Oct 13, 2020 | Cambio Climático
Un reciente estudio publicado en la revista científica “One Earth” y difundido por el “Sistema de Información Integrado de la Sequía (Nidis, por sus siglas en ingles)”, un organismo norteamericano dedicado a seguir este fenómeno sobre el territorio de los Estados Unidos, detalla que están surgiendo nuevas formas de sequía a nivel mundial debido al calentamiento del clima, los cambios en los patrones de conexión atmosférica y oceánica, la expansión del uso humano del agua y una historia de influencia humana en el medio ambiente.
De acuerdo a los autores del estudio se identificaron varios tipos de sequías que se están experimentando actualmente y que son, fundamentalmente, diferentes de las sequías históricas, lo que dificulta que los expertos anticipen adecuadamente las sequías futuras hasta que se llenen varios vacíos clave de conocimiento.
La medida que tomó la provincia tiene que ver con la necesidad de sumar recursos propios dada la eliminación del Fondo Federal Solidario y los
subsidios al
transporte. La queja de la Bolsa de Comercio provincial.
Comprender ciertos patrones, dicen los autores, es fundamental para anticipar adecuadamente los nuevos regímenes de sequía, especialmente la ocurrencia de megasequías. Asimismo, las fuertes restricciones de lluvias actuales, aclaran, son impulsadas o exacerbadas por el uso humano del agua, por lo que comprender cómo el uso humano del agua y la tierra puede alterar los regímenes de sequía y el agua ecológicamente disponible es crucial para la toma de decisiones.
En conclusión, advierten y enfatizan que es más probable que las sequías emergentes del siglo XXI transformen los ecosistemas, es decir, cambien fundamentalmente la composición, estructura y función de las especies a tal grado que afecte los servicios de los ecosistemas de los que dependen los seres humanos y la vida silvestre.
Al respecto, los factores estresantes están abrumando la capacidad de los ecosistemas para recuperarse de las sequías, lo que hace que muchas especies sean reemplazadas por nuevos organismos que a menudo cumplen diferentes funciones ecológicas.
Por esto, anticipar cuándo y dónde los procesos que mantienen la estabilidad ecológica se verán abrumados y la transformación ecológica inducida por la sequía requiere llenar algunas brechas científicas diversas.
Primicias Rurales
Fuente: infocampo.com.ar
Oct 11, 2020 | Cambio Climático
Mendoza, 11 octubre (PR/20) — Un estudio del INTA La Consulta, Mendoza, determinó que las fluctuaciones térmicas del ambiente, propias del calentamiento global, tendrían efectos positivos sobre el crecimiento del cultivo de ajo. De todos modos, reconocen que las dificultades aparecerán durante los períodos de cosecha y poscosecha.
Según estiman científicos del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA, CONICET, Mendoza), para fines de este siglo, en la región andina central podría haber incrementos de entre 3 y 4°C en las temperaturas de verano y entre 1 y 2°C en las de invierno. Al mismo tiempo, los veranos serán más lluviosos en las zonas de cultivo, mientras que los glaciares recibirán menos nieve para su reposición.
De acuerdo con José Antonio Portela –investigador del INTA La Consulta, Mendoza– “el cultivo de ajo en la región no se vería tan afectado por las fluctuaciones térmicas del ambiente en este proceso de calentamiento global, como sí sucederá con los cultivos de verano”.
En ese sentido, especificó que, “por ser el ajo un cultivo de invierno, no se verá tan afectado en su crecimiento por las variaciones en las lluvias, pero serán más complicadas las etapas de cosecha y poscosecha”.
Y agregó: “Esto va a requerir, cuando menos, que los productores dispongan de estructuras adecuadas para la conservación de sus ajos hasta la venta, aspecto que hoy solo puede ser satisfecho para el 30% de la producción nacional”.
Los principales efectos térmicos del cambio climático sobre el cultivo de ajo van a estar determinados por las fluctuaciones en las condiciones entre años. Así lo asegura el estudio de INTA que no duda en afirmar que, “en los últimos años hay una tendencia que sugiere mayores temperaturas durante la primavera, algo que tendría efectos positivos sobre el cultivo de ajo”
Es que, una vez cubierto el estímulo de frío que la planta necesita para que la bulbificación tenga lugar, el rendimiento va a depender de que haya temperaturas en aumento que promuevan el crecimiento.
Las condiciones térmicas tienen su correlato en el tamaño del bulbo, en su forma, apariencia y posibilidades de conservación poscosecha.
Cabe destacar que aun cuando el ajo se conduzca como un cultivo anual es en sí un cultivo perenne, porque cada año reinicia el ciclo a partir de un propágulo formado en la temporada anterior. En esto, se parece más a un monte de manzanos que a un cultivo de cebolla o tomate. Así, las condiciones ambientales marcadamente diferentes a las experimentadas por las plantas en el ciclo de crecimiento previo, se traducen en alteraciones en la respuesta de las mismas, que pueden culminar en deformaciones del bulbo.
En este marco, Portela señaló que “es de esperar que las variaciones observadas en las condiciones térmicas en años anteriores tengan su correlato no solo en el tamaño del bulbo, sino también en su forma, apariencia y posibilidades de conservación poscosecha”.
Según el investigador, este no es un dato menor porque la base para el sostenimiento del ajo en el mercado internacional estará en la diferenciación por calidad y, por lo tanto, los mejores negocios son, cada vez más, sólo para los mejores ajos, aquellos que cumplan con el estándar Premium.
Es por eso que, en este contexto ambientalmente cambiante, en el que difícilmente se pueda prevenir la magnitud de las fluctuaciones que ocurrirán entre años, se debe estar dispuesto a contemplar, en la ecuación productiva, una cierta proporción de pérdida de ingresos por la baja calidad que podría ocasionar el efecto del ambiente.
Otro aspecto, no menos importante del cambio climático, es el efecto que tiene sobre los demás componentes del agroecosistema; en particular, sobre aquellos organismos que atacan al cultivo de ajo. En otras palabras, las tendencias crecientes en las temperaturas de primavera, no sólo favorecerán el crecimiento del cultivo, sino también el de sus plagas y enfermedades.
“Todas estas adversidades, si no se anticipan y se toman medidas para mitigarlas, se traducirán cuando menos en incrementos en los costos de producción, con la consecuente pérdida de rentabilidad para la actividad”, advirtió Portela.
Y, en esta línea, subrayó; “Si el sector productor-empacador-comercializador del ajo local se organizara y acordara sacar provecho de la situación, los cambios en el ambiente podrían no ser una adversidad, sino una oportunidad para potenciar el valor del Ajo Argentino en el contexto global”.
Primicias Rurales
Fuente: INTA Informa
Jul 21, 2020 | Cambio Climático
En la actualidad, las zonas áridas cubren aproximadamente el 41 % de la superficie terrestre y albergan al 38 % de la población global. Un estudio recientemente, publicado en la revista Science, aporta nuevos datos sobre cómo los aumentos de aridez, como consecuencia del cambio climático, afectan a los ecosistemas más frágiles. La investigación fue liderada por especialistas de la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Alicante –España– en colaboración con el Instituto de Suelos del INTA.
Durante el estudio, se analizó la mayor compilación de datos empíricos sobre zonas áridas realizada hasta la fecha. “Nuestro objetivo fue determinar cómo los aumentos de aridez, como los que se esperan con el cambio climático, afectan a los ecosistemas áridos”, explicó Juan Gaitán, investigador del Instituto de Suelos del INTA y uno de los participantes del trabajo.
“Se evaluaron atributos fundamentales de los ecosistemas, como la productividad, la cobertura y la composición de la vegetación, la fertilidad y las comunidades microbianas de los suelos, y de qué manera estos atributos cambian a lo largo de los amplios gradientes de aridez que pueden encontrarse en las zonas áridas de nuestro planeta”, detalló Gaitán.
De acuerdo con la publicación, se identificaron tres niveles de aridez –medida como la inversa del cociente entre la precipitación y la evapotranspiración potencial de cada lugar– que actúan como umbrales. Una vez que se cruza uno de estos umbrales ocurren cambios acelerados en los ecosistemas.
“El principal hallazgo fue que, a determinados niveles de aridez, pequeños incrementos en la misma desencadenan cambios rápidos, o, a veces, abruptos en las características de los ecosistemas”, explicó Gaitán, quien además es investigador del CONICET y profesor de la cátedra Conservación de Suelos en la Universidad Nacional de Luján –Buenos Aires–.
“El primer umbral se identificó en torno a niveles de aridez de 0.5, a partir del cual la productividad de la vegetación disminuye drásticamente”, indicó el investigador del INTA y agregó: “A partir de este punto de aridez el ecosistema empieza a notar la falta de agua, las plantas cambian y sobreviven aquellas que la pueden tolerar”.
Un segundo umbral fue identificado a valores de 0.7 de aridez. En este punto, pequeños aumentos de la aridez inducen cambios abruptos en los suelos, los cuales se vuelven menos fértiles, con una estructura más débil y, por lo tanto, más susceptibles a ser erosionados.
En este sentido, Miguel Berdugo, de la Universidad Pompeu Fabra –España– y autor principal del estudio, advirtió: “Una vez que este umbral de aridez se sobrepasa, se ven afectados muchos atributos fundamentales del ecosistema. Las plantas que sobreviven son principalmente arbustos que son capaces de obtener agua en capas profundas del suelo. Los microorganismos del suelo, que juegan un papel fundamental en el reciclado de nutrientes, cambian radicalmente, con un aumento de abundancia relativa de especies menos beneficiosas”.
Finalmente, a niveles de aridez superiores a 0.8, la diversidad y la cobertura vegetal se desploman. Así lo explicó Fernando Maestre, de la Universidad de Alicante –España–: “Una vez cruzamos este umbral, el déficit de agua es demasiado grande para soportar el desarrollo de la vegetación. La actividad biológica se reduce drásticamente y la vida pasa a estar condicionada por ventanas de oportunidad que proporcionan los raros episodios de lluvia. Los ecosistemas se han transformado en un desierto”.

Implicancias a escala global
Los hallazgos de este estudio son de gran relevancia para comprender mejor los impactos del cambio climático en las zonas áridas, así como para establecer acciones de adaptación y mitigación apropiadas.
“Las proyecciones climáticas indican que alrededor del 20 % de las tierras emergidas del planeta podrían cruzar uno o varios de los umbrales de aridez identificados en este estudio en el año 2100”, destacó Gaitán y agregó: “Nuestros resultados sugieren que los ecosistemas áridos pueden experimentar cambios abruptos que pueden afectar notablemente a su capacidad de proveer servicios ecosistémicos, como la producción de forraje y la fertilidad del suelo, los cuales son esenciales para las más de 2.000 millones de personas que habitan estos lugares”.
“Con la información aportada sobre cómo cambian las propiedades de la vegetación y el suelo frente a la aridez, y cartografiando las zonas más sensibles, nuestras conclusiones pueden utilizarse para optimizar las tareas de control y restauración, conservar la biodiversidad y evitar la desertificación de estos entornos”, añade Maestre.

La situación en la Argentina
Los resultados de este estudio “tienen implicancias muy importantes para el país, dado que aproximadamente 2/3 partes de la superficie de Argentina son ecosistemas áridos y no son ajenos a estos procesos globales”, explicó Gaitán.
Es importante contar con información precisa acerca de cómo cambian los ecosistemas. Para lo cual, el INTA desarrolla una red de monitoreo de los ecosistemas áridos de la Patagonia –red MARAS–.
Esta red está conformada por alrededor de 500 sitios permanentes, que comenzaron a ser instalados a partir de 2008 y en las que, periódicamente, se evalúan atributos del suelo y la vegetación.
“Al comparar las mediciones de cada sitio a lo largo del tiempo, obtenemos información sobre los cambios que están ocurriendo”, indicó Gaitán para quien “uno de los nuevos proyectos que el INTA está poniendo en marcha busca extender la red de sitios de monitoreo a todo el país y complementarla con el análisis de imágenes satelitales y datos climáticos. Esto permitirá detectar las zonas que están sufriendo los cambios más severos, está información es esencial para las tareas de mitigación, restauración y el diseño de políticas públicas de control”.
Primicias Rurales
Fuente: INTA informa
Jul 3, 2020 | Cambio Climático
El cambio en el clima es una variable constante. La transformación en el régimen de lluvias y de temperaturas a escala global tienen efectos directos sobre los sistemas agroalimentarios. En este punto, la clave para el sector agropecuario estará en implementar las prácticas necesarias para minimizar los impactos ambientales y adaptarse para no quedar en el intento.
En esta línea, especialistas de países Iberoamericanos describen las actividades más vulnerables y evalúan las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región. Como resultado, presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático. Se trata de un trabajo basado en la recopilación de fuentes, reportes y bases de datos internacionales realizado en el marco del proyecto “Evaluación de actuaciones de vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC).
“Debemos avanzar hacia una agricultura climáticamente inteligente”, aseguró Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA, quien detalló: “Es necesario implementar sistemas más resilientes y basados en tecnologías de procesos, reciclado de productos y menos uso de agroquímicos”.
El clima siempre fue un factor de riesgo para la producción agrícola. De hecho, en la Argentina los cambios que se registran en el clima afectan de diversas formas y con diferentes magnitudes al sector agropecuario. “Eventos ‘Niño’ en 2016/17 y ‘Niña’ en 2008/09 y 2018/19 muestran una elevada vulnerabilidad”, dijo Taboada quién, además, citó los cambios fuertes que se dieron en la alta Cuenca del Paraná y que determinaron el río baje estrepitosamente su nivel de agua.
En lo que respecta al sector agropecuario, “lo que estamos viendo es que estos cambios están vinculados no solo a la variabilidad del clima, sino a los cambios en el uso de la tierra y lo que hacemos con ella”, señaló el Director del INTA y ejemplificó: “La expansión de la frontera agropecuaria hacia el norte y el oeste, debido al incremento de lluvias”.
Asimismo, Taboada consideró el aumento de las siembras de maíz a mediados de diciembre, cuya finalidad es evitar la falta de agua y las altas temperaturas, que ocurren en enero, o el avance en los sistemas de riego y la siembra de variedades resistentes a plagas y a sequía como ejemplos de adaptación.
Incorporación de sistemas de riego.
“El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”, expresó Andrea Maggio –del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF)– quien puso el foco en los sistemas productivos de la agricultura familiar de las economías regionales. “Allí, el impacto se hace más notable dado que se encuentran en zonas más afectadas por las inclemencias climáticas”, puntualizó.
En cuanto a los desafíos para los próximos años, Taboada consideró que, si bien “las mejoras tecnológicas van a permitir desarrollar más germoplasmas adaptados y con resistencia a plagas, dependerá de nosotros hacer un uso más eficiente del agua que cae y volver a los sistemas de doble cultivo, cultivos de cobertura e impedir la deforestación”.
En este sentido, Maggio destacó el rol del Estado en la generación de conocimiento y el desarrollo de tecnologías apropiadas frente al cambio climático.
En esta problemática tan amplia, “el aporte del INTA es muy diverso, desde estudios de monitoreo ambiental, información meteorológica, prácticas de conservación de suelo, materiales genéticos seleccionados en función de su resiliencia y estudios de biodiversidad, hasta el intercambio de conocimiento y el asesoramiento técnico para producir de manera más armónica con los ecosistemas, promoviendo una gestión sostenible de los recursos naturales”, describió Maggio y agregó: “Sin dejar de lado el trabajo en redes internacionales y nacionales abocadas a este tema que permiten el intercambio de conocimiento y cooperación técnica en esta problemática global”.
Maggio: “El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”.
Iniciativa regional
Especialistas y representantes de diferentes organismos de países Iberoamericanos presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático, un destacado trabajo cuyo objetivo fue evaluar las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región.
Un equipo de especialistas del INTA elaboró el capítulo 7, un segmento dedicado al sector agropecuario, coordinado por Miguel Taboada, en el que participaron Alejandro Costantini, del mismo instituto, y Andrea Maggio, del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF). De la redacción del capítulo fueron parte destacados referentes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires junto con referentes de Brasil, Chile, México, Guatemala y Colombia.
“El libro nos planteó un desafío interesante”, afirmó Costantini –especialista del Instituto de Suelos del INTA– y agregó: “Las fuentes fueron numerosas, hay también consultas a reportes y a bases de datos internacionales. Quienquiera que revise la literatura consultada, podrá ver que se accedió no solo a los clásicos papers científicos que provienen de revistas, sino también a muchos informes locales, en especial de las regiones del Caribe, Centro América, Amazonia y América Andina”.
El capítulo está conformado por los componentes del riesgo en relación con el sector o sistema, la caracterización de los riesgos y sus impactos, las medidas de adaptación, las barreras, oportunidades e interacciones y los indicadores de la efectividad de la adaptación.
“Presenta casos de estudio, como un análisis comparativo de los avances de la frontera agropecuaria en la Argentina y Brasil, la selección de germoplasma adaptado de banana en el nordeste de la Argentina, la selección de plantas matrices de café tolerantes a la roya en Perú, la diversificación de cafetales con aguacate en México, los cambios en la fechas de siembra en dicho país, el uso eficiente del agua en el cultivo de arroz en Colombia y la agricultura sostenible adaptada al clima en Centroamérica, Caribe y el oeste de Sudamérica”, detalló Costantini.
Asimismo, es un aspecto destacado en la publicación, debido a que no solo es importante por el volumen de productos que se cultivan, sino también por la diversidad de alimentos más sanos y nutritivos, sin contaminantes y de proximidad que se obtienen. “Todo esto, contribuirá a una menor huella ecológica ambiental”, puntualizó Maggio.
El libro surgió como resultado del proyecto “Evaluación de actuaciones de vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, en el marco de las actividades de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC). Además, cuenta con el apoyo del Programa Arauclima y del Plan de Transferencia, Intercambio y Gestión de Conocimiento para el Desarrollo de la Cooperación Española en América Latina y el Caribe —INTERCOONECTA—, ambos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).
Fuente: INTA informa
Primicias Rurales
Jun 22, 2020 | Cambio Climático
22 de junio, (PR/20).- Según estudios de la Universidad de Oxford, para producir 100 gr de proteínas, los bovinos demandan más tierras y agua que los granos, y generan mayor contaminación. Sobre esta base, grupos ecologistas y veganos de la UE proponen desacoplar la producción de carne del uso de recursos naturales. La estrategia para enfrentar esta visión que intentan imponer a nivel mundial, según el investigador Ernesto Viglizzo.
«Hasta hace unos años, la productividad y la rentabilidad eran las mayores preocupaciones de las empresas a nivel global, pero este año por primera vez ganaron posición las variables ambientales», dijo el Ing. Agr. Ernesto Viglizzo, investigador del CONICET, en el webinar Ganadería y Cambio Climático organizado por el Foro Argentino de Genética Bovina, presentado los resultados de una encuesta a empresarios, académicos, referentes sociales y líderes de gobierno, realizada por el World Economic Forum 2020. «La mayor cantidad de respuestas apuntó a los riesgos de ocurrencia de eventos climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y desastres ambientales causados por el hombre», detalló.
En cuanto a la ganadería bovina, estos nuevos paradigmas abren un terreno fértil para la visión que intentan imponer ambientalistas y veganos de la Unión Europea.
«Hay que seguir de cerca a estos grupos que yo llamo ‘lobby’ porque son los más poderosos que arremeten contra la carne vacuna y sus opiniones irradian rápidamente a escala global. Sostienen que, más allá de afectar la salud humana, la producción bovina impacta negativamente en el ambiente, en lo que hace al uso y la contaminación de los recursos naturales», planteó el investigador, poniendo sobre la mesa los mitos que afectan a los países ganaderos de Sudamérica, entre ellos, la Argentina que históricamente ha exportado al bloque europeo.
Durmiendo con el enemigo
Los argumentos en contra de la carne vacuna tienen sus años aunque cobraron nuevo brío a partir de un estudio de 2018, realizado por la Universidad de Oxford, Reino Unido, que involucra a 38.700 granjas comerciales, en 119 países. «Según los autores, para producir 100 gramos de proteínas, los bovinos demandan más tierra y agua, y emiten más gases de efecto invernadero y otros contaminantes, que granos como el trigo, maíz, arroz y soja.


«Cuando se publicaron estos trabajos, tuvieron un impacto muy fuerte. El lobby de los veganos puso mucho énfasis en que la población europea abandonara hábitos culinarios e hiciera un viraje hacia dietas vegetales», contó Viglizzo. ¿Que proponen? «Desacoplar la producción de carne del uso de la tierra. Entonces, además de carnes vegetales, impulsan la carne cultivada, que se produce replicando moléculas de ADN, es decir, sacándole unas células a la vaca y desarrollándolas en condiciones de laboratorio. No es el mismo alimento, pero además está avanzando a toda velocidad con este producto, lo que atenta contra un factor de producción del agro tradicional», advirtió.
En paralelo, en diciembre de 2020, el Parlamento Europeo propuso el Pacto Verde que apunta de dejar de producir emisiones netas de gases de efecto invernadero en 2050 y posicionarse como el primer continente neutro.
En materia comercial, esta hoja de ruta señala explícitamente que el precio de los productos comprados a terceros países, deberá reflejar con precisión su contenido de carbono. «Esto significa penalizar aquellas carnes que lleguen a sus góndolas con mayor carga de carbono, más concretamente con mayor huella, una de las causas del calentamiento global y de la fuerte variabilidad climática de los últimos tiempos», alertó, señalando asimismo que promoverán que otros países importadores también adopten estos criterios.
«O sea, que la Unión Europea trata de erigirse en algo así como un líder de la defensa del ambiente global y para eso ejercerá todas las presiones diplomáticas posibles», aseveró.
¿Puede la demanda China liberarnos del lobby de la UE? «Europa busca imponer su posición con datos científicos, que influyen mucho en las negociaciones. Hoy los sistemas satelitales globales están monitoreando cada pixel de la tierra y permiten evaluar rápidamente cambios en la superficie boscosa. Y se entiende que el principal impacto potencialmente negativo de la ganadería está en la desforestación. En el caso de la Argentina, la tasa de desforestación ha bajado significativamente desde 2008 en que entró en vigencia la Ley de Bosques, eso juega a nuestro favor», respondió.
Mitos y verdades
Para Viglizzo, los estudios que sustentan a los ambientalistas no contemplan que la forma de producir carne de los europeos, con predominio de sistemas de tipo industrial, intensivos, difiere de la ganadería argentina que también utiliza el feedlot pero obtiene la mayor parte de los kilos de cada animal sobre pastizales y pasturas.
«En todos los casos los bovinos emiten carbono, pero nuestros sistemas pueden secuestrarlo y los otros no», indicó. ¿Qué hacen las pasturas? «Capturan carbono que ya está en la atmósfera, por fotosíntesis. Ese carbono es consumido por el animal, que lo recicla como metano y luego vuelve al medio. Y si bien el metano tiene un poder calorífico mucho más importante, lo cierto es que la cantidad neta de carbono que se está reciclando es siempre la misma, o sea, no estamos agregando más», explicó.
A nivel global, los mediciones de gases de efecto invernadero se basan en las metodologías desarrolladas por el Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que fue creado en 1988. «El problema es que le asigna un valor de secuestro de carbono sólo a las tierras de bosques, algo que debería ser revisado, porque las tierras de pastoreo, bien manejadas, también pueden capturar», opinó, remarcando que esto tiene una enorme importancia para la Argentina donde el 80% de la cobertura territorial corresponde, precisamente, a tierras pastoreo.
La contabilidad del carbono
Seguidamente el investigador definió el balance de carbono, que mide la diferencia entre lo que se emite y lo que se secuestra por hectárea del sistema ganadero. Sin embargo, los estudios de Oxford, que castigaron a la carne vacuna, midieron la huella de carbono que es la cantidad de carbono producido por cada kilo o tonelada de producto. Así las cosas, para explicar cómo juegan los métodos del IPCC, puso un ejemplo de la ganadería local.
Consideró un planteo con 80% de pasturas, 20% de maíz, que fertiliza con 100 kg/ha de urea y obtiene 550 kg de carne por hectárea. ¿Cómo se calcula la huella de carbono? «En primer lugar se le incorporan las emisiones por manufactura de los insumos que consume ese planteo, por combustible, plaguicidas y fertilizantes, que en realidad, deberían cargarse a la industria que los fabricó y no al productor agropecuario. Nosotros, los investigadores, estamos cuestionando este aspecto», aseveró.
Pero también, prosiguió, hay emisiones propias de la ganadería que son las que juegan más fuerte en la contabilidad ambiental: las se producen por excreta, o sea, metano y por orina, es decir, óxido nitroso.
«Si asumimos que el secuestro de carbono en nuestros sistemas es cero, tal como computan todos los estudios europeos, nuestro modelo tendría una huella de carbono de 1.454 kg por tonelada de carne. En cambio, si consideramos el secuestro de las pasturas, vemos un baja sustancial, se capturan 909 kg de carbono y la huella baja a 500 kg. Y no es lo mismo llegar a una góndola europea con 1.454 kg de carbono por tonelada, que hacerlo con 500 kg», reiteró. Y subrayó: «Incluso, es posible que un sistema pastoril de alta productividad pueda tener mayor secuestro de carbono del forraje que emisión por parte de los animales. Hay gran variabilidad de planteos en nuestras latitudes y cada uno tiene su balance»
¿Cómo medir el secuestro de carbono de las pasturas? «Nosotros no disponemos de recursos humanos ni económicos como para llevar adelante los estudios necesarios a campo, que son complejos y demandan mucho tiempo y, en este sentido, debería haber colaboración desde el sector privado. El atajo que hemos tomado es hacer revisiones de la bibliografía internacional aplicables a nuestras regiones ganaderas, pero deberíamos contar con nuestros propios datos para negociar en los foros internacionales», finalizó Viglizzo.
Por Ing. Agr. Liliana Rosenstein, Editora de Valor Carne
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May 26, 2020 | Cambio Climático
Buenos Aires, 26 mayo (PR/20) — Especialistas del INTA aseguran que es posible intensificar la actividad de los sistemas agrícolas y, a la par, mitigar la emisión de gases de efecto invernadero. Para lograrlo es necesario incorporar herramientas, como la siembra directa, la rotación de cultivos y la integración de la agricultura con la ganadería. Frente a este contexto, Fontagro organiza un ciclo de conferencias que profundizará en las prácticas de manejo que contribuyen a este propósito.
En los últimos 65 años, la actividad humana aumentó en un 80 % las emisiones de dióxido de carbono (CO2), mientras que duplicó la tasa de emisión de metano (CH4) e incrementó entre un 40 y un 50 % las concentraciones atmosféricas de óxido nitroso (N2O).
De acuerdo con el Quinto Informe de Cambio Climático, publicado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la mayor fuente de incremento de los gases de efecto invernadero (GEI) provino de la generación de energía, el transporte y la industria. Por su parte, la agricultura, la ganadería y los cambios en el uso de la tierra contribuyeron con no más de un tercio de las emisiones.
Ahora bien, ¿es posible reducir la emisión de GEI y mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C? ¿qué rol cumple el sistema agrícola en este objetivo? ¿es posible maximizar la productividad de manera sustentable? ¿cómo impacta el cambio climático en el sector?
Para Miguel Taboada –director del Instituto de Suelos del INTA Castelar–, se puede maximizar la productividad del sistema agrícola y reducir la emisión neta de gases de efecto invernadero, lo que incluye a la captura de CO2 atmosférico por las plantas. Esto es posible y necesario para la adaptación al cambio climático. “Nuestra agricultura debe buscar una intensificación sustentable que reduzca el impacto ambiental y social”, subrayó.
Para esto, es importante incluir las mejores prácticas de manejo de suelos y cultivos que contribuyan a este propósito, según la condición especifica de sitio a nivel de predio, cuenca o región. En este sentido, recomendó las rotaciones de cultivos, la reducción de la erosión hídrica y eólica y la desertificación, la siembra directa, la nutrición de suelos y cultivos con una adecuada tecnología de fertilización, la integración de agricultura con ganadería, entre otras.
“Estas prácticas –eje del ciclo de conferencias “El sector agropecuario frente al cambio climático” organizado por Fontagro para junio y julio– deben resultar en una menor emisión de GEI, mayor captura de carbono en los suelos, mayor eficiencia en el uso del agua, mayor diversidad y actividad biológica en los suelos y uso adecuado y responsable de agroquímicos”, especificó.
Con respecto al impacto del cambio climático en el sector agropecuario, Taboada no dudó en asegurar que “los países de Latinoamérica presentan una marcada heterogeneidad en cuanto a las amenazas de origen climático, clasificadas en tres ejes: los riesgos de exposición a daños, las vulnerabilidades que afectan a las poblaciones y los ecosistemas y, por último, las oportunidades”.
En esta línea, especificó que el riesgo más notorio es el aumento de las temperaturas medias y de los mínimos diarios con noches más cálidas, aunque también pueden esperarse eventos extremos como olas de calor, menor cantidad de días con heladas, sequías y excesos hídricos en forma de tormentas y granizadas.
Para Taboada, “es importante incluir las mejores prácticas de manejo de suelos y cultivos” y recomendó reducir la erosión hídrica y eólica, además de la desertificación.
En cuanto a las vulnerabilidades, Taboada incluyó a los factores que pueden incrementar o agravar la magnitud de los daños y disminuir la capacidad de resiliencia como, por ejemplo, los altos índices de pobreza, la desaparición de bosques y pastizales y la pobre institucionalidad de algunos países que lleva a la falta de marcos regulatorios o de cumplimiento efectivo de la Ley.
A su vez, aseguró que “aun cuando la mayoría de los cambios del clima son negativos, existen algunos aspectos u oportunidades que pueden favorecer las producciones agropecuarias”. Entre ellos, mencionó la tropicalización de las regiones que permiten el cultivo con especies megatérmicas o el aumento de las lluvias, que, bajo ciertas circunstancias, puede permitir el desplazamiento o aumento de las áreas de cultivo.
Entre las principales amenazas climáticas, el especialista del INTA advirtió sobre el impacto del estrés térmico e hídrico para cultivos y ganado, la falta de agua por deshielo, las pérdidas de cultivos y hacienda por los procesos erosivos, como así también las sequías e inundaciones y la mayor diseminación de plagas y enfermedades.
“El nivel de exposición a las amenazas planteadas es muy variable en función, principalmente, del nivel socioeconómico de la población afectada, la rigidez o flexibilidad relativa con que pueden variar sus sistemas productivos o adoptar tecnología y la posibilidad de asistencia o disponibilidad de dicha tecnología”, reconoció.
“Nuestra agricultura debe buscar una intensificación sustentable que reduzca el impacto ambiental y social”, subrayó Taboada.
La mitigación: un cambio es posible
De acuerdo con el director del Instituto de Suelos del INTA Castelar, para que la mitigación del cambio climático sea posible se debe realizar ciertas medidas estructurales, sociales e institucionales.
Entre las estructurales, diferenció entre las que requieren el uso de ingeniería y cambios en el entorno físico como la construcción de sistemas de riego o bombeos de agua, de los que demandan un manejo del ecosistema con un impulso hacia la conservación de corredores biológicos, migración de especies en peligro de extinción, forestación, manejo de tierras protegidas, entre otros.
Además, se refirió a la incorporación de opciones tecnológicas de insumos y de procesos, en beneficio de una mejor gestión de los cultivos, la ganadería y el pastoreo. Entre ellas, destacó la adopción de nuevas variedades y tipos de cultivos y animales, incorporación de mejoras genéticas, el desplazamiento de áreas de cultivo, cambios en las fechas de siembra y adopción de germoplasmas adaptados.
A su vez, destacó los sistemas de cultivo para mejorar la conservación del agua, la captura de nitrógeno de la atmósfera, el reciclaje de residuos, las producciones integradas, los sistemas agroecológicos, el control biológico de plagas, la eficiencia del uso del agua en áreas de secano y regadío, reutilización de agua de drenaje y fertirriego, ajuste de la carga animal, distribución de aguadas, entre otros.
En cuanto a las medidas sociales, destacó la importancia de generar mapas de riesgo y vulnerabilidad, sistemas de alerta temprana y respuesta, monitoreo y uso sistemático de sensores remotos. Además, se requieren cambios en los patrones de comportamiento que fomenten las prácticas de conservación del suelo y el agua con cambios en los sistemas de cultivo, áreas y fechas de siembra y la incorporación de conocimientos tradicionales de los productores.
Por último, con respecto a las medidas institucionales destacó las económicas, como el pago por servicios ecosistémicos o las referidas a tipo de regulación regional, nacional o municipal para el uso de las tierras y los derechos de propiedad y tenencia, como así también aquellas que protejan el uso de los recursos de suelos, aguas y vegetación.
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Fuente: INTA Informa