Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises

Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises

El dolor de Troya, el periplo de veinte años y la redención del héroe. Una mirada profunda sobre la culpa, el exilio y la memoria de los caídos a raíz de la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan.

 

 

Por Matilde Fierro

Editora de Primicias Rurales y autora de Los Héroes del Tiempo, una Historia de Malvinas

Buenos Aires, sábado 15 agosto (PR/26) — El eco de los bronces chocando en la llanura de Ilión todavía resuena con la crudeza del fuego y la sangre. Destruir Troya mediante una matanza desmedida no fue una gesta gloriosa para el héroe; fue el inicio de una condena silenciosa que quebró su alma.

Ulises (Odiseo) emprendió el retorno a Ítaca arrastrando el peso invisible de su arrepentimiento: la culpa por los hombres que partieron con ilusión desde sus hogares y que, uno a uno, quedaron sepultados bajo las olas, devorados por monstruos o consumidos por la soberbia de su propio líder.

Fueron veinte años de un viaje de purificación tan implacable como desgarrador, una travesía que resurge con fuerza en el debate cultural tras ver la reciente adaptación cinematográfica La Odisea, el ambicioso proyecto que Christopher Nolan comenzó a escribir en marzo de 2024, aseguró con Universal Pictures en octubre de ese mismo año y consolidó con el fichaje de Matt Damon en febrero de 2025.

Las aguas del Mediterráneo exigieron un peaje altísimo para redimir al hombre de armas. En su camino, Ulises debió sortear los peligros más temibles:

  • El furor de los ciclopes, donde la astucia rozó el abismo de la arrogancia.

  • Los cantos hipnóticos de las sirenas, que prometían verdades absolutas a cambio de la perdición.

  • Las trampas hechizadas de la maga Circe y los engaños de la ninfa Calipso, que intentaron congelar el tiempo en el olvido.

  • El paso por el temible estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde la supervivencia exigió siempre el doloroso sacrificio de otros.

 

Cada obstáculo fue una prueba de fuego, un proceso de desgaste espiritual en el que el guerrero despiadado de Troya se fue despojando de su soberbia para dar paso al peregrino doliente.

Al fin, tras dos décadas de ausencia, el héroe pisó la tierra amada que lo aguardaba.

Allí, en el hogar, la espera paciente y fiel de su esposa Penélope y el valor de su hijo Telémaco sostuvieron los cimientos de un reino que amenazaba con derrumbarse. El reencuentro no fue el final de la historia, sino el umbral de una nueva necesidad urgente: sanar lo irreparable.

Porque la victoria en Ítaca no borraba el pasado.

Por ello, culminado el orden en su hogar, Ulises y Penélope tomaron una decisión fundamental que la épica tradicional suele silenciar, pero que la verdadera justicia del alma reclama: partieron juntos al exilio. Dejaron atrás la comodidad del trono restaurado para emprender un último viaje. Esta vez, el propósito no era la conquista ni la gloria, sino el deber sagrado de restaurar la tierra y rendir honores póstumos a cada uno de los hombres que cayeron en la guerra y en el mar.

En ese último éxodo junto a su fiel esposa, el héroe completó su círculo de expiación.

 

Comprendió, al fin, que ningún triunfo terrenal, ninguna corona ni ninguna muralla conquistada valen la pena si se construyen sobre el sufrimiento evitable y el olvido de los caídos.

Una lección atemporal que, casi tres mil años después, nos sigue recordando que la verdadera grandeza humana no reside en no cometer errores, sino en la valentía de asumir la culpa, buscar el perdón y honrar la memoria de los que ya no están.

Y hoy qué ocurre

En la Literatura moderna como en Crimen y Castigo, de Fiodor Dovstoieski, la purificación (La redención por el sufrimiento): La purificación del protagonista no ocurre mediante un ritual físico (como el azufre de Odiseo). Sucede a través del amor incondicional de Sonia, la aceptación del sufrimiento y la lectura de los Evangelios en Siberia. Es una regeneración espiritual y psicológica lenta.

En la literatura del siglo XX y XXI (especialmente la literatura de guerra, como Las cosas que llevaban de Tim O’Brien), el mandato es el deber militar
    • El soldado mata por obediencia al Estado.
    • El arrepentimiento y la purificación ya no se tratan en templos, sino en la literatura médica y de ficción como un trauma psicológico severo. El héroe moderno destruye su propia psique al obedecer el mandato de la violencia y la tiene que reconstruir al igual que reencontrarse con su espiritualidad para salir adelante.

 


La crítica cinematográfica

Respecto de la película Odisea de Nolan, Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine, escribió lo siguiente:

 

 

 

No todas las superproducciones logran sostener la misma intensidad durante todo su metraje. Odisea es la prueba de ello: una película técnicamente brillante, con una dirección de altísimo nivel, una dirección de arte deslumbrante y un elenco que entrega actuaciones sólidas y convincentes, pero cuyas casi tres horas de duración terminan jugándole en contra.

 

 

Desde el arranque se percibe el cuidado puesto en cada detalle. La puesta en escena es prolija, la fotografía acompaña el relato con elegancia y la reconstrucción de ambientes es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del film. La dirección consigue escenas de fuerte impacto visual y exhibe un manejo narrativo que pocas películas actuales logran igualar.

El trabajo actoral de los protagonistas también se destaca. Cada personaje resulta creíble y con profundidad, sosteniendo el interés del espectador incluso en los tramos donde el ritmo empieza a aflojar.

El gran problema de Odisea, sin embargo, está en su desarrollo. Conforme avanza la trama, aparecen pasajes innecesariamente extensos que le restan agilidad al relato. Hay secuencias que bien podrían haberse sintetizado sin perder nada de la esencia de la historia, y que terminan generando una sensación de pesadez. Las tres horas de película se sienten, en definitiva, más largas de lo que deberían.

Esto no quiere decir que sea una mala película. Todo lo contrario: tiene méritos de sobra como para recomendarla, en especial a los amantes del cine épico y de gran despliegue visual. Pero también le pide paciencia al espectador, algo que no todos van a estar dispuestos a dar.

 

 

En resumen, Odisea es una obra que impresiona por su factura técnica y artística, aunque pierde fuerza por un ritmo desparejo y una duración que atenta contra la experiencia en sala.

Puntaje final: 6/10.

Una película visualmente extraordinaria y de una factura técnica impecable, pero cuyo metraje excesivo le resta impacto emocional y narrativo. Para quienes priorizan el espectáculo cinematográfico por sobre el ritmo, será una experiencia recomendable; para el público general, probablemente se sienta más larga de lo deseado.

 

 

Primicias Rurales
Fuentes: Varias
Edith Stein: La pensadora que desafió su época para dignificar la voz y el rol de la mujer

Edith Stein: La pensadora que desafió su época para dignificar la voz y el rol de la mujer

Un recorrido inspirador por la vida de una filósofa extraordinaria que unió fe, intelecto y coraje para transformar la sociedad y defender la dignidad femenina en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

 

Por Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine,

community manager de Primicias Rurales y columnista

 

 

 

 

 

Buenos Aires, miércoles 22 julio (PR/26) — El pilar de nuestra tierra y un legado pionero. En el corazón de nuestras comunidades rurales, la mujer representa el pilar invisible pero firme que sostiene el hogar y la vida cotidiana. Ella trabaja la tierra, educa a las nuevas generaciones y mantiene viva la esperanza en los momentos más difíciles de nuestras familias.

Mucho antes de que los movimientos modernos hablaran habitualmente de igualdad, existió una pensadora brillante que dedicó toda su inteligencia a defender el valor insustituible de la voz femenina.

Su nombre era Edith Stein.

 

 

 

 Aunque hoy se la honra en los altares religiosos como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, su travesía comenzó con una joven inquieta que rompió moldes en una época donde las mujeres eran sistemáticamente relegadas a un plano secundario.

 

Rompiendo barreras intelectuales con la cabeza en alto

 

 

 

Nacida en Alemania en 1891, Edith Stein demostró desde su infancia una brillantez extraordinaria. En un tiempo donde muy pocas mujeres ingresaban a la universidad, ella no sólo estudió Filosofía, sino que obtuvo su doctorado con la máxima calificación.

Sin embargo, el camino académico estuvo lleno de obstáculos. A pesar de su innegable talento, las puertas de la docencia universitaria se le cerraron repetidamente por el sólo hecho de ser mujer, una injusticia que jamás la desanimó.

Pero lejos de rendirse, transformó esa adversidad en una causa noble.

Se convirtió en una conferenciante apasionada que recorrió Europa proclamando que la mujer no debía ser espectadora, sino protagonista con acceso pleno al trabajo digno y a la educación.

 

 

 

Una filosofía que dignifica cada esfuerzo diario

 

Lo más inspirador del pensamiento de Edith Stein es que jamás despreció las labores más sencillas.

Ella afirmaba con convicción que el genio femenino radica en la capacidad de cuidar, integrar y dar vida en cualquier espacio.

Para ella, el valor de la mujer se manifiesta con la misma grandeza frente a un aula magna, en una oficina profesional o en la cocina de una casa de campo. Cada tarea realizada con dedicación construye la sociedad.

Sostenía firmemente que la dignidad humana no depende del título académico que se ostente, sino del amor, la coherencia y el compromiso con el que se realiza el trabajo diario.

 

Del compromiso intelectual al sacrificio supremo

 

 

 

 

Su incesante búsqueda de la verdad la llevó a abrazar la fe católica y a ingresar posteriormente al convento de las Carmelitas Descalzas, donde profundizó su vida espiritual y su servicio a los demás.

Cuando la oscura sombra del nazismo se extendió por Europa, su origen judío la puso en peligro mortal. Sin embargo, Edith Stein jamás buscó privilegios ni intentó huir, afrontando su destino con la máxima entereza.

Arrestada en 1942 y llevada al campo de Auschwitz, dedicó sus últimas horas de vida a consolar a las madres angustiadas y a proteger a los niños desamparados, dejando un testimonio imborrable de valentía y amor.

Un legado vivo para transformar nuestras comunidades

 

 

 

 

La vida de Edith Stein demuestra que el conocimiento y la fe deben brindarnos herramientas reales para transformar nuestro entorno. Su historia es un homenaje directo a las mujeres que construyen el futuro.

Es un reconocimiento profundo para aquéllas que día a día, con un esfuerzo constante y silencioso, sostienen el desarrollo de nuestras familias, cuidan nuestra tierra y fortalecen la identidad de nuestros pueblos.

Su gran enseñanza sigue más vigente que nunca: cuando una mujer se fortalece y edifica a sí misma, termina enriqueciendo y elevando a toda la comunidad.

 

 

Especial para Primicias Rurales, por Gonzalo Fierro

 

La festividad de Edith Stein (conocida como Santa Teresa Benedicta de la Cruz) se celebra el 9 de agosto. La Iglesia Católica conmemora este día en recuerdo a la fecha de su martirio y muerte en el campo de concentración de Auschwitz en el año 1942.
El faro de la integridad: el legado de Illia y la reconstrucción del tejido moral

El faro de la integridad: el legado de Illia y la reconstrucción del tejido moral

En un mundo que confunde astucia con éxito, recuperar la honestidad no es una utopía romántica, sino una necesidad urgente para el progreso. Una mirada desde la ética civil y el compromiso de la fe.

 

Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales

 

Buenos Aires, miércoles 1 de julio (PR/26) —   Hablar de Don Arturo Umberto Illia es, inevitablemente, tender un puente hacia una palabra que hoy cotiza a la baja en los mercados de la vida pública y privada: integridad. En tiempos donde el cinismo parece haberse convertido en la norma y la función pública se percibe muchas veces como un trampolín para el beneficio personal, el recuerdo de aquel médico de Cruz del Eje que gobernó el país sin perder la sencillez golpea la conciencia colectiva. ¿Qué es eso que extrañamos cuando lo extrañamos a él?

La esencia de ser enteros

 

 

Arturo Umberto Illia (1900-1983) (left) after taking office as President of Argentina on October 12th, 1963 in the official open car. (Photo by Eduardo Comesaña/Getty Images)

La palabra integridad proviene del latín integritas, que significa la condición de estar entero, no fragmentado. Esa es su verdadera esencia: la correspondencia absoluta entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, incluso cuando nadie está mirando. El íntegro no tiene dobleces; no es una persona en el templo o en la iglesia, otra en el comité político y otra en los negocios privados.

La falta de integridad fragmenta la confianza. Cuando las instituciones, las empresas y los vínculos personales se basan en el beneficio personal a cualquier costo, las sociedades se estancan. Ningún país puede progresar de manera sostenible si sus ciudadanos deben gastar más energía en protegerse de las trampas ajenas que en producir, innovar y educar. La integridad provee previsibilidad y orden; nos valoriza porque nos convierte en personas de palabra, la moneda más fuerte que puede tener una nación.

¿Un don del Cielo o una tarea de la Tierra?

Frecuentemente nos preguntamos si estos valores son un regalo de nacimiento o el resultado de un esfuerzo. Para quien mira la vida con ojos de fe, las virtudes morales son tanto un don divino como una siembra humana. Dios deposita en la conciencia de cada hijo la noción del bien y del mal, pero esa semilla necesita tierra fértil.

La integridad es el producto de un aprendizaje constante:

  • La mesa familiar: Donde se aprende que lo ajeno no se toca y que el esfuerzo tiene valor.

  • La escuela: Que refuerza las reglas de convivencia y el respeto por el otro.

  • La templanza diaria: Porque la honestidad no es un acto único, sino un hábito que se cultiva diciendo «no» a las pequeñas tentaciones de todos los días.

Para un cristiano, caminar en integridad es mucho más que cumplir con el código civil; es un mandato de coherencia con el Evangelio.

Ser un digno hijo de Dios implica entender que los actos públicos tienen una dimensión espiritual. Ayuda a vivir con la frente en alto y con la paz interior que el dinero no puede comprar. Quien es íntegro cuida su buen nombre y el de su familia, sabiendo que, al final del camino, el único patrimonio que resiste el paso del tiempo es el testimonio de vida.

Cómo recuperar el norte

Reconstruir un país que sufre una crisis de valores no se logra con una ley mágica, sino con un cambio de conducta colectivo. El progreso y la prosperidad real —aquella que no se mide solo en números macroeconómicos, sino en bienestar social— requiere recuperar y conservar la integridad mediante acciones concretas:

  • Ejemplaridad de arriba hacia abajo: Quienes ocupan puestos de liderazgo político, judicial y empresarial deben ser los primeros en someterse al escrutinio y demostrar una conducta intachable. El ejemplo arrastra.

  • Educación en virtudes: Volver a poner la ética y la educación civil en el centro de la formación de los jóvenes, no como teoría abstracta, sino como práctica cotidiana.

  • Sanción social al deshonesto: Dejar de aplaudir la «viveza criolla». Un país progresa cuando el tramposo es señalado y el honesto es valorado, y no al revés.

Extrañar a Illia es un buen síntoma: significa que el termómetro moral de nuestra sociedad todavía funciona y detecta la fiebre de la corrupción. El desafío actual es transformar esa nostalgia en acción, asumiendo la responsabilidad individual de vivir con la misma rectitud que aquel presidente que demostró que el poder no ensucia a quienes entran a él con las manos limpias y el alma entera.

Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales

El mejor técnico del mundo

El mejor técnico del mundo

En esta columna de opinión, el abogado y escritor Sergio Mammarelli reflexiona sobre el fervor popular durante el Mundial, analizando cómo el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la historia, las identidades nacionales y las pasiones de todo un país.

 

 

 

 

Por Sergio Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.

 

 

 

Buenos Aires, martes 21 junio (PR/26) — Cada cuatro años, millones de argentinos que no distinguen un lateral de un líbero amanecen convertidos en directores técnicos.

No es ignorancia ni delirio: es que en el Mundial no juegan equipos, juegan países, y eso lo explica casi todo.

Voy a confesar algo que a cualquier futbolero le sonará a herejía. No soy de fútbol. Sé poco y nada: me pierdo en las formaciones, no tengo equipo que me desvele los domingos, y podría vivir un año entero sin enterarme de quién salió campeón del torneo local.

Y sin embargo, cada cuatro años, con la puntualidad de una estación, me despierto transformado en el mejor técnico del mundo. Sé exactamente a quién había que poner de titular, en qué minuto había que hacer el cambio, qué le faltó al mediocampo y qué le sobró al rival. No soy el único. Somos millones los que ese mes hablamos con una autoridad táctica que no tenemos las otras cuarenta y siete semanas del año.

La pregunta no es por qué sabemos tan poco. La pregunta es por qué, de golpe, nos importa tanto.

El seleccionador que llevamos dentro

 

Hay algo casi cómico en el fenómeno si uno lo mira desde afuera. Un país entero que el resto del tiempo desconfía de todo —de los dirigentes, de los pronósticos, de las promesas— entrega de pronto su humor colectivo a once tipos que la mayoría no sabría reconocer por la calle.

Un tipo que jamás pisó una cancha discute la línea de tres con la vehemencia de un cirujano defendiendo una técnica. Una señora que nunca en su vida vio un partido completo llora con un himno. Y todos, absolutamente todos, tienen razón, porque en ese mes la razón futbolística es lo de menos.

Lo que se activa no es el conocimiento del deporte. Es otra cosa, más vieja y honda, que el deporte apenas viene a poner en escena.

No juegan equipos, juegan países

 

 

 

 

Para entender nuestras reacciones —las mías incluidas, que no tienen ninguna base técnica— tal vez convenga aceptar una idea incómoda: en el Mundial no se enfrentan equipos de fútbol. Se enfrentan países. Y una vez que uno asume eso, casi todo lo demás se ordena solo.

No es Argentina contra Inglaterra: es un siglo y medio de historia entrando a la cancha disfrazado de partido. No es una camiseta contra otra: es lo que cada país cree ser midiéndose contra lo que el otro país cree ser.

Por eso el resultado duele o alegra en una escala que ningún partido de club alcanza jamás. Nadie llora ochenta minutos por un descenso ajeno. Se llora por lo otro, por lo que la pelota apenas representa y nunca termina de decir del todo: quiénes somos, de dónde venimos, a quién no le perdonamos nada.

El espejo inglés

 

Y acá conviene ser honestos, porque el fenómeno no es una rareza nuestra. Del otro lado piensan igual, aunque no lo digan con nuestras palabras. Al inglés le resulta sencillamente inadmisible que la Argentina le gane: no por soberbia deportiva, sino porque entre esos dos países hay demasiada historia como para que un resultado quede en resultado.

Para él, perder con nosotros no es perder un partido. Es algo que no debería poder pasar, y que sin embargo pasa, y que por eso escuece de un modo que ningún manual táctico explica.

Lo justo es admitir que el espejo también nos devuelve nuestra imagen.

Del mismo modo que el inglés no concibe caer ante Argentina, a nosotros nos cuesta entender cómo una selección africana, a la que miramos por arriba del hombro sin decirlo, puede hacernos semejante fuerza y a veces ganarnos.

Ahí está la trampa: creemos que el asombro es por el fútbol, cuando en realidad es por el mapa.

Nos sorprende que nos compliquen los que, en nuestra cabeza, «no deberían».

 Esa frase —«no deberían»— no la dicta la táctica. La dicta una jerarquía de países que llevamos adentro sin habérnosla enseñado nadie.

El insulto de «es sólo fútbol»

 

 

Por eso me parece un error, y hasta una pequeña falta de respeto, interpretar todo esto como que «es solo fútbol». La frase la dice siempre el mismo tipo de persona: el que confunde el desapego con la inteligencia, el que necesita que la alegría ajena pida permiso antes de ocupar espacio. Y es, además, falsa.

No es sólo fútbol.

Es pasión, y la pasión no se disculpa.

Es lo que representa un país entero puesto a prueba en noventa minutos: sus conflictos geopolíticos, étnicos, religiosos, raciales, sus deudas viejas, sus revanchas nunca cobradas. Es todo eso encontrando, por una vez, un lugar donde manifestarse sin pedir perdón.

Reducir eso a «sólo fútbol» no es sobriedad ni madurez.

Es la vieja técnica argentina de declarar menor lo que no sabemos administrar: si no lo puedo controlar, lo llamo vulgar; si no lo puedo explicar, lo llamo exceso.

Pero lo que se juega ahí no es un torneo. Es la única versión de nosotros mismos en la que, por un rato, creemos sin condiciones.

No me pidan objetividad. No la tengo. Que España tenga el mejor equipo del mundo, si quiere. Yo, que no sé nada de fútbol, sé una sola cosa con una certeza que no admite discusión: a los gallegos, esta vez, no les perdono que nos ganen.

Por Sergio Mammarelli 
Primicias Rurales
El mejor técnico del mundo

Dos películas en la misma pared

El Mundial se apagó, pero la crisis nunca se había ido: crónica del domingo en que la ilusión y el país real volvieron a jugar la misma final.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

Buenos Aires, jueves 30 julio (PR/26) — El silencio después de la final. Hay un silencio que aparece después de una derrota importante y que no se parece a la tristeza. Es más ancho, más frío: es vacío.

Es la sensación física de haber estado a un paso de tocar algo enorme y de volver, de golpe, a la intemperie de siempre. El domingo 19 de julio, España le ganó a Argentina uno a cero en el alargue y se coronó campeona del mundo por segunda vez en dieciséis años.

El dato es seco y verificable, y debería agotar la crónica en una línea. Pero no la agota. Porque una final no se juega para que después alguien nos explique, con estadísticas, por qué perder era razonable.

Argentina llegó a esa final y no era poco.

Llegó con un equipo que sostuvo la ilusión durante cinco semanas, con un Messi de treinta y nueve años jugando quizá su última gran batalla mundialista, y con un país entero que —aun sospechando que el partido podía salir mal— se permitió creer.

 

 

 

España fue superior; eso también hay que decirlo, y lo diremos más de una vez en estas líneas, porque es la parte incómoda de la historia.

Fue fiel a una idea de juego que no traicionó ni siquiera en el mal trago inicial ante Cabo Verde. La derrota duele porque el fútbol argentino no se conforma con participar, y esa exigencia, lejos de ser una enfermedad, ha sido durante décadas una de las pocas formas de ambición colectiva que todavía nos quedan.

 

 

El catálogo del reproche

 

Pero esta vez hubo algo más. La prensa internacional aprovechó la caída para desplegar su catálogo habitual: argentinos soberbios, maleducados, incapaces de perder.

Como si una disputa al borde del campo, un gesto de bronca o una mala reacción al final habilitaran a convertir a un país entero en caricatura moral. Es curioso, a las potencias se les perdona la arrogancia como si fuera carácter; a los argentinos se nos reprocha hasta el orgullo de haber llegado.

No se trata de justificar lo injustificable.

Si hubo jugadores que se excedieron, corresponde decirlo, porque la derrota también mide el carácter.

Pero una cosa es pedir autocrítica y otra muy distinta es disfrutar del castigo.

 Hubo, en buena parte de la cobertura mundial, una satisfacción apenas disimulada por ver caer al campeón de 2022, al equipo de Messi, a ese país incómodo que, aun con todas sus crisis, conserva la insolencia de creer que puede competir con cualquiera. Y esa insolencia es lo último que deberíamos entregar.

 

 

Nadie pierde solo

 

 

Ahora bien, casi antes de que el árbitro esloveno Slavko Vinčić terminara de pitar el final, empezó a jugarse el segundo partido: el que no se disputa en el césped sino en los teléfonos.

Circuló en las redes la certeza de que algo distinto había ocurrido bajo la superficie del resultado. Una orden, un apriete, una pelota con chip, un árbitro amenazado, un acuerdo firmado en algún despacho de Zúrich para que la Argentina no repitiera título.

La final futbolística duró noventa y tantos minutos. La final imaginaria, la que se juega en el terreno de la sospecha, todavía no terminó.

Los hechos, desarmados con paciencia  y no con el machete de la indignación, son estos. En la semifinal ante Inglaterra, un grupo de jugadores desplegó sobre el césped una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas».

La FIFA, que había prohibido ese tipo de consignas, abrió una investigación disciplinaria; el Reino Unido reclamó una pesquisa exhaustiva. Los especialistas en derecho deportivo coincidieron en que cualquier sanción, de producirse, sería económica o administrativa y en ningún caso podía derivar en pérdida de puntos ni descalificación. El reglamento no contempla ese mecanismo.

Eso no impidió que, apenas caído el resultado, un audio atribuido a Claudio Tapia mencionando una sanción de diez años circulara como si fuera evidencia forense.

El relato conspirativo tiene una arquitectura casi elegante. Primero se instala la amenaza, después, el castigo posible y finalmente, cuando el resultado no coincide con el deseo, esos dos elementos verdaderos en su origen se sueldan para explicar lo inexplicable: que el vigente campeón perdiera una final jugando mal. Hay algo cierto y es irrefutable.

Argentina jugó mal. Ese es, probablemente, el dato que menos circula, porque no tiene la textura narrativa de la conspiración. Un equipo que erra pases es una anécdota deportiva. Un equipo al que «le robaron» el título es una épica.

Con esto, nadie piense que estoy realizando una defensa acrítica de la FIFA.

Que no haya evidencia de un arreglo no vuelve inmaculado al fútbol de elite. El punto no es negar la posibilidad en abstracto, sino que afirmarla en este caso concreto exige algo más que un audio sin origen, un video descontextualizado y la necesidad emocional de que la Selección no haya, simplemente, jugado mal.

 

 

La misma gramática

 

En realidad, la pregunta que importa no es si la FIFA arregló la final, sino por qué una sociedad entera prefiere en 2026 la hipótesis del complot a la hipótesis de la derrota simple.

El complot es, paradójicamente, reconfortante: convierte a la víctima en protagonista de una trama mayor, la saca del llano de lo contingente y la instala en el escenario de lo histórico.

No perdimos: nos quitaron. La derrota humilla; el complot dignifica.

Se suponía que un mes de fútbol funcionaría como anestesia colectiva, y en cambio la lógica del pensamiento conspirativo que domina nuestra conversación pública migró sin fricción del tablero de la política al campo de juego. No hubo tregua: hubo continuidad. El mismo reflejo que explica una derrota electoral por fraude, o una crisis económica por sabotaje externo, explicó ahora una final perdida por conspiración. No es que el fútbol se haya contaminado de política. Es que ambos comparten hoy la misma gramática: si algo malo ocurre, alguien poderoso lo decidió así.

 

 

Volvimos al país real

 

Hoy, ya se acabaron los partidos, las cábalas, las noches pendientes de una pantalla. Se apagó esa pausa colectiva que nos permitió, durante cinco semanas, poner la atención en algo que no fueran las cuentas, el trabajo que falta, los precios que suben, los jubilados que no llegan, las rutas rotas, las economías regionales asfixiadas.

El Mundial fue, también, un ilusionismo: hermoso, necesario, profundamente humano. Durante un mes y medio sentimos que había una causa común, una camiseta que nos ponía del mismo lado y un destino que se podía disputar hasta el último minuto. No es poca cosa en un país partido en mil fragmentos, donde cada argentino parece obligado a salvarse solo.

Pero sería fácil, y falso, caer en el lugar común del «se terminó la fiesta, volvemos a la crisis». Lo cierto es que la fiesta nunca suspendió la crisis. No fue una tregua: fue una superposición. Dos películas proyectándose al mismo tiempo sobre la misma pared, y la otra nunca dejó de correr.

Volvió el país real. El del comerciante que no sabe si podrá reponer mercadería. El del trabajador que hace cuentas antes de cargar nafta. El del productor que mira el clima, los costos y los impuestos antes que la tabla de posiciones.

El de los jóvenes que ya no discuten cómo transformar la Argentina, sino cómo irse de ella. El de las provincias que miran desde lejos cómo las decisiones se toman en Buenos Aires y las consecuencias se pagan en cada pueblo del interior.

Mientras todavía dura el duelo futbolero, la Argentina ya reactivó el ajedrez electoral: no va a tardar cinco semanas en volver a discutir 2027; va a tardar, como mucho, cinco días.

A un córner de la gloria

Hay un detalle que se parece demasiado a un símbolo. Esta es la tercera vez en la historia que Argentina pierde una final del mundo por el mismo marcador exacto: uno a cero.

Tres derrotas mínimas, tres finales decididas por un solo gol, tres veces a un córner de distancia de la gloria. Casi una lectura mística de lo que le sucede a este país frente a sus propios objetivos colectivos: siempre cerca, siempre compitiendo de igual a igual hasta el final y, sin embargo, sin la solidez adicional que hace falta en el último tramo.

Podría decirse lo mismo de nuestra historia económica de las últimas cinco décadas: siempre a un ajuste de distancia de la estabilidad, siempre a una reforma de distancia del desarrollo sostenido, siempre jugando el partido entero para perderlo por el margen más estrecho en el momento menos perdonable. La final se pierde en el detalle, no en el planteo general.

Quizá el sentimiento que nos deja este Mundial sea precisamente ése: no fracasamos por perder una final. Fracasamos cuando somos capaces de reunirnos, emocionarnos, sacrificarnos y creer durante cuarenta días por una pelota, pero no logramos exigir con la misma pasión un país que funcione para sus hijos.

La selección nos recordó que se puede competir, resistir y llegar lejos incluso cuando las condiciones no son perfectas. Falta lo más difícil: trasladar esa convicción a la vida de todos los días, donde no hay árbitro esloveno al que culpar ni pelota con chip que explique el resultado.

El Mundial terminó. Y la Argentina, esa final interminable que jugamos todos los días, recién vuelve a empezar. La pregunta es si esta vez, cuando se disipe el humo, vamos a animarnos a mirar la otra película o si preferiremos, una vez más, seguir sin saber: porque la incertidumbre, bien administrada, resulta más habitable que la certeza de haber jugado mal nuestra propia final.

Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales

 

El mejor técnico del mundo

El líder de nadie y un peronismo que prefiere ser nada

Milei viajó a Brasil a insultar a Lula, se peleó con nuestro principal socio comercial por una elección ajena y volvió a confundir estridencia con conducción. Mientras tanto, en casa, la carrera de 2027 arranca con una novedad: Cristina quiere ser candidata a presidente.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

 

 

Buenos Aires, martes 4 agosto (PR/26) — Volvió a sorprendernos un espectáculo al que el Presidente Milei ya nos tiene acostumbrados. Sin medir consecuencias ni resultados, se subió a un avión rumbo a San Pablo con la excusa de apoyar la candidatura de Flávio Bolsonaro y terminó incendiando la relación con nuestro principal socio comercial, en su propio país, casi despreciando la diplomacia internacional como quien tira una servilleta usada.

El episodio podría quedar en lo pintoresco, en la anécdota de un presidente que no puede quedarse quieto. Pero tiene un trasfondo que merece que nos detengamos. ¿A qué fue Milei a Brasil, y qué pretende representar cuando cruza la frontera?

El papelón diplomático

 

 

 

 

Empecemos por los hechos. En una convención del Partido Liberal, de cara a las elecciones brasileñas del 4 de octubre, Milei se subió al escenario y durante veinticinco minutos convirtió un acto proselitista ajeno en un ring. Llamó a Lula da Silva “ladrón”, “expresidiario” y “basura socialista”.

Al juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, lo bautizó “basura calva” por no dejarlo visitar a Jair Bolsonaro. Y como si eso fuera poco, al día siguiente redobló la acusación, sin una sola prueba, de que el gobierno de Brasil financiaba una “campaña anti Argentina” en su contra.

La respuesta no se hizo esperar y fue del tamaño del agravio. Brasil llamó a consulta a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli —la señal diplomática más severa desde que Milei llegó a la Casa Rosada— y convocó a nuestro embajador, Guillermo Raimondi, a Itamaraty a dar explicaciones.

Preguntémonos, con honestidad, qué logró. Si la intención era dar vuelta el voto brasileño, mi primera aproximación es que salió mal. ¿Qué votante de Brasil cambiaría su elección por los insultos de un presidente extranjero?

Si Milei apuntaba a los fanáticos de la derecha bolsonarista, esos ya estaban convencidos antes de que él abriera la boca. Y si buscaba seducir al votante de centro o independiente, lo único que consiguió es que salieran corriendo despavoridos. La injerencia, cuando es torpe, no suma votos: los espanta.

Pero lo verdaderamente grave no es la política interna brasileña, que no es asunto nuestro. Lo grave es lo que Milei puso en riesgo de este lado de la frontera.

Brasil es, desde 1991 y sin interrupciones, nuestro principal socio comercial: solo en el primer semestre de 2026 el intercambio de bienes rozó los 13.800 millones de dólares, muy por encima de China o Estados Unidos.

Es el destino principal de nuestro complejo automotriz y triguero, y allí va cerca del 38 por ciento de las manufacturas industriales que exportamos. Detrás de esos números hay miles de pymes y de puestos de trabajo industriales.

Milei fue a Brasil a buscar aplausos ajenos y dejó en la mesa de apuestas el empleo de su propia gente.

Líder afuera, inquilino adentro

 

Ahora bien, si en lugar de medir el papelón lo pensamos desde la pretensión de liderazgo regional que Milei se atribuye, la reflexión es todavía más profunda. Y también más triste. Porque para conducir un continente, primero hay que conducir la propia casa. Y ahí es donde los números lo dejan desnudo.

Milei conserva en la Argentina el mismo 30,7 por ciento de aprobación con el que llegó: un núcleo fiel, de fierro, que ninguna corrida le arranca. Pero también un techo que ningún gesto le levanta.

Enfrente, su desaprobación trepó, según la consultora, a entre 54,5 y 58,2 por ciento, el nivel más alto desde que asumió. Su imagen personal es mayoritariamente negativa: 38 por ciento de positiva contra un rango de 52 a 61 de negativa. Dicho en criollo: por cada argentino que lo aplaude, hay casi dos que le dan la espalda.

Ese dato, por sí solo, encierra una conclusión dura de digerir. Milei ni siquiera es un líder nacional pleno: apenas cuenta con el apoyo firme de un tercio de los argentinos.

Algo y la nada

 

Miremos entonces el liderazgo puertas adentro. Nadie discute que la macro muestra señales: las exportaciones mejoran, la balanza comercial mejora, la desinflación sostiene su tendencia. Y sin embargo, la inversión —que es la que mide el futuro— se derrumba.

La formación bruta de capital fijo cayó 11,6 por ciento interanual en el primer trimestre y en mayo tocó apenas el 16,5 por ciento del PBI, el nivel más bajo desde la devaluación de diciembre de 2023. Curioso, ¿no?

El dato es revelador: la inversión mide cuánto estamos apostando hoy porque creemos en el mañana. Y pareciera que los argentinos, todavía, no creemos lo suficiente.

Abajo, en la góndola, la película es peor.

El salario privado registrado perdió 2,9 por ciento real en el último año y el público nacional, 7,3 por ciento. El consumo masivo acumula una caída del 2,9 por ciento en 2026. La macro aplaude en la tribuna mientras la heladera, en la cocina, sigue vacía. Y ningún país gana una elección solamente con estabilidad.

Esta semana, con el papelón brasileño de telón de fondo, se abrió formalmente la carrera presidencial. Falta mucho, pero las primeras encuestas serias ya no le permiten a Milei ganar en primera vuelta. La consultora Proyección lo mide en 33,7 por ciento contra 32,1 de Axel Kicillof: empate técnico. En un eventual balotaje, empate exacto, 39,9 por ciento cada uno. E

s cierto que el promedio de trece consultoras todavía le da ventaja individual —33,1 contra 25,7—, porque la oposición sigue dispersa y sin candidato único.

Es absolutamente cierto que algo le vence a la nada, donde Milei es ese algo y la oposición es, todavía, absolutamente nada. Pero las mismas encuestas empiezan a medir otra cosa que debería quitarle el sueño al oficialismo: el 63 por ciento de los argentinos pide cambios en el plan económico, y de ese total un 40,8 por ciento cree que habría que cambiarlo por completo.

Por primera vez en meses, el miedo a que el ingreso no alcance superó a la inflación como principal preocupación. Dicho de otro modo, la demanda de cambio ya existe. Lo que falta es quién la encarne.

El verdadero problema de fondo

 

 

 

Durante años Argentina osciló entre gobiernos que gastaban sin límites y gobiernos que prometían disciplina fiscal, pero no lograban convencer de que durarían lo suficiente para consolidar un ciclo económico estable.

Ese sigue siendo el dilema. No alcanza con ordenar las cuentas. Hace falta construir confianza política dado que el capital no invierte en presidentes, sino que invierte en expectativas.

En definitiva, el error de Milei no consiste en haber insultado a Lula, el error consiste en creer que el liderazgo se construye insultando. Los fanáticos aplauden. Los moderados se alejan. Los inversores dudan. Los socios comerciales toman nota. Y la Argentina pierde algo mucho más valioso que un intercambio de agravios: pierde credibilidad.

Peronistas, no cómplices

 

 

La semana nos dejó otra novedad no menos importante. Cristina Fernández de Kirchner decidió que la próxima instancia de su defensa no sería un tribunal argentino sino el Comité de Derechos Humanos de la ONU, al que presentó un reclamo contra la sentencia que la condenó a seis años de prisión y la inhabilitó para ejercer cargos públicos por irregularidades en la concesión de obra pública.

Para los que no recuerdan, el caso es la causa Vialidad. Irregularidades en la adjudicación de cincuenta y una obras viales en Santa Cruz a firmas del empresario Lázaro Báez, durante los gobiernos de Néstor Kirchner y de la propia Cristina Fernández. Tres jueces del tribunal oral dictaron la condena, otros tres de Casación la confirmaron, y los tres integrantes de la Corte Suprema rechazaron por unanimidad el último recurso.

Está claro que el rechazo no fue político: la Corte sostuvo que la defensa no realizó una crítica concreta y razonada de los argumentos de la sentencia impugnada.

El dos de julio, la Corte dejó firme un decomiso de 684.990 millones de pesos contra Kirchner, Báez y los demás condenados. Frente a esa cifra, la respuesta no fue pagar ni discutir el monto en sede argentina, sino poner en marcha una costosa estrategia jurídica y comunicacional internacional para presentar la condena como persecución política, proscripción y machismo.

La nueva defensa, integrada por el brasileño Rafael Valim, que defendió a Lula en el caso Lava Jato, y el español Javier Borrego, ex juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pidió tres cosas concretas: suspender la inhabilitación electoral, calificada como proscripción; recomponer la Corte Suprema, por considerar que su actual conformación vulnera gravísimamente a la ciudadanía; y revisar las condiciones de la prisión domiciliaria. No se pide revisar un fallo. Se pide cambiar al árbitro después de perder el partido.

Y ahí aparece la segunda víctima de esta historia, que no es la institucionalidad sino Axel Kicillof.

La decisión de Cristina de no respaldarlo como candidato presidencial golpeó de lleno sus pretensiones, y en su entorno admiten que ese silencio pesa más que los embates públicos de Máximo Kirchner.

Máximo, por su parte, no disimula: reclamó que Cristina sea la candidata en 2027 porque La Cámpora interpreta que el avance de Kicillof amenaza con desplazarlos de la centralidad que ocuparon dentro del PJ. No se discute quién gobierna mejor. Se discute quién retiene el aparato, mientras hasta en los propios actos de Kicillof estallan cánticos de “Axel presidente” frente al reclamo de liberar a Cristina.

Por todo esto, esta columna se dirige a los peronistas de a pie, a los que todavía creen en la doctrina social, en la mesa que no falta y en la dignidad del trabajo, no en el fuero de nadie.

No se dejen engañar con estas patrañas. Ni la condena es machismo, ni Ginebra es una instancia superior a la Corte Suprema argentina, ni el reclamo por Cristina puede seguir siendo la excusa para no discutir quién representa mejor al movimiento en 2027.

La lealtad que Perón pedía era con el pueblo, no con una causa judicial. No permitan que setecientos mil millones de pesos sin devolver se disfracen de bandera. El Peronismo merece un candidato, no un rehén.

La cuenta que queda

 

Volvamos al principio, a ese avión que despegó rumbo a Brasil. Un presidente que gobierna con el respaldo firme de un tercio del país eligió cruzar la frontera para insultar al Jefe de Estado de nuestro principal socio comercial, en defensa de una causa que no es la nuestra, arriesgando empleos que sí lo son. No es audacia. Es irresponsabilidad. Y la irresponsabilidad, cuando se convierte en método, deja de ser un rasgo de carácter para transformarse en un problema de gobierno.

Sabemos que el 63 por ciento quiere cambiar.

Sabemos que Milei ya no alcanza y que la oposición todavía no aparece. Sabemos que la energía del cambio está suelta, dando vueltas, buscando dónde meterse. La Argentina, una vez más, quedó atrapada entre los que no convencen de que van a durar y los que gastan sin equilibrio.

Y la pregunta de siempre, la que duele, sigue sin respuesta: entre esos dos males, ¿cuál es peor?

Mi duda existencial es si, cuando esa energía de cambio finalmente encuentre un nombre, va a ser el de alguien que nos saque adelante… o el del próximo que nos venga a vender, otra vez, que él es distinto.

Primicias Rurales
Por Sergio Marcelo Mammarelli