Inundaciones, suelos compactados y alimentos de menor calidad no son culpa del clima: son consecuencia de ignorar cómo funciona la naturaleza.
Por Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos, Director Ejecutivo de Primicias Rurales
Buenos Aires, sábado 24 de enero (PR/26) .- Durante décadas, la agricultura buscó eficiencia, escala y rapidez. Maquinaria más grande, decisiones más simples, recetas universales. En ese camino, logramos producir más alimentos que nunca. Pero también cometimos un error grave: dejamos de observar cómo funciona la naturaleza y empezamos a creer que podíamos corregirla.
Hoy, los síntomas están a la vista en miles de campos: rendimientos estancados, suelos compactados, raíces superficiales, baja infiltración de agua y una dependencia creciente de insumos químicos para sostener los cultivos. No es casualidad. Es consecuencia directa de sistemas productivos que ignoran los procesos naturales del suelo.
La naturaleza no funciona por atajos. Funciona por equilibrios.
La agricultura sin labranza fue pensada como una corrección inteligente a décadas de disturbio excesivo. Menos erosión, más cobertura, mayor actividad biológica y suelos más estables. Pero en muchos casos se la redujo a una consigna: no remover el suelo. Se copió la forma, pero se ignoró el fondo.

El suelo no es un soporte inerte donde se “colocan” cultivos. Es un sistema vivo, dinámico, que responde al tránsito de maquinaria, a la humedad, a la diversidad de raíces y a la actividad biológica. Cuando se elimina la labranza pero se mantiene un modelo de monocultivo, alto tráfico y baja rotación, la compactación no desaparece: se desplaza y se vuelve invisible.
Esa compactación suele ubicarse entre los 5 y 15 centímetros de profundidad. En superficie todo parece correcto: rastrojos, mayor materia orgánica, buena apariencia del cultivo. Pero debajo, el suelo pierde porosidad, se frena la infiltración y las raíces no logran explorar el perfil. El problema no se ve al inicio del ciclo. Aparece cuando llega el estrés hídrico y el cultivo no encuentra agua ni nutrientes en profundidad.
La respuesta habitual a este fracaso no es revisar el sistema, sino agregar más correcciones: más nitrógeno, más fungicidas, más reguladores, más parches. En lugar de prevenir, compensamos. En lugar de entender, forzamos.
La maquinaria agrícola cada vez más pesada, utilizada en momentos inadecuados —como cosechas con alta humedad— acelera este deterioro. El suelo se densifica, la infiltración se corta y el agua se acumula en superficie. Luego nos sorprendemos por anegamientos, pérdidas de plantas y caída de rendimientos.
Creímos que “disturbio cero” era igual a “daño cero”. La realidad es otra: el daño sigue ocurriendo, solo que es más difícil de detectar.

La naturaleza no se equivoca. No improvisa. No responde a dogmas ni a recetas únicas. Cuando no se la observa y no se la respeta, devuelve el mensaje con crudeza. Y ese mensaje hoy es claro: estamos exigiendo más de lo que el suelo puede dar sin devolverle diversidad, tiempo y equilibrio.
No somos más vivos que la naturaleza. Y mucho menos más sabios. La agricultura del futuro no va a depender de máquinas más grandes ni de más productos, sino de volver a leer los suelos, entender los procesos biológicos y diseñar sistemas que trabajen con la naturaleza, no contra ella.
Porque cuando creemos que podemos pasarle por arriba, el costo siempre termina siendo más alto. Lo paga el suelo, lo pagamos todos.
Primicias Rurales,Director Ejecutivo – Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos
Fuentes: Varias

















