Un sacramento dador de vida es la Confesión y acercarse con frecuencia permite que el alma reciba muchos frutos espirituales que Dios le regala

España, miércoles 4 marzo (PR/26) — No hay nada más reconfortante que una buena confesión. Y aunque lo sepamos, el miedo nos paraliza y lo pensamos mucho antes de volver a reconciliarnos con el Señor. Sin embargo, para quien se confiesa con cierta frecuencia los frutos espirituales que Dios le regala le ayudan a caminar con paso firme hacia la santidad.

El perdón de los pecados

Nuestro Señor Jesucristo murió en la cruz para rescatarnos del abismo en el que nos tenía el pecado. Su sacrificio es único y se actualiza en cada sagrada Eucaristía. También es verdad que, quien crea en Él se salvará. Pero, ojo, la salvación es un don gratuito que Dios otorga a quien pone todo de su parte.

Y también es cierto que, nuestra debilitada condición humana está pronta para pecar, por eso es necesario pedir perdón a Dios. Jesús mismo dejó para eso el sacramento de la Reconciliación (Jn 20, 21-23).

El Catecismo de la Iglesia católica dice:

 «Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (CEC 1422).

Los frutos espirituales

Ahora bien, no es necesario tener pecados mortales para confesarnos. Quien se confiesa con regularidad recibe muchos beneficios que redundan en frutos espirituales como estos:

1. Nos unimos más a la Iglesia porque el mismo Cristo nos reintegra a la comunidad:

 «a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido» (CEC 1443) .

2. Recuperamos la gracia perdida, pero también «nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás» (CEC 1455).

3. «La confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC 1458).

4. Nos sentimos impulsados a ser misericordiosos:

Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (CEC 1458)

5. Al devolvernos la gracia, el perdón de Dios «nos une con Él con profunda amistad» , además «tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual» (CEC 1468).

6. Y algo más: cada vez que nos confesamos aumenta en nosotros «el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano» (CEC 1496).

No dudes más y confiésate más a menudo.

 

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Fuente: ALETEIA