Hoy celebramos a Santa Isabel de Hungría, la princesa que se hizo sierva de todos

Hoy celebramos a Santa Isabel de Hungría, la princesa que se hizo sierva de todos

Gracias a su fortuna construyó un hospital donde ella misma atendía a los enfermos y dio cuanto dinero pudo para ayudar a quienes lo requerían. Por esta razón, tras su canonización, Isabel se convirtió en símbolo de la caridad cristiana en muchos lugares de Europa.

Una jovencita de temple: generosa, amable y paciente

Isabel de Hungría nació en Sárospatak o Presburgo (Reino de Hungría) en 1207, y fue dada en matrimonio a Luis I, landgrave [príncipe] de Turingia-Hesse. Dado que su destino sería ese -formar parte de la Corona- desde temprana edad Isabel fue enviada al castillo de Wartburg para ser educada en la corte de Turingia.

Allí soportó pacientemente la pena de haberse separado de su familia, así como las incomprensiones e intrigas palaciegas, las que enfrentó con todo el ánimo amable posible y oración constante. Esas disposiciones de espíritu, justamente, le ayudaron a ganarse el cariño y respeto de muchos, empezando por la gente del pueblo.

Ser esposa y madre

El matrimonio entre Luis I e Isabel se produjo apenas Luis heredó el principado de Turingia. Dios regaló a la joven pareja tres hermosos hijos y un hogar feliz. El rey, que veía cuán generosa y desprendida era su esposa, no ponía mayor impedimento para sus obras de caridad y la dejaba repartir incluso bienes de la casa real entre los pobres.

Se dice, también, que Luis cuidaba cariñosamente de Isabel para que no se excediera en sacrificios y descanse adecuadamente. Y es que Santa Isabel tenía la costumbre de dormir muy poco, pues pasaba gran parte del día sirviendo a la gente y se levantaba de madrugada para orar, sin importar cuán dura pudiese haber sido la jornada del día anterior.

“El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mt 20, 28)

Como el castillo en el que vivía junto al landgrave quedaba sobre una colina, mandó construir un hospital al pie del monte, en el que se puso a atender a los enfermos personalmente, dando de comer a los más débiles con sus propias manos. Para paliar la escasez de recursos del hospital vendió joyas y vestidos, y con lo que sobró pagó el cuidado y la educación de muchos niños huérfanos.

“… Dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28).

En ausencia de Luis, Isabel se había encargado de la administración de la casa real y había dado señales políticas muy positivas al pueblo, como un largo viaje a lo largo y ancho de todo el principado. Por eso su cuñado, al asumir el trono, le prohibió a Isabel que continuara con sus obras de caridad. El nuevo gobernante veía a Isabel como rival, por lo que ella decidió dejar la corte.

“Voy para la gloria” (Santa Isabel de Hungría)

Isabel, habiendo previsto que a sus hijos no les falte nada, tomó el hábito de la tercera orden de San Francisco de Asís. A partir de entonces, vivió una vida de pobreza: hilaba o cargaba lana para su sustento y el de los enfermos a su cuidado; vivió austeramente y trabajó hasta el final de sus cortos días. Murió el 17 de noviembre de 1231, muy joven, a los 24 años.

El hermano lego preguntó a la santa por qué estaba tan hermosamente vestida, a lo que ella respondió: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo ya que ha quedado curado”.

Si deseas saber más sobre Santa Isabel de Hungría, te recomendamos que leas el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Isabel_de_Hungr%C3%ADa,_Santa.

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Fuente: ACI Prensa

Hoy se celebra a Santa Gertrudis, “quien recostó la cabeza sobre el pecho del Señor”

Hoy se celebra a Santa Gertrudis, “quien recostó la cabeza sobre el pecho del Señor”

Por el tipo de unión espiritual que desarrolló con el Señor, Gertrudis Magna es considerada la patrona de los místicos. En América es la patrona de la ciudad de Puebla de los Ángeles (México). Es conocida también por ser intercesora para tener una buena muerte y gran rescatadora de las almas del purgatorio.

Prócer de las revelaciones del Sagrado Corazón

Santa Gertrudis nació el 6 de enero de 1256 en Eisleben (actual Alemania). A los cinco años fue enviada al monasterio benedictino de Helfta, donde alguna vez estuvo Santa Matilde de Ringelheim (896-968) como abadesa y maestra. Allí, Gertrudis se hizo amiga de otra Matilde: Santa Mechtilde (Matilde) de Hackeborn (1241-1298), otra ferviente devota del Corazón de Jesús.

Muchos siglos antes de que Cristo se le apareciera a Santa María Margarita de Alacoque (1647-1690), cuyas visiones datan del siglo XVII -siendo las más conocidas-, Santa Gertrudis tuvo experiencias místicas con el Sagrado Corazón de Jesús en el siglo XIII.

Los latidos del corazón de Nuestro Señor

Otras muchas revelaciones particulares tuvo la santa. En una ocasión se le apareció el apóstol San Juan, el discípulo amado, a quien Gertrudis preguntó por qué, habiendo sido el primero en recostar la cabeza sobre el pecho del Señor en la Última Cena, no había escrito nada sobre el Corazón de Jesús.

El evangelista le respondió que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el corazón del mundo se haya enfriado de tal forma que necesite ser reavivado por el amor divino.

A Santa Gertrudis se le atribuyen cinco libros que conforman lo que se conoce como el Heraldo de la amorosa bondad de Dios, también llamados las Revelaciones de Santa Gertrudis. El primero de los cinco lo escribieron amigos cercanos a la santa, pero bajo su dirección; mientras que el segundo y los restantes los redactó ella misma, aunque siempre con alguna ayuda. En ellos están registradas sus experiencias místicas y sus enseñanzas en torno al sentido del sufrimiento: “La adversidad es el anillo espiritual que sella los esponsales con Dios”. Así mismo, están contenidos sus recomendaciones en torno a la unión espiritual con Cristo a través de su Sagrado Corazón.

También se atribuyen a Santa Gertrudis algunas oraciones difundidas durante el siglo XVII, las que alcanzaron gran popularidad, aunque no haya certeza absoluta sobre su real autoría.

Oración por las almas del purgatorio

El Señor le dijo a Santa Gertrudis que con la oración que aparece a continuación podría liberar mil almas del purgatorio cada vez que la rezara. La piedad al Sagrado Corazón de Jesús estará siempre unida a la representación de su misericordia. Jesús se entregó no por la salvación de algunos, sino por la de todo el género humano.

«Padre eterno,
yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús,
en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo
por todas las benditas ánimas del purgatorio
por todos los pecadores del mundo.
Por los pecadores en la Iglesia universal,
por aquellos en propia casa y dentro de mi familia.
Amén».

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Fuente: Aciprensa

Hoy celebramos a San Alberto Magno, el Doctor de la Iglesia gracias a la Virgen María

Hoy celebramos a San Alberto Magno, el Doctor de la Iglesia gracias a la Virgen María

San Alberto Magno exploró la mayoría de ramas de la ciencia de su tiempo (teología, filosofía, retórica, alquimia, botánica, etc) e inspiró a otras mentes excepcionales en la búsqueda de la verdad. Entre sus discípulos estuvo Santo Tomás de Aquino. A Alberto se le conoce como el “Doctor Universalis” (Doctor Universal) debido a su vasto conocimiento, el que fue adquirido con mucho esfuerzo y, aunque pocos lo saben, con la ayuda de la Virgen María, con quien San Alberto hizo una suerte de “trato”.

Un dominico en París

San Alberto nació en Lauingen (Alemania) entre los años 1193 y 1206. A los 16 años empezó a estudiar en la Universidad de Padua, donde conoció al beato dominico Jordán de Sajonia, quien lo animó en su vocación religiosa y a integrar la Orden de Predicadores (dominicos).

Años más tarde, Alberto obtuvo el puesto de profesor en la Universidad de París, centro intelectual de la Europa de aquel entonces. Allí se convirtió en un maestro notable. Se dice que el número de sus estudiantes llegó a ser tal que tuvo que trasladar sus clases del aula a la plaza pública, para que todos lo puedan escuchar. Esa plaza hoy evoca su nombre: la Plaza de Maubert” -contracción de “Magnus Albert” (Alberto, el Grande)-.

El maestro que revolucionó la cultura

A Alberto se le consideraba una autoridad en áreas muy difíciles y diversas: filosofía, física, geografía, astronomía, mineralogía, alquimia (química), biología; así como en Biblia y teología. Se le atribuye el descubrimiento del arsénico y una explicación sobre la tierra como cuerpo esférico.

Él fue el gran iniciador de lo que se conoce como “escolástica”, el movimiento cultural centrado en la educación que cambiaría el rostro de Europa para siempre. No obstante, a pesar de sus dones y de la fama obtenida, fue siempre un hombre sencillo, aferrado a la oración y los sacramentos.

San Alberto Magno y “la Casa de Sabiduría”

No cabe duda de que San Alberto Magno era un intelectual fuera de lo común. Sin embargo, eso no lo eximió de las fragilidades de cualquier ser humano. Se cuenta que en 1278, mientras daba clases, le falló súbitamente la memoria y perdió por unos momentos la agudeza del entendimiento.

«Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy ‘Casa de la Sabiduría’? Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa”, le dijo la Madre de Dios. “Y para que sepas que fui yo quien te la concedió, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías», concluyó la Virgen.

“Entre ciencia y fe existe amistad” (Benedicto XVI)

Para el santo, la súbita pérdida de memoria en aquella clase era un signo de Dios que anunciaba lo que habría de venir. Dos años más tarde, en 1280, San Alberto murió apaciblemente, sin enfermedad grave o episodio extraordinario. Ese periodo significó un hermoso epílogo de oración y trato cercanísimo con la Virgen; una serena preparación para el encuentro definitivo con Dios.

Si quieres saber más sobre la vida y obra de San Alberto Magno, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Alberto_Magno.

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Fuente: aciprensa

Hoy celebramos a San José Pignatelli, restaurador de la Compañía de Jesús

Hoy celebramos a San José Pignatelli, restaurador de la Compañía de Jesús

Buenos Aires, 4 de noviembre (PR/25) .- Cada 14 de noviembre, la Iglesia Católica celebra a San José María Pignatelli, jesuita español nacido en Zaragoza (España) en 1737.

De ascendencia italiana, vino al mundo en familia de abolengo: fue hijo de don Antonio Pignatelli de Aragón, príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico, y de doña Francisca Moncayo y Fernández de Heredia. Su familia, además, fue numerosa: José María fue el séptimo de ocho hijos.

Expulsados de territorio español

José María ingresó primero al colegio jesuita de Zaragoza, donde estudiaría humanidades. Después fue admitido en el noviciado de la Compañía de Jesús. Durante esos años de formación apoyó habitualmente la catequesis de niños y de los presos en las cárceles.

En 1767, cuando se produjo la expulsión de los jesuitas de España y sus territorios por orden del rey Carlos III, “el Político” (r. 1759-1788), a José M. Pignatelli y a uno de sus hermanos -también jesuita- se les ofreció la autorización para quedarse en territorio español con la condición de que renuncien a la orden. Los hermanos rechazaron la propuesta y eligieron el destierro, por lo que terminaron asilados en la isla de Córcega.

Supresión de la Compañía de Jesús

En 1773, el Papa Clemente XIV (p. 1769-1774) emitió un decreto suprimiendo a la Compañía de Jesús, tanto por presión de la corona española como de sus aliados europeos. Como consecuencia de esta medida, aproximadamente 23 mil jesuitas fueron obligados a abandonar sus respectivos conventos y monasterios.

A San José Pignatelli como a la gran mayoría de jesuitas no les quedó otra alternativa que la diáspora o el paso a la clandestinidad, y así vivieron durante al menos las dos siguientes décadas.

El P. José María, con permiso del Papa Pío VI (p. 1775-1799), se afilió a los miembros de la Compañía que vivían en Rusia, y con la ayuda de estos iniciaría un plan para reorganizar la Orden en Italia. Sus principales esfuerzos estuvieron dirigidos a la captación y crecimiento de nuevas vocaciones, las que enviaba a Rusia para su formación y preparación.

Llegado el momento, el superior provincial jesuita en Rusia lo nombró Provincial en Italia, contando con la aprobación del Papa Pío VII (p. 1800-1823). Así, la Compañía de Jesús empezaba a renacer, aunque fuera a paso lento y en secreto. El santo oró y trabajó sin descanso para ver a la Orden renacer y cobrar impulso. En 1804, sus esfuerzos dieron fruto: el reino de Nápoles aceptaba el regreso de los jesuitas expulsados.

Poco tiempo después, con la generosa ayuda de muchísimas familias europeas, Pignatelli logró reabrir varios conventos jesuitas en Roma, Palermo, Orvieto y Cerdeña. Aunque, en 1811, el 15 de noviembre, antes de poder ver el restablecimiento completo de la Compañía de Jesús, el Padre José Maria falleció.

El fruto de su trabajo vería la luz no mucho después. El 7 de agosto de 1814, el Papa Pío VII decretó la restitución de la Compañía de Jesús en el mundo entero.

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Fuente: Aciprensa

Hoy celebramos a Santa Francisca Javiera Cabrini, patrona de los inmigrantes

Hoy celebramos a Santa Francisca Javiera Cabrini, patrona de los inmigrantes

El Papa León XIII dijo: “La madre Cabrini es una mujer muy inteligente y de gran virtud… es una santa”. Hoy, esa empeñosa mujer es considerada como la patrona de los inmigrantes. Aquel halago del Papa León no fue ni ocasional ni gratuito; León XIII pudo conocer y tratar personalmente a esta religiosa italiana que emigró a Estados Unidos y que, impulsada por el amor a Cristo, se convirtió en testimonio vivo del Señor entre quienes iban poblando el vasto territorio norteamericano.

Como fruto de ese ardor misionero, la Madre Cabrini llegó a ser la primera ciudadana estadounidense en ser canonizada y llegar a los altares.

Si una puerta se cierra, otra se abrirá

María Francisca Saverio Cabrini nació en Sant’Angelo Lodigiano, Lombardía (Italia), el 15 de julio de 1850, en el seno de una familia acomodada. Desde pequeña quedó fascinada con las  lecturas y relatos de hombres y mujeres que dejaron la patria y emprendieron empresas misioneras en tierras lejanas con el propósito de anunciar el Evangelio. De jovencita, Francisca tuvo la inquietud de seguir aquel camino, pero sus padres la enviaron a estudiar con las religiosas de Arluno para que fuera maestra de escuela.

En 1870, tiempo después de la muerte de sus padres, Francisca intentó ingresar a la congregación con la que realizó sus estudios, pero no fue admitida debido a sus problemas de salud. Luego, hizo otro intento en una orden diferente, pero tampoco fue recibida.

En medio de la decepción por las negativas sufridas, recibió la invitación de un obispo y un sacerdote amigo para ingresar a trabajar en el orfanato “Casa de la Providencia”, donde la fundadora del recinto, la señora Tondini, había realizado una administración deficiente. La santa aceptó y con un grupo de compañeras que ya trabajaban allí fue madurando un proyecto espiritual que desembocaría en la fundación de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón.

El inspirador del proyecto, a cuya intercesión lo consagraron, fue San Francisco Javier, el célebre evangelizador de Japón. En honor al santo jesuita, Francisca añadiría “Javiera” a su nombre de religiosa.

Las señales se fortalecen: hacia Occidente

Lamentablemente, a pesar de los esfuerzos del grupo de mujeres, el obispo aconsejó a Francisca dejar de lado la institución y cerró el orfanato en 1880. Debido a ello, la Madre Cabrini y sus hermanas tuvieron que trasladarse a un convento franciscano que estaba vacío. Allí, redactaría las reglas del nuevo instituto, que finalmente serían aprobadas por su obispo. A partir de entonces, la obra espiritual de la Madre crecería, abriéndose otras casas para albergar a las nuevas vocaciones.

En 1888, la Madre Cabrini entra en contacto con el obispo de Piacenza, San Juan Bautista Scalabrini (canonizado en 2022), quien la invita por primera vez a colaborar como misionera en América. En mayo de ese mismo año, Mons. Scalabrini vuelve a sugerirle a la Madre Francisca que su congregación sería bien recibida en América, especialmente entre los inmigrantes italianos que eran numerosísimos y cuyos hijos podían quedar a expensas de las iglesias protestantes. Así, la idea de mandar algunas monjas que se hagan cargo de un orfanato y de una escuela cobró mayor fuerza en la mente de la Madre fundadora.

Mons. Scalabrini había recibido ya varios pedidos para enviar misiones a América, en especial de parte del Arzobispo de Nueva York, Michael Augustine Corrigan. El arzobispo estaba pensando en religiosas pertenecientes a otra congregación, pero Scalabrini hizo la propuesta al instituto de la Madre Cabrini y sus religiosas.

La Madre Cabrini entonces emprende viaje a Roma en busca de luces y llega a entrevistarse con el Papa León XIII el 10 de enero de 1889. A pesar del encuentro y la sugerencia del Pontífice de ir a América, la Madre Cabrini no se siente del todo confiada. El 24 de febrero la religiosa tiene un sueño en el que la Virgen María, el Corazón de Jesús y la venerable Antonia Belloni de Codogno (referente de vida virtuosa entre los lombardos) le dicen que no tema ir a América.

Ciertamente, el deseo de la Madre Cabrini en ese momento era otro, su idea era ir a China; sin embargo, el Papa León XIII -en un segundo encuentro- le pone las cosas más claras:  «No hacia Oriente, sino hacia Occidente. Su Instituto es todavía joven y tiene necesidad de recursos. Vayan a los Estados Unidos, los encontrarán y con ellos, un gran campo de trabajo».

Ante la duda, fe y obediencia

Así, la Madre cruzó el Atlántico y llegó a Nueva York ese mismo año (1889). Allí se encontró con una realidad pastoral muy dura entre los inmigrantes europeos. Muchos de ellos vivían en la precariedad moral y habían abandonado su fe.

Dadas las dificultades, el Arzobispo de Nueva York, Mons. Corrigan, empezó a dudar sobre la pertinencia de su invitación y pensó que lo mejor sería que las hermanas vuelvan a Italia. Santa Francisca, decidida y firme, respondió con una negativa. Era el Papa quien la había enviado a allí y se iba a quedar con sus hermanas. Con el correr de los meses, Dios fue proveyendo de lo necesario y las religiosas abrieron un orfanato, una casa para ellas y una escuela para los niños. Ese sería el inicio de su gran misión en América.

Derribando muros (y mitos)

Poco a poco, la congregación se fue expandiendo a lo largo y ancho de Estados Unidos, haciendo crecer la obra de Dios, especialmente entre los inmigrantes y los más necesitados. La gente que trataba con la Madre Cabrini la admiraba y la quería. Aunque estricta, Santa Francisca tenía un gran sentido de la justicia, un ingenioso sentido del humor, una vida espiritual muy fuerte y un entusiasmo inagotable. Parecía que ningún obstáculo podía hacerla retroceder cuando se proponía algo. Ni las barreras culturales, ni las dificultades de una lengua que no era la suya -el inglés- lograron hacerla desistir en su afán misionero.

“Amense unas a otras. Sacrifíquense constantemente y de buen grado por sus hermanas. Sean bondadosas; no sean duras ni bruscas, no abriguen resentimientos; sean mansas y pacíficas”, repetía a sus religiosas.

La vida es peregrinar; el cielo, la promesa cumplida

Como misionera, viajó a Nicaragua, Argentina, Costa Rica, Panamá, Chile, Brasil, Francia e Inglaterra.

En 1907, fueron finalmente aprobadas las constituciones de su congregación, cuando esta ya estaba presente en ocho países y contaba con más de mil religiosas al frente de escuelas, hospitales y otras instituciones de servicio.

Santa Francisca Javiera, la Madre Cabrini, partió a la Casa del Padre el 22 de diciembre de 1917, a los 68 años de edad -víctima de la malaria y la disentería- en la ciudad de Chicago, Illinois.

La Madre Cabrini en la cultura popular

Sobre la primera santa ciudadana de Estados Unidos -la Madre se nacionalizó en 1909- se han realizado dos películas. La primera de ellas en 2016 en formato de Home video, producida y distribuida por EWTN con el título de “Mother Cabrini” [Madre Cabrini]; y otra más reciente, “Cabrini”, estrenada en 2024, dirigida por Alejandro Monteverde, producida y distribuida por Angel Studios.

 

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Fuente: aciprensa

 

Hoy se celebra a San Josafat, mártir, “el ladrón de almas”, símbolo del ecumenismo

Hoy se celebra a San Josafat, mártir, “el ladrón de almas”, símbolo del ecumenismo

San Josafat de Lituania -como también es conocido- es considerado el patrono de la vuelta a la unidad entre cristianos ortodoxos y católicos, divididos por un cisma histórico (1054) que pese al paso de los siglos clama por una reconciliación definitiva.

Sacerdote católico de rito bizantino

Josafat (Juan) Kuncewicz nació en Volodimir de Volinia, ducado de Lituania, en 1580. Hijo de padres ortodoxos, vivió en tiempos en los que la Iglesia ortodoxa tradicional y la Iglesia greco-católica bielorrusa de rito griego se encontraban en una pugna constante. Esta última -de la que formaría parte Josafat- llegó a restablecer la plena comunión con Roma durante el Concilio de Florencia (1451-1452), reconociendo oficialmente el primado de Pedro sobre el resto de obispos.

Josafat se integró así al catolicismo y fue admitido en la Orden de San Basilio. Recibió el orden sacerdotal en el rito bizantino y posteriormente sería nombrado arzobispo de Polotsk (actual Bielorrusia).

Curar las heridas y reconciliar

San Josafat convocó a un sínodo a los pastores bajo su mando con la intención de enfrentar la crisis, publicó un catecismo, dispuso ordenanzas sobre la conducta del clero y buscó acabar con las interferencias del poder secular en los asuntos de la iglesia local. A la par, trabajó incansablemente por asistir a sus feligreses fortaleciendo la administración de los sacramentos y la atención a los más necesitados, pobres, enfermos y prisioneros.

Unidad bajo el primado de Pedro

De esta forma, Josafat se convirtió en blanco de una serie de conspiraciones para defenestrarlo, e incluso asesinarlo.

El santo, en respuesta al peligro inminente sobre su vida, declaró: “Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice». El 12 de noviembre de 1623, al grito de “¡Muerte al papista!”, San Josafat fue atacado por la turba extremista ortodoxa y luego asesinado -cayó atravesado por una lanza-.

El Beato Pío IX, en 1867, fue el encargado de canonizar a San Josafat, convirtiéndolo en el primer santo de la Iglesia Católica de Oriente que pasó por un proceso formal de canonización.

Durante el Concilio Vaticano II, y a solicitud del Papa San Juan XXIII, los restos de San Josafat fueron puestos en el altar de San Basilio, en la Basílica de San Pedro.

El Papa Pío XI, en su Carta Encíclica “Ecclesiam Dei” [La Iglesia de Dios] escribió que San Josafat “comenzó a dedicarse a la restauración de la unidad, con tanta fuerza y tanta suavidad a la vez y con tanto fruto que sus mismos adversarios lo llamaban ‘ladrón de almas’”.

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Fuente: aciprensa