Más de 5.000 kilómetros de paisajes extremos, culturas ancestrales y pueblos detenidos en el tiempo convierten a la Ruta Nacional 40 en la travesía más épica de Argentina.
Buenos Aires, jueves 5 marzo (PR/26) — Hay carreteras que unen ciudades y hay otras que cuentan historias. La Ruta Nacional 40 pertenece a esta última categoría: una columna vertebral que recorre Argentina de sur a norte, desde el Cabo Vírgenes, en Santa Cruz, hasta La Quiaca, en Jujuy, enlazando 11 provincias y más de 5.000 kilómetros de geografía cambiante.

Viajar por la 40 no es solo desplazarse: es atravesar la Patagonia indómita, bordear lagos glaciares, internarse en la estepa ventosa, escalar los Andes áridos del Cuyo y terminar en el altiplano puneño, donde el cielo parece más cercano que en cualquier otro lugar.
Del viento patagónico al silencio andino
En el sur, la ruta serpentea cerca del Parque Nacional Los Glaciares y dialoga con el azul profundo del Lago Argentino. Más al norte, en Mendoza, se vuelve una carretera de montaña que ofrece vistas privilegiadas del Aconcagua, el techo de América.

En San Juan y La Rioja, el paisaje muta en formaciones rojizas y valles lunares. Luego llegan los Valles Calchaquíes, entre Salta y Tucumán, donde cardones gigantes y caseríos coloniales acompañan el camino. Finalmente, en Jujuy, la Quebrada de Humahuaca despliega cerros multicolores antes del último tramo hacia la frontera con Bolivia.
Pueblos, tradiciones y sobremesas largas

Pero la Ruta 40 no se explica sólo en panorámicas. Se entiende en sus pueblos: en las panaderías que aún hornean a leña, en las bodegas familiares, en los mercados artesanales y en las sobremesas interminables donde el tiempo pierde urgencia.
El viaje puede hacerse en tramos —Patagonia, Cuyo o Norte— o como una travesía integral que demanda semanas. En cualquier caso, la promesa es la misma: una Argentina diversa, cruda y luminosa.
Una experiencia para viajeros sin prisa

La 40 no es una autopista: en muchos sectores mantiene ripio, curvas cerradas y distancias largas entre estaciones de servicio. Esa condición, lejos de ser un obstáculo, es parte de su encanto. Obliga a planificar, a detenerse, a mirar.
En tiempos de viajes exprés, la Ruta 40 propone lo contrario: demorarse. Escuchar el viento en la estepa, observar el vuelo de un cóndor en la cordillera, compartir un mate frente a un atardecer infinito.
Recorrerla es aceptar que el destino no es un punto en el mapa, sino el propio camino.

Esto dice, según la IA, La Vanguardia de España que considera que el viaje se puede hacer en 7 etapas:
Recorrer la Ruta Nacional 40 en 7 etapas es una invitación a descubrir la Argentina profunda, aquella que no figura en los mapas rápidos pero late en cada pueblo, cada curva y cada horizonte infinito. El itinerario arranca en Cabo Vírgenes, en la Patagonia austral, donde el viento parece anunciar la aventura. Las primeras jornadas transcurren entre estepas, lagos glaciales y senderos que bordean el majestuoso macizo del Parque Nacional Los Glaciares, antes de alcanzar El Calafate y su emblemático glaciar Perito Moreno, hito imprescindible para cualquier viajero en la 40.
Desde allí, el camino se eleva hacia las tierras altas de Mendoza y San Juan, atravesando paisajes desérticos donde el sol y la roca esculpen un escenario casi lunar. La cuarta etapa es un descenso hacia los valles fértiles del Cuyo, salpicados de bodegas centenarias y viñedos que invitan a detenerse.
En las jornadas finales, la ruta se adentra en los Valles Calchaquíes y culmina en la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy, donde los cerros multicolores coronan una travesía de contrastes, sabores y encuentros humanos. Este itinerario no es sólo un trayecto geográfico, sino una experiencia para los sentidos y la memoria del viajero.
Primicias Rurales
Fuente: IA/La Vanguardia

















