Cada 24 de marzo celebramos a Santa Catalina de Suecia, intercesora ante embarazos de riesgo

Cada 24 de marzo celebramos a Santa Catalina de Suecia, intercesora ante embarazos de riesgo

También se le denomina ‘Santa Catalina de Vadstena’, en alusión al lugar donde vivió y murió.

Katarina, o Catalina, fue monja brigidina, es decir, perteneció a la Orden religiosa fundada por su madre, la ‘Orden del Santísimo Salvador’, cuyas integrantes son conocidas comúnmente como ‘brigidinas’ en honor a su fundadora. Se le venera como patrona de las vírgenes, aún cuando estuvo casada, y las madres gestantes piden su intercesión ante el peligro de un aborto espontáneo.

De tal palo, tal astilla

Catalina Ulfsdotter, nació en Vadstena, ciudad de la provincia de Östergötland, Suecia. Fue la cuarta hija de Santa Brígida. No ha podido establecerse con exactitud la fecha de su nacimiento, pero se cree que fue entre 1331 y 1332. Es verdad que perteneció a una familia noble y con fortuna, pero en ella aprendió el desprendimiento y la generosidad.

Santa Brígida, su madre, había inculcado valores cristianos en todos sus hijos. Ella misma dio el mejor ejemplo cuando a la muerte de su esposo renunció a sus posesiones. Por su lado, Catalina le heredó el espíritu de liderazgo, entrega y amor a la oración.

Por eso, pasaba varias horas del día dedicada al trato afable con el Señor. Gustaba de la meditación de la Pasión y Muerte de Cristo, de los salmos penitenciales y del Oficio de la Virgen María. Muchos de estos ejercicios espirituales los aprendió de niña, puesto que fue encargada desde los 7 años a las monjas del convento de Risberg para su educación.

Hija respetuosa y obediente

En 1349, después de la muerte de su padre, Catalina llegó a un acuerdo con su esposo para quedar libre y partir junto a su madre rumbo a Roma en peregrinación, y visitar las tumbas de San Pedro y San Pablo.

Estando todavía de camino, Catalina recibió la noticia de que Eggart, su esposo, había fallecido. Entonces, decidió no volver a contraer matrimonio y permanecer con su madre en Roma. Allí Catalina empezaría una nueva vida, imitando fervorosamente a Brígida en su vida ascética y pertenencia a Dios.

En su condición de viuda, Catalina no dejaba de visitar a los pobres y enfermos de la ciudad, allí donde estuvieran, sea en las calles, en sus casas o en los hospicios. Además de atenderlos espiritual y materialmente, ayudaba con los quehaceres domésticos.

En 1372, Catalina, su madre y su hermano partieron en peregrinación a Tierra Santa. Al año siguiente, durante el viaje de retorno, Brígida falleció en Roma. Un año más tarde, su cuerpo regresaría a Suecia para ser enterrado en Vadstena, en el convento de su fundación.

Cumplidora de la obra de Dios

Tras cinco años de permanencia en Roma, Catalina regresó a su tierra natal y el obispo le confió el gobierno general de la joven Orden religiosa. Poco tiempo después enfermó y falleció el 24 de marzo de 1381. En 1484, Inocencio VIII concedió la autorización para su veneración.

Patronazgo y veneración

Santa Catalina de Suecia es considerada patrona de las vírgenes. Esto podría generar cierto desconcierto si se considera que estuvo casada por casi 20 años. Sin embargo, subyace una hermosa explicación que debe ser entendida a la luz de las condiciones de su época. Ella quiso consagrar su virginidad al Señor desde muy joven y así se mantuvo siempre. Esto fue posible, en buena parte, gracias a su esposo, quien compartió con ella, de manera fuera de lo común, el deseo de consagrarse a Dios siendo virgen.

¿Quieres saber más sobre Santa Catalina de Suecia? Te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Catalina_de_Suecia

Más información:

 

Primicias Rurales

Fuente aciprensa

Cada 23 de marzo es la fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, patrono y modelo de los obispos de América

Cada 23 de marzo es la fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, patrono y modelo de los obispos de América

Patronazgos: Iglesia, educación, viajes, naturaleza y aventuras

Toribio Alfonso de Mogrovejo y Robledo es además patrono de la Arquidiócesis de Lima (Perú) y del municipio de Mayorga (España); de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (Lambayeque, Perú), así como de la Hermandad que lleva su nombre (Rímac, Lima, Perú) y de la Pastoral Misionera de la Parroquia de la Santa Cruz (Provincia de Chaco, Argentina).

Por último, Santo Toribio es el patrono del escultismo, es decir, de los movimientos u organizaciones de niños y jóvenes exploradores (scouting), debido a su espíritu pastoral que lo llevó a recorrer largas distancias y duros territorios con el deseo de estar en contacto directo con los fieles de su vasta jurisdicción. Es muy probable, al mismo tiempo, que Santo Toribio profesara un particular amor por la naturaleza.

A los pies de la Cruz

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, Castilla (España), en 1538. Estudió derecho y fue profesor en la Universidad de Salamanca. Siendo laico recibió el encargo del rey Felipe II para presidir la inquisición de Granada, en calidad de juez principal.

Años más tarde, el rey, impresionado por la virtud y humanidad de Toribio, le propuso al Papa Gregorio XIII que lo nombre arzobispo de Lima. En esos momentos, quien asumía dicha sede se hacía responsable de una vasta jurisdicción, la que comprendía la mayor parte de la Sudamérica hispana de entonces.

Aunque inicialmente el santo se resistió a aceptar tamaña tarea -no estaba ni siquiera ordenado-, terminó asintiendo. Acto seguido, el Papa le otorgó la dispensa pontificia para recibir las órdenes menores y mayores en el más corto plazo. Toribio sería consagrado obispo en 1580.

La Iglesia, madre que vela por sus hijos

El cambio que Dios iba obrando en la vida de Toribio fue muy fuerte: era consciente tanto de la grandeza de la misión que le esperaba, como de la pequeñez de sus fuerzas. Sabía que sin Dios no podría cumplir con tan magno encargo.

Aquel descubrimiento espiritual lo impulsó a confiarle todo al Señor y a ponerse en sus manos amorosas. Partió rumbo a América con el corazón ardiendo de entusiasmo, pensando en compartir el tesoro que de Dios había recibido.

Al llegar al Perú, empezó a trabajar de inmediato en la restauración de la disciplina y el ordenamiento eclesiástico. En ese propósito, debido a su investidura episcopal, tuvo que enfrentar en varias ocasiones a conquistadores y miembros del clero limeño comprometidos -por acción u omisión- en injusticias o abusos contra los indígenas y los esclavos negros.

Su firme posición en pro de la justicia lo hizo blanco de muchas hostilidades, provenientes tanto del poder civil como eclesial. Para bien, ninguna pasó de ser una calumnia o un rumor malintencionado que llegó a ser aclarado. Así, el santo pudo persistir en la defensa de los desprotegidos a la voz de “a quien siempre se debe tener contento es a Cristo y no al Virrey” (Santo Toribio de Mogrovejo).

Que Cristo llegue hasta el último rincón

En los 27 años en los que estuvo al frente de la Iglesia de Lima (del 16 de mayo de 1579 al 23 de marzo de 1606), Santo Toribio mandó edificar iglesias, conventos y hospitales; fundó el primer seminario diocesano de América Latina en Lima, institución que hoy lleva su nombre.

Viajó por casi todo el territorio del virreinato del Perú, visitando ciudades, pueblos y caseríos, a pie o montado a caballo; casi siempre lo hizo solo, exponiéndose a enfermedades y peligros.

Su corazón de pastor auténtico y comprometido lo llevó a estudiar las lenguas y dialectos locales (principalmente quechua y aymara). El arzobispo quería estar de esta manera más cerca de los fieles originarios de América, aprender su cultura y anunciarles a Cristo con eficacia. Esta disposición favoreció muchísimo el incremento de las conversiones. Apoyó la creación de la escuela de lenguas nativas como parte de la Universidad de San Marcos, la primera universidad fundada en América.

Convocó tres concilios o sínodos provinciales y ordenó la publicación del catecismo en lenguas quechua y aymara. Celebró trece sínodos diocesanos que contribuyeron a difundir e implementar el Concilio de Trento en América, así como a mantener la independencia de la Iglesia del poder civil.

A los 68 años, el santo arzobispo cayó enfermo y murió el día de Jueves Santo, 23 de marzo de 1606. Siglos después, en 1983, el Papa San Juan Pablo II lo declararía Patrono del Episcopado Latinoamericano.

“Perú, tierra ensantada” (Papa Francisco)

Santo Toribio coincidió en tiempo y lugar con grandes santos (entre la segunda mitad del s. XVI y principios del s. XVII): Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, San Juan Macías y San Francisco Solano -los dos últimos, igual que él, nacidos en España-. A todos ellos los trató y conoció; e incluso, como fue en el caso de San Francisco Solano, lo unió cierta amistad. Nota aparte, de gran simbolismo, fue el hecho de que Santo Toribio de Mogrovejo confirmase a Santa Rosa de Lima, patrona de América y Filipinas.

Detalles como estos nos remiten a un contexto social en el que Cristo ocupaba el lugar central, un mundo que produjo el primer brote de santidad en América. Aquella fue una época en la que en Lima, la Ciudad de los Reyes, se respiraba un aire de fervor, mística y deseo de santidad. Por eso, es importante volver y conocer esta etapa de la historia de la Iglesia y apreciar cómo se constituyeron las raíces de la Evangelización de América. Esto debe ser inspiración para un continente que sufre distintas formas de pobreza y miseria, así como el embate de las ideologías. América debe volver a florecer.

¡Santo Toribio de Mogrovejo, ruega por nuestra América! ¡Intercede por los obispos del Continente americano!

Si quieres conocer un poco más sobre el gran arzobispo o sobre la Evangelización de América, te sugerimos estos artículos de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santo_Toribio_de_Mogrovejohttps://ec.aciprensa.com/wiki/La_Evangelización_de_América.

Cada 22 de marzo se recuerda a San Epafrodito, el amigo que lo arriesgó todo por San Pablo

Cada 22 de marzo se recuerda a San Epafrodito, el amigo que lo arriesgó todo por San Pablo

 

Amigos en el Señor

De acuerdo a la tradición, Epafrodito nació en Filipo, en la antigua Macedonia (Grecia). La historia lo señala como el que viajó desde su tierra natal rumbo a Roma para asistir a San Pablo durante su cautiverio entre los años 60 y 62 d.C.

En aquella oportunidad, Epafrodito llevó consigo la colecta realizada por la Iglesia en Filipo para asistir al Apóstol. Existe, sin embargo, una controversia sobre la fecha de dicho viaje. Algunos lo datan un poco antes, hacia el año 57, cuando San Pablo estuvo cautivo en Éfeso -y no en Roma- durante su tercer viaje misional.

“Hermano, colaborador y compañero de armas” (Flp 2,25)

De lo que no hay duda es del encuentro entre ambos personajes y, por supuesto, de la amistad que se profesaron. Como en aquella oportunidad Epafrodito cayó enfermo, San Pablo decidió enviarlo de vuelta a Filipo con una carta para los cristianos de la ciudad, en la que se refiere a él como “su hermano, colaborador y compañero de armas”.

En la misiva rogaba a sus queridos neófitos que recibieran a su compatriota con “gozo en el Señor”, puesto que Epafrodito había arriesgado todo por la misión que le fue encomendada, incluso estando al borde de la muerte:

Si deseas profundizar en la importancia de Epafrodito para la formación de la Iglesia, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica sobre la Carta a los Filipenses: https://ec.aciprensa.com/wiki/Epístola_a_los_Filipenses

Más información en el siguiente enlace: 

 

 

Cada 21 de marzo celebramos a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

Cada 21 de marzo celebramos a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

De humilde cuna

El nombre de pila de Santa María Francisca fue Anna María Gallo, una mujer nacida en Nápoles (Italia), hija de unos comerciantes que vivían en el antiguo barrio español de la ciudad, conocido por su precariedad. Dios le concedió a Maria Francisca el don de profecía, así como el de compartir los dolores de la Pasión y Muerte de Jesús. Los napolitanos le profesan una gran devoción y le atribuyen haber intercedido por ellos durante los bombardeos sufridos en la Segunda Guerra Mundial. Como signo de dicho favor, el barrio donde vivió permaneció intacto durante los ataques, a pesar de su fiereza.

Anna María Gallo nació el 6 de octubre de 1715. Empezó a trabajar desde muy niña, obligada por su padre quien poseía un taller de hilados y mercería; mientras tanto, su madre, una mujer muy piadosa, le leía libros sobre la fe cristiana y la llevaba a rezar a la iglesia de Santa Lucía de la Cruz. El párroco del lugar, admirado por su piedad y conocimiento del catecismo, le permitió que realice la Primera Comunión a los 8 años y que después de un año se convierta en catequista de niños.

Un padre violento

Al cumplir los 16 años, el padre de Maria Francisca decidió comprometerla en matrimonio con un joven rico, pero la joven se negó a aceptar el compromiso -le había prometido a Dios permanecer soltera y virgen para dedicarse a la vida espiritual y la salvación de las almas-.

Terciaria

El 8 de septiembre de 1731 María Francisca recibió el hábito de la orden terciaria franciscana y, contra lo que podía esperarse, pidió que la dejaran vivir en la casa familiar como religiosa. En el hogar, la joven se ocupaba de los quehaceres domésticos y las tareas más sencillas. A través de ellas iba compenetrando cada vez más su alma con Dios, en el servicio y la oración, haciendo de lo sencillo una ofrenda de amor. María Francisca empezó a caer en éxtasis, absorta en la meditación de los dolores del Señor. Varias veces, absorta en el arrebato místico, la Virgen María se le apareció para darle consuelo y hacerle algunos pedidos espirituales.

Tras la muerte de su madre, la santa abandonó la casa familiar y se mudó al campo en compañía de otras terciarias. Allí permaneció los siguientes 38 años de su vida, hasta su muerte. Fue una vida dedicada a la oración, la penitencia y el sacrificio, de constante celo por rescatar almas del purgatorio y lograr la conversión de los pecadores. Es en esta etapa donde recibiría los estigmas de Cristo.

Santa María Francisca de las Cinco Llagas murió santamente el 6 de octubre de 1791. Fue declarada venerable por el Papa Pío VII el 18 de mayo de 1803; después beata por Gregorio XVI (12 de noviembre de 1843) y finalmente proclamada santa por el Papa Pío IX, el 29 de junio de 1867.

¿Quieres saber más sobre las personas que han recibido los estigmas de Cristo? Puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Estigmas_místicos

 

Primicias Rurales

Fuente : aciprensa

Cada 20 de marzo celebramos a San Martín de Braga, el santo que rescató a su pueblo de la herejía

Cada 20 de marzo celebramos a San Martín de Braga, el santo que rescató a su pueblo de la herejía

San Martín de Braga profesó una devoción inestimable a San Martín de Tours, inspiración constante para su vida y a quien recuerda en el epitafio que adorna su sepultura en Braga:

«Nacido en Panonia, llegué atravesando los anchos mares y arrastrado por un instinto divino, a esta tierra gallega, que me acogió en su seno. Fui consagrado obispo en esta iglesia tuya, ¡oh glorioso confesor San Martín [de Tours]!; restauré la religión y las cosas sagradas, y habiéndome esforzado por seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín [de Braga], que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo».

Pisando las huellas del Salvador

La fecha exacta de su nacimiento no ha sido determinada con precisión, pero se cree que nació entre los años 510 y 520 en Panonia (hoy Hungría). De acuerdo a San Isidoro de Sevilla -su primer biógrafo-, la conversión de Martín al catolicismo se produjo cuando había alcanzado la madurez, alrededor del año 560.

Ilusionado con el descubrimiento de la fe en Cristo, Martín peregrina a Palestina marcado por la avidez de pisar, besar y tocar la tierra donde vivió Jesús. Inicialmente pensó quedarse allí por un tiempo breve, pero cambia de opinión para dedicarse más a la oración, la mortificación y al estudio de la Patrística (es decir, los textos de los Padres de la Iglesia).

Aquel reencuentro inesperado con sus raíces lo impulsó al siguiente paso: Martín cambia de plan y se dirige ahora a la ciudad de Bracara Augusta (Braga, Portugal) en calidad de misionero; Bracara (Braga) era la capital de la provincia romana de Galicia, que había pasado a ser la capital del reino suevo.

Alma indomable

San Martín de Braga, de acuerdo a San Isidoro, llegaría a Galicia por mar, proveniente del Oriente europeo. Allí se reencontró con los suyos, gentes que conocían algo de Cristo, pero que habían sido contaminados por el arrianismo (herejía que negaba la divinidad de Cristo) y el priscilianismo (doctrina ascética de raíces gnósticas que resultaba atractiva por sus críticas a la opulencia y al esclavismo, pero que encerraba los peligros del dualismo entre materia y espíritu, y se nutría de otras doctrinas como el Zodiaco, incompatibles con la fe).

No hay mejor compañía que un santo

La primera misión no consiguió el tan anhelado milagro, y el rey decidió enviar una nueva delegación, esta vez, con una ofrenda en oro y plata del mismo peso de su hijo; además, prometió rechazar la herejía si el santo de Tours le concedía el milagro. Entonces milagrosamente el jovencito recuperó la salud, así que el monarca cumplió con su palabra, lo que suscita la conversión de todo el pueblo suevo a la sana doctrina.

En medio de este proceso de purificación espiritual estuvo Martin, quien se había hecho fiel amigo y consejero del rey. Charrarico no hubiese abierto su corazón a la verdad sin el testimonio, la enseñanza y la oración de este santo. De esta manera, Martín fue también capaz de abrir el alma de los suevos a la verdad del Evangelio.

El arzobispo de Braga, Lucrecio, crearía una diócesis en Dumio, de la que Martin sería su primer obispo (556).

En Dumio, ciudad del reino de Braga, Martín fundó un monasterio -de allí que se le conozca también como “Martín Dumiense”-, que se convertiría en un centro espiritual desde el que se renovó la fe del pueblo de Dios. ¡Bien conocida tenía Martín la necesidad de la oración para extender el Evangelio! La Iglesia no puede mantenerse viva ni crecer sin oración.

Dumio floreció bajo la batuta de su nuevo obispo Martín. Posiblemente el santo conoció muy bien el estilo de Arlés, la región francesa, y se inspiró en ella en lo que respecta al urbanismo. Para la vida religiosa siguió la regla de San Benito. Era evidente que en Dumio los monjes se gobiernan al ritmo que marca el abad -y obispo- Martín de Dumio.

En el año 569, Lucrecio falleció y el convocado a reemplazarlo fue Martín, convirtiéndose en el nuevo arzobispo de Braga.

Encarga a su monje Pascasio la traducción de los Apothegmata Patrum [Las sentencias de los Padres], texto evidentemente patrístico, y él mismo traduce las Sententiae patrum Aegyptiorum [Las sentencias de los Padres egipcios]; escribe para los suyos otras obras de piedad, ascéticas y doctrinales, como la famosa Formula vitae honestae [Regla para una vida honesta] y De correctione rusticorum [Sobre la corrección de los sencillos] así como algunos tratados cortos llenos de sabiduría humana y espíritu cristiano.

San Martín de Dumio murió en Braga aproximadamente en el año 580.

¿Quieres conocer más de este santo? Te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Martín_de_Braga.

Primicias Rurales

Fuente Aciprensa

Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María y Santo Custodio de la Iglesia

Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María y Santo Custodio de la Iglesia

Buenos Aires, 19 de marzo (PR/26) .- Hoy, 19 de marzo, la Iglesia Católica celebra la ‘Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María’.

José, por designio divino, ocupa un lugar central en la fe católica, ya que Dios le concedió el privilegio y la bendición de estar al lado de la Virgen María y, junto a Ella, criar a su Hijo, esperanza de la humanidad. En su divino designio, Dios Padre le encomendó a José la ‘labor’ más importante: ser cabeza de la Sagrada Familia.

Santo Patrono

En virtud de la responsabilidad que le fue otorgada -cumplida a cabalidad- San José ha recibido innumerables patronazgos. El más importante de ellos es el que ejerce sobre toda la Iglesia: el Beato Papa Pío IX proclamó a San José “Patrono de la Iglesia Católica” mediante el decreto Quemadmodum Deus [Del modo en que Dios] del 8 de diciembre de 1870. Y es que José fue el custodio de la semilla misma de la Iglesia, el hogar de Nazareth.

A este patronazgo se suman los incontables que el santo posee alrededor del mundo y en todas las épocas: comunidades religiosas, instituciones (tanto eclesiales como civiles) e incluso sobre naciones enteras -como es el caso del Perú-. Como dato llamativo, cabe mencionar que muchas ciudades alrededor del globo llevan su nombre.

Por otro lado, quien fuera Padre de Jesús en la tierra es también el ‘santo patrono de la buena muerte’, un patronazgo quizás menos conocido, pero que también vale la pena tener presente.

Una misión

Quiso Dios que el amor del corazón de José de Nazareth se volcara sobre María al punto de elegirla como esposa. Ese amor que Dios inspiró se fue perfeccionando poco a poco a lo largo de la vida adulta del santo, incluso en momentos muy difíciles, llenos de incertidumbre, en los que tuvo que aferrarse a la Providencia.

Así, el humilde carpintero se vio impulsado a abrirse paso a través de un mar de dudas, acogiéndose con confianza a la gracia divina. José, una vez de la mano del que todo lo puede, no miró más atrás.

Ser la sombra del Padre

Frente a ella, sin embargo, José respondió con fe, obediencia, valor y sencillez. No hizo aspavientos, ni buscó reconocimientos. Muy por el contrario, confió en Dios y puso manos a la obra -y ¡vaya que le costó!-.

Lo suyo no fue ocupar un lugar protagónico; por eso, su ‘puesto’ y sus ademanes recuerdan lo contemplativo, no en vano se le conoce como el ‘Santo del Silencio’. Siempre llamará la atención ese contraste entre lo que le fue requerido y lo ‘poco’ que aparece en el relato bíblico. Y todavía más: no se conoce palabra alguna que haya salido de su boca -sabemos que los Evangelios no recogen nada al respecto-.

Eso sí, quedan de manera prístina sus obras, su fe y su amor -las que influenciaron en Jesús y forjaron su carácter, las mismas virtudes que cimentaron su santo matrimonio-.

Esposo y Custodio

Basta recordar su confusión inicial al enterarse de que María estaba encinta. Basta recordar que, superando sus dudas y temores, la acompañó durante su embarazo como hacen los buenos esposos; y a poco de que Ella diera a luz, sintió angustia por no encontrar un lugar apropiado para que nacería su hijo por adopción, nada menos que el Salvador de la humanidad.

Basta detenerse un poco y contemplar con él el misterio que se presentaba ante sus ojos: el Hijo de Dios, encomendado a sus cuidados, nacía en un establo y, a los pocos días, tendría que llevárselo fuera del país rumbo a Egipto.

Fue José quien tuvo que organizar aquella huida -como si hubiese cometido algún delito-, luchando por no distraerse y solo pensar en su objetivo: poner a Jesús a buen recaudo, lejos de la mano asesina de Herodes.

Paternidad real y ejercida

Como José era carpintero, no pudo darle ningún lujo a Jesús en los años de su infancia, y, sin habérselo propuesto, lo hizo convivir con la pobreza. Si los ojos de José no hubiesen sido los de la fe, no sería posible entender siquiera el porqué de su firmeza ni cómo libró las pequeñas o grandes batallas que pudieron surgir en su interior.

Y es que San José fue hombre de oración y no solo de acción. Por eso no hubo límite alguno a la hora de entregar su amor: José le dedicó todo el tiempo posible a Jesús y hasta le enseñó su profesión.

Con toda seguridad, las atenciones del santo carpintero fueron más que suficientes para que Jesús conociera el cariño y la guía de un padre.

En ese sentido, el Señor tuvo un padre ejemplar; uno de esos que no se guardan nada para sí y que lo entregan todo.

José, al mismo tiempo, se dejó educar y guiar. Así, aprendió a comprender al hijo cuando la misión apremiaba, como aquella vez en la que Jesús se extravió y lo encontró enseñando en el templo. ¡Hasta en eso José fue desprendido y generoso!

El hogar de Nazareth fue, pues, un auténtico cenáculo de amor, vivido en perfecta presencia divina. Allí pasó José sus mejores años, en trato directo con la fuente de todo amor. ¡Dios conviviendo con él bajo el mismo techo! ¡Cuántas veces su mirada debe haberse cruzado con la de Jesús! ¡Cuántas veces debe haberse quedado contemplando la grandeza de Dios presente en Jesús niño, después adolescente y mientras se hacía hombre pleno! ¡Y cuántas las veces en que hablaron de padre a hijo y compartieron experiencias!

Dios, en su humildad infinita, quiso dejarse educar mansamente por el santo carpintero, mientras éste se dejaba también educar por su propio hijo, a través de sus palabras y sus gestos.

¡Asísteme en la hora de la muerte!

Hay mucho de maravilloso y ejemplar en la figura de San José. Cualquier padre que quiera amar como Dios manda encuentra en él un modelo y un poderoso intercesor. No obstante, hay algo más: San José ha sido llamado ‘patrono de la buena muerte’.

La razón para ello es profunda aunque no deja de estar envuelta por el misterio. Lo más seguro es que el carpintero de Nazaret tuvo la dicha de morir acompañado y consolado por Jesús, Dios hecho hombre, y por María, su esposa y la Madre del Redentor.

Santa Teresa de Jesús y la devoción a San José

La Iglesia Católica tiene a San José como ‘santo patrono’ y protector desde siempre. Como se señaló antes, esa misión especial fue explicitada de manera oficial por el Papa Pío IX en 1847.

Ya Santa Teresa de Ávila había profundizado y difundido la devoción al Santo Custodio a consecuencia del milagro de la recuperación de su salud, obtenido por su intercesión. Teresa solía decir: «Otros santos parecen que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo».

En otro momento la santa continúa: “Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir».

La varita de San José

Una tradición popular cuenta que doce jóvenes pretendieron casarse con María y se presentaron ante ella cada uno con un bastón de madera en la mano, a la usanza de la época. De pronto, cuando la Virgen debía escoger entre todos ellos, el bastón de José -que era uno de los pretendientes- floreció milagrosamente.

Los ojos de María, en ese momento, se fijaron en él. Se dice que esta es la razón por la que al santo se le suele representar con una ‘vara florecida’ en las manos. La varita de San José es por esto también símbolo de pureza.

¡San José, casto esposo de la Virgen María, ruega por nosotros!

San José Dormido a ti te pedimos

Como bien relata el Evangelio de hoy el Cielo le comunicaba su misión a través de un ángel que se le aparecía mientras dormido. Fue en cuatro ocasiones. Por eso está la devoción a San José Dormido con una oración que podemos rezarle durante 30 días a partir de una petición que le formulemos al santo más importante de todos.

 

 

 Escribe en un papel el problema, deuda o situación difícil que te preocupa.

Colócalo bajo el santo: Pon el papel debajo de una imagen o estatua de «San José Dormido».

Ten perseverancia y paciencia en la oración.

 

¿Quieres profundizar en la figura de San José y aumentar tu devoción a él? Puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_José.:

 

 

Primicias Rurales

Fuente: Aciprensa