Hoy celebramos a la Santa Madre Teresa de Calcuta, Premio Nobel de la Paz

Hoy celebramos a la Santa Madre Teresa de Calcuta, Premio Nobel de la Paz

La Madre Teresa fue una inagotable defensora de la dignidad del pobre y de la vida humana en todos sus estadíos -desde la concepción hasta la muerte natural-, así como una trabajadora incansable por la paz entre los pueblos. Su mayor ambición no fue, ni remotamente, alcanzar premios o reconocimientos, sino compartir el amor de Cristo a través de la caridad y el sacrificio por los que sufren: “Amad hasta que duela. Si duele es buena señal” (Sta. Teresa de Calcuta).

La también fundadora de las Misioneras de la Caridad -orden religiosa nacida en la India- fue canonizada el 4 de septiembre de 2016 por el Papa Francisco en una Misa celebrada en la Plaza de San Pedro.

La santa nacida en Albania murió hace 27 años, el 5 de septiembre de 1997, en la ciudad de Calcuta (India), a los 87 años de edad.

La pobreza y el falso bienestar

Teresa de Calcuta dio una lección a la humanidad de cómo entender la pobreza y cuál debe ser la forma de enfrentarla si se quiere acabar con esta: con caridad y solidaridad; tal y como Cristo lo hizo en su paso por la tierra. Teresa, por su entusiasmo y constancia, puede ser considerada como un auténtico don para la Iglesia de hoy: ella nos recuerda que el cristiano está obligado a amar Cristo en el que sufre (ver: Mt 25), es decir, en los pobres, los tristes, los abandonados, los enfermos, los que son marginados o desechados por la sociedad.

Para ella, la pobreza más grande no fue necesariamente la que se encuentra en los barrios o zonas signadas por la precariedad -como, por ejemplo, la Calcuta en la que vivió-, sino más bien es esa que caracteriza a todos aquellos lugares donde el amor está ausente, donde la miseria moral corroe a las comunidades humanas, aún habiendo comodidades u opulencia.

El caso típico de esto -y el más dramático- es el de las sociedades en las que el aborto está permitido, o donde se ‘cosifica’ de una u otra manera a los seres humanos.

Misionera, sí, y de la caridad

Fue formada en un hogar católico: bautizada un día después de nacer, recibió la Primera Comunión a los cinco años y la Confirmación un año más tarde.

Teresa ingresó a la Congregación de las Hermanas de Loreto en 1928; y al año siguiente se embarcó hacia la India, donde hizo sus primeros votos en 1937. Permaneció 20 años como miembro de dicha congregación, hasta que Dios le mostró que su camino debía ser otro . Así, el 7 de octubre de 1950 Teresa fundaría a las Misioneras de la Caridad, congregación poseedora de un carisma muy especial: entregarse a “los más pobres entre los pobres” con una radicalidad sin precedentes.

Premio Nobel de la Paz

En 1979, la Madre Teresa recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor tendiendo puentes para acercar a pueblos y culturas. Ella, una mujer católica residente en un país de mayoría hindú y musulmana, había logrado unir a los pobladores de la India en torno a una causa común: la defensa del ser humano y su dignidad incondicional. La Madre impulsaba esta tarea con tal fuerza que logró conmover al mundo entero. Hizo visible al desamparado, al desprotegido, olvidado o rechazado, pero al mismo tiempo generó cadenas de solidaridad de dimensiones globales. Demostró que el discurso pierde valor si no se pasa a la acción, y que esa acción solo es posible si está sustentada en la oración, porque solo esta mantiene encendido el fuego del amor.

Dado que vivimos en un mundo secularista, vuelto en contra del ser humano porque no conoce ni la fe ni la esperanza, Teresa de Calcuta se abocó de manera particular a ayudar a bien morir a muchas personas que habían quedado a su suerte en las calles, no solo carentes de los mínimos recursos materiales, sino abandonados en todo sentido. La muerte es un hecho inevitable y doloroso, pero duele más si se está en soledad, sin Dios, sin trascendencia, sin alguien que te recuerde que los seres humanos no estamos hechos para la muerte sino para la vida -la vida eterna-.

Uno de los momentos más significativos, en los que la Madre Teresa pudo mostrar al mundo esta “lógica evangélica” e interpelar a la cultura (o anticultura) imperante, se produjo en la ceremonia de aceptación del premio Nobel. A continuación se citan algunos fragmentos de aquel célebre discurso.

Sobre eso de lo que todos hablan: la paz

“… El mayor destructor de la paz hoy en día es el llanto de un niño inocente no nacido. Si una madre puede matar a su propio hijo en su seno, ¿qué peor crimen puede haber que matarse el uno al otro?”

Una cultura de muerte: ni niños, ni ancianos

“Nunca me olvido de la oportunidad que tuve cuando visité un hogar de ancianos en el que habían sido dejados por sus hijos e hijas, y tal vez olvidados… en ese hogar tenían de todo, cosas hermosas, pero todos miraban hacia la puerta. Y no vi una pobre sonrisa en sus rostros. Y me di la vuelta hacia la hermana y le pregunté ¿cómo puede ser?, ¿cómo puede ser que estas personas que tienen todo, miran hacia la puerta?, ¿por qué no sonríen? … incluso los moribundos sonríen, y ella [la hermana] me contestó: Ellos están a la espera de que un hijo o hija vengan a visitarlos… Esa pobreza es la que se vive en nuestros propios hogares, es ahí donde se da la negligencia del amor”.

La santidad es posible porque amar lo es

Cuando fue llamada a la Casa del Padre el 5 de septiembre de 1997, la congregación que fundó contaba con 3,842 religiosas en 594 casas repartidas en todo el globo.

La Madre Teresa fue beatificada por su gran amigo San Juan Pablo II el 19 de octubre de 2003, quién la recordó de la siguiente manera: “Saciar la sed de amor y de almas de Jesús en unión con María, la Madre de Jesús, se convirtió en el único objetivo de la existencia de la Madre Teresa, y en la fuerza interior que la impulsaba y la hacía superarse a sí misma e ‘ir deprisa’ a través del mundo para trabajar por la salvación y la santificación de los más pobres de entre los pobres”.

La canonización llegó 13 años después, y fue realizada por el Papa Francisco con ocasión de la celebración del “Jubileo de los voluntarios y operarios de la misericordia”. En esa oportunidad el Pontífice señaló que la «Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que el ‘no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre’».

Por si no sabes qué hacer con tu vida: aquí un consejo de la Madre Teresa

En una célebre entrevista, concedida poco tiempo antes de morir, Santa Teresa de Calcuta dejó este mensaje 1997: “Ámense los unos a los otros, como Jesús los ama. No tengo nada que añadir al mensaje que Jesús nos dejó. Para poder amar hay que tener un corazón puro y rezar. El fruto de la oración es la profundización en la fe. El fruto de la fe es el amor. Y el fruto del amor es el servicio al prójimo. Esto nos trae la paz” (Entrevista a la revista brasileña misionera “Sem Fronteiras” [Sin fronteras]).

¡Feliz Fiesta de Santa Teresa de Calcuta!

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Fuente: Aciprensa

Hoy recordamos a Santa Rosalía, intercesora de quienes padecen enfermedades infecciosas

Hoy recordamos a Santa Rosalía, intercesora de quienes padecen enfermedades infecciosas

Santa Rosalía es patrona de las personas que sufren enfermedades infecciosas o son víctimas de la peste ella es su fiel intercesora en los momentos difíciles.

Flor de santidad

Nacida con el nombre de Rosalia Sinibaldi, perteneció a una familia proveniente de Normandía (Francia) que se reclamaba descendiente de Carlomagno. Sus biógrafos coinciden en que nació hacia el año 1130 en Palermo, isla de Sicilia (Italia), por lo que se le considera también patrona de esa ciudad.

El nombre de la santa, ‘Rosalía’, es una contracción de los nombres de dos tipos de flores: ‘rosa’ y ‘lilia’ (nombre común que se le da a la azucena o lirio).

Los sicilianos llaman cariñosamente a Santa Rosalía «Santuzza» (Santita), en alusión a su baja estatura, ya que se sabe que fue una mujer particularmente pequeña y de contextura  fina.

Rosalía fue educada en la corte de la ciudad, y por su belleza y trato amable se convirtió en dama de honor de la reina Margarita de Navarra, esposa del rey Guillermo II. A pesar de su posición social favorable, dejó su hogar y el palacio real para dedicarse completamente a lo que le llenaba el alma: la vida de oración, el trato frecuente e intenso con el Señor.

Fue acogida en el monasterio basiliano de Santo Salvador de Palermo, pero la presión ejercida por sus padres y el hombre al que fue prometida en matrimonio la forzaron a huir a las afueras de Bivona, donde se refugió en una cueva. Con el correr de los días y en vistas a que su situación familiar no cambiaba, Rosalía se vio obligada a esconderse en otra cueva, esta vez, ubicada en el Monte Peregrino, cerca de Palermo, donde moriría años más tarde entre los años 1156 y 1566.

Sicilia y la desaparición de la peste

Según la tradición, gracias a la intercesión de Rosalía mermó la peste que asoló Sicilia en 1624, año en el que sus restos fueron encontrados. Aquella antigua tradición señala que la santa se le apareció a un cazador para conducirlo al lugar dónde yacían sus restos. Santa Rosalía le señaló la ruta que conducía hacia la montaña en cuya cueva vivió y murió; después, la santa le encomendó al hombre que sus restos fueran sacados de allí y llevados en procesión para ser debidamente sepultados.

Tiempo después, el Papa Urbano VIII -pontífice entre 1623 y 1644- declaró oficialmente la autenticidad de las reliquias y dispuso que Sicilia conmemore a su santa cada 15 de julio, mientras que el resto de la Iglesia universal debe hacerlo el 4 de septiembre, día en que se recuerda tanto el hallazgo como el traslado de las reliquias de la santa.

Veneración e iconografía

La iconografía representa a Santa Rosalía como ermitaña, al aire libre, cerca de una cueva, y, a veces, revestida del hábito agustino. Suele aparecer también coronada de rosas -en alusión a su nombre-, de pie, al lado de un crucifijo y una calavera, en alusión a la vida ascética que llevó.

…Si quieres conocer más sobre esta santa, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Rosalia.

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Fuenteaciprensa

Hoy la Iglesia celebra al Papa San Gregorio Magno, el humilde monje que “cambió el mundo”

Hoy la Iglesia celebra al Papa San Gregorio Magno, el humilde monje que “cambió el mundo”

La nota distintiva de San Gregorio, a quien llamaron “magno” (del latín magnus, grande), fue su sencillez. Siendo cabeza de la Iglesia y, por lo tanto, detentando un gran poder, se entendió a sí mismo como el más humilde servidor de todos. Precisamente, en eso radica su grandeza, en que supo hacerse pequeño para ser grande a la manera de Cristo.

San Gregorio fue el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica; forma parte del grupo de los cuatro Padres de la Iglesia latina y se le cuenta entre los Doctores de la Iglesia. Asimismo, cabe mencionar que Gregorio I fue el primer monje que llegó a ocupar la sede de Pedro. Alguna vez sentenció: “Donde el amor existe se obran grandes cosas”; y, de muchas maneras su ejemplar vida fue testimonio de eso.

“Hombre de consenso”

San Gregorio Magno nació en Roma en el año 540, en el seno de una antigua familia romana de la que ya habían salido dos papas: Félix III (483-492), quien se cree fue su bisabuelo; y Agapito I (535-536), un pariente lejano.

Siendo joven, ingresó en la carrera administrativa para la que había sido destinado, llegando a ocupar el cargo de prefecto hacia el año 573; no obstante, la abandonó para hacerse monje. Tras este giro, a la muerte de su padre (575), convirtió la casa familiar en un monasterio, conocido más tarde como el monasterio de San Andrés. De manera semejante, dispuso del resto de sus propiedades personales para beneficio de la Iglesia.

En tales circunstancias, Gregorio sería elegido “Obispo de Roma y Sumo Pontífice” gracias a la sintonía existente, en ese momento, entre el clero, el pueblo romano y el senado en torno a sus cualidades personales.

Como Papa, San Gregorio se abocó a la tarea de entablar relaciones de fraternidad con todos los reinos y gobiernos posibles, con el deseo de que la Iglesia continuase con el anuncio del Evangelio en el mundo entero.

Una vez a cargo de la Sede de Pedro -asumió la sede el 3 de septiembre de 590-, se preocupó por la conversión de los pueblos considerados lejanos en aquella época, y de la nueva organización civil y política de la Europa posterior a la caída del imperio romano de Occidente.

Al acceder al pontificado, San Gregorio Magno, desde Roma, tuvo que realizar una doble tarea: velar por su “ciudad” camino del cielo y, al mismo tiempo, por la Europa en proceso de reorganización social y política. La fragmentación del mundo conocido tras el debilitamiento progresivo del poder imperial había dejado sola a la Iglesia en cuanto al sostenimiento de la “unidad” entre los pueblos, o en todo caso, de cierta “estructura administrativa” que subsistía ahora con demasiada dificultad. Roma miraba a Bizancio y Bizancio no respondía.

Los lazos que estableció San Gregorio favorecieron el encuentro entre distintos mundos al calor de un movimiento evangelizador. En especial cabe mencionar su preocupación por el mundo anglosajón insular (Inglaterra). El Papa envió misioneros a las islas británicas y puso al San Agustín de Canterbury a liderar aquella empresa.

Por otro lado, se alió con las órdenes monásticas, pues veía en ellas la garantía de que la Iglesia habría de mantenerse sólida -un buen edificio descansa en cimientos sólidos, y esos para la Iglesia dependen de la oración-; mientras que, en lo político, frenó las ambiciones expansionistas de francos y lombardos.

Renovarse siempre en el Amor

Gregorio ordenó recopilar la música y las antiguas antífonas que se entonaban en la Iglesia e impulsó un estilo y una estructura musical que consideró propicias para la liturgia -cuyo centro es la Eucaristía-, herencia de lo que se conocía entonces como Schola Cantorum [Escuela de los que cantan]. Así contribuyó a la evolución de lo pasaría a llamarse, precisamente, “canto gregoriano”, como una forma de honrar la memoria del santo.

En esta tarea, San Gregorio fue muy prolijo: logró recoger la larga tradición del canto cristiano -nacido en las catacumbas- y que ahora podía vibrar en los templos para beneplácito del espíritu humano. Lamentablemente buena parte de ese “antifonario” (registro musical) se fue perdiendo, hasta que a inicios del siglo XX fue recuperado por el Papa San Pio X, para convertirse en el “canto oficial de la Iglesia Católica” para siempre.

Ecos en el siglo XXI

Baste por ahora recurrir a lo dicho por el Papa Benedicto XVI, quien en audiencia general del 28 de mayo del 2008, se refirió a San Gregorio Magno con estas palabras: “En un tiempo desastroso, más aún, desesperado, [San Gregorio] supo crear paz y dar esperanza. Este hombre de Dios nos muestra dónde están las verdaderas fuentes de la paz y de dónde viene la verdadera esperanza; así se convierte en guía también para nosotros hoy”.

Si quieres conocer más sobre este ilustre Papa, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Gregorio_I_Magno.

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Fuente: Aciprensa

Hoy la Iglesia celebra al Papa San Gregorio Magno, el humilde monje que “cambió el mundo”

Hoy la Iglesia celebra al Papa San Gregorio Magno, el humilde monje que “cambió el mundo”

La nota distintiva de San Gregorio, a quien llamaron “magno” (del latín magnus, grande), fue su sencillez. Siendo cabeza de la Iglesia y, por lo tanto, detentando un gran poder, se entendió a sí mismo como el más humilde servidor de todos. Precisamente, en eso radica su grandeza, en que supo hacerse pequeño para ser grande a la manera de Cristo.

San Gregorio fue el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica; forma parte del grupo de los cuatro Padres de la Iglesia latina y se le cuenta entre los Doctores de la Iglesia. Asimismo, cabe mencionar que Gregorio I fue el primer monje que llegó a ocupar la sede de Pedro. Alguna vez sentenció: “Donde el amor existe se obran grandes cosas”; y, de muchas maneras su ejemplar vida fue testimonio de eso.

“Hombre de consenso”

San Gregorio Magno nació en Roma en el año 540, en el seno de una antigua familia romana de la que ya habían salido dos papas: Félix III (483-492), quien se cree fue su bisabuelo; y Agapito I (535-536), un pariente lejano.

Siendo joven, ingresó en la carrera administrativa para la que había sido destinado, llegando a ocupar el cargo de prefecto hacia el año 573; no obstante, la abandonó para hacerse monje. Tras este giro, a la muerte de su padre (575), convirtió la casa familiar en un monasterio, conocido más tarde como el monasterio de San Andrés. De manera semejante, dispuso del resto de sus propiedades personales para beneficio de la Iglesia.

Más adelante, el Papa Pelagio II lo nombró diácono y lo envió a Constantinopla como “apocrisiario” (lo que hoy equivale a un nuncio apostólico). Allí permaneció unos años hasta que fue llamado de regreso a Roma para ocupar el puesto de secretario pontificio. Años duros le tocó vivir allí, pues la Ciudad Eterna padecería desastres naturales, carestías a causa del asedio bárbaro y, finalmente, la peste. Esta última fue la que acabó con la vida de su predecesor, el Papa Pelagio.

En tales circunstancias, Gregorio sería elegido “Obispo de Roma y Sumo Pontífice” gracias a la sintonía existente, en ese momento, entre el clero, el pueblo romano y el senado en torno a sus cualidades personales.

Como Papa, San Gregorio se abocó a la tarea de entablar relaciones de fraternidad con todos los reinos y gobiernos posibles, con el deseo de que la Iglesia continuase con el anuncio del Evangelio en el mundo entero.

Una vez a cargo de la Sede de Pedro -asumió la sede el 3 de septiembre de 590-, se preocupó por la conversión de los pueblos considerados lejanos en aquella época, y de la nueva organización civil y política de la Europa posterior a la caída del imperio romano de Occidente.

Al acceder al pontificado, San Gregorio Magno, desde Roma, tuvo que realizar una doble tarea: velar por su “ciudad” camino del cielo y, al mismo tiempo, por la Europa en proceso de reorganización social y política. La fragmentación del mundo conocido tras el debilitamiento progresivo del poder imperial había dejado sola a la Iglesia en cuanto al sostenimiento de la “unidad” entre los pueblos, o en todo caso, de cierta “estructura administrativa” que subsistía ahora con demasiada dificultad. Roma miraba a Bizancio y Bizancio no respondía.

Los lazos que estableció San Gregorio favorecieron el encuentro entre distintos mundos al calor de un movimiento evangelizador. En especial cabe mencionar su preocupación por el mundo anglosajón insular (Inglaterra). El Papa envió misioneros a las islas británicas y puso al San Agustín de Canterbury a liderar aquella empresa.

Por otro lado, se alió con las órdenes monásticas, pues veía en ellas la garantía de que la Iglesia habría de mantenerse sólida -un buen edificio descansa en cimientos sólidos, y esos para la Iglesia dependen de la oración-; mientras que, en lo político, frenó las ambiciones expansionistas de francos y lombardos.

Renovarse siempre en el Amor

Gregorio ordenó recopilar la música y las antiguas antífonas que se entonaban en la Iglesia e impulsó un estilo y una estructura musical que consideró propicias para la liturgia -cuyo centro es la Eucaristía-, herencia de lo que se conocía entonces como Schola Cantorum [Escuela de los que cantan]. Así contribuyó a la evolución de lo pasaría a llamarse, precisamente, “canto gregoriano”, como una forma de honrar la memoria del santo.

En esta tarea, San Gregorio fue muy prolijo: logró recoger la larga tradición del canto cristiano -nacido en las catacumbas- y que ahora podía vibrar en los templos para beneplácito del espíritu humano. Lamentablemente buena parte de ese “antifonario” (registro musical) se fue perdiendo, hasta que a inicios del siglo XX fue recuperado por el Papa San Pio X, para convertirse en el “canto oficial de la Iglesia Católica” para siempre.

Ecos en el siglo XXI

Baste por ahora recurrir a lo dicho por el Papa Benedicto XVI, quien en audiencia general del 28 de mayo del 2008, se refirió a San Gregorio Magno con estas palabras: “En un tiempo desastroso, más aún, desesperado, [San Gregorio] supo crear paz y dar esperanza. Este hombre de Dios nos muestra dónde están las verdaderas fuentes de la paz y de dónde viene la verdadera esperanza; así se convierte en guía también para nosotros hoy”.

…Si quieres conocer más sobre este ilustre Papa, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Gregorio_I_Magno.

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Fuente: Aciprensa

Hoy recordamos al Beato Bartolomé Gutiérrez, mártir, blanco de burlas por su sobrepeso

Hoy recordamos al Beato Bartolomé Gutiérrez, mártir, blanco de burlas por su sobrepeso

Fray Bartolomé Gutiérrez Espinosa fue beatificado el 7 de julio de 1867 por el Papa Pío IX.

Un chico ‘grande’ e ingenioso

Bartolomé nació el 4 de septiembre de 1580 en Ciudad de México (Virreinato de Nueva España). Con 16 años, en 1596, ingresó a la Orden de San Agustín (agustinos). Bartolomé era un joven corpulento y con evidente sobrepeso. Por ese motivo los frailes que vivían con él solían gastarle bromas, a las que él respondía con una paciente sonrisa.

Su más grande deseo era ser misionero, viajar hasta los confines del mundo y proclamar la Palabra del Señor; lamentablemente, no eran pocos entre sus hermanos agustinos los que veían esa posibilidad con escepticismo. No creían que Bartolomé fuera capaz de emprender un viaje a tierras lejanas y sobrevivir en medio de la geografía agreste o el clima adverso.

No obstante, el beato se las arregló para dejar atónitos a sus detractores en una. En cierta ocasión, Bartolomé se permitió responder a las burlas sobre su peso haciendo gala de ingenio y fina ironía. A los que se mofaban de su gordura les dijo: “Tanto mejor, así habrá más reliquias que repartir cuando muera mártir, porque algún día iré a Filipinas y de allí a Japón donde moriré por la fe de Cristo”.

Grandeza de espíritu

Tras concluir los estudios eclesiásticos, Bartolomé fue ordenado sacerdote y enviado a Puebla. En 1606 fue alistado junto a otros misioneros para la misión a Filipinas. Una vez llegado a la isla, se le designó el puesto de maestro de novicios.

Bartolomé tenía una gran habilidad para aprender otras lenguas, así que llegó a dominar el tagalo (la lengua filipina por antonomasia) y luego se introdujo en el japonés.

“Sean mansos como palomas y astutos como la serpiente” (Mt 10, 16)

En 1615 se decretó la expulsión de todos los religiosos del Japón, y el Beato Bartolomé se vio obligado a regresar a Filipinas. Sin embargo, el provincial le pidió que volviera a Japón, en compañía del P. Pedro de Zúñiga -también futuro beato-. Los misioneros arribaron a la tierra de misión el 12 de agosto de 1618.

Valeroso guerrero como el Señor a quien sirvió

En 1629 fue tomado prisionero en Omura y, dos años más tarde, en 1631, trasladado con sus compañeros a Nagasaki, donde permaneció en cautiverio tres años más, hasta que, finalmente, se le condenó a muerte. Tras ser torturado sumergido en aguas hirvientes, fue quemado vivo el 3 de septiembre de 1632 junto con otros misioneros. Su cuerpo quedó reducido a cenizas, las que fueron recogidas y arrojadas al mar.

El Beato Bartolomé Gutiérrez formó parte del grupo de 205 mártires del Japón encabezados por el también Beato Alfonso Navarrete. Ellos fueron elevados a los altares el 7 de julio de 1867 por el Papa Pio IX.

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Fuente: aciprensa

Hoy celebramos a San Gil, conocido también como San Egidio, abad y eremita

Hoy celebramos a San Gil, conocido también como San Egidio, abad y eremita

Entre los “auxiliadores”

San Gil (en latín: Aegidius, en francés: Gilles, en italiano: Egidio), a veces llamado Egidio el Eremita, fue un monje benedictino de origen griego que vivió entre los siglos VI y VII. La tradición lo ha erigido como ejemplo de bondad y espíritu misericordioso. Sus biógrafos suelen destacar en él la delicadeza y sabiduría con la que trataba a todo aquel que acudía a su presencia, así como su ánimo constante para llamar a todos a la conversión.

Una antigua devoción germánica lo coloca entre los «catorce santos auxiliadores», es decir, entre aquellos bienaventurados famosos por “su eficacia” para responder a las solicitudes de sus devotos.

Francia, tierra de santidad

Egidio nació en Atenas (Grecia, en ese momento parte del Imperio Bizantino) en el seno de una familia noble y rica. La fecha exacta

Después de descubrir que Dios lo llamaba por el camino de la renuncia al mundo, Gil repartió el patrimonio que le correspondía entre los pobres. Luego marchó hacia Provenzal, al sur de Francia, tierra en la que se estableció y donde se consagró a la ascesis y la oración.

De acuerdo a una antigua tradición, el santo realizó allí muchos milagros: sanó enfermos de parálisis, curó a gente con mordeduras de serpientes, o a enfermos de fiebres; convirtió tierras estériles en fértiles y -según la leyenda- hasta resucitó muertos. Como esto le acarreó fama y veneración pública, decidió retirarse al bosque cercano a la desembocadura del río Ródano. Una vez establecido allí, vivió como eremita.

Dios perdona todos los pecados, todos

Entonces se produjo un encuentro entre los dos: un diálogo que devino en el inicio de la conversión del rey. Este le confesó un pecado gravísimo -se cree que incesto-, pero llegó a encontrar consuelo en las palabras de Egidio.

El monarca decidió reparar en la medida de lo posible el mal cometido y, como consecuencia de verse amado por Dios a pesar de su iniquidad, decidió brindar su ayuda al eremita. El rey mandó construir un monasterio en ese mismo paraje -conocido después como el “Bosque de San Egidio”-, en el que el santo sería nombrado primer abad. La regla que acogió el monasterio fue la benedictina.

Pronto el lugar empezó a llenarse de peregrinos que buscaban al santo para que los cure de sus males, sean del cuerpo o del alma. San Gil permaneció en aquel monasterio por muchos años, acogiendo a quien lo necesitaba y, cada vez que podía, volviendo al silencio y la soledad en las que encontraba a Dios.

Ya anciano, se dirigió al Pirineo catalán donde, a los 84 años de edad, murió santamente (c. 720-725).

Veneración

Este santo goza de gran devoción en Europa. Iglesias, hospitales, altares e imágenes hechas en su honor pueden encontrarse en países como Francia, España, Inglaterra, Polonia, Italia y Alemania. Hermosos lugares del Viejo Continente y de América llevan su nombre.

Ecos en nuestro tiempo

Hoy se ha hecho conocida la Comunidad de San Egidio, institución fundada por el historiador italiano Andrea Riccardi en la ciudad de Roma en 1968.

…Si deseas conocer un poco más sobre San Gil, te recomendamos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católicahttps://ec.aciprensa.com/wiki/San_Giles.

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Fuente: Aciprensa