Hoy es domingo, y no es un domingo más: es el día en que la esperanza vuelve a levantarse.
Buenos Aires, domingo 5 abril (PR/26) — Hoy es Domingo de Resurrección, el cierre de la Semana Santa y el corazón mismo de la fe cristiana. En esta jornada se recuerda el momento en que Nuestro Señor Jesucristo, después de haber sido crucificado, vuelve a la vida, cumpliendo la promesa que había hecho a sus discípulos: que al tercer día resucitaría.
La escena inicial es tan simple como poderosa: un sepulcro vacío.
Allí donde se esperaba encontrar muerte, aparece el signo más grande de vida nueva. El Evangelio lo expresa con una pregunta que atraviesa siglos: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). Esa frase no sólo anuncia un hecho, sino que transforma la mirada del mundo.
La resurrección no es apenas un regreso físico, sino el triunfo definitivo sobre el pecado, el dolor y la muerte. Es la confirmación de que el sacrificio en la cruz no fue el final, sino el comienzo de algo más grande: una promesa de vida eterna para todos.

Según los relatos evangélicos, las primeras en descubrir este misterio fueron María Magdalena y otras mujeres que se acercaron al sepulcro.
Ellas, movidas por el amor y la fidelidad, se convirtieron en las primeras testigos de la noticia más importante: Cristo vive. Más tarde, Jesús se aparece a sus discípulos, quienes, entre dudas y asombro, reconocen en Él al maestro que creían perdido.
Uno de los momentos más profundos ocurre en el encuentro con Pedro, narrado en el Evangelio de Juan. Allí, Jesús le pregunta tres veces: “¿Me amas?” (Jn 21, 15-17), y tras cada respuesta le confía una misión: cuidar, guiar, sostener. No hay reproche por la negación pasada, sino una enseñanza clara: el amor siempre puede recomenzar.
El Domingo de Pascua deja una enseñanza central: que incluso en medio del dolor más oscuro, la vida puede abrirse paso. Que la fe no es negar el sufrimiento, sino atravesarlo con la certeza de que no tiene la última palabra. Y que la presencia de Cristo no desaparece, sino que se transforma: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
Este día invita a mirar hacia adentro. A preguntarse qué cosas necesitan resucitar en la propia vida: la esperanza, el perdón, la confianza. Porque la Pascua no es sólo memoria, es también una invitación a renacer.
En muchas comunidades del mundo, este domingo se celebra con alegría, luces y cantos. Es el paso del silencio del Viernes Santo a la proclamación jubilosa: “¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24, 34). Y en ese anuncio se resume todo: la fe, la historia y la esperanza.
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Fuentes: Varias


















