Hoy recordamos al Beato Bronislaw Markiewicz, promotor de la devoción a San Miguel Arcángel

Hoy recordamos al Beato Bronislaw Markiewicz, promotor de la devoción a San Miguel Arcángel

La espiritualidad de la Congregación se resume en dos hermosos lemas: “¡Quién como Dios!” -el grito de San Miguel- y “¡Templanza y trabajo!”. Sus integrantes, inspirados en el testimonio y la enseñanza de San Juan Bosco, se dedican de manera especial a la recuperación y formación de la niñez y juventud abandonadas.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla

Bronislao Markiewicz nació el 13 de julio de 1842 en Galitzia, región del sur de Polonia. Fue el sexto de once hijos, todos integrantes de una devota familia de clase media baja.

Ingresó al Seminario Mayor de Przemysl en 1863, de donde egresaría cuatro años más tarde para ser ordenado sacerdote.

Markiewicz fue considerado siempre un hombre fuera de lo común, muy entregado al servicio apostólico, humilde, un buscador empedernido del consejo de quienes sirven a Dios fielmente. Fomentó la devoción a la Eucaristía y la piedad filial a la Virgen Santísima. De forma semejante alentó la devoción a San Miguel Arcángel, a quien eligió como su protector en la lucha diaria contra el mal. El P. Markiewicz consagró su sociedad al Arcángel San Miguel y lo nombró patrono de sus hijos espirituales.

Luego de algunos años como vicario y párroco, el P. Markiewicz fue descubriendo un llamado particular a la vida religiosa. En noviembre de 1885 partió hacia Italia para formarse con los salesianos. Allí tuvo la oportunidad de conocer a Don Bosco, quien le tomaría los votos religiosos el 25 de marzo de 1887.

En 1892 regresó a Polonia como salesiano y fue nombrado párroco de Miejsce, Galitzia, donde se dio por entero al servicio de la juventud polaca pobre y abandonada. Algunas de las necesidades que más preocuparon al Beato Markiewicz fueron la protección y defensa de la fe y la moral cristianas, constantemente atacadas por la cultura secular.

Legado

El P. Bronislao Markiewicz falleció el 29 de enero de 1912, a los 69 años, en Miejsce Piastowe, Imperio austrohúngaro (Estado que duró de 1867-1918).

El Papa Benedicto XVI proclamó beato al padre Markiewicz el 19 de junio de 2005.

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Fuente: aciprensa

 

Hoy celebramos a Santo Tomás de Aquino, autor de las vías para demostrar la existencia de Dios

Hoy celebramos a Santo Tomás de Aquino, autor de las vías para demostrar la existencia de Dios

Santo Tomás ostenta varios títulos: “Doctor Angélico”, “Doctor Común” y “Doctor de la Humanidad”, sobrenombres que la tradición le ha impuesto y que reflejan la magnitud de su pensamiento y el impacto de su obra. Hoy, él sigue siendo referente obligado para quienes estudian filosofía y teología o han decidido navegar en esas aguas no siempre calmas.

El pensamiento de Tomás, movido por un auténtico amor a la Verdad, se caracteriza por su espíritu acucioso y penetrante. Como resultado, su obra sienta las bases de lo que hoy entendemos como ‘ciencia teológica’ o ‘teología sistemática’, marcando para siempre el derrotero que seguiría el diálogo -o intercambio- entre fe y razón, el creer y el saber, entre la teología y la filosofía.

Amigo de la Verdad

Santo Tomás de Aquino nació en Roccasecca, localidad cercana a Aquino, Nápoles, en el año 1225. Realizó sus primeros estudios con los monjes del monasterio benedictino de Montecassino, ubicado cerca del castillo perteneciente a sus padres. El siguiente paso lo condujo a la Universidad de Nápoles, donde destacó por su inteligencia y agudeza.

Al entrar en contacto con la naciente Orden de Predicadores (dominicos), Tomás quiere vincularse a esta; sin e

Entonces, Tomás huye rumbo a Alemania, pero será interceptado en el camino y apresado por sus propios hermanos, quienes lo llevan de regreso a Roccasecca y lo encierran en el castillo familiar. Allí, el futuro teólogo permanece prisionero, encerrado por dos años, durante los cuales se aboca al estudio de la Sagrada Escritura, la filosofía y la teología.

Susc  hermanos, al ver que Tomás no desistía del propósito de ser religioso, hacen ingresar a una prostituta a su celda con el objetivo de quebrar su voluntad. El santo, sin embargo, se resistió a ser seducido y expulsó a la mujer con un tizón encendido en la mano.

Liberado finalmente de su encierro, Tomás se trasladó a Colonia (Alemania) donde conoció a San Alberto Magno y se unió al grupo de sus discípulos.

A la par de su inteligencia, destacaba en Tomás su corazón lleno de devoción. El jovencito solía pasar mucho tiempo en oración y recogimiento expresando su gran amor a la Eucaristía.

El buen Tomás se graduó como doctor de teología en la Universidad de París y a sus cortos 27 años se convirtió en maestro.

Dedicado al estudio y la enseñanza, Tomás pensó en la necesidad de contar con una obra sistemática en la que se desarrollen y aclaren de manera didáctica los principales temas en torno a Dios y su conocimiento. Esto lo animó a elaborar un compendio general -por demás detallado en términos argumentativos- al que se denominó Suma teológica, su obra de mayor envergadura.

La Suma está compuesta de 14 tomos, en los que concurren el saber filosófico y científico de su tiempo -con una marcada influencia de grandes filósofos griegos como Aristóteles- con el saber proveniente de la revelación y la tradición. Esta obra se convertiría, siglos más tarde, en uno de los principales textos consultados durante el Concilio de Trento, e iniciaría por sí misma una explosión de comentarios, profundizaciones, desarrollos y reflexiones que no se detienen hasta hoy.

El pensamiento de Santo Tomás de Aquino, por eso, es considerado como la cúspide o pináculo del ‘escolasticismo’ -el movimiento cultural al que perteneció Tomás- y probablemente de toda la doctrina cristiana.

Pieza clave del desarrollo de la Suma teológica son las “5 vías para demostrar la existencia de Dios” (clasificadas como pruebas a posteriori), en las que Santo Tomás argumenta en favor de la razón como facultad capaz de afirmar, con plena seguridad, que Dios existe; y que es posible conocerlo, al menos incipientemente, de manera racional (capítulo de la filosofía que recibe el nombre de Teología natural o Teodicea) a partir de la naturaleza como efecto o creación.

Siendo que Dios existe como causa o principio de todo lo que es, afirmar su existencia no es ni una locura, ni solo cuestión de fe. Dios se hace accesible al conocimiento racional para bien del hombre, tendiendo un puente -o poniendo las bases, si se quiere- para que la fe corone y plenifique dicho conocimiento. Esto es, la fe y la razón se hacen complementarias y recíprocas, se reconocen distintas ciertamente, pero no se excluyen ni se repudian.

Enamorado de Cristo

Cierta tradición sostiene que Jesucristo se le apareció y le dijo: “Tomás, has hablado bien de mí. ¿Qué quieres a cambio?». A lo que Santo Tomás respondió: «Señor: lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más».

Al final de sus días fue enviado por el Papa Gregorio X al Concilio de Lyon, pero enfermó en el camino. Fue recibido en el monasterio cisterciense de Fosanova donde permaneció hasta su muerte. Agonizante, recibió la Eucaristía y pronunció estas palabras: «Ahora te recibo a Ti, mi Jesús, que pagaste con tu sangre el precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí manifiestan mi fe en Jesucristo y mi amor por la Santa Iglesia Católica, de quien me profeso hijo obediente».

Santo Tomás de Aquino partió a la Casa del Padre el 7 de marzo de 1274 a los 49 años. Su cuerpo fue llevado a la Catedral de Toulouse el 28 de enero del año siguiente. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567.

Si deseas saber más sobre Santo Tomás de Aquino, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santo_Tomás_de_Aquino.

De igual manera, si quieres revisar las cinco vías para demostrar la existencia de Dios de Santo Tomás, puedes consultar: https://ec.aciprensa.com/wiki/Existencia_de_Dios#Pruebas_a_posteriori.

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Fuente: Aciprensa

 

Cada 27 de enero celebramos a Santa Ángela de Merici, fundadora de la primera Orden dedicada a la educación femenina

Cada 27 de enero celebramos a Santa Ángela de Merici, fundadora de la primera Orden dedicada a la educación femenina

De acuerdo al Papa Benedicto XVI, “en el Renacimiento, Santa Ángela de Mérici propone un camino de santidad también para quien vive en un ámbito laico”, lo que constituyó un importante paso en el camino de comprensión del papel de quienes no están llamados a la vida consagrada dentro de la Iglesia.

La ‘pequeña amiga’ de Santa Úrsula

Santa Ángela nació el 21 de marzo de 1474 en Desenzano del Garda, localidad cercana a Brescia, en el norte de Italia. Pasó su primera infancia en el campo, al lado de sus padres, unos sencillos agricultores que trabajaban en el valle.

Fue su padre, Giovanni Merici, quien gustaba contarle historias de la vida de los santos. Ángela lo disfrutaba muchísimo mientras empezaba, casi sin querer, a desarrollar un sentimiento de cercanía por quienes siguieron los pasos de Jesús. Con mucha naturalidad, la niña empezó a relacionarse con ellos a través de la oración. De ahí el vínculo cordial que tenía con Santa Úrsula, la doncella que murió martirizada en el siglo IV, a quien Ángela terminó profesando un gran cariño y devoción. A través de los santos, o gracias a ellos, en el corazón de Ángela iba naciendo el deseo de entregar la vida a Dios por completo.

Mística precoz

Sin embargo, poco después, la hermana mayor moriría de manera intempestiva. Esto produjo una gran desazón en Ángela porque su hermana había muerto sin haber recibido los sacramentos. Grande sería el sufrimiento de la niña al no saber cuál había sido la suerte de su hermana frente a Dios.

En esas circunstancias, la santa se aferró a la intercesión de la Virgen María y a la figura de San Francisco de Asís. Se refugió por completo en la oración y en la práctica de la penitencia. En su corazón de niña, había brotado un deseo cada vez más grande de agradar a Dios y pedir su misericordia, en caso Él dispusiese conceder la salvación eterna a su hermana.

Terciaria franciscana

A los 13 años Ángela se hace terciaria franciscana. Previamente había hecho saber a sus tíos, quienes querían casarla, que ella deseaba permanecer virgen y ser religiosa.

A la muerte de su tío, cuando tenía 20 años, Santa Ángela vuelve a su tierra natal, Desenzano, donde se dedica a asistir a los pobres y a catequizar a las niñas. Convierte su casa en una suerte de escuela, convencida de que la instrucción es la mejor ayuda para quienes poseen poco o nada, de que era la herramienta más adecuada para una vida feliz, ayudar a la Iglesia y, por supuesto, obtener la vida eterna.

Ángela no era religiosa en ese momento, como corresponde a todo miembro de una tercera orden, pero había encontrado un camino de entrega total al Señor y de servicio a sus hijos más necesitados. Sin duda, un maravilloso precedente, tal como lo señalaba el Papa Benedicto XVI.

En 1516, los franciscanos le pidieron a la santa que fuera a Brescia a acompañar a una mujer que había perdido a su esposo e hijos en la guerra, y que pasaba por una experiencia de tristeza indecible. Ángela permanece dos años con ella, ayudándola material y espiritualmente. Luego decide permanecer en esa ciudad, hasta que en 1524 parte a Jerusalén con un grupo de peregrinos que se sentían convocados por su testimonio de santidad. Estando de paso en Creta, sufre de una ceguera temporal, que la obliga a ser guiada a Tierra Santa, a donde logra llegar. Milagrosamente, durante el viaje de regreso recupera la vista.

En 1525, parte a Roma y se entrevista con el Papa Clemente VII, quien la invita a hacerse cargo de un grupo de enfermeras; Ángela rechaza la oferta: «Es en Brescia donde Dios me quiere».

La santa le confiesa al Papa que había tenido una visión en la que unas doncellas ascendían al cielo en una escalera de luz. En la visión, las santas vírgenes estaban acompañadas por ángeles que tocaban dulces melodías. Todas portaban coronas con piedras preciosas. De pronto, la música cesó y Jesús la llamó por su nombre y le pidió que creara una sociedad de mujeres. De esta manera, el Santo Padre le otorgó el permiso para formar una comunidad de vida consagrada.

En una nueva visión, Santa Úrsula, su mayor inspiración, se le aparece a la santa y la nombra patrona de la fundación.

El 25 de noviembre de 1535, en la Iglesia de San Afra en Brescia, Ángela y 28 compañeras  consagraron sus vidas al servicio de la educación de las niñas. El nombre de la nueva familia espiritual fue “Compañía de Santa Úrsula”, que con el tiempo terminaría aglutinando varios institutos de vida activa y contemplativa.

El 27 de enero de 1540, Santa Ángela partió a la Casa del Padre. Las ursulinas recibieron el reconocimiento pontificio en 1544 por voluntad del Papa Pablo III. Posteriormente se establecieron como congregación en 1565. Tres años más tarde, en 1568, San Carlos Borromeo convocó a las ursulinas a Milán, persuadiéndolas de formar una rama de clausura, siguiendo la inspiración del Concilio de Trento (1545-1563).

Herederas de Santa Ángela de Mérici, sus hijas espirituales se han dedicado a la formación y educación de la juventud femenina a lo largo de los siglos.

Si deseas conocer más sobre Santa Ángela de Merici, puedes consultar la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Angela_Merici.

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Fuente: aciprensa

 

Hoy celebramos a San Tito y San Timoteo, los grandes amigos y colaboradores de San Pablo

Hoy celebramos a San Tito y San Timoteo, los grandes amigos y colaboradores de San Pablo

Tito y Timoteo estuvieron a cargo de las comunidades cristianas de la isla de Creta y de Éfeso, respectivamente. A ellos fueron dirigidas tres de las cartas atribuidas a San Pablo: la primera y segunda Epístola a Timoteo, y la Epístola a Tito. Estas cartas forman parte de las “epístolas paulinas” e integran el conjunto de libros que componen el Nuevo Testamento.

Timoteo, el “que honra a Dios”

Timoteo nació en Listra (hoy Turquía), hijo de padre pagano y de madre judeocristiana.

Su nombre está en griego y significa «que honra a Dios».

En el Nuevo Testamento aparece como el discípulo más cercano al apóstol Pablo, con quien realizó numerosos viajes. El Apóstol lo nombró obispo de Éfeso y, en virtud de dicho encargo, lo hizo destinatario de las dos cartas que conocemos, redactadas con el propósito de orientarlo en la dirección de sus comunidades.

El Papa Benedicto XVI, en una de sus reflexiones, señalaba un aspecto muy importante en torno a la relación entre Pablo y Timoteo, que impulsa al convencimiento de lo importante que es la amistad en Cristo para mover a los cristianos de hoy a hacer apostolado como ellos lo hicieron:

«En efecto, el Apóstol le encargó misiones importantes y vio en él una especie de alter ego, como lo demuestra el gran elogio que hace de él en la carta a los Filipenses. «A nadie tengo de tan iguales sentimientos (isópsychon) que se preocupe sinceramente de vuestros intereses» (Flp 2, 20)». El término isópsychon sugiere también la idea de “identificados espiritualmente»y podría traducirse sin problemas de esa manera.

Tito, a quien San Pablo llamó «compañero y colaborador» (2 Co 8, 23)

Por su parte, Tito, cuyo nombre intitula otra de las epístolas paulinas, acompañó al Apóstol y a Bernabé durante el Concilio de Jerusalén. Tito, curiosamente de nombre latino, fue de origen griego y, en consecuencia, pagano.

Al tiempo, Pablo le escribe al nuevo obispo atestiguando la verdad e importancia de la enseñanza de Cristo recibida de los Apóstoles, asunto no prescindible, sino absolutamente necesario para la salvación: “Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los que creen en Dios traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres” (Tito 3, 8).

En la actualidad, en Gortina (Creta) se conservan las ruinas de una basílica dedicada a San Tito. En la capital de la isla del Mediterráneo, Heraclión, hay una iglesia bajo la advocación del santo, en la que se preservan sus reliquias desde 1966. Antes de ese año estuvieron en Venecia (Italia), donde tuvieron que ser trasladadas en tiempos en los que Creta cayó bajo dominio turco.

Festividad común: hermanos en el apostolado

En 1969 se produjo la reforma del calendario de los santos (lo que habitualmente se denomina ‘santoral’) por mandato del Papa San Pablo VI. Antes de la reforma, la fiesta de San Tito se celebraba el 25 de febrero, pero luego pasó a celebrarse el 26 de enero, el mismo día que San Timoteo, el otro discípulo y amigo cercano de San Pablo.

¿Por qué ese cambio encierra un detalle hermoso que solo puede venir de Dios? En primer lugar, Pablo, siendo ‘apóstol de apóstoles’, no acaparó ni centralizó todo el trabajo pastoral en sí mismo. Supo elegir colaboradores honestos y delegar correctamente en pos del cumplimiento de su misión. Finalmente, habrá que reconocerle siempre a Timoteo y a Tito su gran disponibilidad (¡Cuán mezquinos somos a veces los hijos de la Iglesia!). Siguieron a Pablo en periplos de altísima exigencia, y lo representaron ante muchas comunidades, incluso, en esas ocasiones en las que los recibieron con hostilidad.

¡San Tito y San Timoteo, rogad por nosotros!

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos la Conversión de San Pablo, el Apóstol de los gentiles

Hoy celebramos la Conversión de San Pablo, el Apóstol de los gentiles

Buenos Aires, domingo 25 enero (PR/26) — Cada 25 de enero, la Iglesia Católica celebra el milagro de la conversión de San Pablo, Apóstol del Señor, a quien también llamamos “apóstol de los gentiles” o “apóstol de las naciones” porque recibió directamente de Cristo resucitado la misión de anunciar el Evangelio a todas las naciones.

San Pablo, al lado de San Pedro, ejerció un papel decisivo en la conformación de la naciente Iglesia de Jesucristo.

Pablo, de origen judío, había sido un fiero perseguidor de cristianos. Su celo por la conservación de la Ley judía lo había convertido en enemigo de todo aquel que se proclamase discípulo del Señor.

La Conversión de San PabloLa Conversión de San Pablo, 25 de enero / ACI Prensa

Para él Jesús había sido un impostor, alguien que se proclamó hijo de Dios y mesías sin serlo, postura que, en palabras del Papa Benedicto XVI, evidenciaba “su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo”.

Será «su «sí» definitivo a Cristo en el bautismo [el que] abre de nuevo sus ojos, y lo hace ver realmente».

“…Y cayó a tierra” (Hch 9, 4)

Cuando se encontraba camino de Damasco, Dios intervino haciéndolo caer del caballo que montaba, iniciándose una de las historias de conversión y posterior entrega más hermosas que existen.

De acuerdo a los Hechos de los Apóstoles, Saulo -nombre judío de San Pablo- fue derribado del caballo que montaba por el mismo Jesús resucitado, quien se reveló a través de una fuerte luz proveniente del cielo, desde la que le habló: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” A lo que él contestó: “¿Quién eres, Señor?”. La voz le dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. El destello fue tal que Saulo quedó ciego por tres días, permaneciendo en casa de un conocido, sin comer ni beber.

Un nuevo corazón

Ananías, discípulo de Cristo, fue enviado por Dios al encuentro de Saulo, para mostrarle el camino del Señor. Saulo recuperó la vista por obra de Dios. Y así como los ojos corporales se abrieron a la luz nuevamente, los del espíritu conocieron la verdad que proviene de Dios.

Saulo a partir de ese momento dejó que sea Él quien transforme su corazón y lo conduzca por el sendero de la caridad y la salvación. Así, Saulo pidió ser bautizado. Después asumiría la predicación y la misión de anunciar a Cristo a todas las gentes.

Apóstol de los gentiles

 

San Pablo nació en Tarso, Cilicia (actual Turquía), y muy probablemente fue ciudadano romano.

Creció en el seno de una familia muy ligada a la religión y las tradiciones judías, bajo la observancia del fariseísmo.

Sus padres lo llamaron “Saulo”, pero al ser ciudadano romano llevaba el nombre latino “Pablo” (Paulo).

Para los judíos de aquel tiempo era bastante usual tener dos nombres, uno hebreo y otro latino o griego. “Pablo” será el nombre con el que se hará conocido “el Apóstol” entre los gentiles, a quienes predicó de manera incansable.

El periodo que va del año 45 al 57 fue el más activo y fructífero de su vida. Comprende tres grandes expediciones apostólicas, en las que Antioquía fue siempre el punto de partida y que, invariablemente, terminaron en una visita a Jerusalén.

“San Pablo Extramuros”

Los restos del santo descansan en la Basílica de San Pablo Extramuros en la ciudad de Roma (Italia). Este templo, dedicado a quien ocupa un lugar central en el cristianismo primitivo y cuyo papel en la historia de la Iglesia es más que decisivo, es el más grande en tamaño después de la Basílica de San Pedro.

Si quieres saber más sobre San Pablo, su conversión y su apostolado, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pablo.

Más información:

 

 

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Fuente: ACI Prensa

Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

La Iglesia celebra a San Francisco de Sales, obispo y Doctor de la Iglesia, recordado por su mansedumbre, su profunda vida espiritual y su enseñanza sobre la caridad cristiana. Patrono de periodistas y escritores, su legado sigue inspirando a quienes buscan transformar las debilidades personales en camino de santidad.
San Francisco de Sales, 24 de enero / ACI Prensa

Buenos Aires, sábado 24 enero (PR/26) — Cada 24 de enero la Iglesia Católica celebra a San Francisco de Sales, obispo de Ginebra (Suiza) y Doctor de la Iglesia Universal; conocido como “El santo de la amabilidad” porque fue precisamente alguien que, según se cuenta, entre sus fragilidades contaba con un mal carácter.

Siendo así, se acogió a la gracia divina y a los cuidados maternales de la Virgen para dominar aquella horrible pasión y trocarla en virtud.

Dios, que lo vio batallar cooperando con su gracia, le concedió la corona de la santidad. Hoy, desde el cielo, San Francisco de Sales intercede por todos aquellos que, como él, combaten contra sus propias debilidades -esas que suelen convertirse en ocasión de pecado-, o por todos los que procuran con esmero adquirir o crecer en la virtud.

San Francisco de Sales es patrono de la prensa católica, de los periodistas y de los escritores. Se le considera un maestro espiritual, inspirador de santos como Don Bosco y Santa Teresita del Niño Jesús.

Un “pequeño exceso” de ímpetu

Francisco nació en el castillo de Sales, ducado de Saboya (en ese entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico), en el año 1567. Fue el mayor de seis hermanos, de carácter inquieto y juguetón, al punto que su madre y su nodriza tuvieron siempre que redoblar esfuerzos para cuidarlo o estar pendientes de sus andanzas.

Desde pequeño evidenció algo de su talante áspero. Con los años, para bien, descubriría la necesidad de luchar contra las miserias propias de un carácter irritable y así asemejarse al manso Jesús de Nazareth. Cuentan sus biógrafos que cierto día un calvinista visitó el castillo en el que vivía, y el pequeño Francisco, al enterarse, tomó un palo y se fue a corretear a las gallinas gritando: “Fuera los herejes, no queremos herejes”.

Su padre, por su parte, queriendo que Francisco crezca bien disciplinado, eligió como preceptor a un sacerdote, el P. Deage, un hombre de talante muy exigente. El sacerdote le hizo pasar amargos ratos a Francisco, pero, como él mismo reconoció después, estos le ayudarían mucho en su formación humana y cristiana.

A los 10 años, Francisco hizo su primera comunión y recibió la confirmación. Esa experiencia juvenil de encuentro con la gracia de Dios lo motivó a frecuentar el Santísimo Sacramento y pasar horas frente a Él en oración. Más adelante, su padre lo envió al Colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas, conocido por su ambiente de piedad y amor por la ciencia. Una combinación atractiva para el joven Francisco.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 19)

Bajo la dirección del P. Deage, Francisco se confesaba y comulgaba todas las semanas. Se entregó al estudio y empezó a practicar equitación, esgrima y baile. El noble joven, que empezaba a destacar como estudiante cultivado, se convirtió en el invitado preferido de reuniones y actividades sociales.

No obstante, su mal genio le seguiría jugando malas pasadas. A veces sus desatinos o exabruptos lo convirtieron en objeto de burlas y humillaciones, siendo que su alma tenía que cargar el peso del rencor y el deseo de revancha. Como era un hombre educado, solía controlarse al punto de que muchos no tenían idea de su mal genio.

A pesar de ese “recurso”, con el tiempo, las malas experiencias se iban acumulando en el corazón y Francisco sufría mucho. Llegó un momento en que incluso pensó que se condenaría al infierno para siempre. La mera posibilidad de que algo así sucediese lo atormentó durante mucho tiempo; tiempo en el que perdió el apetito y empezó a tener dificultades para dormir.

Por la senda de la caridad

Entonces, un día, Francisco le dijo a Dios en oración: “No me interesa que me mandes todos los suplicios que quieras, con tal de que me permitas seguirte amando siempre”. Determinado a encontrar una salida a sus entrampamientos, empezó a frecuentar templos y a ponerse en oración. Un día, en la Iglesia de San Esteban en París, arrodillado ante la imagen de la Virgen, pronunció la famosa oración de San Bernardo: “Acuérdate, Oh piadosísima Virgen María…”.

Por primera vez en mucho tiempo, Francisco encontró algo de la paz que tanto anhelaba. Y ese hallazgo había sido posible gracias a la Madre de Dios.

Haber pasado por una prueba de esta naturaleza curó mucho del orgullo que, sin saber, le había atormentado tanto tiempo. En ese momento, Francisco también podía entender mejor a las personas que lo rodeaban y darse cuenta de lo imperioso que era tratarlas con bondad. Marchó a estudiar leyes a Padua, como era el deseo de su padre, pero se matriculó también para estudiar Teología. En su corazón había brotado el deseo de conocer las cosas de Dios con profundidad.

El joven así confesaría a su padre su deseo de ser sacerdote. Al principio se encontró con una férrea resistencia, pero finalmente el padre se dejó convencer. Entonces renunció al señorío de Villaroger, que le correspondía, y se ordenó sacerdote el 10 de mayo de 1593.

Primero se desempeñó como canónigo de Annecy, aunque a la muerte del deán del Capítulo de la Catedral de Ginebra, un grupo de personajes influyentes entre los que estaba su primo, el canónigo Luis de Sales, intercedió ante el Papa para que le otorgara el cargo vacante a Francisco.

Preocupación por los que tienen una fe frágil

El santo empezó a escribir y publicar sus homilías, con las que armó una suerte de panfleto de divulgación. En ellas exponía la doctrina de la Iglesia y refutaba las posturas calvinistas. Estos escritos más tarde formarían parte de su famoso texto llamado Controversias.

Con todo, lo que la gente más admiraba era la paciencia con la que el santo soportaba las dificultades y penas que su cargo le originaba.

El Pontífice lo confirmó como coadjutor de Ginebra y el santo regresó a su diócesis a trabajar con empeño redoblado. A la muerte del obispo, Francisco le sucede en el cargo y fija su residencia en Annecy.

En ese periodo tuvo como discípula a Santa Juana de Chantal, con quien fundaría la Congregación de la Visitación en 1610. Con las notas con las que instruía a la santa compuso su célebre Introducción a la vida devota, la más conocida de sus obras.

En 1622, el duque de Saboya lo invitó a reunirse con él en Aviñón. El santo obispo aceptó la invitación, preocupado por el bienestar de la parte francesa de su diócesis. El viaje, sin embargo, era arriesgado debido a su cada vez más débil salud y al recio invierno. Luego de encontrarse con el duque, San Francisco inició el retorno. Aquella travesía sería la última.

Se detuvo en Lyon y se hospedó en la casita del jardinero del convento de la Visitación. Desde allí atendió espiritualmente por un mes entero a las religiosas. Fue el tiempo en el que disertó y escribió sobre la humildad.

Luego, a pesar del crudo invierno, prosiguió el viaje predicando y administrando sacramentos, hasta que las fuerzas lo dejaron. San Francisco de Sales murió a los 56 años, el 28 de diciembre de 1622.

Legado

Un día después de la muerte del obispo la ciudad entera de Lyon desfiló frente a la humilde casa donde había fallecido. Dado que gozaba de fama de santidad, en 1632 abrieron su féretro para saber cómo estaban sus restos. El cuerpo del santo estaba en buen estado y lucía como aquel que goza de un apacible sueño.

San Francisco de Sales sería canonizado en 1665. En 1878 el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia. No mucho después, San Juan Bosco lo haría patrono de su recién fundada congregación -la Pía Sociedad de San Francisco de Sales- y lo convertiría en modelo para el servicio de sus hijos espirituales, los “salesianos”.

Si quieres conocer más sobre la vida de San Francisco de Sales, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Francisco_de_Sales.

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Fuente: ACI Prensa