Villanueva cuenta que pasó cinco años separada de su esposo. “Vivíamos una crisis muy fuerte y un buen día me pidió el divorcio. Meses después me enteré de que me lo pedía porque vivía con otra persona. Corrí a buscar ayuda a muchos movimientos matrimoniales, pero encontré puertas cerradas porque me decían que para poder acogerme tenía que estar acompañada con mi esposo”, recuerda.

“En esta búsqueda, mi único compañero fue Jesús sacramentado. Parecía una loca buscando ayuda”, dice.

Una respuesta para quienes están solos

A diferencia de otros espacios pastorales que trabajan con ambos esposos, Jesús y María Restauran Mi Familia acoge también al cónyuge que atraviesa solo el proceso de separación o divorcio.

El retiro, asegura, “es una respuesta a esa necesidad urgente que tiene la Iglesia de acoger y acompañar a los matrimonios y a las parejas irregulares que buscan sentirse amados y acogidos”.

Actualmente, el movimiento —con aprobación para trabajar en el Arzobispado de Lima— acompaña a matrimonios en crisis, separados o divorciados, divorciados vueltos a casar, parejas en unión de hecho y matrimonios civiles.

“No se trata de cambiar al otro”

Uno de los aspectos centrales del retiro es el trabajo interior del cónyuge que decide dar el paso, aun cuando la otra parte no quiera participar.

Para la fundadora, este proceso exige fe: “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Esa fue la palabra más impactante en mi proceso. Llenarme de fe e ir contra la corriente”.

En ese camino, añade, se trabaja la aceptación de la realidad sin caer en la resignación pasiva. “Aceptar mis circunstancias no significa aprobar el mal ni renunciar al deseo de reconciliación, sino reconocer la libertad del otro. No lo voy a obligar. Respeto su libertad mientras yo vivo mi proceso con Dios”, explica.

Sanación personal y, si Dios lo permite, restauración

Villanueva aclara que el “retiro no busca imponer una reconciliación sin ofrecer herramientas de sanación. Primero hay que sanar el corazón, iniciar un proceso de perdón y discernir la voluntad de Dios”.

Sin embargo, asegura que han visto frutos concretos en estos once años de misión. “Tenemos muchos casos de restauración matrimonial, incluso matrimonios humanamente imposibles de salvarse. Ya no vivían en casa, ya tenían otra persona, y Dios ha obrado”.

Otros participantes descubren un camino distinto. “Hay hermanos que deciden no continuar luchando por la reconciliación y optan por pedir la nulidad. Los acompañamos también. Nunca es la primera opción, pero respetamos su proceso”, sostiene.

Lo esencial es que las personas “se sientan amadas y no juzgadas”. “El fruto más visible es que regresan al primer amor, a Cristo. Se liberan de resentimientos, fortalecen su fe, retoman la oración y restauran otras relaciones familiares”, agrega.

Diana Desposorio, por su parte, reconoce que antes de la crisis matrimonial vivía centrada en sí misma.

“Era egoísta”, admite al narrar su testimonio. Durante el embarazo de su tercer hijo, su esposo —que trabajaba lejos— le anunció que ya no era feliz y que quería separarse. La noticia, a días del parto, la derrumbó. Intentó sobreponerse con ayuda profesional y el apoyo de su entorno, pero nada llenaba el vacío hasta que, casi sin planearlo, entró a una Hora Santa por las familias organizada por Jesús y María Restauran Mi Familia. Allí comenzó un proceso interior que transformó su mirada: “El Señor me mostró todo el daño que yo había hecho. Fue doloroso, pero fue un regalo”.

Decidió cambiar. Empezó a orar diariamente, a evitar reproches y a pedir a Dios “un corazón manso y humilde”. Meses después, su esposo regresó a casa y, tras un camino difícil, terminó pidiéndole perdón. Nueve meses después de lo que ella llama su “milagro de restauración”, Diana asegura que aprendió a amar de verdad. “Bendita la prueba”, concluye, convencida de que sin esa crisis su matrimonio habría seguido igual.

También hay historias de parejas en el movimiento que, tras convivir en unión libre y atravesar separaciones dolorosas, optaron por dar el paso al sacramento del matrimonio. “Hoy somos una familia constituida, hecha por Dios, tocada por la Virgen”, afirma Vanessa Uria, quien asegura que la perseverancia en la oración fue clave para reconstruir su relación.

“La Iglesia es un hogar que acoge”

 

En un contexto donde muchos separados y divorciados se sienten excluidos, Villanueva lanza un mensaje claro: “La Iglesia no los condena. La Iglesia es un hogar que acoge. Dios no reprocha a nadie, nos espera para abrazarnos y consolarnos”.

“El Papa nos ha llamado a acoger, integrar y acompañar. Nosotros queremos amar con el corazón de Jesús, como el padre misericordioso. Hay un lugar para todos dentro de la Iglesia. Hay un camino posible”, afirma.

El retiro “Mírame a Mí” se inserta así dentro del acompañamiento pastoral promovido por la Iglesia, sin reemplazar la atención individual, sino ofreciendo “una experiencia del amor de Dios” y herramientas espirituales como la adoración eucarística, cenáculos de oración y espacios de escucha.

“Queremos acoger a quien sufre y no encuentra ayuda. Dios quiere salvar los matrimonios. Y aunque el otro no quiera, siempre podemos trabajar en nuestra transformación. Somos testigos de que para Dios no hay nada imposible”, concluye Villanueva.

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