Los juncos se han marchitado en el lago y ningún pájaro canta – Keats 

La historia de las civilizaciones humanas puede leerse también como la historia de su relación con el suelo. Desde los sumerios en Mesopotamia hasta los mayas, los griegos, los romanos y los pueblos ancestrales de América, encontramos un patrón repetido: cuando el suelo fue tratado como un recurso ilimitado y pasivo, la sociedad que dependía de él terminó debilitándose o colapsando.

 

Por el Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos,

Director Ejecutivo de Primicias Rurales

 

Buenos Aires, martes 20 de enero (PR/26) .- Estos casos históricos no deben entenderse como errores de pueblos “menos avanzados”. Al contrario, muchas de estas culturas poseían conocimientos sofisticados para su época. Su caída nos recuerda que el problema no es la falta de inteligencia, sino una forma de pensar que separa al ser humano de la naturaleza y lo coloca por encima de ella.

En la actualidad, esta visión persiste bajo una apariencia más técnica y moderna. El uso intensivo de fertilizantes químicos, pesticidas, monocultivos, manipulación genética y maquinaria pesada ha permitido aumentar la producción a corto plazo, pero al mismo tiempo ha degradado los suelos, contaminado el agua y reducido la biodiversidad. Estas tecnologías son más sutiles que la deforestación antigua, pero sus efectos pueden ser más profundos y difíciles de revertir.

 

El cambio climático agrava esta situación. Un suelo sano actúa como regulador natural del clima, almacenando carbono y agua. Cuando se degrada, pierde esa capacidad, intensificando sequías, inundaciones y la inestabilidad climática. Así, la degradación del suelo no es solo un problema agrícola, sino una amenaza directa a la seguridad alimentaria y a la vida misma.

Desde una perspectiva más profunda, el suelo puede entenderse como la “piel viva” del planeta. No es un objeto inerte, sino un sistema complejo lleno de microorganismos, raíces, agua y energía. Tratarlo con violencia o indiferencia es, en cierto modo, una forma de violencia contra nosotros mismos, ya que nuestra existencia depende de su salud.

Nuestra cultura dominante suele aproximarse a la naturaleza desde la lógica del control y la dominación: vencerla, corregirla, hacerla obedecer. Sin embargo, la historia muestra que la naturaleza no puede ser sometida sin consecuencias. Quizá la verdadera sabiduría no consista en imponer nuestra voluntad, sino en aprender a escuchar, observar y colaborar con los procesos naturales.

Educar en el cuidado del suelo es, por tanto, educar en la humildad. Implica reconocer límites, aceptar la interdependencia y desarrollar una ética del respeto hacia la tierra. Si aprendemos a valorar el suelo no solo como un medio de producción, sino como un aliado vivo, aumentamos nuestras posibilidades de construir un futuro sostenible y digno.

Las civilizaciones del pasado nos dejaron advertencias escritas en tablillas, paisajes erosionados y ciudades abandonadas. La pregunta que hoy se plantea a las nuevas generaciones no es si tenemos la tecnología para evitar el colapso, sino si tenemos la sabiduría para cambiar nuestra relación con la Tierra antes de que sea demasiado tarde.

 

 

Primicias RuralesIng. Agr. Pedro A Lobos

Fuente: Varias