Una investigación revela que la lana puede conservar humedad, estabilizar temperaturas y reducir el consumo de agua en cultivos, abriendo nuevas soluciones frente a la crisis climática.

En la foto: lana de ovejas cubriendo cultivos en Australia

Buenos Aires, martes 24 marzo (PR/26) — La innovación agrícola no siempre viene de laboratorios futuristas: a veces surge de materiales tan tradicionales como la lana de oveja.

En España, un estudio liderado por el ingeniero agrícola  Raoul Ferrer i Fernandez demostró que este recurso natural puede convertirse en un aliado clave frente a la sequía, mejorando la eficiencia hídrica y la resiliencia de cultivos como el olivar.

La investigación, centrada en el uso de lana como acolchado del suelo, comprobó dos factores fundamentales para la producción agrícola: una mayor retención de humedad y una regulación más estable de la temperatura.

Mediante sensores instalados a distintas profundidades, se compararon parcelas con y sin cobertura, evidenciando mejores condiciones en aquellas protegidas con lana.

Los ensayos incluyeron experiencias concretas. En la finca VerdCamp Fruits, con olivos jóvenes, los suelos con lana mostraron mayor estabilidad térmica y crecimiento más uniforme.

En paralelo, pruebas en Barcelona con cultivos de lechuga confirmaron resultados aún más contundentes: menor necesidad de riego, mayor peso en la cosecha y hasta 25 días sin aporte de agua en algunos casos.

Estos datos posicionan a la lana como una herramienta eficaz frente al estrés hídrico. Además de reducir el consumo de agua, protege el suelo y mejora el desarrollo de los cultivos, lo que podría extender su uso a viñedos, almendros y producciones hortícolas.

¿Qué pasa en otros países?

A nivel internacional, hay antecedentes que refuerzan esta tendencia. En Nueva Zelanda, uno de los mayores productores de lana del mundo, se han desarrollado mantas agrícolas biodegradables a base de lana para retener humedad en cultivos hortícolas.

En Reino Unido, proyectos rurales reutilizan lana descartada como cobertura en huertas y viñedos, con resultados positivos en la conservación del agua. En Estados Unidos, especialmente en zonas de California, se experimenta con mulching orgánico —incluida lana— para enfrentar sequías prolongadas.

En Argentina, aunque su uso aún no está masificado, existen experiencias y condiciones favorables para su desarrollo.

En la región de Patagonia, donde la producción ovina es clave, investigadores y productores analizan cómo reutilizar la lana de baja calidad —que muchas veces se descarta— como cobertura para suelos en sistemas agroecológicos. También en Mendoza y San Juan, zonas afectadas por la escasez hídrica, se aplican técnicas similares con restos orgánicos y coberturas vegetales que podrían integrar la lana como alternativa sustentable.

Incluso en el norte del país, en provincias como Salta o Jujuy, pequeños productores utilizan acolchados naturales para proteger cultivos del calor extremo, una práctica que podría potenciarse con este material.

El avance de estas soluciones ocurre en un contexto de creciente preocupación en el campo. Agricultores de Valencia, España, denuncian el abandono de hectáreas productivas, mientras fenómenos extremos —como animales que invaden cultivos en busca de alimento o incluso automedicación, como ocurre con elefantes en África— reflejan el impacto global del cambio climático sobre los ecosistemas.

Frente a este escenario, la combinación de ciencia y prácticas naturales aparece como una de las respuestas más prometedoras. La lana de oveja, un recurso abundante y muchas veces desaprovechado, podría convertirse en una pieza clave para una agricultura más sostenible.

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Fuentes: Varias