Sep 16, 2026 | Actualidad, Desarrollo Humano, Inteligencia Artificial, Opiniones, Política
PISA 2025 dejó a la Argentina en su peor marca en dos décadas y una dirigencia que, antes de que nadie terminara de leer el informe, ya sabía a quién echarle la culpa. Nadie preguntó, en cambio, si seguimos tomando el examen correcto.
“Las ideas no se degüellan.” — Domingo Faustino Sarmiento
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Cátedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, miércoles 16 septiembre (PR/26) — Esta semana, mientras un funcionario explicaba por radio que la responsabilidad de doce años de aprendizajes perdidos correspondía a gestiones que ya no gobiernan, en algún dormitorio del conurbano o de esta Patagonia un chico de trece años le pedía a una aplicación gratuita que le resolviera exactamente el tipo de ecuación que ese funcionario acababa de citar como prueba del desastre nacional. La aplicación tardó cuatro segundos.
El funcionario, cuatro párrafos, para decir lo mismo que dice cualquier funcionario desde hace veinte años: yo no fui. Esa simultaneidad es la fotografía exacta de la Argentina que hoy discute su fracaso educativo, y también, aunque todavía no lo sepa, de la Argentina que viene.
Conviene mirar la cifra desnuda antes de que la política la vista con su relato preferido. La Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 puntos en Lectura y 393 puntos en Ciencias, reflejando el peor resultado desde que el país participa de la evaluación internacional. La caída representa un desplome de entre once y trece puntos respecto de 2022, configurando la baja más pronunciada en veinte años de mediciones continuas.
El 76% de los adolescentes de quince años no logra resolver un problema matemático elemental, mientras que apenas el 7,8% alcanza el piso mínimo de competencia en las tres áreas evaluadas de forma simultánea. En el plano regional, el país quedó ubicado en el puesto octavo entre trece países latinoamericanos, quedando por detrás de naciones como Uruguay, Chile, Costa Rica, México, Colombia, Brasil y Perú.

Espejos internacionales: Lo que otros países sí resolvieron
Vale la pena resistir la tentación de la fatalidad, porque no estamos ante un problema irresoluble ni de carácter exclusivamente argentino. Estonia, con un gasto por alumno bastante inferior al de buena parte de Europa occidental, se consolidó en la década pasada como el sistema educativo mejor evaluado del continente.
Portugal, que a comienzos de siglo compartía con nosotros un diagnóstico de estancamiento y desigualdad territorial, revirtió la tendencia en poco más de diez años con alfabetización temprana, evaluación docente sostenida y, sobre todo, con la voluntad de no reinventar la política educativa cada vez que cambiaba el color del gobierno.
Ninguno de los dos países hizo un milagro. Hicieron, con disciplina aburrida, lo que la Argentina lleva veinte años prometiendo en cada campaña y abandonando apenas asume el que prometió lo contrario. El modelo estonio combina una alta exigencia curricular con una autonomía de aula que en la Argentina sonaría completamente revolucionaria.
Por su parte, Portugal logró revertir un diagnóstico idéntico de estancamiento y desigualdad territorial mediante alfabetización temprana y evaluación docente sostenida.
Mucho más que la pandemia: Un cuarto de siglo de estancamiento
El reflejo más cómodo de la política consiste en fechar absolutamente todos los males en el año 2020 y las restricciones sanitarias. Si bien la pandemia agravó los daños al erosionar la presencialidad, los hábitos de estudio y el vínculo escolar, la crisis responde a una tendencia estructural previa.
La serie histórica oficial resulta implacable y muestra 388 puntos en Matemática en el año 2000, 388 en 2012, 378 en 2022 y los actuales 367 puntos. Se trata de un cuarto de siglo de parálisis coronado por un final previsible donde, históricamente, se cuestiona la medición antes que la propia realidad.
La velocidad de la culpa y la trampa del relato oficial
Lo verdaderamente notable no es que el Gobierno nacional haya respondido con rapidez, sino que lo hizo antes de que nadie terminara de leer el informe. La Secretaría de Educación atribuyó el colapso a una cultura instaurada por los gobiernos kirchneristas, apuntando contra dos décadas de distribucionismo.
Aritméticamente los funcionarios tienen razón, ya que la trayectoria escolar evaluada en 2025 atravesó distintas administraciones nacionales. Sin embargo, el discurso oficial evita cuidadosamente asumir el tramo temporal propio, el recorte al financiamiento universitario y los persistentes conflictos presupuestarios.
La descentralización de las excusas y la responsabilidad gremial
Limitar la responsabilidad a quien ocupa circunstancialmente un despacho nacional es exactamente la trampa que debemos evitar. Los distintos espacios políticos comparten el defecto de no haber construido jamás un acuerdo educativo capaz de sobrevivirle a los cambios de gobierno.
Además, la educación obligatoria es estrictamente provincial, por lo que los gobernadores administran los colegios, pagan sueldos y toleran el ausentismo sin consecuencias. Por su parte, una parte de la dirigencia sindical redujo el debate al plano salarial, resistiendo los mecanismos de evaluación y protegiendo un estatuto que iguala al docente sacrificado con el ausente.
Inclusión ficticia y la estafa de certificar lo que no existe
El dato más incómodo de todos no es la caída en los puntajes, sino la alarmante convivencia con una matrícula que se mantiene alta. La Argentina contemporánea ya no expulsa masivamente a los chicos de las escuelas, sino que los retiene, los promociona de año y les entrega un título formal.
El verdadero problema radica en que una porción creciente de esos títulos certifica saberes que no existen, configurando una inclusión ficticia. Cuando la institución escolar certifica aprendizajes vacíos, no está solucionando nada, sino administrando la desigualdad social con los papeles formalmente en regla.
Autor: Sergio Mammarelli
La velocidad de la culpa
Lo notable no es que el Gobierno haya respondido rápido. Es que respondió antes de que nadie terminara de leer el informe. La Secretaría de Educación, dependiente del Ministerio de Capital Humano, salió el mismo mediodía a sostener que “el estado de la educación es consecuencia directa de una cultura educativa instaurada durante años por los gobiernos kirchneristas, que deterioraron cada sector del sistema”, y el secretario Carlos Torrendell habló de dos décadas de “distribucionismo” antepuesto al aprendizaje. Aritméticamente tienen razón: la trayectoria escolar de un chico evaluado en 2025 empezó en 2013 y atravesó a Cristina Fernández de Kirchner, a Mauricio Macri, a Alberto Fernández y, en su tramo final, a Javier Milei.
Lo curioso es que la explicación oficial se detiene exactamente dónde empieza a incomodar: el propio Torrendell aclaró que la prueba se tomó “un año y medio” atrás, es decir, ya bajo esta gestión, y ni el comunicado ni el discurso mencionaron el recorte al financiamiento universitario ni el conflicto con las universidades públicas que este mismo Gobierno protagonizó en el tramo que sí le pertenece. Hasta un aliado mediático de la Casa Rosada, Eduardo Feinmann, se salió del libreto para calificar el resultado de “una tragedia” y advertir, con una frase que vale más que diez discursos ministeriales, que “Sarmiento se vuelve a morir”. Cuando la propia tribuna abandona el operativo clamor, es porque el operativo clamor ya no alcanza.
Veinte años sin firma
Pero limitar la responsabilidad a quien ocupa hoy un despacho es exactamente la trampa que este editorial se niega a pisar. Kirchnerismo, Macrismo, el breve interregno de Alberto Fernández y ahora el Mileísmo comparten algo más profundo que la alternancia: los cuatro gobernaron conociendo los números y ninguno construyó lo único que un problema de veinte años necesita, que es un acuerdo capaz de sobrevivirlos. Y hay un tercer actor que nunca figura en la conferencia de prensa: los gobernadores.
La educación obligatoria es provincial. Cada mala PISA genera una declaración presidencial y ninguna pregunta a los ministros de Educación de Buenos Aires, Chubut, Santa Cruz o San Luis, que administran las escuelas, pagan los sueldos y deciden cuántos días de clase se dictan de verdad, cuánto ausentismo docente se tolera y qué establecimientos llevan una década fracasando sin consecuencia alguna.
La descentralización educativa argentina terminó siendo, en la práctica, una descentralización de las excusas: la Nación culpa a las provincias, las provincias a la Nación, los sindicatos al presupuesto y el presupuesto a los sindicatos. Mientras el círculo gira, nadie adentro de ese círculo aprende nada, salvo a girar mejor.
La responsabilidad que nadie factura
Hay una cuota de responsabilidad más, incómoda por motivos distintos, que rara vez entra en el editorial de nadie. Una parte de la dirigencia sindical docente redujo durante años la discusión educativa casi exclusivamente al salario y al conflicto laboral, resistiendo cualquier mecanismo de evaluación como si medir fuera, en sí mismo, un acto de hostilidad hacia el gremio.
La distinción hay que hacerla con cuidado, porque simplificarla sería injusto: la inmensa mayoría de los docentes argentinos sostiene, en condiciones muchas veces heroicas, escuelas que el Estado abandonó, contiene emergencias sociales y familiares que exceden largamente su función, y no tiene responsabilidad alguna en el diagnóstico de hoy. Pero un sistema que iguala en el mismo estatuto al maestro que se desvive y al que falta sistemáticamente termina castigando al primero y protegiendo al segundo, y eso también es una forma de fracaso.
Detrás de ambos hay, además, un eslabón que nadie audita: los institutos de formación docente, miles en todo el país, con niveles dispares y escaso control de resultados, que forman a los maestros de mañana con las mismas carencias en comprensión lectora y matemática que esos maestros terminarán heredándoles, sin saberlo, a sus propios alumnos.
No se puede enseñar con solvencia lo que uno mismo nunca terminó de aprender. Ese eslabón no genera un titular, pero es el que explica por qué los diagnósticos bien escritos de cada gestión rara vez sobreviven al primer año de aula.
Incluidos, no educados
El dato más incómodo de todos no es la caída: es con qué convive la caída. Una matrícula que sigue siendo alta. La Argentina no expulsa chicos del sistema con la brutalidad de otras épocas; los retiene, los pasa de año, les entrega un título. El problema es que una porción creciente de esos títulos certifica algo que no existe.
Bajar la exigencia, multiplicar las instancias de recuperación y flexibilizar la evaluación puede evitar la deserción, pero sin tutorías reales, produce lo que hay que llamar por su nombre: una inclusión ficticia. Eso no es una estafa contra las familias que pueden pagar una escuela privada de calidad o una maestra particular cuando el boletín falla.
Es una estafa específicamente contra las que no pueden, porque la escuela pública era, por diseño, la única institución encargada de compensar lo que esos hogares no podían ofrecer. Cuando esa institución certifica sin enseñar, no está fallando: está administrando la desigualdad con los papeles en regla.
El gimnasio que nadie pidió
Y acá aparece el giro que ningún comunicado de ayer se animó a nombrar. La palabra escuela viene del griego skholé, que no significa instrucción: significa tiempo libre, el rato que una sociedad decidía sustraer a la urgencia de producir y regalarle, por igual, a cada chico —un teorema, un poema, una célula—, para que el mundo se volviera, por un momento, interesante.
Ese fue siempre el contrato original, mucho antes de que la escuela se convirtiera en la cañería por la que baja información escasa y el docente en el único grifo del saber.
La inteligencia artificial no rompió ese contrato: rompió la cañería, que ya estaba vieja y oxidada. Una IA puede responder cualquier pregunta, pero no puede lograr que a un chico le importe la pregunta; satisface el interés que ya existe, jamás lo enciende. Confundir las dos cosas —creer que alcanza con administrar mejor el flujo de respuestas correctas— es la trampa en la que puede caer hasta la reforma mejor intencionada.
Supongamos, por un segundo, el milagro: que gobernadores, gremios, institutos de formación y los cuatro últimos presidentes firman mañana el acuerdo educativo que se deben desde hace veinte años. Estarían arreglando, con dos décadas de atraso, una máquina que sus propios usuarios ya empezaron a jubilar. Según la encuesta Kids Online de UNICEF, dos de cada tres estudiantes argentinos ya usan inteligencia artificial para resolver sus tareas: no están esperando ninguna reforma, la hicieron solos, en sus teléfonos, sin pedirle autorización a ningún ministerio.
Un estudio del MIT Media Lab sobre escritura asistida encontró que el 83% de quienes redactan un texto con ayuda de una IA no puede, minutos después, recordar una sola frase de lo que “escribió”: le llamaron deuda cognitiva, la versión mental de comer sin masticar.
Nadie va al gimnasio porque falten máquinas capaces de levantar el peso por uno; va precisamente porque delegar ese esfuerzo lo dejaría débil. La escuela argentina, mientras discute cómo mejorar la puntería en un examen de 2025, ni siquiera empezó a preguntarse cómo se construye el criterio de un adolescente que ya tiene, en el bolsillo, una respuesta correcta para cada pregunta y ninguna razón propia para desconfiar de ella.
PISA mide si un chico puede resolver un problema sin ayuda. Todavía nadie mide si puede querer resolverlo. Y ahí está el verdadero peligro, que no es de ciencia ficción ni tiene fecha de estreno: no que la máquina reemplace a la escuela, sino que una sociedad hipnotizada por la eficiencia termine decidiendo que la parte más cara de educar —la humana, la que forma criterio, la que tarda años y no acepta atajos— es prescindible, y quede reservada a quien pueda pagarla, mientras el resto recibe una sucesión infinita de respuestas correctas y ningún adulto que le enseñe a desconfiar de ellas.
La desigualdad que la vieja escuela pública nació para corregir podría volver, siglo y medio después, disfrazada de innovación y actualización tecnológica, entrando por la puerta discreta del algoritmo.
Sarmiento no prometió más escuelas coloniales: miró el sistema de su tiempo, lo declaró insuficiente en voz alta y construyó otro. Ciento cuarenta y dos años después de la Ley 1420, la dirigencia argentina volvió a hacer ayer lo único que domina con destreza olímpica frente a una mala noticia educativa: repartir el pasado entre los presentes y declararse, una vez más, inocente por comparación.
Nadie preguntó qué examen deberíamos estar tomando en 2026. Esa pregunta, la única que importaba, quedó afuera del comunicado, afuera de la radio, afuera de la nota. Esta misma noche, en algún dormitorio, un chico de trece años va a volver a preguntarle a una máquina lo que hace rato dejó de preguntarse.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales
Sep 15, 2026 | Actualidad, Desarrollo Humano
Tras más de dos décadas de misterio, el reconocido director revela los detalles creativos, el cambio de idioma y el renovado elenco detrás de su proyecto más ambicioso.
Buenos Aires martes 15 septiembre (PR/26)– El silencio en torno a la tumba permaneció latente durante casi 23 años antes de que Mel Gibson decidiera darle voz de manera definitiva.
Desde el resonante impacto mundial de La Pasión de Cristo, el afamado director ha estado trabajando en su esperada secuela sin revelar prácticamente nada.Sin embargo, a medida que se acerca el tan ansiado estreno de La Resurrección de Cristo, el velo del misterio finalmente comienza a disiparse.
En una reciente entrevista concedida a Raymond Arroyo en el canal Fox News el pasado 2 de septiembre, el cineasta levantó el telón sobre sus decisiones artísticas. Durante el encuentro, el realizador explicó las complejas razones y los entretelones de una superproducción que ha estado en etapa de desarrollo durante dos décadas.

«Es como un rompecabezas donde primero tienes que crear cada una de las piezas y luego unirlas con paciencia», señaló el director al referirse al tiempo de producción. Respecto a la incógnita de por qué abordar la Resurrección, cuando gran parte del público considera la Pasión como el punto culminante del Evangelio, ofreció una mirada profunda.
El cineasta argumentó con un marcado enfoque teológico: «No es la culminación. Es un paso indispensable, un acontecimiento trascendental sin ningún tipo de duda». «Pero lo verdaderamente asombroso e histórico es que alguien resucite de entre los muertos por su propio poder tras una ejecución pública y vuelva a aparecerse».
«Y no fueron únicamente los apóstoles quienes presenciaron el hecho: cientos de personas lo vieron en persona, lo presenciaron con sus ojos y lo proclamaron». Fueron necesarios diez años para escribir el complejo guion y otros diez para terminar de imaginarlo, moldearlo y plasmarlo con exactitud visual.

Como era de esperarse, semejante nivel de exigencia personal y profesional conlleva consecuencias profundas para todos aquellos creativos que deciden emprenderlo. El propio Mel Gibson lo reconoce abiertamente: «Nadie se aventura en un campo tan complejo sin sufrir de alguna manera las consecuencias directas».
«Hay que llegar al fondo absoluto de las cosas, encontrar fragmentos de verdad que resuenen en tu interior y que, con suerte, resuenen también en los espectadores».
Una ambición bíblica y un cambio histórico de idioma
Este extenso periodo de desarrollo creativo se refleja de manera directa en la desbordante ambición conceptual que propone la nueva película. El largometraje busca regresar a las fuentes originarias de la historia de la salvación y narrar las vidas fascinantes de sus figuras más trascendentales.
Personajes clave como Abraham, Moisés y David serán presentados a través de la narrativa cinematográfica como profecías vivas que encuentran su pleno cumplimiento en la figura de Cristo. «Si lees la Septuaginta y los libros antiguos, descubrirás que absolutamente todo allí constituye una profunda profecía cristiana expresada con siglos de anticipación».

«Y absolutamente todo se cumple de manera perfecta en un solo hombre. ¿Cuáles son las verdaderas probabilidades de que ocurra semejante coincidencia?», reflexionó el director. «Sería cuantitativamente más fácil ganar la lotería. Y como todos sabemos perfectamente en la vida cotidiana, nadie gana la lotería de esa manera», enfatizó.
Por otra parte, se confirmó una revelación trascendental que dará mucho que hablar: no se utilizarán diálogos en arameo ni en latín durante la filmación. A diferencia de su predecesora, La Resurrección de Cristo fue rodada íntegramente en idioma inglés para priorizar la comprensión directa del público global.
«Para La Pasión de Cristo fue una opción viabilizada porque casi todo el mundo conocía la historia general y la película duraba solo dos horas», argumentó. «Sin embargo, la Resurrección es un acontecimiento teológico mucho más complejo e imposible de comprender del todo, exigiendo mucho más del espectador».
«Nos parecía un despropósito absoluto obligar a la audiencia a leer subtítulos constantes frente a conceptos tan profundos. Esta vez preferimos acompañarlos en su idioma».
Renovación de elenco, sorpresas y fechas de estreno
En lo que respecta al reparto actoral, completamente renovado tras los veinte años transcurridos desde la cinta original, la producción guarda guardadas grandes sorpresas. Aunque el aclamado actor Jim Caviezel no retomará su icónico papel de Jesús —ahora interpretado por el finlandés Jaakko Ohtonen—, habrá un valioso retorno.

El cineasta reveló que uno de los actores principales de la primera entrega regresará en La Resurrección de Cristo, aunque prefirió mantener la intriga sobre su identidad. «¡Los mantendremos en vilo durante un tiempo más, pero puedo asegurarles que la incorporación es realmente excelente!», aseguró entre sonrisas el creador.
Solo resta esperar para descubrir la ansiada primera parte de la obra cinematográfica el 6 de mayo de 2027, y la segunda entrega el 25 de mayo de 2028. Ambas fechas elegidas poseen un profundo significado religioso, ya que coinciden con la sagrada Fiesta de la Ascensión, la cual conmemora la elevación de Cristo al cielo.
Primicias Rurales
Fuente: es.aleteia.org
Sep 14, 2026 | Columnas, Desarrollo Humano
En esta nota, Susana Tribiani reflexiona sobre cómo la percepción ajena está teñida por nuestras propias vivencias y prejuicios, utilizando una obra de teatro como punto de partida para pensar los vínculos y la empatía: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”
Por Susana Tribiani
El teatro estaba lleno. Mucha gente, muchas risas y muchos aplausos. De esos aplausos que empiezan de a poco y terminan contagiando incluso a quien estuvo toda la obra con cara de estar esperando el colectivo.
La obra, por momentos muy divertida, por momentos algo dramática. El público se reía con ganas y yo también. Excelentes los cambios de ambientación, pero el último acto fue distinto: la escenografía, que hasta ese momento había acompañado la historia de manera sencilla, de pronto parecía transformarse en un mar. No sé si realmente era un mar o si yo lo imaginé así. Tal vez ahí empezó todo.
El protagonista caminaba lentamente hacia una luna inmensa, sobre el horizonte se podia leer la frase:
“No vemos a las personas como son; las vemos como somos”
Fin de la obra para todos; sin embargo, no para mí.
Mientras el público aplaudía, se iban levantando, buscaban la cartera, el saco o el teléfono y comenzaban a generarse la compacta fila para salir de teatro diciendo muchas veces “permiso, perdón, gracias”, la frase seguía dando vueltas en mi cabeza.
Y de mi cabeza no se iba la frase: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.
Comencé a analizar cómo interpretarla, encontrar una definición de persona es facilísimo.
Alguien, en algún momento de la historia, tuvo la paciencia de escribir un enorme compendio llamado diccionario, en el que uno puede buscar casi cualquier cosa.
Persona: Sustantivo. Individuo de la especie humana.
Listo… Fantástico …. Problema resuelto!Ahora busquemos:
“Cómo somos.”
Ahí el diccionario se complica.
Porque podría decir: Depende.
Podemos ser generosos, egoístas, simpáticos, insoportables, valientes, cobardes, cariñosos, desconfiados, pacientes o impacientes, y a veces, somos todo eso antes de las diez de la mañana.
Uno puede empezar el día siendo una excelente persona y volverse un pequeño monstruo sólo porque alguien dejó una cucharita sucia en la mesada.
Así de frágil parece nuestra estructura moral.
Además, tenemos una habilidad especial: clasificamos a la gente todo el tiempo.
No necesitamos formularios ni programas complicados.
Vemos a alguien durante treinta segundos y nuestro cerebro enseguida crea una idea sobre esa persona.
“Este es simpático….”, “Esta es complicada…..”, “Este me gusta…..”. “Esta no sé…”,
“Este tiene cara de…”
Cara de qué, nunca queda demasiado claro. Pero tiene cara.
A veces basta una camisa. Una manera de caminar. Una voz. Una palabra.
Una demora de tres segundos para contestar un saludo.
—Buen día.
—…
Tres segundos … Ya está… ANTIPÁTICO.
Quizás el pobre hombre estaba pensando en dónde había dejado las llaves.
No importa, sentencia dictada, antipático, sin derecho a apelación.
Lo curioso es que otra persona puede encontrarse con el mismo hombre cinco minutos después y decir:
—¡Qué tipo encantador!
Entonces uno piensa:
¿Nos estaremos refiriendo al mismo? Probablemente sí.
La diferencia es que cada uno lleva sus propios anteojos.
Y no hablo de los que sirven para leer.
Esos, al menos uno, saben que los tiene puestos, los otros son invisibles.
Los fabricamos durante años, con nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras alegrías, las personas que conocimos, las que quisimos y también las que habríamos preferido no conocer.
Después salimos al mundo mirando a todos a través de esos cristales.
Por ejemplo, hay personas que adoran a quienes hablan mucho.
—¡Qué divertido! ¡Tiene tema para todo!
Y otras que frente al mismo personaje piensan:
—¿En algún momento respirará?
También está el silencioso, para algunos es interesante, misterioso, profundo, sin embargo para otros simplemente:
—Este no dice nada.
Ni siquiera sabemos si está pensando en el sentido de la vida o si se olvidó de comprar detergente, pero nosotros completamos la historia.
Eso lo hacemos permanentemente, completamos personas, si nos dan tres datos y nosotros inventamos los otros setenta.
Es maravilloso!!! y peligrosísimo….
Alguien dice:
—No me gusta viajar.
Y enseguida imaginamos a una persona aburrida, encerrada, sin curiosidad.
Tal vez no viaja porque le da miedo volar o tal vez cuidó durante años a alguien y nunca pudo hacerlo o tal vez viajó tanto que ahora su mayor fantasía es quedarse quince días mirando una planta.
Pero nosotros ya habíamos armado toda una historia en nuestra cabeza sobre esa persona.
Con las relaciones pasa algo parecido, conocemos a alguien, nos cae bien y qué hacemos algo extraordinario: le adjudicamos virtudes que todavía no ha tenido tiempo de demostrar.
Es simpático, entonces seguramente es generoso.
Es generoso, entonces debe ser buena persona.
Es buena persona, entonces seguro es puntual.
No hay una relación real entre ser bueno y llegar a tiempo, pero igual nuestro cerebro sigue sumando cualidades.
Hasta que un día llega cuarenta minutos tarde, y nos decepciona.
—Yo pensé que era distinto.
¿Distinto de qué? De la persona que nosotros mismos habíamos INVENTADO.
Eso es lo gracioso.
Muchas veces las personas ni siquiera tienen que desilusionarnos, sólo alcanza con descubrir que no eran como habíamos decidido que fueran.
También puede ocurrir al revés, miramos a alguien con desconfianza desde el primer momento pero no sabemos por qué, algo nos llamó la atención, un gesto, un parecido, que mueve las manos como alguien que conocimos hace veinte años y que nos caía bien,
El nuevo individuo no tiene la menor responsabilidad, pero ya empezó con desventaja y debe remontar el partido que ni siquiera sabe que está jugando.
Pensaba en todo esto mientras salíamos del teatro.
La gente comentaba la obra.
—¡Qué buena!
—¡Divertidísima!
—El final me encantó.
—¿Dónde cenamos?
Eso también me hizo gracia, podemos pasar de pensar en la naturaleza humana a decidir entre pizza y empanadas en unos 40 segundos.
Y probablemente eso también nos describe. Por suerte. Porque si después de cada pensamiento profundo nos quedáramos tres horas analizando la existencia, la humanidad no habría avanzado demasiado. En algún momento alguien tenía que levantarse, hacer la comida, sacar la basura o simplemente seguir con su vida.
La frase siguió acompañándome.
“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”
Pensé en la cantidad de veces que había dicho:
—No entiendo cómo puede pensar así.
Tal vez la respuesta era bastante sencilla, PORQUE NO SOY YO.
¡Qué descubrimiento!
Durante años esperamos que los demás reaccionen como nosotros, que llamen cuando nosotros llamemos, que agradezcan como nosotros agradeceríamos, que se preocupen por las mismas cosas hasta que se rían de los mismos chistes.
Y esto último es especialmente importante, porque el desconcierto de contar algo convencido de que es graciosísimo y encontrarse con una cara inmóvil al otro lado y donde uno termina explicando:
—Era un chiste.
Y ahí definitivamente muere.
También suponemos que el cariño tiene un idioma universal, pero NO LO TIENE.
Tenemos y tengo que entender que hay personas que quieren con palabras, otras con abrazos, otras cocinando, otras preguntando:
—¿Llegaste bien?
Y una forma bastante curiosa de demostrar afecto:
—Llévate un saquito que refresca.
Quizás jamás dijeron “te quiero”, pero llevan treinta años vigilando la temperatura corporal de toda la familia.
El problema surge cuando creemos que nuestra manera es la correcta y que las demás son errores de fabricación.
Ahí empiezan muchas discusiones.
—¡Pero es obvio!
Una frase peligrosísima.
Cuando alguien dice “es obvio”, generalmente lo que quiere decir es:
“Para mí es obvio y no puedo entender cómo para vos no.”
Y entonces discutimos, por una respuesta, por un silencio, por una invitación, por una llamada que no llegó o por una cara.
Las expresiones han arruinado más reuniones familiares que muchos conflictos internacionales.
—¿Qué cara pusiste?
—Ninguna.
—Sí, pusiste una cara.
—Esta es mi cara.
Un argumento difícil de vencer.
Tal vez por eso aquella imagen del protagonista caminando hacia la luna me resultó tan hermosa.
Era una escena enorme y, al mismo tiempo, sencilla: un hombre, un mar, una luna, y una frase.
Pensé que quizás conocer de verdad a alguien requiere algo que no hacemos muy seguido: dejarlo tranquilo un rato con nuestras ideas.
Mirarlo sin terminarle las frases, sin completar los espacios.
Sin ponerlo de inmediato en ninguna de nuestras categorías. Escucharlo y esperar.
Porque las personas sorprenden, por suerte.
El serio puede ser divertidísimo.
El fuerte puede estar muerto de miedo.
El distraído puede recordar exactamente aquello que para nosotros era importante.
El que parecía distante puede aparecer cuando todos los demás se vayan.
Y el que hablaba maravillas quizás desaparezca justo cuando empieza el trabajo pesado.
Las personas no vienen con instrucciones.
Eso complica bastante las cosas.
Pero también hace que todo sea más interesante.
Imaginemos por un segundo que cada persona viniera con una etiqueta:
ANTONIO
Características:
Cariñoso.
Impaciente.
Excelente cocinero.
Se ofende los martes.
No hablarle antes del desayuno.
Tiende a exagerar los dolores de garganta.
Guarda bolsas dentro de otras bolsas.
Sería útil, pero muy aburrido.
Parte de vivir también debe ser eso: ir descubriendo a los demás y, de paso, descubrirnos nosotros.
Porque hay algo bastante gracioso. Estamos convencidos de que nos conocemos.
Decimos:
—Yo jamás haría eso.
Hasta que lo hacemos.
—Yo no soy celosa.
Hasta que aparece alguien.
—A mí no me importa lo que digan.
Hasta que dicen.
—Yo tengo muchísima paciencia.
Hasta que llamamos por cuarta vez y nos siguen poniendo el disquito “si usted es cliente presone 1….” y no logramos que nos atienda ese ser humano que está después del sexto menú, si tenemos la suerte de llegar y que no se nos corte antes!!!.
Entonces uno empieza a sospechar que tampoco se ve a sí mismo con tanta claridad.
A veces nos vemos como nos gustaría ser. O como fuimos hace años. O como creemos que deberíamos ser.
Y ahí aquella frase de la obra tiene otra vuelta.
No sólo miramos a los demás desde nuestra propia historia. También nos miramos a nosotros mismos desde un lugar bastante cómodo, bastante parcial y, muchas veces, bastante conveniente.
Cuando llegué a casa, seguía pensando en la luna, el mar, el personaje caminando.
Y en esa gran dificultad que tenemos los seres humanos para entender algo tan simple: desde el mismo lugar.
Dos personas pueden estar frente al mismo paisaje y ver cosas completamente diferentes.
Una mira el cielo, la otra, las flores.
Una piensa: qué hermoso y la otra piensa que habría tenido que llevar repelente.
Y las dos tienen razón.
Quizás por eso, entendernos no implica necesariamente ver lo mismo.
Tal vez consiste en aceptar que el otro está viendo otra cosa.
Desde otro lugar, con otros recuerdos, con otros miedos, con otros intereses.
Y entonces esa frase, que al principio sonaba casi rebuscada, filosófica, terminó pareciéndome bastante común.
“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”
Entonces reflexione, y que tal si la próxima vez que alguien diga algo que no entendiendo, simplemente preguntar: ¿Cómo llegaste a esa idea?. A veces, una sola pregunta abre una conversación que termina sorprendiéndonos.
Preguntar.
Escuchar.
Esperar.
Y cada tanto reconocer:
—Ah… mirá vos. Yo había entendido cualquier cosa.
Que posiblemente sea una de las frases más sinceras que un ser humano pueda pronunciar.
Porque, después de todo, somos eso.
Personas que intentan entender a otras personas, mientras tampoco terminan de entenderse del todo a sí mismas.
Y, visto así, creo que nos está saliendo bastante bien.
A veces discutimos, a veces interpretamos mal, a veces nos enojamos por una expresión que quizás ni siquiera existió.
Pero también nos encontramos, nos sorprendemos, nos reímos, nos perdonamos.
Y de vez en cuando alguien aparece en nuestra vida y consigue algo extraordinario:
A veces aparece en nuestra vida un amigo, una pareja, alguien cercano o incluso una persona inesperada, que logra algo extraordinario: hacernos mirar el mundo durante un rato a través de sus ojos.
Tal vez ahí empieza realmente a conocer a alguien.
No, cuando conseguimos definirlo, sino cuando dejamos de hacerlo.
Y mientras pensaba en todo esto, recordé nuevamente aquella enorme luna del escenario.
Entonces descubrí algo más.
Había salido del teatro convencida de haber visto un mar.
Pero, pensándolo bien, ni siquiera estoy segura de que la escenografía fuera un mar.
Quizás era simplemente el escenario.
Y fui yo la que vio el mar.
De Susana Tribiani para Primicias Rurales, lunes 14 septiembre 2026