Cada 10 de febrero se celebra a Santa Escolástica, hermana melliza del primer monje de Europa, San Benito Abad

Cada 10 de febrero se celebra a Santa Escolástica, hermana melliza del primer monje de Europa, San Benito Abad

Al lado de su hermano, Escolástica contribuyó a la formación, fortalecimiento y desarrollo de la vida contemplativa dentro de la Iglesia desde finales del s. V.

Escolástica y Benito se consagraron desde muy jóvenes a Dios y compartieron el espíritu de lo que hoy conocemos como espiritualidad benedictina, alcanzando, a través de esta, la santidad.

Llamados a la santidad desde el vientre

Los benedictinos señalan que mientras Benito residía en el célebre monasterio que fundó,  Montecassino (Italia), Escolástica se estableció en el monasterio de Plombariola, fundado también por su hermano, con la idea de albergar a las mujeres que quisieran vivir dedicadas a la contemplación. Allí, Escolástica llegó a ser abadesa.

Otras fuentes indican como probable que la santa haya vivido no exactamente en un monasterio, sino en una ermita, junto a una o dos religiosas, construida en la base del monte en cuya parte más alta estaba el monasterio en el que vivía su hermano (Montecassino).

Sea como fuere, los hermanos mantuvieron un lazo espiritual a todas luces ejemplar para quienes desean seguir a Cristo de cerca, a través de la oración. Quizás entre ellos hubo  esa «complicidad» que tienen los hermanos, pero encaminada a agradar al Señor.

La oración produce el vínculo más fuerte 

Santa Escolástica nació hacia el año 480, en lo que hoy es el municipio italiano de Nursia, en el seno de una familia noble. La historia más difundida sobre ella señala que solía pasar la mayor parte del tiempo en oración y, por lo menos una vez al año, iba a visitar a su hermano y compartir con él asuntos espirituales.

Cuando llegaba el tiempo, San Benito salía de su monasterio a su encuentro, dado que a Escolástica -como a la gran mayoría de mortales- le estaba prohibido ingresar a Montecassino.

Inicialmente San Benito se negó -no quería contravenir las reglas de su monasterio-, pero Santa Escolástica le pidió a Dios con fervor que interviniera, e inmediatamente estalló una fuerte tormenta que impidió que su hermano pudiera partir.

Ambos pasaron la noche en oración, hablando de Dios y de las delicias espirituales. Tres días después, Escolástica súbitamente murió. La noche de su muerte Benito tuvo una visión del alma de su hermana ascendiendo al cielo en forma de una paloma.

Frutos de la fraternidad

Grande era el amor fraterno entre Escolástica y Benito, lleno de intensidad espiritual; grande era también el deseo de ambos de vivir la santidad como obediencia perpetua a Dios, asentada sobre la confianza en Él; grande el premio que Dios les dio manteniéndolos unidos en su nombre para siempre.

Santa Escolástica de Nursia fue la fundadora de la rama femenina del monaquismo benedictino. Es patrona de las monjas, de los niños que sufren convulsiones y de algunas ciudades como Le Mans en Francia, o Alcolea de Calatrava en España. También se pide su intercesión en las tormentas y las lluvias torrenciales. Su fiesta se celebra el 10 de febrero.

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Fuente: ACI Prensa

Cada 9 de febrero se celebra a Santa Apolonia, patrona de los dentistas y de los que sufren dolencias dentales

Cada 9 de febrero se celebra a Santa Apolonia, patrona de los dentistas y de los que sufren dolencias dentales

La vida es siempre un don

De acuerdo a la tradición, los padres de Apolonia no podían tener hijos. Como eran paganos, invocaron a numerosos dioses con el propósito de ganar su favor y tener descendencia. Sin embargo, los años pasaban y ellos seguían sin concebir.

Cuando ya habían perdido la esperanza de ser padres, la madre de Apolonia oyó hablar de la Virgen María a un grupo de cristianos. La mujer, entonces, en su desesperación, pidió a quien a esa que llamaban ‘Madre de Dios’ que le concediera el don de concebir un hijo.

Grande fue la alegría de la mujer cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Pasado el periodo de gestación nacería una niña muy hermosa a quien llamaron Apolonia. El inesperado acontecimiento motivó a los padres de la santa a acercarse a la Iglesia.

Unos años más tarde, siendo Apolonia todavía una niña, su madre le contó la historia de cómo fue posible que ella naciera. Con esto, Apolonia quiso también abrazar la fe en Cristo.

“Le rompieron todos los dientes a golpes” (San Dionisio)

En tiempos del emperador romano Felipe el Árabe (244-249 D.C.), máxima autoridad imperial en Alejandría, se inició una nueva persecución contra los cristianos. Aquellos que se confesaban seguidores de Cristo solían ser arrastrados fuera de sus casas, golpeados, asesinados y sus propiedades saqueadas. A los cristianos se les solía acusar de atraer el mal augurio (la mala suerte) y muchos hablaban de profecías sobre desastres y tragedias a causa de su creciente presencia que irritaba a los dioses.

Fue en ese contexto que Apolonia terminó prisionera, en manos de los soldados del emperador. San Dionisio, obispo de Alejandría, relata el martirio de la mujer:

Dios es quien concede la vida y solo Él puede arrebatarla

 

Ya en la antigüedad llamó mucho la atención, y fue causa de polémica, que algunos santos como Apolonia “hayan adelantado” -por decirlo de algún modo- su propia muerte. Al respecto, San Agustín de Hipona dice lo siguiente en el primer libro de La Ciudad de Dios:

Luego el santo añade: “Aunque abandonaron la vida de este modo, no obstante, reciben el alto honor
como mártires en la Iglesia Católica y sus fiestas se observan con gran ceremonia”.

Finalmente, el Obispo de Hipona concluye: “Este es un tema sobre el que no me atrevo a juzgar a la ligera, pues yo sólo sé que la Iglesia fue autorizada por Dios a través de revelaciones confiables para honrar así la memoria de estos cristianos. Puede ser que este sea el caso (….) ¿Podría ser también que éstos actuaron de tal manera, no por capricho humano sino por mandato divino, no erróneamente, sino por obediencia, a través de la obediencia, como lo debemos creer en el caso de Sansón? Sin embargo, cuando Dios da una orden y la da a conocer claramente, ¿quién podría juzgar la obediencia en ello como un crimen o condenar tal devoción piadosa y servicio efectivo?”.

Volviendo a la narración de Dionisio, en ella no se sugiere el menor reproche a la decisión de Santa Apolonia; a sus ojos, ella era tan mártir como cualquiera entre quienes murieron como testigos de Cristo y su Iglesia. Y, como tal, fue venerada en la Iglesia de Alejandría.

La tradición iconográfica representa a la joven mártir sosteniendo unas pinzas que sujetan un diente.

Si deseas conocer más sobre la vida de santa Apolonia mártir, te recomendamos el siguiente texto de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Apolonia.

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Cada 8 de febrero se celebra a Santa Josefina Bakhita, la “Madre Morena”, ícono del catolicismo africano

Cada 8 de febrero se celebra a Santa Josefina Bakhita, la “Madre Morena”, ícono del catolicismo africano

Buenos Aires, domingo 8 febrero (PR/26) — Cada 8 de febrero celebramos la fiesta de Santa Josefina Bakhita, religiosa africana conocida como la “Madre moretta” [Madre morena], en alusión al color de su piel. Ella nació en Darfur (Sudán) y se nacionalizó italiana.

Josefina vivió en carne propia los horrores de la esclavitud durante gran parte de su vida. El nombre “Bakhita”, que quiere decir ‘afortunada’ en árabe, se lo pusieron quienes traficaron con ella cuando tenía entre 7 o 9 años, mientras que “Giuseppina”, Josefina, lo recibió doce años más tarde, al momento de ser bautizada.

 

«Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa», afirma Josefina en uno de los impactantes testimonios recogidos en su biografía. Estas palabras hoy, de alguna manera, se han convertido en la carta de presentación que identifica la belleza de su espíritu y la grandeza de su corazón. Santa Josefina es un ícono de la historia del cristianismo en África.

«Viví una vida muy feliz y despreocupada, sin saber qué era el sufrimiento»

 

Sus orígenes no son del todo claros, pero probablemente nació en Olgossa, un pueblo de Darfur (Sudán), alrededor de 1869.

Lamentablemente, Josefina no sabía a ciencia cierta dónde y cuándo nació; como tampoco recordaba con seguridad el nombre que le pusieron al nacer. Guardaba, sí, recuerdos de la etapa previa a su secuestro y posterior venta como esclava: «Viví una vida muy feliz y despreocupada, sin saber qué era el sufrimiento».

Uno de esos cinco hombres -su cuarto “amo”- fue particularmente cruel. Con él sufrió las peores humillaciones y maltratos cuando tenía solo unos 13 años. Aquel hombre la mandó tatuar -”ejercicio” por el que le realizaron ciento catorce incisiones en la piel que, para evitar infecciones posteriores, fueron “curadas” con sal a lo largo de un mes- y la trató como hoy ya no es posible siquiera tratar a un animal. Bakhita señaló alguna vez: «Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal».

Rumbo a Italia

Bakhita trabajó de niñera en casa de los Michieli y entabló una cercana amistad con una de las hijas de la familia llamada Minnina. Años más tarde, ambas se harían religiosas en Venecia. Fue gracias a la generosidad de la familia Michieli como Bakhita conoció a Dios y aprendió que «Él había permanecido en su corazón siempre”, aún en los momentos de mayor dolor, y que Él le había dado fuerzas para poder soportar tanto maltrato.

Por eso, Josefina solía completar la frase anterior con una otra contundente afirmación: «… Pero recién en ese momento sabía quién era (Él)».

La libertad que Dios da

El 9 de enero de 1890 la santa recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación. Desde ese momento tomó el nombre cristiano de “Josefina Margarita Afortunada”.

La futura religiosa africana decidió permanecer en Italia, donde se sentía más segura, lejos del peligro de volver a ser esclavizada, y donde había conocido a quien estuvo esperando toda su vida: Jesús de Nazaret. Junto a Minnina ingresó al noviciado del Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia, y se convertiría, años más adelante, en una integrante más de la orden a los 38 años de edad, el 7 de diciembre de 1893.

En 1902 fue enviada a Venecia. En esa ciudad trabajó limpiando, cocinando y cuidando de los pobres. Sin hacer algo “extraordinario” -como un portento o  milagro- Bakhita se ganó la fama de santa. Siempre modesta y humilde, mantuvo una fe firme, haciendo de su vida cotidiana algo extraordinario, una bella ofrenda para Dios.

Hermana universal

Por su espiritualidad, cercanía y fuerza ante la adversidad, San Juan Pablo II la llamó “hermana universal” (Homilía de la Beatificación, 17 de mayo de 1992).

Bakhita falleció el 8 de febrero de 1947 en Schio, al norte de Italia, congregando a miles de personas durante su funeral.

Durante la homilía de la ceremonia de beatificación, el Pontífice afirmó: “En nuestro tiempo, en el que la carrera desenfrenada por el poder, el dinero y el disfrute causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos devuelve a la hermana Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más verdadera: las Bienaventuranzas”.

Sería el mismo San Juan Pablo II quien la canonizaría el año 2000, durante el Jubileo por el segundo milenio, como una forma de honrar al pueblo africano y a todos los cristianos, hombres y mujeres que sufrieron la esclavitud a lo largo de la historia.

Benedicto XVI: la esperanza de una santa africana

El año 2007, el Papa Benedicto XVI utilizó el ejemplo de vida de Santa Josefina Bakhita en su encíclica Spe Salvi [En esperanza fuimos salvados], para recordar cuál es el sentido de la esperanza.

«Incluso más -continua el Papa-: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba ‘a la derecha de Dios Padre’. En este momento tuvo ‘esperanza’; no solo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa”.

Benedicto XVI subrayaba además que “a través del conocimiento de esta esperanza ella fue ‘redimida’, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios».

Si deseas conocer más sobre Santa Josefina Bakhita, te recomendamos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Josefina_Bakhita.

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Cada 7 de febrero se celebra a San Tobías, personaje bíblico asistido por el arcángel Rafael

Cada 7 de febrero se celebra a San Tobías, personaje bíblico asistido por el arcángel Rafael

La historia de San Tobías se encuentra en el libro de la Biblia que lleva su nombre, el mismo que significa: «Dios es bueno».

Según las Sagradas Escrituras, Tobías siempre cumplió con sus deberes religiosos. Siendo todavía muy joven, cuando sus familiares se apartaron de la verdadera religión y empezaron a adorar al becerro de oro, él nunca quiso rendirse ante aquel ídolo y fue el único que en su familia iba en las grandes fiestas a Jerusalén a venerar al único Dios.

Siempre daba la décima parte de lo que ganaba para el Templo y para los pobres.

Se casó con una mujer de su propia religión, llamada Ana, y tuvo un hijo al cual le puso también el nombre de Tobías.

Fue exiliado con los judíos, pero llegó a tener una alta posición en el gobierno en Nínive. Más tarde vino el nuevo rey, Senaquerib, quien persiguió a los judíos, y Tobías perdió su puesto quedando en la miseria.

Tiempo después quedó ciego al caerle estiércol en los ojos de un nido mientras dormía. Su esposa le reprochaba por su condición, pero él se mantuvo fiel al Señor.

Tobías, lleno de tristeza, se retiró a llorar, y rezaba diciendo: «Dios mío, todos estos sufrimientos nos llegan por los pecados que hemos cometido. Señor, apiádate de mí, y si he de seguir sufriendo tantas humillaciones, más bien acuérdate de mí, y llévame hacia Ti».

Su hijo Tobías fue a una ciudad lejana a buscar un dinero que le debían a su padre. Le acompañaba un joven que resultó ser el Arcángel Rafael.

En esa ciudad distante se enamoró de Sara, pero le advirtieron que ella se había casado 7 veces y sus maridos siempre morían por causa de un demonio. Rafael le dijo que no temiera y que la tomase por esposa.

Tobías y Sara rezaron fervorosamente en la noche de bodas poniéndose al amparo de Dios. Después regresaron a Nínive donde su padre.

Por mandato de Rafael, el joven Tobías restregó los ojos de su progenitor con la hiel de un pescado que había tomado en el río. Se cayeron entonces las escamas de sus ojos y recobró la vista. Cuando Tobías se disponía a darle a Rafael la mitad del dinero que tenía como agradecimiento, este se identificó como el ángel del Señor y desapareció.

Hoy la Iglesia Católica conmemora a Santa Agueda

Hoy la Iglesia Católica conmemora a Santa Agueda

Buenos Aires, jueves 5 febrero (PR/26) — Hoy 5 de febrero la Iglesia conmemora a la mártir Santa Agueda.Santa Águeda (o Ágata) de Catania es la patrona de las enfermeras, las mujeres con enfermedades mamarias (especialmente cáncer de mama), nodrizas, y protectora contra el fuego, los volcanes y los rayos. Es venerada como símbolo de fortaleza femenina y fertilidad.

En la Sicilia del siglo III, la historia de Santa Águeda se desarrolla entre Catania y Palermo, las dos ciudades que se disputan el ser el lugar del nacimiento de la mártir.

Leyendo su “Passio”, se puede afirmar que nació en el año 235 en las laderas del Etna, de una familia rica y noble.

Era aún una adolescente cuando manifestó su voluntad de consagrarse a Dios y recibió de su obispo el “flammeum”, un velo rojo que llevaban las vírgenes consagradas. La tradición la describe también como una diaconisa dedicada al servicio de la comunidad cristiana.

En el año 250, el edicto del emperador Decio contra los cristianos desencadenó una dura persecución. El encargado de aplicarlo en Catania fue el despiadado procónsul Quinciano, quien se encaprichó de Águeda.

La fuga a Palermo y el martirio

La joven huyó a Palermo, pero fue encontrada y llevada de nuevo a Catania. Conducida ante Quinciano, no quiso abjurar de su fe.

El procónsul, entonces, decidido a atentar contra la virtud de la doncella, la confió a una cortesana, Afrodisia, para que le enseñase las artes amatorias. Sin embargo, Águeda permaneció fiel a Cristo, por lo que fue entregada de nuevo a Quinciano, que decidió procesarla.

Las “Actas del martirio de Santa Águeda” recogen los siguientes diálogos: “¿De qué condición eres tú?”, pregunta Quinciano a Águeda, que responde: “Nací libre y de familia noble”.

Y Quinciano: “Si dices que eres libre y noble, ¿por qué vives y te vistes como una esclava?”  “Porque soy sierva de Cristo”, explica Águeda. Y de nuevo Quinciano pregunta: “Pero si verdaderamente eres libre y noble, ¿por qué quieres hacerte esclava?” Águeda responde: “La máxima libertad y nobleza consiste en demostrar que se es siervo de Cristo”.

Quinciano rebate: “¿Y qué? ¿Los que despreciamos la servitud de Cristo y veneramos a los dioses no tenemos libertad?. “Vuestra libertad os arrastra a tanta esclavitud que os hace siervos del

pecado”, afirma Águeda.

Ante estas palabras, Quinciano ordena una vez más a Águeda que reniegue de Cristo, y para inducirla a reflexionar la encarcela. Pero al día siguiente, ante el nuevo rechazo de la joven, establece que sea sometida a la tortura. Al verla aprontar los suplicios con valor, Quinciano ordena que le sean arrancados los pechos.

En un estado terrible, Águeda es llevada de nuevo a la cárcel; pero esa noche se le aparece San Pedro que la sana.

Conducida de nuevo ante el tribunal, Águeda se niega una vez más a adorar a los dioses y declara que ha sido curada mediante el poder de Jesucristo. Furioso por el valor de la joven a pesar de las torturas, Quinciano decreta que sea arrojada sobre carbones ardientes, envuelta en su velo rojo de esposa de Cristo.

La muerte de Águeda sacude Catania

 

Mientras la orden era ejecutada, el lugar donde el santo cuerpo fue arrojado y toda la ciudad de Catania fueron sacudidos por un fuerte terremoto. Todos corrieron al tribunal y comenzaron a armar tumulto porque se atormentaba a una santa sierva de Dios, y por este motivo todos se encontraban en grave peligro.

Águeda, cuyo velo había quedado íntegro, fue sacada de las brasas, y, “habiendo entrado de nuevo en la cárcel, tendió sus brazos al Señor y dijo: ‘Señor que me has creado y custodiado desde mi infancia y que en la juventud me has hecho actuar con valor, que alejaste de mí el amor las cosas terrenas, que preservaste mi cuerpo de la contaminación, que me hiciste vencer los tormentos del verdugo, el hierro, el fuego y las cadenas, que me diste la virtud de la paciencia en medio de los tormentos; te ruego que acojas ahora mi espíritu, porque ya es tiempo de que yo deje este mundo por tu mandato, y llegue a tu misericordia’.

Dichas estas palabras en presencia de muchas personas, entregó el espíritu. Era el 5 de febrero del año 251.

El milagro de la lava

Cuentan también los “Actos del Martirio” que un año después hubo una gran erupción del monte Etna y la corriente de lava, como un río ardiente, se dirigía hacia la ciudad de Catania. Muchas personas se encaminaron entonces al sepulcro de Águeda para pedir su intercesión, y su velo fue colocado ante el río de lava. Milagrosamente, la lava se detuvo.

La fama del prodigio hizo de Águeda la patrona de Catania. Su culto nació así un año después de su martirio, y se difundió rápidamente por todas partes.

Sus reliquias se conservan en Catania, en la catedral dedicada a ella.

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Fuente: Vatican News

 

Hoy celebramos a Santa Catalina de Ricci

Hoy celebramos a Santa Catalina de Ricci

Santa Catalina de Ricci

Dotada de admirable prudencia, fue superiora dieciocho años, ganando mucho las religiosas en lo espiritual y en lo temporal. Trabajó con solicitud en la atención de enfermos, hermanas o laicos. Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo.

(1522-1590)
Memoria obligatoria para la Família Dominicana

Buenos Aires, miércoles 4 febrero (PR/26) — Santa Catalina de Ricci nace de noble familia en 1522 y recibe el nombre de Alejandrina (Sandrina). Ya de muy niña, huérfana de madre, tenía una gran pasión por Cristo crucificado.

A los doce años entra en el monasterio de San Vicente de las Hermanas de la tercera regla del santo Padre Domingo en la ciudad de Prato (Florencia) y, recibiendo el hábito de manos de su tío Timoteo Ricci, tomó el nombre de Catalina.

Allí pudo finalmente perderse en la contemplación de Jesús crucificado. Durante doce años (1542-1554) revivió en su cuerpo, martizado por las llagas del Crucificado, la pasión del Salvador.

Llena del fuego del Espíritu Santo, buscando incansablemente la gloria del Señor, promovió la reforma de la vida regular, inspirada especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien veneraba con agradecido afecto.

Su amor la pasión del Señor la llevó a componer con versículos la sagrada Escritura una meditación reposada sobre los sufrimientos de Cristo, que los libros corales dominican han transmitido y que se canta cada viernes de cuaresma.

La extraordinaria abundancia de carismas celestiales, junto con una exquisita prudencia y especial sentido práctico, hicieron de ella la superiora ideal y fue dos veces priora, repetidamente maestra de novicias. Al monasterio de San Vicente llegaron buscando consejo príncipes y prelados. Tuvo gran amistad con san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María Magdalena de’ Pazzi.

De ella se conserva un abundante epistolario. Murió en Prato el 2 febrero de 1590. Fue beatificada por Clemente XII el 23 noviembre de 1732 y canonizada por Benedicto XIV el 29 junio de 1746. El cuerpo de la santa se venera en la basílica dedicada a san Vicente Ferrer en Prato.

Fuente: Liturgia de las Horas propio O.P., p. 588.

Al servicio de la Comunidad

Su único afán fue amar a Dios y servirlo, muy especialmente, en la ayuda incondicional al prójimo, comenzando por sus hermanas de comunidad; a ellas procuró todo tipo de bien espiritual y temporal. Cuando alguna enfermaba, la visitaba de día y de noche, consolándola y haciendo el buen oficio de madre.

Fue subpriora y priora del monasterio de San Vicente, a partir de 1548; aceptó y ejerció siempre el cargo con profunda humildad y por obediencia, aconsejándose de otros en los momentos difíciles. No aceptaba alabanzas, en especial las que se referían a su santidad.

Pedía y hacía pedir en sus oraciones a otras personas que el Señor le quitara aquellos raptos y éxtasis, porque aborrecía toda ostentación y toda alabanza humana. Mereció ser oída después de doce años, pues tanto tiempo y no más duraron aquellos raptos públicos, es decir, del año 1540 al 1552. Por entonces la Iglesia estaba empeñada en la celebración del Concilio de Trento.

Tenía un gran dominio de sí misma, y así era afable en el trato con las hermanas; escuchaba pacientemente, corregía con gran bondad y compasión, amando a las personas y odiando los vicios. Defendía valientemente los intereses y derechos de su monasterio, y promovió cuanto pudo su progreso; durante su mandato se construyó una nueva iglesia.

Celo Apostólico

Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo, y hasta se ofreció como víctima expiatoria para conseguir un remedio, en particular, para alcanzar la unidad de fe gravemente desgarrada. Su gran recurso era la oración y la penitencia.

Apoyó a las jóvenes para que pudieran contraer honesto matrimonio o ingresar en la vida religiosa; socorrió, sólo en el territorio de Prato, en torno a cien; nobles florentinos se encargaron de proporcionarle medios para este fin.

Ejercitó también su celo apostólico por medio de numerosas cartas que escribió a diferentes personas, al Maestro de la orden Serafino Cavalli, a San Felipe Neri (» 26 de mayo), a Francesco de Médicis, gran duque de Toscana, a Blanca Capello, gran duquesa de Toscana, al cardenal Julio de la Róvere, a Pierfrancesco de Gagliano, al obispo de Pistoya, Filippo Salviati, a Bonaccorso Bonaccorsi…

A San Felipe Neri le decía que se sentía confundida porque un hombre tan ocupado en tan grandes tareas por la gloria de Dios se dignara escribirle; aplicaba sus sufrimientos por él, ya que la santa Iglesia le necesitaba muy de veras.

A un novicio del convento de Santo Domingo de Fiésole le animaba a entregarse verdaderamente a Dios.

A Blanca Capello le escribe con frecuencia asegurándole su oración y la de las hermanas; el 24 de agosto de 1587 le pedía que se dignara obtener del nuncio y del obispo de Pistoya la gracia de que tuvieran misa y sermón en el interior del monasterio, para poder seguirlo mejor, cosa que en las actuales circunstancias no conseguían por la amplitud de la iglesia.

A Filippo Salviati le hablaba de su hija Cassandra; la veían inclinada a la vida religiosa, pero no querían en modo alguno presionarla. Estaba segura de que Cristo la quería para él y animaba a su padre a que no se opusiera.

Fr. Vito T. Gómez O.P.

Más información en: Santos y Santas

 

Oración colecta
Oh Dios, que hiciste brillar
a la virgen santa Catalina
por la contemplación de la pasión de tu Hijo;
concédenos, por su intercesión,
que, meditando con devoción estos misterios,
merezcamos alcanzar el fruto de la santidad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Tú, Señor, que hiciste admirable
a tu virgen santa Catalina
por la contemplación
del sagrado misterio de la pasión,
haz que participemos ahora eficazmente al sacrificio
que tu Hijo te ofreció en el ara de la cruz.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la comunión
Alimentados en la participación a tu divino banquete,
te pedimos, Señor, Dios nuestro,
que, siguiendo el ejemplo de santa Catalina,
llevemos continuamente en el cuerpo
la muerte de Jesús
y nos esforcemos en estar siempre junto a ti.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.