El nivel de actividad encadena meses de crecimiento y abre la puerta a una nueva fase expansiva. Sin embargo, el frente cambiario, la inflación, el empleo y un contexto global atravesado por conflictos bélicos configuran un escenario todavía frágil, donde el rebote convive con amenazas latentes.

Buenos Aires, 29 de marzo (PR/26) .- El arranque de 2026 trajo señales alentadoras para la economía argentina. Con dos meses consecutivos de crecimiento en el nivel de actividad y una suba del 0,4% en enero, el escenario parece consolidar la salida de la fase más contractiva iniciada a fines de 2023.

La mejora, además, se apoya en un dato relevante: el nivel de actividad ya se ubica por encima del registrado antes del cambio de gobierno.

Sin embargo, detrás de esta recuperación emergen tensiones que obligan a poner el foco no solo en el presente, sino también en la sostenibilidad del proceso.

Uno de los principales puntos de atención es el tipo de cambio. La estabilidad reciente resulta clave para sostener la desaceleración inflacionaria, pero al mismo tiempo abre interrogantes sobre un posible atraso cambiario.

En un contexto de mayor apertura económica, un dólar relativamente bajo puede afectar la competitividad de sectores como la industria, que ya muestra un desempeño irregular. Por el contrario, cualquier corrección brusca podría trasladarse rápidamente a precios, reactivando tensiones inflacionarias.

En ese frente, la inflación continúa siendo una variable crítica. Si bien el proceso de desaceleración es una de las principales anclas del actual esquema económico, persisten riesgos asociados a ajustes pendientes —como tarifas— y a la propia inercia inflacionaria.

Un rebrote podría erosionar nuevamente el poder adquisitivo y afectar el consumo, uno de los motores recientes del crecimiento.

El mercado laboral, en tanto, aparece como el eslabón más débil del proceso. La recuperación está impulsada por sectores como la minería, el agro y las finanzas, que no se caracterizan por generar grandes volúmenes de empleo.

Al mismo tiempo, ramas intensivas en trabajo, como la industria y la construcción, todavía no logran consolidar una mejora sostenida. Este desbalance plantea el riesgo de una economía que crece sin traducirse plenamente en mejoras sociales.

A este cuadro interno se suma un factor externo cada vez más relevante: el contexto internacional. Los conflictos bélicos en distintas regiones del mundo introducen volatilidad en los mercados financieros y en los precios de la energía y los alimentos. Para Argentina, esto representa una doble cara.

Por un lado, puede beneficiarse de mejores precios de exportación en sectores clave. Por otro, enfrenta el riesgo de shocks financieros que presionen sobre el tipo de cambio y las reservas.

Así, la economía argentina transita una etapa de transición. Los datos recientes permiten hablar de una recuperación en marcha e incluso de la posibilidad de una nueva fase de crecimiento. Pero ese proceso aún se sostiene sobre bases frágiles, donde la estabilidad cambiaria, la continuidad de la desinflación, la evolución del empleo y el escenario global serán determinantes.

El desafío hacia adelante no será solo crecer, sino hacerlo de manera sostenida y equilibrada. Porque después de más de una década de estancamiento, la verdadera medida del éxito no estará únicamente en los indicadores macroeconómicos, sino en la capacidad de esa mejora para traducirse en una recuperación tangible del nivel de vida.

 

 

 

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