Cada 23 de enero celebramos a San Ildefonso de Toledo, a quien la Virgen llamó “mi capellán y fiel notario”

Cada 23 de enero celebramos a San Ildefonso de Toledo, a quien la Virgen llamó “mi capellán y fiel notario”

De San Ildefonso generalmente se destaca su elocuencia, inspirada y muy cercana a la tradición patrística. Se pone en relevancia también su esfuerzo y habilidad para explicar con amable sencillez “la doctrina de los antiguos”.

Monje

Ildefonso nació en Toledo (España) alrededor del año 607. Fue educado por monjes sevillanos quienes le proporcionaron una destacada formación humanística, como queda en evidencia en sus escritos, buena parte de los cuales han llegado hasta nosotros.

Desde pequeño, Ildefonso se sintió atraído por la vida monacal, por lo que optó, ya de adulto, por seguir ese camino. Como monje, llegó a ocupar el puesto de abad del ‘monasterio agaliense’, precisamente, el de su ciudad natal, Agalí.

Pastor y catequista

El santo tenía una profunda devoción a la Madre de Dios, particularmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, cuya veneración profesó y cuya verdad difundió con entusiasmo doce siglos antes de la proclamación del dogma.

El obsequio de manos de la Virgen

Los tres hombres, de pie, cara al altar, quedaron atónitos. Allí estaba la Virgen María, de blanco radiante, presentándose como la Inmaculada Concepción. Estaba sentada sobre la sede del obispo y acompañada de un grupo de vírgenes que entonaban cantos celestiales. La Madre de Dios, entonces, le indicó a Ildefonso que se acercara.

Caído de rodillas frente a la Madre, el santo recibió de Ella una casulla. La Virgen en persona lo invistió con esta y le pidió que la usara solo en los días festivos designados en su honor. «Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, la cual mi Hijo te envía de su tesorería», le dijo la Virgen a Ildefonso.

Su Teología, mariana y sacramental

Que la Virgen se le haya aparecido al santo y lo haya elogiado de manera singular no es un hecho casual; es, por el contrario, un ‘gesto maternal’ de natural gratitud con el hijo juicioso y atento.

Ese Elogium [Elogio], entonces, parece responder a la convicción con la que el santo solía referirse al parto virginal por el que Jesús nació: «No quiero que alegues que la pureza de nuestra Virgen ha sido corrompida en el parto… no quiero que rompas su virginidad por la salida del que nace, no quiero que a la Virgen la prives del título de madre, no quiero que a la madre la prives de la plenitud de la gloria virginal» (Sobre la virginidad perpetua de Santa María, cap. I). Esa convicción queda expuesta, de igual forma, en la insistencia de Ildefonso en proclamar que María es ‘Madre de todos los hombres’.

Con respecto a su doctrina sacramental, el santo recomienda la comunión diaria: «Pedimos, en esta oración del Padrenuestro, que este pan, el mismo Cristo, se nos dé cada día» (Anotaciones, cap. 136). Además, defendió que el bautismo administrado es válido siempre que no se omita en la fórmula a alguna de las Tres Personas Divinas; y que este solo puede ser  conferido por los sacerdotes, excepto en los casos de grave necesidad.

Años después, en uno de los Concilios celebrados en la ciudad de Toledo, quedó fijada una fecha especial para perpetuar la memoria de la aparición mariana acontecida a San Ildefonso. Todo lo sucedido en ese día memorable quedaría registrado en el Acta Sanctorum [Acta de los santos) bajo la designación de El descendimiento de la Santísima Virgen y de su aparición.

San Ildefonso murió el 23 de enero del año 667. Hoy, sus devotos peregrinan para visitar la catedral dedicada a él, donde se conserva la piedra en la que la Madre de Dios posó sus pies cuando se apareció al sant

San Ildefonso de Toledo en la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Ildefonso.…

Oración a María de San Ildefonso

A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios.
Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.

Me humillo ante la única que es Madre de mi Señor.
Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo
me permitas consagrarme a ti y a Dios,
ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo,
servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como Madre de nuestro Creador;
a Él como Señor de las virtudes y a ti como Esclava del Señor de todas las cosas;
a Él como a Dios y a ti como a Madre de Dios.
Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo.
Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor.

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh, Jesús Dios, Hijo del hombre!,
creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnación;
hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas;
amar en tu Madre aquello que tú llenes en mí con tu amor;
servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti;
vivir bajo su gobierno de tal manera que sepa que te estoy agradando
y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella,
que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios,
consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre
por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen;
los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo,
y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella,
tampoco glorificáis como Dios a mi Señor.

No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada
a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones;
los que no rendís honor a la Madre del Señor con la excusa de honrar a Dios su Hijo.

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella;
para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mí de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,
deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre.

Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor;
lo que se da a la Madre redunda en el Hijo; lo que recibe la que nutre,
termina en el que es nutrido, y el honor que el servidor rinde a la Reina
viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora, canto mi alegría a la Madre del Señor,
exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador
y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

Porque gracias a la Virgen yo confío en la muerte de este Hijo de Dios
y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua,
ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad por los siglos de los siglos. Amén.

Primicias Rurales

Fuente: Aciprensa

Cada 22 de enero se celebra a San Vicente mártir, a quien ninguna tortura pudo doblegar

Cada 22 de enero se celebra a San Vicente mártir, a quien ninguna tortura pudo doblegar

Buenos Aires, 22 de enero (PR/26) .- Vicente descendía de una familia de cónsules romanos afincados en Huesca, y su madre, según se dice, fue hermana del mártir San Lorenzo. Su fecha de nacimiento no está bien determinada, pero debe de haber sido hacia la última parte del siglo III.

Estudió la carrera eclesiástica en Zaragoza junto al obispo Valero, quien lo nombró primer diácono. Tal nombramiento respondía a una curiosa razón; Valero era muy mal orador y Vicente muy bueno, así que el obispo encontró con creces a quien debía suplirle y exonerarlo de la sagrada cátedra.

La persecución

Los tiempos en los que vivió Vicente fueron los del emperador Diocleciano, por lo que sobran explicaciones sobre la hostilidad que se vivía contra los cristianos. Daciano era el encargado de ejecutar las órdenes imperiales en España.

Las cárceles, anteriormente reservadas para los delincuentes, estaban abarrotadas de presbíteros, diáconos e incluso obispos. Cuando Daciano llega a Zaragoza, manda detener al obispo Valero y a su diácono, Vicente, y los envía a Valencia.

“Invicto”

Vicente, por su parte, no corre la misma suerte: es sometido primero a la tortura del potro. Su piel, luego, sería desgarrada con unos garfios de acero. Mientras lo torturaban, el juez presente le ofrecía el indulto si abjuraba. Vicente soportó cuanto dolor pudo sin dar un paso atrás.

Daciano, sintiéndose desafiado, le ofrece el perdón si blasfema. Ante la nueva negativa, exasperado, mandó aplicarle un tormento aún más cruel: colocarlo sobre un lecho de hierro incandescente.

¿Dónde está, muerte, tu victoria?

En esos momentos de extremo sufrimiento, Dios es su consuelo. Dice el poeta que un coro de ángeles lo vino a consolar al mártir. Aquel horrible lugar se llena inesperadamente de luz, y la pestilencia desaparece. El carcelero, conmovido, se convierte y confiesa a Cristo.

El Prefecto ordena mutilar el cuerpo del santo y arrojarlo al mar, pero las olas lo devuelven un par de días después. Los cristianos entonces lo recogen y le dan sepultura. Ahora ellos proclaman el triunfo de Dios en Vicente, al que llamaron “Invicto”.

Epílogo

“San Vicente de Huesca es uno de los tres grandes diáconos que dieron su vida por Cristo. Junto con Lorenzo y Esteban -Corona, Laurel y Victoria- forma el más insigne triunvirato. Este mártir, celebrado por toda la cristiandad, encontró sus panegiristas en San Agustín, San León Magno y San Ambrosio”.

Fuente: Aciprensa:
Hoy es la fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias y de la pureza

Hoy es la fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias y de la pureza

Inés, sinónimo de las cosas más bellas

Ya desde su sencillo y hermoso nombre, Santa Inés evoca virtud y grandeza.

El nombre “Inés” proviene del griego Ἁγνή (Hagnḗ), que significa “pura” o “santa”. De ahí llegará al italiano como “Agnese” y al francés como “Agnès” -de donde proviene el inglés “Agnes”; mientras que al español llegará como “Inés”.

Para enriquecer aún más la etimología del nombre, habrá que considerar el curso que tomó el término griego en su transliteración al latín: “Agnes” o “Inés” vienen de “agnus”, cordero, figura que representa al Mesías, tal y como se consigna en el Evangelio (Cfr. Jn 1, 29).

El cordero, el más dócil entre los animales, es símbolo de cosas como la nobleza, la mansedumbre, la ternura, la pureza, el abrigo, la sencillez, la delicadeza. No en vano es símbolo de Cristo.

Virgen y mártir

De acuerdo a la tradición más conocida, Inés fue una hermosa joven romana que nació en el seno de una familia noble; se cree que alrededor del año 291. Desde muy joven fue pretendida por muchos ricos e influyentes jóvenes patricios. Al haberlos rechazado uno a uno aduciendo estar comprometida con Cristo, fue denunciada por desacatar las órdenes del emperador ante las autoridades civiles.

Al ser hallada, Inés entendió que lo que le esperaba inexorablemente era la muerte. Tenía tan solo 13 años.

Primero fue llevada encadenada a la hoguera, pero las llamas no le hicieron daño alguno. Luego, ante el portentoso fracaso de sus verdugos, se decidió concluir el trance de manera “expeditiva”: Inés moriría decapitada. Era el año 304.

“Inés” también quiere decir firmeza

Se dice que el verdugo principal, inquieto por el monstruoso encargo de asesinar a una niña, hizo lo posible para convencerla de que acepte a alguno de los pretendientes, pero la jovencita se negó, según lo testimonia San Ambrosio de Milán: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”, increpó Inés.

La santa oró y oró. Luego dobló la cerviz ante aquel que le daría muerte, uno al que le empezó a temblar la diestra antes de dar el golpe -mientras que la niña permanecía serena-. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluye San Ambrosio.

La niña mártir, fruto maduro de la Iglesia

Añade el célebre arzobispo de Milán: “No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”.

Santa Inés en la tradición católica

Años después de la muerte de Santa Inés, Constantina, hija del emperador Constantino, mandó a edificar una basílica en honor de la niña mártir en la Vía Nomentana de Roma. Su fiesta comenzaría a celebrarse recién a mediados del siglo IV.

Si deseas conocer más sobre Santa Inés de Roma, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Inés_de_Roma.

Primicias Rurales
Fuente: Aciprensa
Cada 20 de enero se celebra a San Sebastián mártir, guerrero romano convertido a la causa de Cristo

Cada 20 de enero se celebra a San Sebastián mártir, guerrero romano convertido a la causa de Cristo

Sebastián nació hacia el año 256 en Narbona, hoy territorio francés, pero que en ese momento era parte de Milán y, por lo tanto, del imperio romano. Siguió la carrera militar con éxito y llegó a ser jefe de la cohorte de la guardia imperial romana, cargo militar de altísimo rango que obtuvo, con seguridad, gracias a su fuerza, arrojo y astucia (las virtudes habitualmente ensalzadas en quienes formaban parte de las milicias romanas).

Sin embargo, contra lo que podría esperarse de alguien al servicio directo del emperador Diocleciano, célebre perseguidor de cristianos, Sebastián se convirtió a la fe y abrazó la causa de Cristo.

La sangre de los mártires

Es muy probable que el santo haya quedado conmovido por el testimonio de tantos y tantos cristianos asesinados a manos del emperador. Como muchos otros, Sebastián debe haber sentido en algún momento el mismo rechazo contra aquellos que no creían en los dioses, no seguían las costumbres de los patricios o no compartían sus ambiciones.

No obstante, su percepción del cristianismo tuvo que cambiar en algún momento. Quizás, como sucedió a muchos otros, ver morir o padecer a tantos invocando el nombre de Cristo debe haber interpelado sus convicciones, al punto que decidió buscar al Dios verdadero.

Señala la tradición que Sebastián continuó con su carrera militar, pero dejó de participar en los rituales y ofrecimientos a los dioses paganos. Convertido a Cristo, se hizo consciente del sufrimiento de sus hermanos perseguidos, y se dice que aprovechó su cargo militar para protegerlos y ayudar, en la medida de lo posible, a los que caían prisioneros, víctimas de la persecución de Diocleciano.

Durante algún tiempo tuvo éxito en ese propósito, gracias a que cumplía con sus deberes militares con esmero y a que mantuvo en secreto su fe. Sin embargo, fue traicionado y denunciado ante Maximano por no participar en los rituales habituales, ni en las fiestas militares.

Atravesado por las flechas

El día de su ejecución, San Sebastián fue llevado al estadio, despojado de sus ropas, atado a un poste y ejecutado. Sus antiguos subordinados fueron los encargados de dirigir sus flechas contra su cuerpo. Aquella escena debió ser simplemente terrible, tanto que ha quedado inmortalizada y ha servido de inspiración para cientos de obras de arte a lo largo de la historia. Quizás también, ha contribuido a perennizar su devoción, dado su profundo dramatismo.

San Sebastián, ruega por nosotros

Su muerte aconteció el año 288. Existe una leyenda, que señala que sobrevivió a los flechazos y fue curado por Irene de Roma -santa cuya historicidad ha sido puesta en duda-. Recuperado, San Sebastián habría sido nuevamente denunciado y ejecutado a latigazos.

A pesar de este relato, la tradición se inclina por el relato de su ejecución a manos de sus antiguos camaradas. Después de su muerte, su cadáver habría sido rescatado y enterrado en un sepulcro dentro de las catacumbas de la vía Apia, en la ciudad de Roma. Hoy puede visitarse la basílica construida en su honor en la Ciudad Eterna.

Se pide la intercesión de San Sebastián contra las plagas, las enfermedades, las heridas por flechas y las persecuciones.

Si quieres saber más sobre este mártir, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Sebastián.

Primicias Rurales

Fuente: Aciprensa

Cada 19 de enero celebramos a San José Pelczar, obispo que impulsó la educación y la promoción social

Cada 19 de enero celebramos a San José Pelczar, obispo que impulsó la educación y la promoción social

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13)

José Sebastián Pelczar nació en Polonia en 1842. Siendo aún un niño escribió en su diario personal algo que evidenciaba precozmente la conciencia de su llamado: «Los ideales de este mundo se desvanecen. Yo encuentro el ideal de la vida en el sacrificio, y el ideal del sacrificio en el sacerdocio».

Pelczar empezó su educación en Rzeszow. Luego iniciaría su formación para el sacerdocio en Przemyśl en 1860. Mientras realizaba sus estudios se hizo miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl y colaboró con la denominada ‘Educación Popular’, una iniciativa de dicha sociedad. Fue ordenado sacerdote en 1864 y asignado a la parroquia de Sambor.

La importancia de la buena formación y el servicio

Llevado a Roma en 1866, continuó con sus estudios y obtuvo el doctorado en Teología y en Derecho Canónico. Eso le valió ser profesor de la Universidad Gregoriana de Roma y después en su propio país, tanto en Przemyśl como en Cracovia. Su interés por la buena formación de los futuros sacerdotes y de la juventud católica en general lo animó a fundar varias bibliotecas. Su celo apostólico lo impulsó a dictar conferencias gratuitas en muchos lugares y a publicar varios libros.

En 1894, al lado de la Hermana Ludwika Szczęsna, fundó una congregación religiosa dedicada a la asistencia de mujeres en estado de vulnerabilidad: las Hermanas Siervas del Sagrado Corazón.

Preocupación por los asuntos sociales: de León XIII a Juan Pablo II

Pelczar se empeñó en poner en práctica los principios de la enseñanza social de la Iglesia, tal y como el Papa León XIII los había presentado en su Encíclica Rerum Novarum [De las cosas nuevas], dedicada a los cambios políticos y sociales del mundo moderno. En esa línea, construyó enfermerías y comedores para los más pobres e hizo crecer el número de escuelas parroquiales para que ningún niño se quede sin educación básica.

Monseñor Pelczar fue convocado a la casa del Padre el 28 de marzo de 1924. El Papa San Juan Pablo II lo beatificó en 1991. Luego sería él mismo quien lo canonizó en 2003.

 

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Fuente: aciprensa

Hoy celebramos a Santa Margarita de Hungría, quien abrazó la cruz por amor a su patria

Hoy celebramos a Santa Margarita de Hungría, quien abrazó la cruz por amor a su patria

Margarita fue princesa de Hungría, hija del rey Bela IV y de María Láscaris -quien, por su parte, era hija del emperador de Constantinopla y ostentaba el título de princesa de Nicea-.

Una nación envuelta en el dolor

La princesa Margarita nació el 27 de enero de 1242. Solo un año antes, su nación había caído en manos de los ejércitos mongoles, lo que había traído tristeza, hambre y destrucción.

En esas trágicas circunstancias, Bela y María, pidiendo por la liberación de Hungría, prometieron a Dios que si les concedía una niña, esta sería consagrada a su servicio como monja.

Poco después, se produjo la inesperada retirada de los mongoles de las tierras invadidas, tras la muerte del gran kan mongol Ogodei. Los bárbaros se replegaron hasta sus tierras de origen hasta que un nuevo líder fuera elegido.

La vocación es un don de lo alto

Cuando Margarita tenía solo tres años fue confiada a las dominicas de Veszprém. A los doce, sería trasladada al nuevo monasterio que su padre, el rey, había edificado en la pequeña isla del Danubio que está cerca de la Ciudad de Buda (Budapest). En ese monasterio la santa pasaría el resto de su corta vida. Allí profesó sus votos ante fray Humberto de Romans, maestro general de la Orden de Predicadores (dominicos) entre 1254 y 1263.

Cada vez más enamorada de su vocación y de la misión que tenía con su patria, la joven princesa se dedicó con fervor heroico a recorrer el camino de la perfección. La ascesis conventual -silencio, soledad, oración y penitencia- se fue armonizando de a pocos con su celo por la paz, su valentía natural para denunciar la injusticia y el afecto hacia sus compañeras, a las que sirvió en las labores más humildes. El claustro se había convertido en el lugar perfecto para que Margarita viva y se desviva por la tierra de sus padres. Jesús y la Virgen habrían de escuchar siempre su oración.

Cristo nos da la libertad

Margarita asumió como propia la decisión que sus padres tomaron en su nombre antes de que naciera. Llegó a serle claro, sin resquicio de duda, que si estaba en un monasterio era por amor al Señor y no para agradar a los hombres.

Su permanencia allí, había dejado de ser voluntad humana y se evidenciaba como deseo divino; no era monja por la corona, lo era porque había descubierto su camino para ser feliz y agradar a Dios, su creador.

En algunas oportunidades sus padres le enviaron fastuosos regalos, los que nunca quiso para sí. Apenas podía, se deshacía de ellos donándolos para beneficio de los pobres que estaban bajo el cuidado de su monasterio.

Y cuando el rey y la reina quisieron dar marcha atrás y cambiar por completo la dirección de la vida de su hija -negando la promesa hecha al Señor- y quisieron casarla; ella, con toda libertad, se negó.

No cambiaría por nada lo que le llenaba el alma y le daba el mayor consuelo: rezar, contemplar a Jesús crucificado, amar cada día más la Eucaristía y gozar de los cuidados de la Virgen María.

Amar la cruz

No obstante, con un poco de apertura de espíritu nos es posible entender aquello que movió a Margarita a amar a Dios con tal intensidad.

La santa había logrado percibir algo que nos es casi siempre ajeno: la gravedad de nuestras faltas y pecados.

Ella quiso, a través del dolor físico, acompañar al Señor en su sacrificio redentor, la cruz, asumido por amor a la humanidad: a Cristo se le ama por completo, también con el madero a cuestas.

Margarita procuró la paz para su patria desde el lugar que le tocaba: ayudando a cargar el peso de los pecados de sus compatriotas con su propio sacrificio.

Esa vida de intensidad espiritual estuvo adornada con numerosas historias de milagros y hechos portentosos obrados por la joven monja. La mayoría de ellos aparecen en la Compilación medieval de los milagros de Santa Margarita.

No sólo para Hungría, sino para todo el mundo

Santa Margarita de Hungría murió con solo 28 años, el 18 de enero de 1270. Su cuerpo permaneció sepultado en el monasterio donde vivió hasta 1526. Después de diversas vicisitudes, sus reliquias fueron reubicadas en la iglesia de las clarisas de Bratislava (1618), pero fueron removidas de allí, décadas más tarde, cuando la supresión del monasterio de las clarisas fue decretada por la corona en 1782.

El proceso de canonización de la santa sufrió retrasos e interrupciones por siglos, hasta que el Venerable Papa Pío XII finalmente la canonizó el 19 de noviembre de 1943.

En la homilía de la Misa de canonización, el Pontífice declaró a Santa Margarita “mediadora de la tranquilidad y la paz, fundadas en la justicia y la caridad en Cristo, no solo para su patria, sino para todo el mundo”.