Hoy celebramos a San Pedro de Verona, asesinado por defender la verdad

Hoy celebramos a San Pedro de Verona, asesinado por defender la verdad

Buenos Aires, 06 de abril (PR/26) .- Cada 6 de abril la Iglesia recuerda a San Pedro de Verona, sacerdote y fraile dominico, teólogo, predicador y miembro del Tribunal del Santo Oficio. San Pedro Mártir, como también se le conoce, fue el segundo miembro de la Orden de Predicadores en ser canonizado (el primero fue Santo Domingo de Guzmán, su fundador), tan sólo once meses después de su muerte, por lo que su proceso de canonización es considerado el más breve de la historia.

A Pedro de Verona, además, se le cuenta entre los mártires. Siendo un valiente predicador, cumplió con su misión al punto de entregar la vida por Cristo.

Su prédica estuvo dedicada a combatir los errores de su tiempo, en especial la herejía de los cátaros o albigenses, quienes, en el siglo XIII, habían extendido su “maniqueísmo cristiano” con relativo éxito por Europa occidental, incluyendo el centro y norte de Italia, de donde el santo era originario.

Salvado del error

San Pedro Mártir nació en Verona, región de Lombardía (Italia), en 1205. Aunque sus padres estuvieron vinculados al catarismo, Pedro tomó distancia de dicha doctrina gracias a su estancia en la Universidad de Bolonia. Tras estudiar en ese recinto académico, recibió el hábito dominico de manos del fundador de la Orden, Santo Domingo de Guzmán.

De acuerdo al Beato Santiago de la Vorágine, San Pedro fue un gran conocedor de las Sagradas Escrituras y un ejemplo de pureza, austeridad y firmeza en defensa de la fe.

Precisamente este hagiógrafo subraya que Pedro de Verona, aun habiendo sido parte de una familia “entenebrecida por el error”, supo “conservarse inmune” a la mala doctrina.

Prueba de ello fue su pronto ingreso a la Orden de Predicadores, ya conocida por su ortodoxia y los elevados estándares de formación intelectual. En Bolonia tuvo un trato cercano con varios futuros santos, entre los que destacaba sin duda Santo Domingo.

Predicador incansable y guardián de la doctrina

En 1248 fue designado prior del monasterio dominico de Asti y un año después del de Piacenza. En 1251, el Papa Inocencio IV lo nombró inquisidor (miembro del Tribunal del Santo Oficio) de Lombardía y prior de Como. Lamentablemente, mientras su fama se extendía, sus enemigos hacían planes para deshacerse de él.

Testigo de la verdad

Pedro, mientras agonizaba, y con las últimas fuerzas que le quedaban, escribió en el suelo con su propia sangre: «Creo en Dios».

El 9 de marzo de 1253, sólo un año después de haber sido asesinado, fue canonizado por el Papa Inocencio IV. Su cuerpo fue trasladado a Milán y sus restos reposan hoy en la iglesia de San Eustorgio en esa ciudad.

Si quieres saber más sobre este santo puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pedro_de_Verona

Más información:

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    • Fuente: Aciprensa
Hoy 5 de abril se celebra a San Vicente Ferrer, quien nos invita a anunciar a Cristo

Hoy 5 de abril se celebra a San Vicente Ferrer, quien nos invita a anunciar a Cristo

Buenos Aires, 5 de abril (PR/26) .- Cada 5 de abril, la Iglesia Católica celebra a San Vicente Ferrer, presbítero, miembro de la Orden de Predicadores, maestro de teología y filosofía, predicador del Evangelio.

“Si quieres ser útil a las almas de tus prójimos, recurre primero a Dios de todo corazón y pídele con sencillez que te conceda esa caridad”, decía San Vicente, y fue eso lo que puso en práctica. Recorrió un extenso territorio entre España, Francia e Italia, logrando muchas conversiones; trabajó por preservar la unidad de la Iglesia defendiendo la fe verdadera, así como por la reforma de las costumbres.

En la persona de Cristo

San Vicente Ferrer nacióen Valencia (España) en el año 1350. Inició sus estudios en una de las escuelas de su ciudad natal. En febrero de 1367 tomó el hábito dominico. Luego, pasaría a ampliar sus estudios en Lérida, Barcelona y Toulouse. En Lérida, se convirtió en maestro de Lógica y teología a sus cortos 21 años.

Estando de diácono fue enviado a predicar a Barcelona. Allí había una terrible hambruna y se esperaba con ansias extremas la llegada de los barcos de alimentos, pero estos no aparecían. Cuenta la historia que Vicente viendo la angustia de la gente anunció desde el púlpito que los barcos llegarían esa misma noche. El gesto no fue del agrado de su superior quien lo reprendió por andar con “profecías”, entusiasmando a la gente. Para sorpresa de todos, lo que dijo Vicente se cumplió y esa misma noche arribaron los barcos. A la mañana siguiente la gente del pueblo se presentó a la puerta del convento para ovacionar al diácono que les había devuelto la fe en Dios.

Ante una Iglesia partida por el cisma

Trabajando por la unidad

San Vicente Ferrer combatió con empeño la división de la Iglesia. Lo hizo, es cierto, poniendo a disposición de Dios sus buenos oficios, dado que era un hombre influyente, pero principalmente lo hizo a través de la predicación. La noche del 3 de octubre de 1394, Vicente tuvo una visión en la que se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, al lado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán. El Señor le pidió que salga a predicar por las ciudades, pueblos y el campo. Eran días en los que el santo sufría de unas fiebres que le causaron mucho dolor y que le hicieron pensar que se moría. Al día siguiente, Vicente estaba recuperado y decidido a emprender el gran periplo evangelizador de su vida. Serían en total 30 años los que andaría por la Europa occidental a pie, el norte de España, el sur de Francia, el norte de Italia y Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales. Entre los muchos convertidos abundaron los judíos y moros -se dice que un total de 10 mil solo en España-.

Siempre en las postrimerías

Este gran predicador es personaje conocido en la historia de las letras debido a su prolijidad en la redacción de sermones. Durante los años de peregrinaje apostólico siempre se dio tiempo para preparar sus homilías y enfocarlas en la reforma de la conducta moral. Su celo por las almas, alimentado por su trato cercano con Cristo, lo llevaron a convertirse en una suerte de predicador del fin del mundo; de hecho, muchos lo llamaban ‘el ángel del fin del mundo’. Y en esa prédica poderosa sobre la muerte, el infierno y la gloria, en la que llamaba a la conversión, Vicente Ferrer sorprendía con un don extraordinario: quienes lo escucharon durante sus viajes lo hicieron en su propia lengua, a pesar de que el buen dominico solo hablaba su natal ‘valenciano’. Los numerosísimos testimonios que se recogieron para su causa dan fe de ello.

El santo fue canonizado por el Papa Calixto III en 1455.

Para conocer más de este santo ingrese al siguiente enlace de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Vicente_Ferrer.

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Hoy celebramos a San Isidoro de Sevilla, el que nos enseña a equilibrar oración y acción

Hoy celebramos a San Isidoro de Sevilla, el que nos enseña a equilibrar oración y acción

La Iglesia celebra a San Isidoro de Sevilla, último de los Padres antiguos y puente entre eras, quien destacó por su inmensa erudición y su enseñanza sobre el equilibrio entre la oración y la acción.
San Isidoro nació en Cartagena, Sevilla (España) en el año 556. Fue el menor de cuatro hermanos -también elevados a los altares-: San Leandro, San Fulgencio y Santa Florentina. En casa Isidoro aprendió el amor de familia, sellado por la presencia del Señor y donde rezar era algo cotidiano. También aprendió el valor de la buena disciplina -ayunos, trabajo manual, solidaridad- características que le dieron un cierto aire monástico al hogar.

Su hermano mayor, San Leandro, obispo de Sevilla, fue quien se encargó de su educación. Gracias a él, Isidoro adquirió una amplia y profunda formación intelectual, en la que se combinaron, bajo la ortodoxia, la tradición cristiana y la herencia grecolatina; además, claro está, de los buenos hábitos del estudio y la oración. Dios lo llamó, así, al sacerdocio.

Al morir Leandro, Isidoro ocupó el cargo de obispo de Sevilla, sirviendo a la Iglesia en esa jurisdicción eclesiástica por 38 años.

Vida activa y vida contemplativa en equilibrio

Una de las grandes dificultades que sufren muchos hombres de Dios es conciliar la vida del estudio y la meditación (contemplación), con la vida apostólica o del ejercicio de la caridad (acción). El Papa Emérito Benedicto XVI, en una de sus catequesis, recuerda las palabras de San Isidoro:

«Quienes tratan de lograr el descanso de la contemplación deben entrenarse antes en el estadio de la vida activa; así, liberados de los residuos del pecado, serán capaces de presentar el corazón puro que permite ver a Dios» (Differentiarum Lib. II, 34, 133: PL 83, col 91 A).

El Papa Emérito comenta a continuación: «Su realismo [el de San Isidoro] de auténtico pastor lo convenció del peligro que corren los fieles de limitarse a ser hombres de una sola dimensión. Por eso, añade: «El camino intermedio, compuesto por ambas formas de vida, resulta normalmente el más útil para resolver esas tensiones, que con frecuencia se agudizan si se elige un solo tipo de vida; en cambio, se suavizan mejor alternando las dos formas» (o.c., 134: ib., col 91 B)».

La búsqueda de este equilibrio fue motivación constante para San Isidoro. Por un lado, su amor a los pobres era inmenso, como quedó siempre patente a través de las ayudas que llegaban a sus manos, limosnas que conseguía y distribuía entre los necesitados. Por otro lado, se preocupó mucho de la formación del clero, y promovió la construcción de una escuela para preparar a los futuros sacerdotes -un anticipo de lo que siglos más tarde serían los seminarios-.

El último de los Padres antiguos

Decía San Ildefonso que «la facilidad de palabra era tan admirable en San Isidoro, que las multitudes acudían de todas partes a escucharle y todos quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al oír sus enseñanzas».

San Isidoro fue la figura principal del Concilio de Toledo (año 633), del que surgieron los principios canónicos rectores de la Iglesia de España, y que contribuyeron fuertemente a la formación del país. Recordaba Benedicto XVI: “Pocos años después de su muerte, que tuvo lugar en el año 636, el concilio de Toledo, del año 653, lo definió: «Ilustre maestro de nuestra época y gloria de la Iglesia católica»”.

San Isidoro de Sevilla murió el 4 de abril del año 636, a los 80 años. Fue declarado Doctor de la Iglesia el 25 de abril de 1722 por el Papa Inocencio XIII.

Si deseas conocer más sobre este insigne santo, puedes revisar los siguientes artículos de la Enciclopedia Católica:

https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Isidoro_de_Sevilla_en_las_audiencias_de_Benedicto_XVI

Más información en el siguiente enlace: 

 

 

Primicias Rurales

Fuente: ACI Prensa

Hoy se conmemora a Santa María de Egipto, quien casualmente murió un viernes santo

Hoy se conmemora a Santa María de Egipto, quien casualmente murió un viernes santo

La Iglesia conmemora hoy la vida de la «egipciaca», quien tras una juventud de excesos halló la redención en el desierto de Judá, convirtiéndose en un símbolo eterno de penitencia y conversión profunda y murió un viernes santo.

 

Buenos Aires, viernes 3 abril (PR/26) — María de Egipto escribió en el desierto:  «Padre Zózimo, he pasado a la eternidad el Viernes Santo día de la muerte del Señor, contenta de haber recibido su santo cuerpo en la Eucaristía».

Una hermosa tradición muy antigua cuenta que en el siglo V un santo sacerdote llamado Zózimo después de haber pasado muchos años de monje en un convento de Palestina dispuso irse a terminar sus días en el desierto de Judá, junto al río Jordán.

Y que un día vio por allí una figura humana, que más parecía un esqueleto que una persona robusta. Se le acercó y le preguntó si era un monje y recibió esta respuesta: «Yo soy una mujer que he venido al desierto a hacer penitencia de mis pecados».

Según la tradición aquella mujer le narró la siguiente historia: Su nombre era María. Era de Egipto. Desde los 12 años llevada por sus pasiones sensuales y su exagerado amor a la libertad se fugó de la casa.

Cometió toda clase de impurezas y hasta se dedicó a corromper a otras personas. Después se unió a un grupo de peregrinos que de Egipto iban al Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero ella no iba a rezar sino a divertirse y a pasear.

Y sucedió que al llegar al Santo Sepulcro, mientras los demás entraban fervorosos a rezar, ella sintió allí en la puerta del templo que una mano la detenía con gran fuerza y la echaba a un lado.

Y esto le sucedió por tres veces, cada vez que ella trataba de entrar al santo templo. Y una voz le dijo: «Tú no eres digna de entrar en este sitio sagrado, porque vives esclavizada al pecado».

Ella se puso a llorar, pero de pronto levantó los ojos y vio allí cerca de la entrada una imagen de la Santísima Virgen que parecía mirarla con gran cariño y compasión. Entonces la pecadora se arrodilló llorando y le dijo: «Madre, si me es permitido entrar al templo santo, yo te prometo que dejaré esta vida de pecado y me dedicaré a una vida de oración y penitencia.

Y le pareció que la Virgen Santísima le aceptaba su propuesta. Trató de entrar de nuevo al templo y esta vez sí le fue permitido. Allí lloró largamente y pidió por muchas horas el perdón de sus pecados.

Estando en oración le pareció que una voz le decía: «En el desierto más allá del Jordán encontrarás tu paz».

María egipciana se fue al desierto y allí estuvo por 40 años rezando, meditando y haciendo penitencia. Se alimentaba de dátiles, de raíces, de langostas y a veces bajaba a tomar agua al río.

En el verano el terrible calor la hacía sufrir muchísimo y la sed la atormentaba. En invierno el frío era su martirio

. Durante 17 años vivió atormentada por la tentación de volver otra vez a Egipto a dedicarse a su vida anterior de sensualidad, pero un amor grande a la Santísima. Virgen Virgen María le daba fortaleza para resistir a las tentaciones.

Y Dios le revelaba muchas verdades sobrenaturales cuando ella estaba dedicada a la oración y a la meditación.

Le hizo prometer al santo anciano que no contaría nada de esta historia mientras ella no hubiera muerto. Y le pidió que le trajera la Sagrada Comunión. Era Jueves Santo y San Zózimo le llevó la Sagrada Eucaristía.

Quedaron de encontrarse el Día de Pascua, pero cuando el santo volvió la encontró muerta, sobre la arena, con esta inscripción en un pergamino: «Padre Zózimo, he pasado a la eternidad el Viernes Santo día de la muerte del Señor, contenta de haber recibido su santo cuerpo en la Eucaristía. Ruegue por esta pobre pecadora, y devuélvale a la tierra este cuerpo que es polvo y en polvo tiene que convertirse».

El monje no tenía herramientas para hacer la sepultura, pero entonces llegó un león y con sus garras abrió una sepultura en la arena y se fue.

Zózimo al volver de allí narró a otros monjes la emocionante historia, y pronto junto a aquella tumba empezaron a obrarse milagros y prodigios y la fama de la santa penitente se extendió por muchos países.

San Alfonso de Ligorio y muchos otros predicadores narraron muchas veces y dejaron escrita en sus libros la historia de María Egipciaca, como un ejemplo de lo que obra en un alma pecadora, la intercesión de la Santísima Madre del Salvador, la cual se digne también interceder por nosotros pecadores para que abandonemos nuestra vida de maldad y empecemos ya desde ahora una vida de penitencia y santidad.

 

 

 

Fuente: EWTN.com

Cada 2 de abril celebramos a San Francisco de Paula, el santo que nos acompaña en la Cuaresma

Cada 2 de abril celebramos a San Francisco de Paula, el santo que nos acompaña en la Cuaresma

Buenos Aires, 2 de abril (PR/26) .- Cada 2 de abril la Iglesia celebra a San Francisco de Paula, eremita, taumaturgo, hombre de cálida piedad y profunda sencillez; fundador de los Eremitas de San Francisco de Asís, institución que posteriormente pasaría a llamarse ‘Orden de los Mínimos’, aprobada por la Santa Sede en 1506.

La fe de nuestros padres

Francisco nació en Paula, Calabria (Italia), el 27 de marzo de 1416. Sus padres, humildes campesinos, tenían varios años casados sin tener hijos, por lo que se encomendaron al Santo de Asís pidiéndole a Dios que los bendijera con la prole. Por eso, al llegar el primer hijo le pusieron por nombre ‘Francisco’ en agradecimiento. Él sería el primero de 3 hermanos.

Siendo aún muy pequeño, Francisco presentó una grave dolencia en los ojos. Sus padres volvieron a encomendarse al Santo de Asís y le prometieron que si el niño se curaba lo enviarían más adelante a un convento franciscano, como servidor. Era costumbre por aquellos días que algunas familias entregasen a sus hijos adolescentes para vivir como frailes, vistiendo el hábito, durante un año, en algún convento.

El bebé se curó muy pronto, pero los padres olvidaron con el tiempo la promesa hecha. Aun con eso, supieron procurarle a Francisco una educación religiosa hermosa e intensa. Quizás no fueron capaces de enseñarle a leer o escribir, pero le hicieron el mejor regalo: sembraron en su corazón de niño el amor y el deseo de ser como Jesús. Solo unos años más tarde, Francisco ya mostraba algunas señales de santidad.

Promesa y acción

Se dice que un fraile franciscano tuvo un sueño en el que el joven Francisco aparecía con el hábito de su Orden, y tuvo a bien hablar con sus padres, quienes entendieron que Dios esperaba por su hijo, en cumplimiento de la vieja promesa. A los trece años Francisco ingresó al convento de los franciscanos de Paula. En ese lugar creció en humildad y espíritu de obediencia, en amor por la oración y comprensión del sentido de la penitencia, elementos que marcaron su vida para siempre.

Terminado el tiempo con los franciscanos, a los 14 años, Francisco peregrinó a Asís al lado de sus padres. La experiencia de Dios vivida en aquel lugar terminó de consolidar aquello que daba vueltas en su cabeza desde hacía un año atrás: consagrar su vida a Dios por entero. Al regresar a Paula inicia entonces una vida de retiro, aislado en una cueva a la orilla del mar. Su anhelo era rezar, hablar con Jesús todo el tiempo posible y gozar solo de su compañía. El ejemplo del santo de Asís había calado hondo, quería, además, vivir como él: sin apegos materiales, con lo mínimo de alimento y sueño. Pronto serían muchas las personas que se unirían al proyecto. Francisco, mientras tanto, se iba convirtiendo cada vez más en un humilde cooperador de la Gracia, y recibiría de lo Alto los dones de profecía, de hacer milagros y de curar almas y cuerpos.

Una Cuaresma perpetua

En 1474 el Papa Sixto IV autorizó que se escriba una regla para la novel comunidad y que lleven el nombre de los ‘Ermitaños de San Francisco’. Esta regla sería formalmente aprobada por el Papa Alejandro VI, quien además rebautizó al grupo con el nombre de Orden por el de Mínimos, “los más humildes de todos los religiosos”. Francisco deseaba que en la vida en común los religiosos viviesen en silencio y de manera austera, en una suerte de cuaresma perpetua, de preparación para la Pascua eterna.

La regla definitiva de los ‘mínimos’ fue aprobada en 1506 por el Papa Julio II, quien también aprobó la que correspondía a la rama femenina.

Por muchos años el santo recorrió ciudades y pueblos anunciando el Evangelio. En 1482 el Papa Sixto IV lo envió como representante ante el rey de Francia, Luis Xl, quien se convirtió por su intercesión poco antes de morir. El rey quedó tan agradecido con San Francisco que lo nombró consejero de su hijo, el futuro Carlos VIII, rey de Francia.

Si quieres conocer más sobre este santo, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Francisco_de_Paula

Y si deseas conocer más sobre la Orden de los Mínimos, puedes consultar este otro artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Orden_de_los_Mínimos

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Fuente: Aciprensa
Cada 1 de abril se celebra a San Hugo de Grenoble, el obispo generoso con Dios

Cada 1 de abril se celebra a San Hugo de Grenoble, el obispo generoso con Dios

Buenos Aires, 1 de abril (PR/26) .- El primer día de abril, la Iglesia Católica recuerda a San Hugo de Grenoble (Francia), conocido también como San Hugo de Châteauneuf, quien fuera primero canónigo de la ciudad de Valence, y después obispo de Grenoble por más de medio siglo, entre 1080 y 1132.

San Hugo fue un ferviente defensor de la reforma gregoriana, un hombre con una fuerte inclinación a la vida monástica, pero cuyo amor a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, lo condujo al servicio pastoral, al que se dedicó con ahínco. Hugo de Châteauneuf fue canonizado en 1134 por el Papa Inocencio II.

Llamado a servir y no a ser servido

Hugo nació en Valence (Francia) en el año 1052. Siendo aún seglar fue nombrado canónigo de su ciudad natal a la edad de 28 años. Su piedad intensa y buena formación teológica le habían granjeado fama de hombre prudente, abocado a los asuntos de Dios.

Por esta razón, el obispo de Valence lo invitó a acompañarlo al Concilio de Aviñón de 1080. Ese año, precisamente, sería elegido obispo sin siquiera ser sacerdote.

El santo obtendría pronto las dispensas y recibiría el orden sagrado en periodo extraordinario. Al mismo tiempo, Hugo iba experimentando la incertidumbre propia de no sentirse digno del puesto, y llegó a hacer algún intento para evitar terminar de obispo, pero su vocación de servicio lo hizo aceptar el encargo.

La feligresía estaba abandonada en la mayoría de los casos y había poca instrucción. Mientras tanto, el clero andaba envuelto en una serie de corruptelas como la simonía; y las propiedades de la Iglesia eran disputadas por señores acaudalados pertenecientes a la nobleza, entrometidos en los temas eclesiales.

Por otro lado, algunos de sus sacerdotes practicaban el concubinato y eran motivo de escándalo. Inmenso dolor fueron estas cosas en su corazón, dolor que se mantuvo vivo por muchos años y que se acrecentó por la hostilidad de ciertos presbíteros y los círculos de poder que los respaldaron.

En los años siguientes, gracias a los esfuerzos por la reforma de su diócesis, empezaron a darse los frutos. Aun así, llegó a presentar su renuncia hasta en cinco oportunidades, ante cinco pontífices distintos. San Hugo disponía de razones para tales pedidos, pero también era innegable que el deseo de dedicarse al estudio y la oración seguía intacto en su interior.

El olvido de los bienes de este mundo

Por los pobres de Grenoble llegó a vender hasta su carruaje, sus caballos y sus mulas, con tal de ayudarlos con el dinero obtenido. Con San Hugo no había suntuosidad ni cosas superfluas. Los bienes eran dones gratuitos de Dios y a Él pertenecían. Después de quedarse sin los medios para movilizarse se dedicó a recorrer su diócesis a pie, parroquia por parroquia, iglesia por iglesia, pueblo por pueblo.

En la etapa previa a su muerte perdió la memoria, y muchos creían que era una suerte de alivio que Dios le concedió para dejar atrás tanta fatiga. Aunque ya no reconocía a sus allegados ni a sus amigos, mantuvo la sonrisa y pudo dedicarse a sus actividades espirituales. Lo único que recordaba eran los salmos, el avemaría y el padrenuestro. Sus últimos días estuvieron llenos de esas oraciones.

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Fuente: Aciprensa