Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

El abogado laboralista Sergio Marcelo Mammarelli cuestiona la reciente reforma laboral al considerar que discute categorías del siglo XIX mientras la inteligencia artificial y la robotización redefinen el trabajo. Sostiene que el verdadero desafío no es la indemnización sino la transición tecnológica y la redistribución del excedente productivo.

Buenos Aires, domingo 1 marzo (PR/26) — La Cámara de Senadores aprobó la reforma laboral y ya es Ley.  Seguramente el Presidente la promulgará rápido para que constituya un eje de su discurso en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso. Sin embargo, en lo que me interesa, otra vez el país se divide entre quienes celebran la “modernización” y quienes denuncian la “regresión”.

Se discuten salarios, indemnizaciones, jornada, aportes sindicales, fondos de cese, litigiosidad. Se cruzan estadísticas sobre empleo formal e informal. Se invocan principios constitucionales y dogmas de mercado. Todo parece trascendente y creo que realmente lo es.

Sin embargo, hay algo inquietante que sobrevuela el debate si es que queremos transformar esta discusión en algo más interesante que nos aleje de algunas discusiones a mi juicio estériles: estamos polemizando sobre categorías del siglo XIX en medio de una revolución tecnológica que redefine la noción misma de trabajo.

Con esto no quiero minimizar la discusión tras la reforma laboral, que es más que intensa y polémica, pero quiero a la vez que tomemos conciencia que esa discusión es pequeña.

Me parece que el verdadero elefante en la sala no es la indemnización, ni el fondo de asistencia laboral, ni la multa por trabajo no registrado. El verdadero protagonista de esta época es la inteligencia artificial y su convergencia con la robotización. Y sobre eso, la reforma laboral guarda un silencio que no es neutro: es histórico.

El derecho laboral nunca fue estático: siempre fue derecho de transición tecnológica

Conviene recordar algo elemental que muchas veces escapa al análisis jurídico o incluso económico. El derecho del trabajo no nació para proteger contratos. Nació para amortiguar disrupciones tecnológicas.

La primera revolución industrial no generó un “problema jurídico”. Generó un problema social, con masas desplazadas, jornadas interminables, trabajo infantil, concentración de capital. El derecho laboral apareció como respuesta política a una transformación productiva que desbordaba las reglas civiles.

La segunda revolución industrial —electricidad, producción en serie— obligó a rediseñar jornada, descanso, negociación colectiva y frente a esos cambios, el fordismo, el taylorismo, la automatización de posguerra, la informática de los años 80, la globalización digital de los 90 hicieron necesario que el Derecho laboral nuevamente administrara dicho cambio. En definitiva, cada salto tecnológico exigió adaptar el marco normativo para administrar la transición entre un modelo productivo y otro.

Visto así, el derecho laboral fue siempre una herramienta de equilibrio dinámico. Nunca fue nostalgia. Nunca fue mera técnica contractual. Por el contrario, siempre fue ingeniería institucional frente al cambio tecnológico.

Será por todo esto que además de aburrido por toda esta discusión laboral de los últimos meses, me sorprende e inquieta que, en la mayor revolución productiva desde la máquina de vapor, nuestra discusión legislativa se haya limitado a los márgenes de la relación laboral clásica.

La humanidad artificial y el desplazamiento silencioso

Hoy no estamos ante una mejora incremental de productividad. Estamos ante la externalización de capacidades cognitivas humanas. Para que lo podamos entender, hoy la inteligencia artificial ya escribe, programa, diagnostica, diseña, traduce, predice, asesora jurídicamente y produce análisis financieros con una velocidad y escala que ningún estudio humano puede igualar.

Y si bien la robotización avanza más lento, avanza también a un ritmo vertiginoso. Dicho de otro modo, cuando se acople definitivamente a la IA la robótica, el impacto no será sectorial: será sistémico.

Con esto no quiero ser de los alarmistas que pronostican que “todo trabajo desaparecerá”. Significa algo más complejo: el trabajo será desagregado en tareas, y cada tarea será evaluada en función de su automatizabilidad. De este modo, el empleo ya no se define por la profesión sino por el algoritmo.

Para que lo podamos ver más claro en ese contexto, la reforma aprobada discute la jornada, cuando la IA no tiene jornada. Discute la subordinación jurídica, cuando el nuevo empleador puede ser un sistema algorítmico. Discute indemnización por despido, cuando el reemplazo no es una decisión empresarial sino una consecuencia tecnológica.

En conclusión, no estamos ante una reforma regresiva solamente. Estamos ante una reforma insuficiente.

El error conceptual: pensar el trabajo como si el capital siguiera siendo humano

La relación laboral clásica partía de una tensión clara: capital humano versus capital financiero. El empleador era una persona o sociedad que decidía contratar o despedir.

Sin embargo, en el nuevo paradigma, el capital incorpora inteligencia autónoma y la decisión de reemplazo puede no ser ideológica ni arbitraria. Puede ser puramente eficiente.

En este contexto aparece, como me gusta, la pregunta incómoda:

¿qué hace el derecho laboral cuando el despido no es una decisión empresarial sino una consecuencia estructural de la obsolescencia tecnológica?

Si el trabajo administrativo es absorbido por sistemas generativos. Si el análisis contable es automatizado. Si el asesoramiento jurídico rutinario se resuelve por modelos entrenados. Si el marketing y la redacción técnica se ejecutan por IA. ¿Dónde se inserta esta reforma polémica pensada para resolver problemas del Siglo XIX? ¿En qué artículo aborda la transición tecnológica masiva?

Pues en absolutamente ninguno.

El trabajo manual y la confianza: los últimos refugios

Hoy sobreviven con relativa estabilidad dos grandes ámbitos:

  1. El trabajo manual no robotizado.
  2. El trabajo basado en confianza interpersonal.

La construcción, el cuidado, la presencia física, la responsabilidad humana directa, el vínculo personal parecieran ser los dos nichos de supervivencia del trabajo humano. Sin embargo, aun así, ambos ámbitos están bajo presión. La robotización reducirá progresivamente la frontera del trabajo manual.
Y la confianza humana será híbrida, mediada por plataformas, reputaciones digitales y sistemas de evaluación automatizada. Ya esto lo estamos viendo, donde el abogado, el médico, el contador, el periodista —profesiones históricamente basadas en la confianza— ya compiten con sistemas de análisis automatizado.

En consecuencia, la pregunta no es si habrá reemplazo. La pregunta es a qué ritmo y con qué reglas de transición. Y allí es donde la reforma calla y no se hace cargo de los verdaderos problemas que tenemos a la vuelta de la esquina.

La pobreza no es sólo salario

Otro elemento que estuvo ausente en el debate de la reciente reforma laboral es la redistribución del excedente tecnológico. Dicho de otro modo, si la IA multiplica productividad y reduce costos laborales, el problema central no es la indemnización. Es la distribución de ese excedente y entre quiénes.

¿Quién captura el valor generado por la automatización?

  • ¿El capital?
  • ¿El Estado vía impuestos?
  • ¿Los trabajadores vía participación?
  • ¿Nadie?

La pregunta y las respuestas deberían ser inquietantes porque nos conectan con un problema, donde la pobreza del futuro puede no ser falta de empleo. Puede ser irrelevancia productiva.

Deberíamos salir de esa vieja lógica marxista para analizar que el trabajador desplazado no será necesariamente explotado. Puede ser directamente innecesario. Y este nuevo paradigma cambia el eje del derecho laboral para siempre. Deja de ser protección frente al abuso y pasa a ser garantía de inclusión en una economía altamente automatizada.

Todos estos temas deberían exigirnos pensar en formación permanente, renta de transición, redistribución fiscal del excedente tecnológico, regulación algorítmica. Sin embargo, nada de eso aparece en la reforma.

Una modernización que no moderniza

Se nos dijo que esta ley moderniza. Pero modernizar no es flexibilizar categorías del siglo XX. Modernizar es anticipar el siglo XXI. Si la nueva ley hubiera querido modernizar hubiera analizado incorporar:

  • Regulación del uso de IA en relaciones laborales.
  • Transparencia algorítmica en decisiones de contratación y despido.
  • Derechos frente a la automatización.
  • Fondos de reconversión tecnológica.
  • Mecanismos de redistribución del excedente productivo automatizado.

Nada de eso fue discutido seriamente. Sin embargo, se debatió, en cambio, cómo reducir litigiosidad y costos, se negoció coparticipación, aportes y equilibrios fiscales, se habló de empleo como si la variable central fuera la carga tributaria y no la sustitución tecnológica.

El verdadero desafío

La historia demuestra que cada revolución tecnológica genera dos caminos:

  1. Concentración extrema de riqueza y fragmentación social.
  2. Adaptación institucional que convierte productividad en bienestar colectivo.

Precisamente el derecho laboral nació para colaborar en la búsqueda del segundo camino y pareciera que la reciente reforma renunció a esa función, con independencia si fuera demasiado protector o demasiado flexible. En este sentido, la reforma aprobada quedó atrapada en su propia tradición. Podrá reducir juicios. Podrá alterar indemnizaciones. Podrá mejorar algunos indicadores coyunturales. Sin embargo, si no incorpora la transición tecnológica como eje estructural, será apenas una ley de administración del pasado.

Conclusión: discutir el costo del despido mientras cambia la naturaleza del empleador

Estamos discutiendo cuánto cuesta despedir a un trabajador humano en un mundo donde el nuevo empleador puede ser un algoritmo. Estamos regulando la jornada cuando la inteligencia artificial trabaja sin descanso. Estamos negociando aportes sindicales mientras el trabajo se fragmenta en tareas deslocalizadas y automatizadas.

El derecho laboral siempre fue derecho de transición tecnológica y si dejara de serlo, como parece, no será por regresivo o progresista sino por irrelevante.

En definitiva, lo peor que le puede pasar a una ley no es ser mala.

Es volverse innecesaria en el mismo momento en que nace. A mi juicio, ahí reside el verdadero riesgo de esta reforma: no que mire demasiado al pasado,
sino que ignore que el futuro ya empezó.

 

 

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Fuente: https://infosurenlinea.com.ar/