“Honra a tu padre y a tu madre”
Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23
El primer día de la semana, María la Magdalena echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R/.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción. R/.
Líbrame de los enemigos que me persiguen.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. R/.
Ayer celebrábamos el nacimiento de Jesús de Nazaret, hoy celebramos los primeros pasos de la comunidad cristiana naciente. Qué importantes son los inicios y los fundamentos sobre los que construimos nuestra vida, así las tormentas que puedan venir no podrán derrumbar nuestros principios.
Jesús, como todo ser humano, tuvo que ir descubriendo, experimentando y compartiendo su nueva experiencia de un Dios Padre con entrañas de Madre. Él, va preparando a sus discípulos y discípulas, si es que quieren seguir sus pasos, ya que nada en la vida les va a ser fácil, pues su proyecto, engendra la alternativa de un mundo fraterno que autoridades civiles y religiosas no aceptarán.
Estas palabras de consuelo: «No temáis, pues el Espíritu del Padre estará con vosotros…», llenan de fortaleza a todo testigo de la Buena Noticia, entonces y ahora. Este Espíritu estará presente en las comunidades y traerá alegría y consolación en medio de las dificultades. Él, les orienta en los momentos decisivos de la historia: en la hora de entrar los gentiles, en la hora de tomar la iniciativa de la misión y de enviar discípulos, y en la hora de la persecución, delante de los tribunales…
Estaba naciendo algo tan nuevo, que el desprenderse de una creencia tan segura, para dejarse guiar por el Espíritu del Resucitado, era algo arriesgado. Creaba conflictos incluso entre los propios seguidores de Jesús. Ellos leían y releían la Biblia -las profecías de Moisés, Isaías, Daniel, algunos salmos- con ojos nuevos nacidos de la práctica nueva y del nuevo ambiente comunitario de fe en la resurrección. Y sobre todo comenzaban a recordar las palabras y gestos del propio Jesús, para que sirviese de orientación y de animación en su caminar. Este recuerdo y transmisión se basaba en el testimonio de aquellos testigos, hombres y mujeres que habían convivido con Jesús de Nazaret.
La primera persecución contra los cristianos, fue al grupo de Esteban. Ante Él, uno de los siete diáconos escogidos para servir las mesas, lleno de sabiduría, los judíos no podían resistir la valentía y la fuerza del Espíritu con que hablaba. En uno de sus discursos, fijando los ojos en el cielo dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». Sus enemigos siendo incapaces de afrontar la verdad con que hablaba, lanzaron falsos testigos: “Blasfema contra Moisés, no cesa de hablar contra este lugar santo y contra la ley… saquémoslo fuera y que muera apedreado”.
A pesar de las dificultades los primeros cristianos supieron leer los signos de los tiempos e iniciaron una nueva etapa.
Y una se pregunta: será que nuestras palabras suenan a vacío, a incoherencia y nuestras acciones son contraria al mensaje de Jesús. ¿Somos testigos vivientes en nuestro mundo de hoy y en nuestro entorno?
El tiempo de Navidad nos puede ayudar a renovar nuestra fe y esperanza. Prendamos la primera luz, en esta nueva oportunidad, de que el mundo mañana será mejor porque los cristianos nos parecemos más al Maestro.

Hna. María del Mar Revuelta Álvarez
Dominica de la Anunciata – España
Soy Dominica de la Anunciata nacida en Turón-Asturias. Antes de entrar en la Congregación a los 18 años participé de la JOCF en un grupo parroquial.
Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio.
Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad.
También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.
En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.
El ángel les dijo:
«No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».