Hoy 18 de septiembre celebramos a San José de Cupertino, el santo que podía volar

Hoy 18 de septiembre celebramos a San José de Cupertino, el santo que podía volar

 

 

Buenos Aires, viernes 18 de septiembre (PR/26) .- Cada 18 de septiembre, la Iglesia celebra a un santo cuyo legado empieza con la virtud de la humildad, la confianza en la oración y la determinación: San José de Cupertino (1603-1663), en italiano, Giuseppe da Copertino, nacido Giuseppe María Desa.

¡No te canses de rezar!

“Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el Cielo es de bronce. Todo el que le pide, recibe”, decía este gran franciscano, expresando de manera inmejorable cuánto había hecho Dios en su vida gracias a su oración perseverante.

Como muestra, basta este “pequeño” detalle: José nunca fue bueno en los estudios, pero a pesar de esta dificultad, de Dios recibió las fuerzas y la luz necesarias para seguir adelante. Por eso hoy -y no por azar- se le considera patrono de los estudiantes, en especial de los que pasan por problemas académicos.

“Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil 4, 13)

Giuseppe María -José María, su nombre de pila- nació en 1603, en el pueblo de Cupertino, región de Lecce (Reino de Nápoles, hoy Italia), en el seno de una familia muy humilde.

A pesar de estos “fracasos”, José se animó a hacer un nuevo intento. Esta vez con los frailes capuchinos, quienes sí lo recibieron en calidad de hermano lego.

Sin embargo, contra lo que podía esperarse después de tanto luchar, José terminó siendo expulsado del convento al cabo de unos meses. La razón: era muy distraído, y sus superiores lo denunciaron por “ineptitud”. Sus biógrafos suelen dar cuenta de su torpeza: dejaba caer constantemente los platos que llevaba al comedor, se olvidaba los encargos asignados y parecía que siempre estaba abstraído, fuera del mundo, pensando en cualquier cosa.

Ser santo es saber ponerse de pie

San José de Cupertino, entonces, buscó refugio en casa de un familiar adinerado. Pese a la acogida inicial, este también terminaría echándolo a la calle, frustrado por sus continuos yerros. Tras esto, José dejó confirmados con creces los rumores que lo señalaban como “un bueno para nada”. Es entonces que su madre intervino y fue a rogarle a un pariente suyo, un fraile franciscano, que recibiera al muchacho como mandadero de su convento.

Esta vez, José sería aceptado como obrero: como no era bueno para los mandados fue enviado a trabajar en el establo. Y, para sorpresa de muchos, no le fue tan mal. Algo había pasado: a golpes, en su todavía corta vida, San José había quedado firmemente sujeto a la cruz, su ancla y su cimiento. A partir de entonces, el muchacho empezaría a desempeñarse cada vez mejor, mostrando incluso destreza para su noble oficio.

Eso le ganó, poco a poco, el aprecio de los religiosos del convento, quienes empezaron a considerarlo como alguien ejemplar. Sus muestras de humildad y amabilidad, adornadas de espíritu de penitencia y presencia constante de Dios merecieron una reconsideración entre los franciscanos, quienes en 1625 -cuando el santo tenía unos 22 años- lo admitieron en el convento por votación unánime.

“Vida eterna a los que perseveran en hacer el bien” (Rom 2, 6)

Al poco tiempo, los frailes mayores determinaron que José estudiase para ser sacerdote. Sin embargo, en los exámenes y evaluaciones, José parecía incapaz de salir airoso. Preso de los nervios por lo poco dotado de claridad para expresarse, la mayoría de veces se quedaba en silencio frente a sus maestros, con la mente en blanco.

Así llegó el día del inicio de las pruebas finales, y el examinador anunció que abriría la Biblia y leería un pasaje al azar para escuchar la interpretación del estudiante. José estaba aterrorizado esperando su turno.

No obstante, la Providencia quiso que el pasaje escogido para examinar a Fray José fuera el único que era capaz de explicar adecuadamente. Fue aquel del Evangelio de Lucas que hace referencia a la Madre de Dios y que rezamos en el Avemaría: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

En la última prueba -el examen definitivo para definir quiénes serían ordenados-, el obispo a cargo de la evaluación comenzó a preguntar a los primeros frailes del grupo en el que estaba José. Como todos fueron respondieron muy bien, el prelado decidió no seguir examinando al resto porque no lo consideró necesario. San José -el siguiente de la lista de candidatos-, se libró, sin pretenderlo, de la prueba.

El que menos diría que se trató de un “golpe de suerte”, pero quizás no fue así. Pareció, más bien, que Dios quiso aligerarle el día al santo, quien había hecho todos los esfuerzos posibles para llegar bien preparado.

Patrono de los estudiantes

Por su compromiso con el estudio, y no por algún resultado brillante, este santo es considerado el patrón de los estudiantes, especialmente de aquellos que se encuentran en dificultades académicas.

El 18 de marzo de 1628, Fray José fue ordenado sacerdote, muy consciente de que no tenía cualidades especiales para predicar ni enseñar, pero sí el amor debido a la Eucaristía. Decidió también por eso, de manera especial, apuntalar su sacerdocio con penitencias y oraciones por los pecadores.

“¡Quién me diera alas como de paloma!” (Sal 55, 6)

Fue en esa ruta espiritual como San José llegó a abrazar la vida mística. Caía en éxtasis constantemente y en ocasiones sus hermanos lo vieron levitar. Incluso fue visto volando como si de un ave se tratase, yendo de un lado a otro para atender necesidades espirituales de los fieles.

En el libro de la causa de canonización de San José de Cupertino consta que fueron numerosos los testigos que presenciaron los hechos sobrenaturales mencionados. Entre estos se cuenta el del Papa Urbano VIII (p. 1623-1644) y el del príncipe protestante Juan Federico, duque de Brunswick-Luneburgo (1625-1679), quien gracias a Fray José se convirtió al catolicismo.

“Volaría y hallaría reposo” (Sal 55, 6)

San José de Cupertino partió a la Casa del Padre el 18 de septiembre de 1663. Fue beatificado en 1753 por Benedicto XIV y canonizado en 1767 por Clemente XIII.

Es el santo patrono de los viajeros de avión, de los aviadores, de los que tienen alguna discapacidad mental y de los estudiantes que rinden exámenes.

Si quieres saber más sobre este gran santo, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Jos%C3%A9_de_Cupertino.

 

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a San Roberto Belarmino, apasionado defensor de la verdad y de la Iglesia

Hoy celebramos a San Roberto Belarmino, apasionado defensor de la verdad y de la Iglesia

 

 

Buenos Aires, jueves 17 de septiembre (PR/26) .- Cada 17 de septiembre la Iglesia recuerda a San Roberto Belarmino (1542-1621), arzobispo y cardenal, hombre de gran celo apostólico y sabiduría, quien enfrentó con singular firmeza algunos de los momentos más difíciles por los que ha pasado la Iglesia a lo largo de su historia.

Solo hace unos años, en 2021, se celebró el cuarto centenario de su muerte, acontecida el 17 de septiembre de 1621; así como los 90 años desde que fue incluído en la lista de Doctores de la Iglesia, el 17 de septiembre de 1931.

Por el camino estrecho

“Considera auténtico bien para ti lo que te lleva a tu fin, y auténtico mal lo que te impide alcanzarlo”, escribió alguna vez Belarmino, dejando entrever la importancia de buscar siempre los designios de Dios para la propia vida, de manera que el alma pueda recorrer el camino dispuesto por Dios para alcanzar la felicidad, la plenitud y la santidad.

San Roberto fue un valiente defensor de la Iglesia Católica ante quienes quisieron destruirla o dañarla. Eran los tiempos de la Revuelta Protestante, y, contra lo que generalmente se piensa, puede que los enemigos más peligrosos no estuvieran “fuera de la Iglesia” sino dentro. Una profunda crisis del clero y de buena parte de la jerarquía debilitaba el catolicismo desde su propio centro.

No hay mayor tesoro que Cristo

Ya ordenado, se desempeñó como profesor y formador de novicios. Belarmino se sentía muy a gusto como jesuita pues le permitía dedicarse a sus dos grandes pasiones: la oración y el estudio. Pensaba, para sus adentros, que así podría evitar pesados cargos eclesiales o jerárquicos; aunque, como después quedaría en evidencia, ya Dios tenía pensado otro camino para él.

El joven Padre Belarmino amaba profundamente el saber y gustaba mucho de la prédica. Dadas sus dotes naturales para esos menesteres, se afanaba por hacer de sus escritos y homilías auténticas piezas de erudición -manejaba muy bien a los clásicos y era un gran conocedor de la Biblia- hasta que descubrió que la riqueza del mensaje de la Iglesia no reside en los adornos o exuberancias retóricas, sino en mostrar con sencillez y profundidad a la persona de Cristo. Precisamente, con ese espíritu humilde escribió algunas de las versiones más acabadas que existen del catecismo.

Contra el error, la caridad

San Roberto combatió varias herejías y se convirtió en uno de los más fuertes impulsores del movimiento de la Contrarreforma. Lo suyo no fue precisamente lo que hoy llamaríamos “corrección política”: a los protestantes los trataba simplemente de “herejes”; mientras que sus afanes por dar a conocer la recta doctrina no brotaron ni del desprecio del otro, ni de una falsa conciencia superior. Belarmino solo tenía un “problema”: al error le llamaba “error”, sin ambages ni escrúpulos.

Entre otras responsabilidades, el P. Belarmino sirvió en la curia romana como consultor y prefecto en varios dicasterios. De hecho, debido a sus cargos tomó parte en los procesos que se les siguieron a Galileo Galilei (1564-1642) y Giordano Bruno (1548-1600), en los que actuó con prudencia, caridad y celo por la verdad.

Buen hijo, buen siervo de la Iglesia

Las enseñanzas de su madre en torno a la humildad y la sencillez repercutieron en su forma de ser, especialmente cuando Roberto entendió de veras que su tesoro estaba en Cristo y no en el reconocimiento o el aplauso de la gente.

Si desde un punto de vista humano podría decirse que sus talentos lo ubicaron en una posición ‘ascendente’ o ‘expectante’ -formado por el mismísimo San Francisco de Borja, luego ordenado con celeridad y, a pedido del Papa, puesto a cargo de la preparación de los sacerdotes de Roma para que aprendieran a enfrentarse a los enemigos de la fe-, sobre su corazón siempre pesaron más las invocaciones de su madre para que pusiera todo de sí, al servicio de quien más lo necesita.

Con la mirada puesta en Roma

Como fruto del encargo papal, Belarmino publicó Controversias, libro que llegó a ser de lectura obligatoria para apologistas y teólogos deseosos de esclarecer las confusiones doctrinales que la expansión de las Iglesias protestantes trajo consigo. Entre quienes se reconocieron influenciados por este notable texto estuvo nada menos que San Francisco de Sales (1567-1622).

San Roberto dirigió una edición revisada de la Biblia (Vulgata) y redactó dos versiones del Catecismo de la Iglesia Católica: el Catecismo resumido y el Catecismo explicado. Ambos textos fueron traducidos a varios idiomas y se les consideró de uso común hasta el siglo XIX. Asimismo, el santo se desempeñó como director espiritual por años sirviendo a distintos tipos de personas. Quizás el más célebre de sus dirigidos haya sido San Luis Gonzaga (1568-1591).

Por razones como esta, San Roberto Belarmino, a pesar de pertenecer a la Compañía de Jesús y haber prometido no aspirar a cargos eclesiales, fue nombrado arzobispo; y no solo eso, sino que años más tarde llegaría a ser creado cardenal.

El Papa Clemente VIII, el 3 de marzo de 1599, declaraba frente a la curia: “Hemos elegido a este hombre porque no hay en la Iglesia de Dios alguien que se le iguale en deseo de aprender”.

Belarmino le había rogado a sus superiores que impidieran que los deseos papales se realicen, pero el Papa no se dejó persuadir y le ordenó -cuenta la leyenda, bajo amenaza de excomunión- que permaneciera callado durante la ceremonia en la que fue creado cardenal.

“He combatido el buen combate” (2 Tim 4, 7)

Poco antes de morir, el santo escribió en su testamento que sus pertenencias deberían ser repartidas entre los pobres; aunque la verdad era tan poco lo que tenía que al final lo dejado solo alcanzó para costear su funeral. Al momento de su muerte, San Roberto se hallaba retirado en el noviciado de San Andrés en Roma. Desde allí partió a la Casa del Padre el 17 de diciembre de 1621.

El Papa Pío XI lo beatificó en 1923 y lo canonizó en 1930. El 17 de septiembre de 1931 -un año después de su canonización- fue declarado Doctor de la Iglesia por el mismo Pontífice.

La obra de San Roberto Belarmino es extensísima, solo comparable con la de santos como San Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino.

No obstante, al margen de tan llamativa consideración, el santo escribió en su libro De ascensione mentis in Deum (Sobre la elevación de la mente a Dios): “El sabio no debe ni buscar acontecimientos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores y ultrajes, vida y muerte, ni huir de ellos de por sí. Son buenos y deseables sólo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna; son malos y hay que huir de ellos si la obstaculizan”.

¡San Roberto Belarmino, ruega por nosotros!

Si deseas conocer más sobre San Roberto Belarmino, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Roberto_Bellarmine.

Más información:

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a los santos Cornelio y Cipriano, a quienes recordamos en la Santa Misa

Hoy celebramos a los santos Cornelio y Cipriano, a quienes recordamos en la Santa Misa

Buenos Aires, miércoles 16 septiembre (PR/26) — Cada 16 de septiembre la Iglesia celebra al Papa San Cornelio (c.180-253) y al Obispo San Cipriano (c. 200-258), dos amigos en Cristo preocupados por preservar la verdad de su mensaje.

Juntos se opusieron a los errores, confusiones y herejías que empezaron a difundirse desde los inicios de la era cristiana y que minaron la salud espiritual de muchos miembros de la Iglesia. Ambos concluyeron sus vidas coronados con las palmas del martirio.

 

El Papa Cornelio

Cornelio, cuyo nombre significa “fuerte como un cuerno”, fue el vigésimo primer Papa de la Iglesia Católica. Afrontó con firmeza la herejía de Novaciano, teólogo que proclamaba que la Iglesia no tenía el poder suficiente para perdonar los pecados más graves.

Para este teólogo y sus seguidores, aquellos llamados “lapsi”, en latín, ‘los que han tropezado’, no podían ser absueltos por autoridad eclesiástica alguna de aquellas faltas consideradas extremadamente graves. Eso equivalía a que la Iglesia no estaba autorizada para perdonar ni acoger de nuevo a quienes, por ejemplo, habían incurrido en apostasía.

Ciertamente, a causa de la crueldad de las persecuciones, muchos cristianos habían abandonado la fe o abjuraron de esta (el pecado de apostasía) por temor a las amenazas del poder temporal: torturas, prisión o la muerte.

No obstante, no fueron pocos los que habiendo negado a Cristo reconocieron su falta y pidieron ser admitidos nuevamente en el seno de la comunidad cristiana.

El Papa Cornelio fue el primero en alzar su voz contra Novaciano (210-258). El Pontífice sostuvo que el ‘novacianismo’ resultaba herético, puesto que Dios no negaba a nadie su perdón y que no existía falta que no pudiese ser resarcida por su amor misericordioso. En consecuencia, la ‘autoridad de perdonar los pecados’ podía ser ejercida por un ministro calificado.

Cornelio terminó excomulgando a Novaciano, quien no quiso rectificarse y eligió con sus seguidores el camino del cisma, convirtiéndose en ‘antipapa’ entre los años 251 y 258 al fundar ‘la Iglesia de los puros’.

Cipriano, obispo de Cartago

Entre quienes apoyaron al Papa Cornelio en su doctrina sobre el perdón estaba San Cipriano, obispo con quien tenía una estrecha amistad.

Cipriano, quien se encontraba a la cabeza de la sede de Cartago (hoy Túnez), respaldó públicamente la postura pontificia en contra de Novaciano, por lo que se hizo de enemigos y detractores.

El único y verdadero sacrificio

Vale precisar que el Papa Cornelio no sólo tuvo que sufrir por la controversia con Novaciano y sus intransigentes seguidores, ‘los puros’ (katharoi) o ‘cátaros’: los suyos fueron los tiempos de otra sangrienta persecución, esta vez, organizada por el emperador romano Decio (249-251).

Cornelio fue enviado primero al destierro y más tarde, en el año 253, tomado prisionero y condenado a muerte por decapitación.

Por su parte, Cipriano, en Cartago, padeció también los duros años de la persecución de Decio y, tras la muerte de éste, tuvo que sufrir una nueva ola de violencia anticristiana organizada por su sucesor, Valeriano.

Cipriano fue condenado a muerte por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, así como por resistirse a la prohibición de celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos. Él, al oír su sentencia, exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!”. Como Cornelio, Cipriano murió decapitado en septiembre del año 258.

 

“Gracias sean dadas a Dios”

 

Los dos amigos, unidos por Cristo en la misión pastoral, padecieron por causa de la fe y dejaron un testimonio de fidelidad a la Verdad revelada, un testimonio que sellaron con su propia sangre.

Los nombres de Cornelio y Cipriano son parte de la liturgia, específicamente se les menciona en la Plegaria Eucarística I del Canon Romano, al lado de otros santos y mártires de los primeros siglos del cristianismo.

…

Si deseas saber más sobre el Papa San Cipriano, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Cornelio.

Sobre San Cipriano, obispo, y el novacianismo: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Cipriano_de_Cartago.

 

 

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Fuente: ACI Prensa

 

Hoy celebramos a Nuestra Señora de los Dolores, Madre de todos los consuelos

Hoy celebramos a Nuestra Señora de los Dolores, Madre de todos los consuelos

 

 

Como toda buena madre, María también está al lado del resto de sus hijos, los hombres, especialmente cuando estos sufren.

Jesús y María unidos en el dolor salvífico

La sucesión de ambas efemérides -la Exaltación de la Cruz y Nuestra Señora de los Dolores- tiene un significado profundo: es una invitación a meditar en torno al misterio del dolor que unió las vidas de Jesús y de María para redención del género humano.

No en vano, la Iglesia enseña que meditar en los dolores de nuestra Madre ayuda a comprender mejor el sacrificio de Cristo, a que cualquiera, si se dispone, pueda acercarse más a su Santísimo Corazón, de manera que todo corazón pueda quedar transformado por su amor sacrificial.

Poder acercarnos a María en sus horas difíciles -las de la Pasión de su Hijo- es la oportunidad por excelencia para compadecernos de Ella y acompañarla como buenos hijos. Más aún, si somos conscientes de que Ella sigue sufriendo a causa de nuestros pecados. Hoy y siempre Dios quiere que consolemos a su Madre.

La devoción a la Virgen de los Dolores -también conocida como la Virgen de la Amargura, la Virgen de la Piedad o, simplemente, como la “Dolorosa”- viene desde antiguo. Esta puede remontarse incluso hasta los orígenes de la Iglesia, allí cuando los cristianos recordaban los dolores del Señor, siempre asociados a los de su Madre Santa María, como consta en los Evangelios.

Sin embargo, es necesario precisar que la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, la Mater Dolorosa, cobra forma e impulso recién a finales del siglo XI. Muchas décadas después, hacia 1239, en la diócesis de Florencia (Hoy Italia), los servitas (Orden de frailes Siervos de María) fueron los primeros en destinar un día del año para conmemorar a la Virgen en su sufrimiento.

El día escogido fue el 15 de septiembre; fecha que quedaría oficializada a inicios del siglo XIX (1814) por el Papa Pío VII, quien le concedió el rango de fiesta.

La Dolorosa, los santos y una promesa

Esta hermosa devoción ha sido alentada por muchos santos a lo largo de la historia, incluso con el patrocinio directo de la Santísima Madre de Dios, en virtud a la autoridad que su Hijo le ha concedido.

Es así que, por ejemplo, la Virgen María se le presentó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373) para comunicarle lo siguiente: “Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos… Por eso tú, hija mía, no te olvides de mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios”.

La Madre de Dios prometió -también a través de Santa Brígida- que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen rezando diariamente siete avemarías mientras meditan en sus lágrimas y dolores.

Por su parte, San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) enseñaba que Jesucristo reveló a Santa Isabel de Hungría (1207-1231) que Él concedería cuatro gracias a los devotos de los dolores de su Santísima Madre.

Oración de petición

Madre, déjanos acompañarte en tu dolor y alivia con tu ternura los nuestros.
¡Déjanos estar a tu lado, Madre dolorosa!
Y que tu Hijo santifique el dolor que hoy nos embarga.
¡Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros!

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Fuente: Aciprensa
Hoy se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Hoy se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

El 14 de septiembre se celebra la Exaltación de la Santa Cruz, conmemorando el hallazgo del santo madero por Santa Elena y su posterior rescate e instauración litúrgica.

Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre / ACI Prensa

 

 

Buenos Aires, lunes 14 septiembre (PR/26) — Cada 14 de septiembre se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, día en que recordamos y honramos la cruz en la que murió nuestro Señor Jesucristo. La contemplación de aquel madero, en el que nuestro Salvador vertió su preciosísima sangre, es puerta abierta al misterio del amor divino, derramado sin medida sobre el género humano.

La cruz de Cristo, enseñaba el Papa San Juan Pablo II, es la cruz “en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el amor, para vivir eternamente”.

 

Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre / ACI Prensa

 

14 de septiembre

De acuerdo a la tradición, en el siglo IV, la emperatriz Santa Elena -madre del emperador Constantino- tras una intensa búsqueda, encontró en Jerusalén el madero en el que murió Jesucristo, el Hijo de Dios.

La reliquia permanecería en la ciudad hasta que, hacia el año 614, sería sustraída por los persas en calidad de ‘trofeo de guerra’. Años más tarde, el emperador romano de Oriente, Heraclio (emperador entre 610 y 641), rescató el santo madero por lo que pudo ser enviado de retorno a la Ciudad Santa, Jerusalén, el 14 de septiembre de 628.

Desde entonces, cada 14 septiembre se recuerda y celebra dicho suceso, instituido luego como festividad litúrgica.

¡Ante la cruz, despojaos de todo!

Para celebrar el retorno de la Santa Cruz a Jerusalén, Heraclio dispuso que fuese llevada en solemne procesión. Él acompañaría personalmente el cortejo, revestido de todos sus ornamentos imperiales. Curiosamente, estos llegaron a ser tantos y tan pesados que se le hizo imposible avanzar sobre el camino.

Entonces, el Arzobispo de Jerusalén, Zacarías, le dijo: «Es que todo ese lujo de vestidos que lleva están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles».

Dice la tradición que el emperador de inmediato se despojó de su lujoso manto y su corona de oro y, descalzo, empezó a caminar, más ligero, por las calles, acompañando la santa procesión.

Protegidos por una señal

En las narraciones de las vidas de los santos se cuenta que San Antonio Abad (251-356) hacía la señal de la cruz cada vez que era atacado por el demonio con horribles visiones y tentaciones.

La señal bastaba para que el enemigo huyera. Así, los cristianos adoptaron la costumbre de santiguarse para pedir la protección de Dios ante la presencia del mal y los peligros que acechan.

 

En España y América

Hoy, de manera especial, la Cruz está presente en nuestra mente y corazón, tan presente como lo está en la vida de Hispanoamérica: arraigada en lo más profundo de nuestra historia y tradiciones.

Para ello, basta recordar cuántas montañas, al lado de nuestras ciudades, valles y caminos, están coronadas con una cruz; como coronadas están también nuestras iglesias, capillas o campanarios. Baste mirar la cúspide de los edificios, escuelas u hospitales, así como dirigir la mirada con devoción hacia las paredes o rincones de nuestros hogares.

La cruz, signo de muerte e ignominia, fue transformada en el signo de amor, esperanza y salvación por antonomasia.

Llevemos la cruz, signo redentor, siempre cerca del corazón.

¡Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!

 

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Fuente: ACI Prensa
Hoy celebramos a San Juan Crisóstomo, patrono de los predicadores

Hoy celebramos a San Juan Crisóstomo, patrono de los predicadores

 

 

 

Buenos Aires, domingo 13 septiembre (PR/26) — Cada 13 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Juan Crisóstomo (347-407), «Boca de oro», patriarca de Constantinopla, Padre y Doctor de la Iglesia, patrono de los predican el Evangelio.

El apelativo “crisóstomo” empezó a usarse para hablar de Juan de Antioquía -nombre con el que se le conocía al santo- aproximadamente un siglo después de su muerte, como un reconocimiento a su elocuencia, a la belleza y profundidad de su predicación, y a la potencia retórica de sus escritos.

 

‘Boca de oro’

“Crisóstomo” puede traducirse como “boca de oro” (yuxtaposición de dos términos griegos: chrysós, ‘oro’, y stoma, ‘boca’). San Juan de Antioquía fue obispo (patriarca) de Constantinopla y es considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. Al mismo tiempo, se le ha reconocido habitualmente como uno de los más excelsos oradores de todos los tiempos.

Pastor recto y solidario

San Juan Crisóstomo nació en Antioquía en el año 347, y se bautizó a los 23 años.

Animado por la buena reputación de Juan, Arcadio -emperador romano de Oriente- solicitó a Teófilo, Patriarca de Alejandría, que lo nombrara obispo de Constantinopla. Como pastor se dedicó a enseñar la recta doctrina, con el celo y cuidado debidos, al tiempo que criticó duramente las formas judaizantes del cristianismo, así como los lujos e indiferencia de los emperadores frente a los pobres. Se deshizo de bienes superfluos adquiridos irresponsablemente por algunos miembros de la Iglesia, y con las riquezas obtenidas atendió las necesidades de muchos postergados.

Exigió vestir con sencillez a los sacerdotes y monjes, así como comer con moderación; pidió recato a las mujeres y, a todos, piedad dentro de los templos. Asimismo, se preocupó por la formación catequética de los fieles.

 

Protector de los pobres, las mujeres y las familias

Recordaba el Papa Benedicto XVI en audiencia general del 26 de septiembre de 2007:

“Por su solicitud en favor de los pobres, San Juan fue llamado también ‘el limosnero’. Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su espíritu emprendedor en los diferentes campos hizo que algunos lo vieran como un peligroso rival…

… Sin embargo, como verdadero pastor, trató a todos de manera cordial y paterna. En particular, evidenció un profundo respeto a la mujer y dedicaba una atención especial al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial”.

La firme actitud de Crisóstomo y su celo pastoral le causaron roces con gente influyente e incomprensiones entre los propios cristianos. Es verdad que se hizo de enemigos poderosos -entre los que estuvo Eudoxia, esposa del emperador Arcadio-, pero fundamentalmente del cariño y el respeto del pueblo cristiano. Vivió sus últimos días en el destierro y murió el 14 de septiembre de 407.

Quienes lo acompañaron en su agonía testificaron sus últimas palabras: “Sea dada gloria a Dios por todo”.

 

Un mensaje para el sacerdote de hoy: “¡Tu servicio es el más grande!”

Dijo San Juan Crisóstomo:

“Si te encuentras en el camino con un sacerdote y un ángel, ve a besar la mano del sacerdote, ya que los ángeles, aunque quieren ser capaces de administrar el Sacramento de la Eucaristía, no pueden; ya que esto es propio sólo de seres humanos”.

Querido San Juan Crisóstomo, ¡ruega por nosotros! ¡Intercede por todos tus hijos sacerdotes!

…

Si deseas profundizar en la vida y obra de San Juan Crisóstomo, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Juan_Cris%C3%B3stomo.