes recuperadas —logros que nadie le niega a la actual gestión—, el verdadero debate debe ser ético.
Los productores argentinos necesitamos una Sociedad Rural fuerte, federal y, sobre todo, coherente.
Si no somos capaces de respetar las normas que nosotros mismos nos dictamos, perdemos la autoridad moral para exigirle reglas claras y previsibilidad al resto del país.
El campo necesita volver a creer en la palabra empeñada. Sin ella, no hay cosecha ni futuro posible.
(Nota del redactor: Los datos fácticos y citas integrados en este artículo corresponden a la crónica publicada por Infobae el 29 de mayo de 2026, 10:27 a.m. AR)
Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales
Primicias Rurales
Jun 8, 2026 | Actualidad, Columnas
La irrupción de la inteligencia artificial no destruye los puestos de los grandes expertos, sino el primer peldaño de la escalera laboral: el espacio del joven, del pasante y del aprendiz.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Notas sobre la ruina silenciosa del trabajo y del hombre que trabaja
Buenos Aires, lunes 8 junio (PR/26) — Hay transformaciones que ocurren a la vista de todos y, sin embargo, permanecen invisibles. No porque nadie las vea, sino porque nadie quiere del todo comprender lo que significan.
La irrupción de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo es, en este sentido, la más vasta revolución silenciosa de nuestra época: se la celebra como productividad, se la teme como desempleo.
Pero rara vez se la examina en su consecuencia más profunda y definitiva: la destrucción del primer escalón.
I. El valor del trabajo, o su epitafio
Desde que David Ricardo y, luego, Marx erigieron la teoría del valor-trabajo como columna vertebral de la economía política, el mundo fue organizado —implícita o explícitamente— bajo un supuesto fundante.
Este supuesto sostenía que el valor de las cosas se nutre, en última instancia, del esfuerzo humano incorporado en ellas.
Los neoclásicos vinieron a matizarlo, sustituyendo el trabajo por la utilidad y la escasez como variables determinantes, pero en ningún momento renunciaron al trabajo como factor insustituible de la producción.
Podía ser más caro o barato, más calificado o rutinario, pero era, en el límite, imprescindible.
La inteligencia artificial no es, en rigor, el primer desafío a esa ecuación. La máquina de vapor, el telar mecánico, la cadena de montaje, la computadora personal: cada una de ellas desplazó trabajo humano hacia nuevas fronteras.
Pero siempre con una característica común: el desplazamiento operaba sobre el trabajo físico o sobre el trabajo mecánico.
El cuerpo era reemplazado; el juicio, la creatividad, el lenguaje, la deliberación, permanecían como reductos inexpugnables de lo humano.
Lo que la IA rompe —con una brutalidad que recién comenzamos a calibrar— es esa frontera última. No desplaza brazos: desplaza cabezas.
No reemplaza músculos: reemplaza juicio de nivel medio, análisis preliminar, redacción funcional, clasificación de información, síntesis documental, respuesta al cliente, generación de código, búsqueda jurídica, diagnóstico diferencial básico.
Y lo hace a un costo marginal que tiende a cero. Ahí es donde todas las teorías del valor —clásicas, neoclásicas, institucionalistas— pierden el suelo bajo sus pies.
El economista que hoy intente fijar el valor de un bien de conocimiento con los instrumentos tradicionales se encontrará ante una paradoja sin salida.
El bien tiene utilidad plena, el mercado lo demanda, pero el trabajo humano necesario para producirlo se aproxima a cero.
¿Cuánto vale un análisis jurídico generado en treinta segundos por un modelo de lenguaje?
¿Cuánto vale la primera versión de un balance, de una traducción, de un diagnóstico de imagen?
La respuesta del mercado, inexorable y creciente, es: el costo de la suscripción al servicio dividido por la cantidad de consultas del mes.
II. El ejército silencioso
Hay una imagen que los modelos económicos todavía no logran entender. Y es, lo que efectivamente está ocurriendo en millones de hogares, estudios profesionales, pequeñas empresas y organismos del Estado de todo el mundo.
Cada persona que hoy contrata un servicio de inteligencia artificial —por veinte, cincuenta, cien dólares mensuales— ha puesto a su disposición un ejército de pasantes voluntariosos.
Trabajan las veinticuatro horas. No piden aumentos. No se enferman. No se distraen. No renuncian. No forman sindicatos. No reclaman reconocimiento.
No necesitan ser formados: ya saben. No cometen errores de criterio por inexperiencia: no tienen inexperiencia. No tardan tres meses en entender los usos de la empresa: la comprenden al instante.
Esta imagen no es una metáfora, es una descripción económica precisa de lo que ha cambiado.
La IA no es una herramienta en el sentido clásico —un martillo que amplifica la fuerza del brazo humano— sino un sustituto funcional de una categoría de trabajadores.
And esa categoría no es la de los expertos irreemplazables que operan en las alturas del conocimiento.
Es exactamente la categoría que constituía el primer peldaño de la escalera: el joven que recién empieza, el aprendiz, el pasante, el junior.
El único límite real de ese ejército silencioso es el costo de acceso a la plataforma y las restricciones técnicas del modelo. Todo lo demás ha cambiado para siempre.
III. La escalera rota
Para comprender la magnitud de lo que se está destruyendo es preciso entender qué era, realmente, el aprendiz o el pasante como institución social y como mecanismo de reproducción de la civilización productiva.
El aprendiz cumplía, simultáneamente, cuatro funciones que tendemos a confundir porque coexistían en una sola persona y en un solo momento.
La primera era económica: hacía el trabajo de bajo valor agregado inmediato, liberando al profesional senior para las tareas de mayor complejidad.
Era, en términos precisos, un subsidio al costo operativo de la organización financiado con tiempo y formación.
La segunda era epistémica: transmitía el conocimiento tácito. No el que está en los manuales o en los cursos universitarios, sino el que no está escrito en ningún lugar.
Se trata de la intuición que solo se aprende mirando hacer a alguien que ya sabe. Ese conocimiento no viaja en documentos y libros, sino que viaja por observación y corrección in situ.
La tercera era la de la señalización: el período de formación servía a la organización para identificar el talento y poder comprobar quién razonaba bien.
Permitía ver quién tenía criterio, quién merecía responsabilidades mayores construyendo credenciales verificables en el mercado.
La cuarta, en mi caso, la más importante, aunque seguramente silenciada en los análisis económicos, era la socialización profesional.
El aprendiz aprendía no solo técnica sino ética, jerarquías, modos de relacionarse con clientes, colegas y adversarios. Aprendía a existir dentro de una comunidad. Era su iniciación.
La inteligencia artificial reemplaza con eficiencia la primera función y parcialmente la tercera.
But al hacerlo, elimina el soporte económico que hacía viable la contratación del aprendiz, arrastrando consigo las otras tres funciones que no puede reemplazar.
Dicho de otro modo: la IA no destruye solo puestos de trabajo. Destruye el mecanismo a través del cual se formaba el capital humano necesario para existir en el mercado del trabajo.
Destruye la escalera. Y lo hace en su peldaño más bajo: en el único al que podía acceder quien todavía no tenía nada.
IV. La trampa generacional
Lo que emerge de este proceso no es la democratización del conocimiento que prometían los entusiastas de la tecnología.
Es una estratificación de nuevo tipo, más cruel que las anteriores, precisamente porque no tiene el rostro visible de la explotación clásica.
Las generaciones jóvenes que hoy ingresan al mercado laboral —o intentan hacerlo— se encuentran ante una paradoja sin precedente histórico moderno.
El trabajo que debía formarlos ha sido reemplazado por la misma tecnología que, supuestamente, deberían aprender a manejar.
La IA ocupa el lugar del junior. Y para manejar bien la IA en niveles de sofisticación competitiva se necesita exactamente el capital humano que se acumulaba siendo junior.
De este modo, el círculo se cierra sobre sí mismo de manera implacable.
La IA reemplaza los puestos que formaban la competencia necesaria para trabajar con la IA. No es una escalera que asciende. Es una escalera de la que se ha retirado el primer peldaño.
La consecuencia de todo lo expuesto será particularmente diabólica.
En poco tiempo, el mercado laboral se bifurcará con brutalidad entre quienes ya poseen credenciales verificadas, construidas antes de que la IA cerrara esa puerta, y quienes no tienen ninguna porque nunca tuvieron la oportunidad de formarlas.
La brecha no es tecnológica. Es temporal: una cuestión de cuándo naciste y, dentro de eso, a qué familia perteneciste.
Ello será irremediablemente así debido a que el conocimiento tácito ya no se transmite en el trabajo formal sino en el hogar de quien ya lo posee.
Esto va creando una nueva aristocracia del conocimiento que no se hereda por sangre sino por contexto.
La idea no es nueva como fenómeno social, el capital cultural siempre fue hereditario en alguna medida.
Pero la IA lo vuelve definitivo al cerrar el camino alternativo que el trabajo mismo ofrecía: el aprendizaje en el piso de la empresa, en el estudio del abogado, en la redacción del diario, en la cocina del restaurante.
V. El trabajo como institución civilizatoria
Hay una dimensión que generalmente a la economía no le interesa, simplemente no cabe en sus modelos, y que, sin embargo, puede ser la más profunda de todas las que venimos hablando.
El trabajo no es solo un mecanismo de asignación de recursos. Es una institución civilizatoria.
Desde Hesiodo hasta Hegel, desde los gremios medievales hasta los sindicatos industriales, el trabajo ha sido el espacio donde el ser humano construye su identidad social.
Construye su sentido de pertenencia a una comunidad, su lugar en el orden colectivo. Y el aprendizaje en el trabajo no era solo formación técnica: era construcción de ese mundo.
Cuando esa función se elimina en su estadio inicial —cuando el joven ya no tiene acceso a ese espacio de formación e iniciación— no se pierde solo un ingreso.
Se pierde el tránsito desde la adolescencia hacia la adultez productiva y responsable. Se pierde la experiencia de ser útil a algo más grande que uno mismo.
Se pierde la pertenencia a una comunidad de práctica. Se pierde, en fin, el primer ejercicio de la ciudadanía económica.
Si lo dicho fuera efectivamente así, las sociedades no producen desocupados. Producen excluidos ontológicos.
Se trata de personas que no sólo carecen de trabajo sino de la experiencia de haber trabajado, de haberse equivocado en un entorno que enseña, de haber recibido la corrección de quien sabe más.
Personas a quienes se les ha negado el derecho a comenzar.

VI. El derecho del trabajo ante el abismo
El Derecho del Trabajo fue construido, en el siglo XX, sobre un supuesto que hoy se quiebra.
Este supuesto indicaba que la dependencia económica y la subordinación técnica de un ser humano respecto de otro —o de una organización— era la forma dominante de la actividad productiva.
Sobre ese supuesto se edificó todo el sistema de protección: la estabilidad en el empleo, las contribuciones a la seguridad social, el régimen de pasantías y aprendizaje, las convenciones colectivas.
El régimen de pasantías —en Argentina, la Ley 26.427 y el contrato de aprendizaje de la Ley 25.013— partía de un supuesto económico elemental.
Este supuesto indicaba que la empresa obtenía valor real de esa mano de obra en formación, suficiente para motivar la contratación, aunque la remuneración fuera reducida.
Si ese valor real desaparece porque la IA lo cubre a costo marginal tendiente a cero, el incentivo para contratar aprendices se evapora. La figura legal subsiste en el ordenamiento; su sustrato económico, no.
Y detrás del régimen de pasantías viene la base contributiva del sistema previsional. Los sistemas de reparto se financian sobre la masa salarial.
Si la masa salarial se contrae en su base, porque los puestos de entrada desaparecen, el sistema pierde recaudación exactamente cuando la presión del desempleo estructural aumenta la demanda de prestaciones.
Las respuestas regulatorias que se ensayan en distintos sistemas, como cuotas obligatorias de contratación juvenil, impuestos al uso de IA como sustituto del trabajo, o garantías universales de ingreso, son todavía tentativas y, en muchos casos, contradictorias entre sí.
Lo que ninguna de ellas resuelve, en el fondo, es la pregunta filosófica que subyace.
Si el trabajo organizado como contrato de dependencia ya no es el eje de la protección social, ¿qué lo reemplaza?
La respuesta, lejos de ser vista como utopía redistributiva, se transforma en una necesidad funcional urgente.
VII. Lo que no tiene nombre todavía
Estamos, posiblemente, ante la primera transformación productiva de la historia moderna que destruye el primer peldaño de la escalera sin ofrecer otro.
La industrialización desplazó al artesano, pero creó al obrero. La informatización desplazó al obrero de los procesos repetitivos, pero creó al analista, al programador, al técnico.
En cada caso, el desplazamiento generaba una nueva categoría de entrada al mercado.
La IA no desplaza hacia una nueva categoría, sino que desplaza hacia sí misma. El nuevo primer peldaño de la escalera es la IA.
Y para estar parado en ese peldaño ya hay que saber cosas que solo se aprenden estando en el segundo.
Lo expuesto es la ruptura en su sentido más perfecto. No es solo económica. No es solo jurídica.
Es civilizatoria, en el sentido más literal del término: afecta el modo en que una civilización se reproduce a sí misma, transmite su conocimiento, integra a sus jóvenes, construye la continuidad entre generaciones.
Cuando esa transmisión se fractura, lo que se rompe no es un mercado: es un pacto.
El aprendiz no era solo una figura del derecho laboral ni una variable de la función de producción.
Era la encarnación del principio de que toda sociedad debe tener un lugar para quienes todavía no saben.
Un lugar donde la inexperiencia sea tolerable. Un lugar donde el error sea pedagógico y no fatal. Un lugar donde el joven pueda convertirse, con tiempo y ayuda, en alguien que sabe.
Ese lugar está desapareciendo. Y con él, algo que no tiene nombre todavía, porque las civilizaciones no suelen nombrarlo hasta que lo han perdido.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales
Jun 7, 2026 | Actualidad, Columnas, Especial
Actores, músicos, pintores y bailarines de renombre mundial fallecieron dentro de sus propias casas o en pleno trabajo. Las estadísticas revelan que el 76% de las muertes prevenibles por lesiones ocurren en el hogar, y casi todas podían haberse evitado.
Especial para Primicias Rurales, por Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine
gfierro02@gmail.com
Buenos Aires domingo 7 de junio (PR/2026) Los hogares suelen percibirse como el lugar más seguro del mundo. Sin embargo, las estadísticas de salud pública demuestran exactamente lo contrario: el 76% de todas las muertes prevenibles por lesiones ocurren dentro de las propias viviendas.
No se trata solo de personas anónimas. A lo largo de la historia, grandes figuras del arte y el espectáculo encontraron la muerte de la forma más inesperada y cotidiana: un resbalón, una corriente eléctrica, un objeto mal colocado.
Lo mismo ocurrió en los sets de filmación, donde la magia del cine convive con riesgos reales que, cuando se ignoran, cobran vidas irremplazables. Y en todos los casos, la pregunta que queda flotando es la misma: ¿podría haberse evitado? La respuesta, casi siempre, es sí.
Famosos que murieron por accidentes domésticos
Actores y actrices
Adalberto Luis Brandoni (Luis Brandoni) nació el 18 de abril de 1940 en Dock Sud, partido de Avellaneda, y creció en el barrio porteño de Núñez. Debutó en teatro en 1962, en televisión en 1963 y llegó al cine en 1966. Desde entonces no paró: en más de seis décadas construyó una carrera de más de 64 películas y una presencia escénica que pocos actores argentinos igualaron.
Su nombre quedó grabado para siempre en la memoria colectiva del país gracias a «Esperando la carroza» (1985), donde su personaje, Antonio Musicardi, pronunció la frase que la Argentina hizo propia: «¡Me partieron el alma!» Pero su filmografía va mucho más allá: «La Patagonia rebelde», «La odisea de los giles» junto a Ricardo Darín, y hasta una colaboración con Robert De Niro en la serie «Nada» de Disney+. Con 86 años, seguía actuando en el Teatro Liceo con «¿Quién es quién?», junto a Soledad Silveyra.
Gremialista, militante y diputado
Brandoni no fue sólo actor. Fue secretario general de la Asociación Argentina de Actores entre 1974 y 1983, logrando que fuera el único gremio cultural no intervenido por la última dictadura militar. En 1976 fue detenido con su esposa a la salida de una función y llevado a un centro clandestino. Esa experiencia marcó su compromiso de por vida con la democracia y los derechos humanos.

Militante de la UCR, fue diputado nacional por Buenos Aires en 1997 y parlamentario del Mercosur desde 2023. Su paso por la política nunca fue decorativo.

De izq. a derecha Hector Alterio, Beto Brandoni, Pepe Soriano y Federico Luppi
La caída y el adiós
El 11 de abril de 2026, se resbaló de su silla de escritorio con ruedas mientras se vestía en su domicilio. El golpe en la cabeza provocó un hematoma subdural que lo llevó directo a la Unidad de Terapia Intensiva del Sanatorio Güemes. Nueve días después, el 20 de abril —a dos días de haber cumplido 86 años— falleció.
Multiteatro lo despidió con una frase que lo dijo todo: «Con Beto se va el último primer actor de una generación inolvidable.» La Argentina le creyó
Anton Yelchin (1989-2016), el joven actor que dio vida a Chekov en las nuevas películas de Star Trek, murió aplastado en la entrada de su propia casa. Su vehículo, estacionado en reversa en una pendiente, se deslizó y lo atrapó contra un pilar de ladrillos. Tenía 27 años.

Henry Jones (1912-1999), actor de carácter de la época dorada de Hollywood y Broadway, falleció a los 86 años a raíz de las complicaciones médicas provocadas por una caída accidental en su hogar.

Músicos
Claude François (1939-1978), el famoso cantante pop francés que compuso la melodía original de «My Way» ( que Frank Sinatra inmortalizó “A mi manera”), murió electrocutado en su apartamento de París. Intentó enderezar una lámpara defectuosa mientras estaba sumergido en la bañera con agua. Un descuido de segundos que truncó una carrera monumental.

Pintores y artistas visuales
Giotto (1267-1337), el revolucionario pintor italiano del Trecento, falleció a causa de las heridas y fracturas provocadas por una fuerte caída en su propia casa, según registros históricos de la época.

Francis Bacon (1909-1992), el célebre pintor expresionista anglo-irlandés, murió en una clínica de Madrid, pero su deceso fue la consecuencia acumulada de un asma crónico severamente agravado por caídas recurrentes en su taller.
Directores de teatro
Tennessee Williams (1911-1983), el legendario dramaturgo y director que dio al mundo obras como «Un tranvía llamado deseo» y «El zoo de cristal», falleció en su suite del Hotel Elysee de Nueva York, que era su residencia permanente. Se asfixió accidentalmente con la tapa de plástico de un frasco de colirio que solía sostener con la boca mientras se aplicaba las gotas.

Bailarines
Isadora Duncan (1877-1927), considerada la fundadora de la danza moderna, protagonizó uno de los accidentes más trágicos y recordados de la historia del arte. Cuando subía al automóvil que la esperaba frente a su residencia, su larga bufanda de seda se enredó en los rayos de las ruedas del vehículo en movimiento. La fractura de cuello fue instantánea.

Estadísticas: los accidentes domésticos más mortales
Los números son contundentes. A nivel global, el accidente doméstico mortal más frecuente es la intoxicación, responsable del 54% de las muertes en el hogar. Esta categoría incluye sobredosis de sustancias, mezclas accidentales de medicamentos e inhalación de monóxido de carbono.
En segundo lugar se ubican las caídas, con el 30% de los casos, y afectan de forma desproporcionada a personas mayores de 75 años, cuya tasa de mortalidad por este motivo trepa a 94,2 por cada 100.000 habitantes.
El resto del cuadro estadístico se distribuye entre asfixia por atragantamiento (3%), incendios y humo (3%), asfixia mecánica en bebés (1%), ahogamiento en bañeras y piletas sin protección (1%) y otros como cortes y accidentes eléctricos (8%).
Cómo prevenir accidentes: lista de verificación por habitación
Cocina
Los mangos de las sartenes y ollas siempre hacia adentro, para que los niños no puedan alcanzarlos.
Las rejillas de ventilación del gas deben estar limpias y sin obstrucciones.
Los electrodomésticos se desconectan cada vez que se dejan de usar.
Los productos de limpieza se guardan en muebles altos o con trabaseguridad infantil.
Baño
Alfombras antideslizantes dentro de la bañera y tapetes fuera son indispensables, especialmente para adultos mayores.
Las barras de apoyo cerca del inodoro y la ducha pueden salvar vidas.
Los secadores y planchas de pelo se guardan lejos del agua y se desenchufan siempre.
Los medicamentos vencidos se descartan y los vigentes se almacenan fuera del alcance de los niños.
Dormitorios
Los bebés duermen boca arriba, en cunas despejadas, sin almohadas, peluches ni mantas sueltas.
Las luces nocturnas en el camino al baño reducen el riesgo de caídas nocturnas.
Las estufas eléctricas o a gas se ubican a más de un metro de cortinas, sábanas o cualquier tela.
Pasillos y escaleras
El suelo libre de juguetes, cables y alfombras sueltas es una regla no negociable.
Los pasamanos firmes a ambos lados de la escalera son obligatorios en casas con adultos mayores.
Los interruptores de luz deben estar accesibles tanto al inicio como al final de cada escalera.
Primeros auxilios ante intoxicación por monóxido de carbono
El monóxido de carbono es un gas invisible, inodoro y letal. Sus síntomas —dolor de cabeza, mareos, náuseas, confusión o desmayo— suelen confundirse con otras dolencias. Si hay sospechas de fuga, actuá de inmediato siguiendo estos seis pasos:
- Evacuar el lugar: Saca a todas las personas y mascotas de la vivienda hacia el exterior.
- No encender nada: Ningún interruptor, linterna ni fósforo. Una chispa puede provocar una explosión si hay gas acumulado.
- Ventilar solo si es rápido: Abrí puertas y ventanas únicamente si podés hacerlo en segundos, de camino a la salida.
- Llamar a emergencias: Una vez afuera, comunicarse con el SAME (107) y con los bomberos (100) o la compañía de gas.
- Monitorear a la víctima: Si alguien está inconsciente, verificar si respira. Iniciar RCP si sabés cómo hacerlo.
- No reingresar: No volver a entrar hasta que las autoridades declaren el lugar seguro
Cómo identificar una mala combustión en los artefactos de gas
La llama de gas siempre debe ser azul intensa y uniforme. Cualquier variación hacia tonos amarillos, anaranjados o rojizos es una señal de alarma que no debe ignorarse. Otros indicios de mala combustión incluyen:
- Llama amarilla o anaranjada: indica falta de oxígeno en la mezcla de quemado.
- Manchas de hollín: presencia de manchas negras o marrones alrededor de los quemadores o paredes cercanas.
- Condensación excesiva: aparición inusual de vapor o agua en los vidrios interiores con los artefactos encendidos.
- Pilotos inestables: la llama piloto de estufas, calefones o termotanques se apaga con demasiada frecuencia.
Números de emergencia en Buenos Aires
Ante una fuga de gas o sospecha de mala combustión, evacuá el lugar y llamá de inmediato a:
- MetroGAS (CABA y sur del GBA): 0800-999-1050 o 0800-333-6427
- Naturgy (norte y oeste del GBA): 0800-888-1137
- SAME (emergencias médicas): 107
- Defensa Civil: 103
- Bomberos: 100
Mantenimiento anual obligatorio de artefactos a gas
La revisión debe realizarse una vez al año, idealmente en otoño (marzo/abril), antes del inicio de la temporada de frío. Los puntos clave son:
- Calefones y termotanques: limpieza de quemadores, verificación de la válvula de seguridad y control de los conductos de ventilación.
- Estufas y tiros balanceados: limpieza de conductos (para evitar nidos de pájaros u obstrucciones) y verificación de la hermeticidad de la cámara de combustión.
- Cocinas y hornos: limpieza de inyectores para asegurar la llama azul y control de mangueras y cañerías visibles.
Cómo contratar un gasista matriculado y verificar su habilitación
Nunca permitas que una persona sin certificación manipule tu instalación de gas. En Argentina, cada distribuidor de gas tiene su propio buscador en línea para verificar habilitaciones:
- MetroGAS (CABA y sur del GBA): buscador por geolocalización en el sitio oficial de MetroGAS, donde podés filtrar por zona y tipo de trabajo.
- Naturgy (norte y oeste del GBA): portal de trámites residenciales con padrón público en tiempo real por partido o localidad.
- Camuzzi Gas (interior de la Prov. de Buenos Aires y Patagonia): sección de gasistas matriculados con búsqueda por provincia y localidad.
Para la mayoría de los hogares, un gasista de Categoría 1 es suficiente: están habilitados para instalar, revisar y reparar cocinas, calefones, termotanques y estufas estándar. Ante cualquier duda sobre la validez de una matrícula, podés consultar directamente al ENARGAS en el número gratuito 0800-333-4444.
Especial para Primicias Rurales, por Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine
Fuente: Estadísticas OPS/OMS, MetroGAS, ENARGAS, SAME, registros históricos y periodísticos internacionales.