La ganadería argentina llega a 2026 con precios históricamente altos, buena rentabilidad y una demanda internacional que, aun con ajustes, sigue firme. No es mérito del Estado: es resultado del mercado y de años de resiliencia productiva. La pregunta clave es otra: ¿va a acompañar el Gobierno este momento o va a dejar que se diluya, como tantas veces?

Buenos Aires, 5 de enero (PR/26) .- Porque el problema de la ganadería nunca fue la falta de potencial, sino la falta de políticas consistentes.

El primer punto es obvio: la presión impositiva. No se puede hablar de inversión ganadera de largo plazo con derechos de exportación vigentes, impuestos distorsivos y tasas locales que no vuelven en servicios. Un ejemplo concreto: productores que pagan tasas viales “para mantenimiento de caminos” y siguen sacando la hacienda por caminos intransitables. Eso no es presión fiscal: es un sobrecosto que destruye competitividad. Si el Estado no puede bajar impuestos de golpe, al menos debería poner un cronograma claro y cumplirlo.

El segundo eje es el crédito. La ganadería no se financia en 180 días. Retener vientres, mejorar genética o subir peso de faena requiere años, no meses. Hoy, salvo excepciones, el crédito no acompaña el ciclo biológico. Sin líneas a 5 o 10 años, con tasas razonables y períodos de gracia, el mensaje es claro: inviertan, pero arréglense solos. Así no hay salto productivo posible.

Pero donde el atraso ya roza lo absurdo es en los últimos tres puntos, los más urgentes.

Infraestructura rural: no hablamos de autopistas, hablamos de caminos básicos. Cada lluvia fuerte paraliza zonas productivas enteras. La mercadería no sale, el costo logístico sube y la competitividad se pierde antes de llegar al frigorífico. El Estado cobra, pero no ejecuta. Y nadie rinde cuentas. Sin control y sin obras, cualquier mejora de precios se licúa en el barro.

Sanidad e informalidad: Argentina quiere vender carne de mayor valor, pero convive con doble estándar sanitario y una informalidad que limita el acceso a mercados exigentes. Mientras competidores avanzan en trazabilidad y certificaciones, acá todavía se discute si controlar es “molestar al productor”. No: controlar bien es habilitar mejores precios. Un SENASA técnico y ágil no es un costo, es una ventaja competitiva.

Inserción internacional y previsibilidad: el caso China fue una advertencia. Se evitó un daño mayor, pero dejó en claro el riesgo de depender de un solo mercado. Estados Unidos, Asia y la Unión Europea están ahí, pero requieren diplomacia comercial activa y continuidad. Y puertas adentro, una sola condición: nunca más cierres ni cupos a la exportación. El productor invierte hoy si sabe que mañana no le cambian las reglas.

La conclusión es simple y dura:
la ganadería ya hizo su parte. Produce, invierte cuando puede y responde cuando el contexto acompaña. Ahora le toca al Estado. No con discursos, sino con menos impuestos distorsivos, crédito real, caminos transitables, sanidad seria y reglas estables.

La oportunidad está servida. Si se vuelve a desperdiciar, no será por culpa del campo.

Primicias Rurales – Ing. Arg. Pedro A. Lobos