Nov 25, 2020 | Cambio Climático
Por Amanda Balbino
Christian Garavaglia
El aumento de la temperatura global puede liberar más carbono del suelo.
Un nuevo estudio internacional, dirigido por la Universidad de Exeter y publicado en Nature Communications, revela que el aumento de la temperatura global reduce el tiempo que el carbono está disponible en el suelo.
Los suelos contienen de dos a tres veces más carbono que la atmósfera y a temperaturas más altas se acelera el proceso de descomposición, impactando directamente en la eliminación de más carbono hacia la atmósfera y, en consecuencia, en el calentamiento global.
La respuesta del carbono del suelo al cambio climático es la mayor área de incertidumbre para comprender el ciclo del carbono en las proyecciones del cambio climático. Por tanto, la investigación reduce a la mitad la incertidumbre sobre el tema en escenarios climáticos futuros.
El estimado de 230 mil millones de toneladas de carbono liberado por el calentamiento de 2 °C (por encima de los niveles preindustriales) es más de cuatro veces el total de emisiones de China y más del doble de las emisiones de EE.UU. en los últimos 100 años.
La coautora de la investigación, la Dra. Sarah Chadburn, dijo que el estudio descartó proyecciones más extremas, pero aún sugiere pérdidas sustanciales de carbono del suelo debido al cambio climático con solo 2 °C de calentamiento.
Este efecto es llamado «retroalimentación positiva», es decir, todo aquello que agregue calor a la atmósfera provoca efectos indirectos que contribuyen a un mayor cambio climático.
El uso sustentable del suelo en áreas urbanas y rurales puede ayudar a mitigar y adaptarse al cambio climático.
Para lograr los resultados, la investigación utilizó una nueva combinación de datos de observación y modelos del sistema terrestre, que simulan el clima y el ciclo del carbono y, posteriormente, hacen predicciones sobre el cambio climático.
El abordaje del estudio sigue un método en el que se utiliza una sensibilidad espacial a la temperatura para restringir la respuesta futura al cambio climático, lo que denominaron como una restricción espacial emergente.
«Investigamos cómo el carbono del suelo se relaciona con la temperatura en diferentes lugares de la Tierra para descubrir su sensibilidad al calentamiento global», dijo la autora Rebecca Varney, de la Universidad de Exeter.
Modelos de última generación sugieren una incertidumbre de alrededor de 120 mil millones de toneladas de carbono a 2 °C de calentamiento global promedio. El estudio reduce esta incertidumbre a alrededor de 50 mil millones de toneladas de carbono.
Según el profesor Peter Cox del Instituto de Sistemas Globales de Exeter, reducir la incertidumbre en esta respuesta al cambio climático es vital para calcular un presupuesto global de carbono más preciso y cumplir con éxito los objetivos del Acuerdo de París.
Suelo y cambio climático
El suelo es un elemento importante y a menudo pasado por alto en el sistema climático, además de ser el segundo sumidero de carbono más grande después de los océanos.
El cambio climático puede aumentar el almacenamiento de carbono debido al crecimiento de la vegetación o hacer que se libere más gas a la atmósfera.
La creciente concentración de dióxido de carbono en la atmósfera puede hacer que los microorganismos del suelo descompongan la materia orgánica más rápidamente, liberando más dióxido de carbono.
Se espera que la emisión de gases desde el suelo sea particularmente significativa en las regiones del norte de Europa y Rusia, donde la fusión del permafrost, un tipo de suelo en la región ártica que consiste en tierra, hielo y rocas permanentemente congelados, podría liberar grandes cantidades de metano.
Aún no está claro cuál será el efecto global, dado que las diferentes regiones absorben y emiten diferentes niveles de gases de efecto invernadero.
Una forma de mitigar este escenario es la recuperación de ecosistemas terrestres, lo que ayuda a capturar carbono de la atmósfera. El uso sustentable del suelo en áreas urbanas y rurales también puede ayudar a mitigar el cambio climático y a adaptarnos.
Primicias Rurales
Fuente: Meteored
Oct 23, 2020 | Cambio Climático
El 21 de octubre se celebró el Día Mundial del Ahorro Energético, esta vez en un contexto que deja en evidencia la capacidad de la actividad humana para influenciar sobre la naturaleza, pero también que vínculo entre la salud de las personas y la salud del planeta es muy estrecho. Si bien la crisis por el COVID-19 ha generado graves impactos y consecuencias, también nos ofrece una oportunidad para “barajar y dar de vuelta”.
Mientras cada día se habla de la “nueva normalidad”, desde Vida Silvestre enfatizamos que el consumo responsable de energía es uno de los caminos a seguir para cambiar la forma en la que nos relacionamos con la naturaleza. Para un país en desarrollo como la Argentina, la disponibilidad de energía resulta estratégica.?Sin embargo, cuando su generación y consumo no se realizan en forma responsable, las consecuencias afectan nuestras posibilidades de desarrollo y nuestro entorno natural.
El mundo cambió el 11 de marzo de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud declaró una pandemia al COVID-19. En un esfuerzo por restringir el contacto de la población con el virus y reducir su tasa de propagación, los gobiernos del mundo impusieron diferentes medidas como el aislamiento social, el estímulo del trabajo domiciliario o el cierre de las escuelas, que implicaron un cambio en la actividad humana con profundas consecuencias sociales y económicas. Además, entre los efectos provocados por estos cambios también se registró una menor demanda de energía, lo que a su vez redujo las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), causantes del cambio climático. Sin embargo, no puede dejarse de lado una serie de importantes preguntas: ¿Qué tan significativos son estos cambios? ¿Cuáles son las implicancias para otros ámbitos? ¿Se trata de una estrategia sostenible en el tiempo?
¿Qué dicen las emisiones?
Las políticas gubernamentales durante la pandemia de COVID-19 alteraron drásticamente los patrones de demanda de energía en todo el mundo. Según una evaluación realizada por la Agencia Internacional de la Energía, se estima una reducción en la demanda mundial de energía del 5% para finales del 2020: particularmente, se estima una caída del 8%, 7% y 3%, en el consumo de petróleo, carbón y gas natural respectivamente. Luego, considerando el gran peso relativo de los combustibles fósiles dentro de la matriz energética, es de esperar un fuerte vínculo entre los cambios de las emisiones globales y la reducción forzada den la demanda ed energía. Se calcula que las emisiones mundiales diarias de dióxido de carbono (CO2) disminuyeron en promedio un -17% (entre -11 a -25%) a principios de abril de 2020, en comparación con los niveles medios de 2019: las emisiones globales del transporte terrestre se redujeron en un –36%, representando la mayor contribución al cambio total. En el sector industrial las emisiones se redujeron un –19%, mientras que en el sector eléctrico, las emisiones cayeron un –7,4%. Por otra parte, se produjo un pequeño crecimiento del +2.8% en las emisiones globales del sector residencial.
En principio esto podría ser positivo, pues para lograr un futuro donde el aumento de la temperatura media global sea menor a 2°C, de acuerdo a los compromisos asumidos en el acuerdo de París, es necesario bajar a cero las emisiones globales netas de CO2 para el año 2050. No obstante, un informe en Nature Climate Change indica que aunque la disminución en 2020 no tiene precedentes, tan sólo permitió alcanzar los niveles de emisiones diarias del 2006. Además, la mayoría de las acciones que permitieron esta disminución son reflejo de una situación extraordinaria y no de cambios estructurales de los sistemas productivos o económicos. Entonces, aunque el aislamiento social preventivo y obligatorio redujo la tasa de emisiones, la disminución de la actividad humana no es una estrategia sustentable, ya que tiene fuertes repercusiones negativas sobre la economía y bienestar social.
La reducción en la actividad humana producto de la pandemia permite que nos posicionemos en un punto de partida atípico, con menores emisiones de CO2 diarias a las esperadas para la fecha (en comparación con proyecciones pasadas). Sin embargo, se requiere de un esfuerzo prolongado en el tiempo para que este cambio sea significativo, puesto que los aumentos de la temperatura global no dependen únicamente de las emisiones de los últimos años, sino de la concentración de los gases de efecto invernadero durante largos periodos.
No hay una única historia acerca del futuro. Depende de decisiones consensuadas entre todos los sectores de la sociedad, que tienen la posibilidad y la obligación de participar en la optimización de nuestras formas de consumo.
¡Un futuro sustentable es posible!
Una disminución de los gases de efecto invernadero representa sin dudas un avance en la lucha contra el cambio climático, pero tan solo es el inicio del camino: tarde o temprano los países iniciarán un proceso de recuperación económica y productiva, pero eso no debería hacerse a cualquier costo. Las medidas y políticas que se adopten, impactarán fuertemente en las futuras emisiones de CO2, y serán determinantes a la hora de evaluar el cumplimento de los objetivos del Acuerdo de París. Para lograr un futuro sustentable se requieren cambios estructurales que permitan una fuerte reducción de las emisiones, con la posibilidad de sostenerse en el tiempo, y contemplando las dimensiones socioambientales.
En la Argentina, el?potencial de ahorro energético es muy grande, y sigue sin ser aprovechado. De acuerdo a un informe técnico de Vida Silvestre, el potencial de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para los próximos años es de un 30% – 48%: una parte importante de este potencial de ahorro se encuentra en el sector residencial y en el sector comercial/público.
Con medidas de eficiencia energética, se podrían alcanzar nuevos paradigmas para estos dos sectores que ya mostraron variaciones en su consumo y que en nuestro país concentran el 62% del?potencial de ahorro?de energía eléctrica: Carlos Tanides, Coordinador del Programa Ciudades, Clima y Energía de Vida Silvestre, destacó que “si vemos los números, hubo una reducción del consumo en todos los sectores salvo en el residencial. Por eso es importante la reducción del consumo en los hogares. La eficiencia energética es una gran oportunidad para ello”. El portal TopTen Argentina, impulsado por Vida Silvestre, es una de las iniciativas que proponemos para que los consumidores puedan elegir de manera consciente e informada acerca de cómo usan y cómo pueden ahorrar energía. Esta plataforma digital también permite conocer cuáles son los artefactos más eficientes que se consiguen en el mercado argentino.
El uso racional y eficiente de la energía se presenta como una de las líneas de acción con mayor potencial para reducir emisiones, puesto que la producción de energía suele representar más del 50% de las emisiones de GEI en los inventarios nacionales. La eficiencia energética no busca dejar de realizar determinadas actividades para evitar el consumo de energía, sino que su objetivo es utilizar la energía de la forma más económica, segura y limpia posible.
Primicias Rurales
Fuente: Fundación Vida Silvestre
Oct 13, 2020 | Cambio Climático
Un reciente estudio publicado en la revista científica “One Earth” y difundido por el “Sistema de Información Integrado de la Sequía (Nidis, por sus siglas en ingles)”, un organismo norteamericano dedicado a seguir este fenómeno sobre el territorio de los Estados Unidos, detalla que están surgiendo nuevas formas de sequía a nivel mundial debido al calentamiento del clima, los cambios en los patrones de conexión atmosférica y oceánica, la expansión del uso humano del agua y una historia de influencia humana en el medio ambiente.
De acuerdo a los autores del estudio se identificaron varios tipos de sequías que se están experimentando actualmente y que son, fundamentalmente, diferentes de las sequías históricas, lo que dificulta que los expertos anticipen adecuadamente las sequías futuras hasta que se llenen varios vacíos clave de conocimiento.
La medida que tomó la provincia tiene que ver con la necesidad de sumar recursos propios dada la eliminación del Fondo Federal Solidario y los
subsidios al
transporte. La queja de la Bolsa de Comercio provincial.
Comprender ciertos patrones, dicen los autores, es fundamental para anticipar adecuadamente los nuevos regímenes de sequía, especialmente la ocurrencia de megasequías. Asimismo, las fuertes restricciones de lluvias actuales, aclaran, son impulsadas o exacerbadas por el uso humano del agua, por lo que comprender cómo el uso humano del agua y la tierra puede alterar los regímenes de sequía y el agua ecológicamente disponible es crucial para la toma de decisiones.
En conclusión, advierten y enfatizan que es más probable que las sequías emergentes del siglo XXI transformen los ecosistemas, es decir, cambien fundamentalmente la composición, estructura y función de las especies a tal grado que afecte los servicios de los ecosistemas de los que dependen los seres humanos y la vida silvestre.
Al respecto, los factores estresantes están abrumando la capacidad de los ecosistemas para recuperarse de las sequías, lo que hace que muchas especies sean reemplazadas por nuevos organismos que a menudo cumplen diferentes funciones ecológicas.
Por esto, anticipar cuándo y dónde los procesos que mantienen la estabilidad ecológica se verán abrumados y la transformación ecológica inducida por la sequía requiere llenar algunas brechas científicas diversas.
Primicias Rurales
Fuente: infocampo.com.ar
Oct 11, 2020 | Cambio Climático
Mendoza, 11 octubre (PR/20) — Un estudio del INTA La Consulta, Mendoza, determinó que las fluctuaciones térmicas del ambiente, propias del calentamiento global, tendrían efectos positivos sobre el crecimiento del cultivo de ajo. De todos modos, reconocen que las dificultades aparecerán durante los períodos de cosecha y poscosecha.
Según estiman científicos del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA, CONICET, Mendoza), para fines de este siglo, en la región andina central podría haber incrementos de entre 3 y 4°C en las temperaturas de verano y entre 1 y 2°C en las de invierno. Al mismo tiempo, los veranos serán más lluviosos en las zonas de cultivo, mientras que los glaciares recibirán menos nieve para su reposición.
De acuerdo con José Antonio Portela –investigador del INTA La Consulta, Mendoza– “el cultivo de ajo en la región no se vería tan afectado por las fluctuaciones térmicas del ambiente en este proceso de calentamiento global, como sí sucederá con los cultivos de verano”.
En ese sentido, especificó que, “por ser el ajo un cultivo de invierno, no se verá tan afectado en su crecimiento por las variaciones en las lluvias, pero serán más complicadas las etapas de cosecha y poscosecha”.
Y agregó: “Esto va a requerir, cuando menos, que los productores dispongan de estructuras adecuadas para la conservación de sus ajos hasta la venta, aspecto que hoy solo puede ser satisfecho para el 30% de la producción nacional”.
Los principales efectos térmicos del cambio climático sobre el cultivo de ajo van a estar determinados por las fluctuaciones en las condiciones entre años. Así lo asegura el estudio de INTA que no duda en afirmar que, “en los últimos años hay una tendencia que sugiere mayores temperaturas durante la primavera, algo que tendría efectos positivos sobre el cultivo de ajo”
Es que, una vez cubierto el estímulo de frío que la planta necesita para que la bulbificación tenga lugar, el rendimiento va a depender de que haya temperaturas en aumento que promuevan el crecimiento.
Las condiciones térmicas tienen su correlato en el tamaño del bulbo, en su forma, apariencia y posibilidades de conservación poscosecha.
Cabe destacar que aun cuando el ajo se conduzca como un cultivo anual es en sí un cultivo perenne, porque cada año reinicia el ciclo a partir de un propágulo formado en la temporada anterior. En esto, se parece más a un monte de manzanos que a un cultivo de cebolla o tomate. Así, las condiciones ambientales marcadamente diferentes a las experimentadas por las plantas en el ciclo de crecimiento previo, se traducen en alteraciones en la respuesta de las mismas, que pueden culminar en deformaciones del bulbo.
En este marco, Portela señaló que “es de esperar que las variaciones observadas en las condiciones térmicas en años anteriores tengan su correlato no solo en el tamaño del bulbo, sino también en su forma, apariencia y posibilidades de conservación poscosecha”.
Según el investigador, este no es un dato menor porque la base para el sostenimiento del ajo en el mercado internacional estará en la diferenciación por calidad y, por lo tanto, los mejores negocios son, cada vez más, sólo para los mejores ajos, aquellos que cumplan con el estándar Premium.
Es por eso que, en este contexto ambientalmente cambiante, en el que difícilmente se pueda prevenir la magnitud de las fluctuaciones que ocurrirán entre años, se debe estar dispuesto a contemplar, en la ecuación productiva, una cierta proporción de pérdida de ingresos por la baja calidad que podría ocasionar el efecto del ambiente.
Otro aspecto, no menos importante del cambio climático, es el efecto que tiene sobre los demás componentes del agroecosistema; en particular, sobre aquellos organismos que atacan al cultivo de ajo. En otras palabras, las tendencias crecientes en las temperaturas de primavera, no sólo favorecerán el crecimiento del cultivo, sino también el de sus plagas y enfermedades.
“Todas estas adversidades, si no se anticipan y se toman medidas para mitigarlas, se traducirán cuando menos en incrementos en los costos de producción, con la consecuente pérdida de rentabilidad para la actividad”, advirtió Portela.
Y, en esta línea, subrayó; “Si el sector productor-empacador-comercializador del ajo local se organizara y acordara sacar provecho de la situación, los cambios en el ambiente podrían no ser una adversidad, sino una oportunidad para potenciar el valor del Ajo Argentino en el contexto global”.
Primicias Rurales
Fuente: INTA Informa
Jul 21, 2020 | Cambio Climático
En la actualidad, las zonas áridas cubren aproximadamente el 41 % de la superficie terrestre y albergan al 38 % de la población global. Un estudio recientemente, publicado en la revista Science, aporta nuevos datos sobre cómo los aumentos de aridez, como consecuencia del cambio climático, afectan a los ecosistemas más frágiles. La investigación fue liderada por especialistas de la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Alicante –España– en colaboración con el Instituto de Suelos del INTA.
Durante el estudio, se analizó la mayor compilación de datos empíricos sobre zonas áridas realizada hasta la fecha. “Nuestro objetivo fue determinar cómo los aumentos de aridez, como los que se esperan con el cambio climático, afectan a los ecosistemas áridos”, explicó Juan Gaitán, investigador del Instituto de Suelos del INTA y uno de los participantes del trabajo.
“Se evaluaron atributos fundamentales de los ecosistemas, como la productividad, la cobertura y la composición de la vegetación, la fertilidad y las comunidades microbianas de los suelos, y de qué manera estos atributos cambian a lo largo de los amplios gradientes de aridez que pueden encontrarse en las zonas áridas de nuestro planeta”, detalló Gaitán.
De acuerdo con la publicación, se identificaron tres niveles de aridez –medida como la inversa del cociente entre la precipitación y la evapotranspiración potencial de cada lugar– que actúan como umbrales. Una vez que se cruza uno de estos umbrales ocurren cambios acelerados en los ecosistemas.
“El principal hallazgo fue que, a determinados niveles de aridez, pequeños incrementos en la misma desencadenan cambios rápidos, o, a veces, abruptos en las características de los ecosistemas”, explicó Gaitán, quien además es investigador del CONICET y profesor de la cátedra Conservación de Suelos en la Universidad Nacional de Luján –Buenos Aires–.
“El primer umbral se identificó en torno a niveles de aridez de 0.5, a partir del cual la productividad de la vegetación disminuye drásticamente”, indicó el investigador del INTA y agregó: “A partir de este punto de aridez el ecosistema empieza a notar la falta de agua, las plantas cambian y sobreviven aquellas que la pueden tolerar”.
Un segundo umbral fue identificado a valores de 0.7 de aridez. En este punto, pequeños aumentos de la aridez inducen cambios abruptos en los suelos, los cuales se vuelven menos fértiles, con una estructura más débil y, por lo tanto, más susceptibles a ser erosionados.
En este sentido, Miguel Berdugo, de la Universidad Pompeu Fabra –España– y autor principal del estudio, advirtió: “Una vez que este umbral de aridez se sobrepasa, se ven afectados muchos atributos fundamentales del ecosistema. Las plantas que sobreviven son principalmente arbustos que son capaces de obtener agua en capas profundas del suelo. Los microorganismos del suelo, que juegan un papel fundamental en el reciclado de nutrientes, cambian radicalmente, con un aumento de abundancia relativa de especies menos beneficiosas”.
Finalmente, a niveles de aridez superiores a 0.8, la diversidad y la cobertura vegetal se desploman. Así lo explicó Fernando Maestre, de la Universidad de Alicante –España–: “Una vez cruzamos este umbral, el déficit de agua es demasiado grande para soportar el desarrollo de la vegetación. La actividad biológica se reduce drásticamente y la vida pasa a estar condicionada por ventanas de oportunidad que proporcionan los raros episodios de lluvia. Los ecosistemas se han transformado en un desierto”.

Implicancias a escala global
Los hallazgos de este estudio son de gran relevancia para comprender mejor los impactos del cambio climático en las zonas áridas, así como para establecer acciones de adaptación y mitigación apropiadas.
“Las proyecciones climáticas indican que alrededor del 20 % de las tierras emergidas del planeta podrían cruzar uno o varios de los umbrales de aridez identificados en este estudio en el año 2100”, destacó Gaitán y agregó: “Nuestros resultados sugieren que los ecosistemas áridos pueden experimentar cambios abruptos que pueden afectar notablemente a su capacidad de proveer servicios ecosistémicos, como la producción de forraje y la fertilidad del suelo, los cuales son esenciales para las más de 2.000 millones de personas que habitan estos lugares”.
“Con la información aportada sobre cómo cambian las propiedades de la vegetación y el suelo frente a la aridez, y cartografiando las zonas más sensibles, nuestras conclusiones pueden utilizarse para optimizar las tareas de control y restauración, conservar la biodiversidad y evitar la desertificación de estos entornos”, añade Maestre.

La situación en la Argentina
Los resultados de este estudio “tienen implicancias muy importantes para el país, dado que aproximadamente 2/3 partes de la superficie de Argentina son ecosistemas áridos y no son ajenos a estos procesos globales”, explicó Gaitán.
Es importante contar con información precisa acerca de cómo cambian los ecosistemas. Para lo cual, el INTA desarrolla una red de monitoreo de los ecosistemas áridos de la Patagonia –red MARAS–.
Esta red está conformada por alrededor de 500 sitios permanentes, que comenzaron a ser instalados a partir de 2008 y en las que, periódicamente, se evalúan atributos del suelo y la vegetación.
“Al comparar las mediciones de cada sitio a lo largo del tiempo, obtenemos información sobre los cambios que están ocurriendo”, indicó Gaitán para quien “uno de los nuevos proyectos que el INTA está poniendo en marcha busca extender la red de sitios de monitoreo a todo el país y complementarla con el análisis de imágenes satelitales y datos climáticos. Esto permitirá detectar las zonas que están sufriendo los cambios más severos, está información es esencial para las tareas de mitigación, restauración y el diseño de políticas públicas de control”.
Primicias Rurales
Fuente: INTA informa
Jul 3, 2020 | Cambio Climático
El cambio en el clima es una variable constante. La transformación en el régimen de lluvias y de temperaturas a escala global tienen efectos directos sobre los sistemas agroalimentarios. En este punto, la clave para el sector agropecuario estará en implementar las prácticas necesarias para minimizar los impactos ambientales y adaptarse para no quedar en el intento.
En esta línea, especialistas de países Iberoamericanos describen las actividades más vulnerables y evalúan las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región. Como resultado, presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático. Se trata de un trabajo basado en la recopilación de fuentes, reportes y bases de datos internacionales realizado en el marco del proyecto “Evaluación de actuaciones de vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC).
“Debemos avanzar hacia una agricultura climáticamente inteligente”, aseguró Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA, quien detalló: “Es necesario implementar sistemas más resilientes y basados en tecnologías de procesos, reciclado de productos y menos uso de agroquímicos”.
El clima siempre fue un factor de riesgo para la producción agrícola. De hecho, en la Argentina los cambios que se registran en el clima afectan de diversas formas y con diferentes magnitudes al sector agropecuario. “Eventos ‘Niño’ en 2016/17 y ‘Niña’ en 2008/09 y 2018/19 muestran una elevada vulnerabilidad”, dijo Taboada quién, además, citó los cambios fuertes que se dieron en la alta Cuenca del Paraná y que determinaron el río baje estrepitosamente su nivel de agua.
En lo que respecta al sector agropecuario, “lo que estamos viendo es que estos cambios están vinculados no solo a la variabilidad del clima, sino a los cambios en el uso de la tierra y lo que hacemos con ella”, señaló el Director del INTA y ejemplificó: “La expansión de la frontera agropecuaria hacia el norte y el oeste, debido al incremento de lluvias”.
Asimismo, Taboada consideró el aumento de las siembras de maíz a mediados de diciembre, cuya finalidad es evitar la falta de agua y las altas temperaturas, que ocurren en enero, o el avance en los sistemas de riego y la siembra de variedades resistentes a plagas y a sequía como ejemplos de adaptación.
Incorporación de sistemas de riego.
“El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”, expresó Andrea Maggio –del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF)– quien puso el foco en los sistemas productivos de la agricultura familiar de las economías regionales. “Allí, el impacto se hace más notable dado que se encuentran en zonas más afectadas por las inclemencias climáticas”, puntualizó.
En cuanto a los desafíos para los próximos años, Taboada consideró que, si bien “las mejoras tecnológicas van a permitir desarrollar más germoplasmas adaptados y con resistencia a plagas, dependerá de nosotros hacer un uso más eficiente del agua que cae y volver a los sistemas de doble cultivo, cultivos de cobertura e impedir la deforestación”.
En este sentido, Maggio destacó el rol del Estado en la generación de conocimiento y el desarrollo de tecnologías apropiadas frente al cambio climático.
En esta problemática tan amplia, “el aporte del INTA es muy diverso, desde estudios de monitoreo ambiental, información meteorológica, prácticas de conservación de suelo, materiales genéticos seleccionados en función de su resiliencia y estudios de biodiversidad, hasta el intercambio de conocimiento y el asesoramiento técnico para producir de manera más armónica con los ecosistemas, promoviendo una gestión sostenible de los recursos naturales”, describió Maggio y agregó: “Sin dejar de lado el trabajo en redes internacionales y nacionales abocadas a este tema que permiten el intercambio de conocimiento y cooperación técnica en esta problemática global”.
Maggio: “El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”.
Iniciativa regional
Especialistas y representantes de diferentes organismos de países Iberoamericanos presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático, un destacado trabajo cuyo objetivo fue evaluar las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región.
Un equipo de especialistas del INTA elaboró el capítulo 7, un segmento dedicado al sector agropecuario, coordinado por Miguel Taboada, en el que participaron Alejandro Costantini, del mismo instituto, y Andrea Maggio, del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF). De la redacción del capítulo fueron parte destacados referentes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires junto con referentes de Brasil, Chile, México, Guatemala y Colombia.
“El libro nos planteó un desafío interesante”, afirmó Costantini –especialista del Instituto de Suelos del INTA– y agregó: “Las fuentes fueron numerosas, hay también consultas a reportes y a bases de datos internacionales. Quienquiera que revise la literatura consultada, podrá ver que se accedió no solo a los clásicos papers científicos que provienen de revistas, sino también a muchos informes locales, en especial de las regiones del Caribe, Centro América, Amazonia y América Andina”.
El capítulo está conformado por los componentes del riesgo en relación con el sector o sistema, la caracterización de los riesgos y sus impactos, las medidas de adaptación, las barreras, oportunidades e interacciones y los indicadores de la efectividad de la adaptación.
“Presenta casos de estudio, como un análisis comparativo de los avances de la frontera agropecuaria en la Argentina y Brasil, la selección de germoplasma adaptado de banana en el nordeste de la Argentina, la selección de plantas matrices de café tolerantes a la roya en Perú, la diversificación de cafetales con aguacate en México, los cambios en la fechas de siembra en dicho país, el uso eficiente del agua en el cultivo de arroz en Colombia y la agricultura sostenible adaptada al clima en Centroamérica, Caribe y el oeste de Sudamérica”, detalló Costantini.
Asimismo, es un aspecto destacado en la publicación, debido a que no solo es importante por el volumen de productos que se cultivan, sino también por la diversidad de alimentos más sanos y nutritivos, sin contaminantes y de proximidad que se obtienen. “Todo esto, contribuirá a una menor huella ecológica ambiental”, puntualizó Maggio.
El libro surgió como resultado del proyecto “Evaluación de actuaciones de vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, en el marco de las actividades de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC). Además, cuenta con el apoyo del Programa Arauclima y del Plan de Transferencia, Intercambio y Gestión de Conocimiento para el Desarrollo de la Cooperación Española en América Latina y el Caribe —INTERCOONECTA—, ambos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).
Fuente: INTA informa
Primicias Rurales