Cada 11 de enero celebramos a Santo Tomás de Cori, a quien una larga sequía espiritual no pudo detener

Cada 11 de enero celebramos a Santo Tomás de Cori, a quien una larga sequía espiritual no pudo detener

Fray Tomás fue ejemplo de profunda piedad eucarística, así como de amor a su familia, cuyas riendas asumió tras la muerte de sus padres y que cuidó, siendo el hermano mayor, con celo y cariño hasta que Dios lo llamó a servirlo como religioso.

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Un adolescente con una familia a cuestas

Tomás nació en Cori (Italia) el 4 de junio de 1655. A los 14 años ya era huérfano de padre y de madre, por lo que, con verdadero aplomo, se hizo cargo de sus dos hermanas menores.

A fin de asegurarles la manutención y el bienestar a las niñas, el pequeño Tomás se dedicó al pastoreo. “El santito”, como cariñosamente lo llamaban sus vecinos, en sus largas horas de soledad en el campo, aprendió a ver a Dios en las cosas sencillas y sobre todo en la naturaleza, obra del Creador. Su alma ingeniosa y transparente adquiriría en ese contexto el hábito de elevarse en oración, día a día, desde antes de los primeros rayos del alba. De modo que trabajar era para Tomás un poco orar, y orar era un poco trabajar.

Las huellas de Francisco

Algún tiempo después, el jovencito conoció a los franciscanos del pueblo y empezó a frecuentarlos. Rápidamente quedaría fascinado con el testimonio de caridad y entrega de los frailes, y empezó a preguntarse si Dios también podría estar llamándolo a él a ser discípulo del santo de Asís.

Aquella incipiente inquietud crecería con el tiempo. Sin embargo, no pidió el ingreso a la Orden franciscana hasta que sus dos hermanas alcanzaron edad suficiente para casarse.

Feliz quedó el buen Tomás después de que ambas contrajeran matrimonio y formaran sus propias familias. Era el último “empujoncito” que Dios le regalaba para que entregara su vida al servicio de Cristo y sus hermanos.

Una vez aceptado como novicio, los frailes lo enviaron a Orvieto a estudiar teología. En esa ciudad sería ordenado sacerdote en 1683 y no mucho después, nombrado maestro de novicios.

“Sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gal 4, 19)

Hacia finales del siglo XVII, los franciscanos se habían expandido por todo el mundo; no obstante, no todos vivían con fervor su llamado y muchos habían perdido el espíritu inicial que San Francisco inculcó sobre la importancia de la oración.

Por esos días, como respuesta al problema, desde algunos conventos se inició una renovación que acentuaba la vida espiritual y el espíritu de pobreza. Tomás entonces pidió irse a vivir a uno de esos lugares, el convento de Bellegra. Cuando por fin llegó a este, tras una largo viaje, tocó la puerta y se animó a decir: «Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo».

En Bellegra redactó un conjunto de instrucciones para mejorar la formación de los religiosos -una nueva regla- y para normar mejor la vida de los conventos en los que se estaba instaurando la renovación. A estos conventos se les denominó “conventos de retiro”, “Retiros” o conventos de franciscanos eremitas.

Posteriormente, la Orden reunida en Capítulo General en Murcia (España) generalizaría la normativa elaborada por Fray Tomás para todos los conventos franciscanos del mundo que hubieran asumido este estilo contemplativo.

Después de este enorme cambio, la fama de santidad del fraile se acrecentó y muchos religiosos y laicos empezaron a solicitarle consejo o dirección espiritual. Al mismo tiempo, su predicación y vida confirmaban una cada vez más intensa relación con el Señor. Sus sermones eran de una claridad y una sencillez tales que Tomás siempre conmovía los corazones de aquellos que acudían a escucharlo. Los frutos fueron notables: muchos se animaron a acercarse a Dios o a reconciliarse con Él, o a vivir la fe cristiana de manera comprometida.

Amable devoto de la Eucaristía

Fray Tomás pasaba largas horas de oración ante el Santísimo. Largas, intensas y, por supuesto, trabajosas; porque nada valioso se consigue sin esfuerzo. Este quizás haya sido el rasgo más destacable de su espiritualidad personal, porque inspiraba a hacer de Cristo el verdadero centro de la vida de un fraile menor, sean cualesquiera las circunstancias en las que viviese.

Curiosamente, muy pocos deben haber imaginado que Tomás, tan dedicado a acompañar a Cristo Eucaristía, sufriría una gran ‘sequedad espiritual’ por 40 años, prácticamente sin experimentar consuelo alguno. Aun con esa dificultad, nadie lo vio nunca triste.

Un santo para el siglo XXI: Tomás nos recuerda que ¡los Sagrarios sí convierten!

Santo Tomás de Cori fue para sus hermanos un padre caracterizado por su amabilidad. A quienes se opusieron a la reforma de su monasterio, los trató siempre con paciencia y humildad. Al final, a fuerza de paciencia y caridad, ganó muchos corazones para la causa de la renovación franciscana.

Fray Tomás murió apaciblemente mientras dormía, el 11 de enero de 1729, la noche posterior a una de sus habituales largas jornadas en el confesionario.

El Papa San Juan Pablo II lo canonizó el 21 de noviembre de 1999, dejándolo como ejemplo de vida para esta época agitada, donde “no hay tiempo para Dios”.

Hoy, el santo de Cori nos recuerda la importancia de la oración y, de manera especial, la necesidad de contemplar a Cristo presente en la Eucaristía.

Los cristianos realmente contribuiremos a que el mundo sea un lugar mejor cuando seamos capaces de volver sobre lo esencial, lo central: ese trato real, frecuente, frente a frente, con el Dios de la vida, presente en los sagrarios y que se ofrece en la Eucaristía. ¡Los Sagrarios sí convierten!

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Fuente: Aciprensa

Cada 10 de enero celebramos a Sor Ana de los Ángeles, intercesora de las almas del purgatorio

Cada 10 de enero celebramos a Sor Ana de los Ángeles, intercesora de las almas del purgatorio

Catalina de Siena: su inspiradora

Sor Ana partió al encuentro del Señor un 10 de enero de 1863, con poco más de ochenta años. Por eso, los peruanos y los dominicos de todo el mundo la recuerdan en este día como la religiosa ejemplar que fue: espiritual y mística, servidora atenta, amable formadora de novicias y priora de su monasterio.

El Papa San Juan Pablo II la beatificó en una ceremonia realizada en su natal Arequipa (ciudad del sur de Perú) el 2 de febrero de 1985. En aquella oportunidad el Santo Padre dijo: “Sor Ana de los Ángeles confirma con su vida la fecundidad apostólica de la vida contemplativa en el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia”. Y es que Sor Ana fue formada por un grupo de santas mujeres llegadas de Europa, a través de las cuales conoció y siguió en tierras americanas los pasos espirituales de Santa Catalina de Siena.

Santa Catalina (1347-1380) fue una mujer dedicada a la oración y la contemplación, pero no se desentendió de las necesidades y urgencias de la época que le tocó vivir -años críticos para la Iglesia-. Catalina puso en práctica un singular balance entre oración y acción.

Enamorada de Cristo

Ana no descubría mayor agrado en los halagos del mundo, ni le interesaba la idea de un “ventajoso matrimonio”. Ella quería entregarle su vida a Cristo y nada más: estaba dispuesta a defender su ideal de vida frente a la indignación de sus padres.

Cuenta la historia que un día, estando de vuelta en el “siglo” (la casa familiar), tuvo una visión de Santa Catalina de Siena en la que la santa le mostraba el hábito de las monjas dominicas de clausura. Para Ana, aquella visión fue una confirmación de su llamado, que luego se convertiría en poderoso argumento para regresar al monasterio.

La dote para ingresar al monasterio -costumbre de la época- fue pagada por Francisco, hermano de Ana, quien se sabe se haría sacerdote posteriormente.

Esposa del Señor, hija de la Iglesia

Sor Ana llegó a ser maestra de novicias, y, tiempo después, priora. Muchas historias se cuentan sobre aquel periodo. Por ejemplo, se dice que Sor Ana siempre se sintió incapacitada para el puesto, el más alto del monasterio, pero que repetía continuamente que hacía su mejor esfuerzo para servir a Dios en el lugar que Él le había confiado.

Algunas de esas historias evocan tiempos difíciles: los intentos de rebelión de sus hermanas y más de un complot para deshacerse de ella, incluyendo un intento de envenenarla. La causa: el descontento con las medidas de austeridad que Sor Ana había impuesto y su orden expresa de que las religiosas solo vistieran sus hábitos, sin ningún adorno adicional -lo que significaba una vuelta al espíritu original de la Orden-.

Así, Sor Ana terminó encabezando una reforma radical en el monasterio, centrada exclusivamente en el deseo de santidad: “Sabía acoger a todos los que dependían de ella, encaminándolos por los senderos del perdón y de la vida de gracia. Se hizo notar su presencia escondida, más allá de los muros de su convento, con la fama de su santidad. A los obispos y sacerdotes ayudó con su oración y su consejo; a los caminantes y peregrinos que venían a ella, los acompañaba con su plegaria” (San Juan Pablo II, Homilía de la Misa de Beatificación de Sor Ana de los Ángeles).

Un aspecto muy hermoso de la vida de la beata fue la cercana relación que mantuvo con las almas del purgatorio, a quienes llamaba “sus amigas” y por las que rezaba incesantemente. “De esta forma, iluminando la piedad ancestral por los difuntos con la doctrina de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de San Nicolás de Tolentino, de quien era devota, extendió su caridad a los difuntos con la plegaria y los sufragios” (Homilía de la Misa de Beatificación de Sor Ana de los Ángeles).

De Sor Ana también suele hablarse de su don de profecía. La monja predijo varias veces, como advertencia, males o enfermedades a sus allegados, para que tuviesen el alma preparada: para algunos predijo la cura y para otros la inevitable muerte.

Vejez, enfermedad y plenitud espiritual

Sor Ana de los Ángeles Monteagudo murió el 10 de enero de 1686, a los 83 años de edad. Diez meses después, su cuerpo fue exhumado encontrándose en buen estado, incluso con cierta flexibilidad de músculos y articulaciones, y expidiendo un aroma fresco.

Poco tiempo después, se empezaron a reportar numerosos casos de personas que por encomendarse a su intercesión o tocar alguna de sus reliquias recibieron la gracia de la curación. Esto motivó a las monjas del Convento de Santa Catalina de Arequipa -las ‘catalinas’- a que inicien el proceso de Sor Ana rumbo a los altares. Hoy, su causa sigue abierta, por lo que se espera que algún día llegue a ser la primera santa arequipeña.

“Aquel misterio de la Gracia de Dios, escondido en el seno de la Iglesia de vuestra tierra, se hace manifiesto y se revela: ¡Es Sor Ana de los Ángeles, la Beata de la Iglesia!” (Papa San Juan Pablo II).

Más información en el especial de Sor Ana de los Ángeles.

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Fuente: Aciprensa

 

Cada 9 de enero celebramos a San Julián y Santa Basilisa, esposos bendecidos con el amor y la pureza

Cada 9 de enero celebramos a San Julián y Santa Basilisa, esposos bendecidos con el amor y la pureza

Buenos Aires, 9 de enero (PR/26) .- Cada 9 de enero la Iglesia recuerda a San Julián y a su esposa, San Basilisa, muertos alrededor del año 304, muy probablemente en Antínoe (Egipto), durante la era de Diocleciano (284-305), emperador romano conocido por haber emprendido de las más crueles persecuciones contra los cristianos.

Julián y Basilisa gozaron de gran veneración en la Edad Media (del siglo VIII en adelante). Habitualmente se les celebraba el 9 de enero, aunque de acuerdo al Martyrologium Hieronymianum (Martirologio de San Jerónimo) la fecha debida era el día 6 -tres días antes-. La reforma más reciente del Martirologio Romano registra su memoria litúrgica también el 6 de enero; sin embargo, por tradición, prevalece aún el 9 de enero entre los devotos.

Matrimonio cristiano y santidad

San Julián y Santa Basilisa vivieron un amor esponsal en virginidad perpetua y libre. Ambos habían decidido ofrecer al Señor -cada uno por propia cuenta- mantenerse vírgenes de por vida. No obstante, mantener una promesa así en aquellos tiempos reportaba también exigencias e incomprensiones de todo orden para cualquier joven en edad de casarse. Aún así, cada uno eligió ese camino como una forma de seguir y entregar la vida al servicio de Dios y de los hermanos en la fe.

Julián era el hijo único de una noble y rica familia en la que fue formado cristianamente. Y, como era habitual, al cumplir los 18 años sus padres iniciaron los arreglos para su casamiento. La joven elegida también pertenecía a la nobleza y llevaba el nombre de Basilisa.

Julián y Basilisa entendieron, en la práctica continua del ayuno y la oración, que Dios tenía un camino especial trazado para ellos, y que juntos podrían vivir las promesas hechas al Señor. Posteriormente, los dos confirmarían con creces su particular llamado a través de las gracias derramadas sobre ellos y su entorno. Según la tradición, el Señor Jesús se les apareció en persona para bendecir su unión matrimonial en espíritu de completa castidad.

Como muchos cristianos de los primeros siglos, los nuevos esposos repartieron sus bienes entre los pobres. Luego se retiraron a vivir a las afueras de su ciudad. Habitaron dos casas que se convertirían en monasterios. Con San Julián se reúnen los varones y con Santa Basilisa las mujeres. Mucha gente empezó a buscarlos por consuelo espiritual y consejo para la vida cristiana.

El grupo de hombres nombró a San Julián como su ‘abad’ [padre], en quien vieron un modelo de caridad y prudencia, entrega al trabajo, desprendimiento y oración. En torno al santo se constituyó una idea de auténtica fraternidad, fortalecida en la vida ascética y la disciplina espiritual.

Hay alguien por encima de todos los poderes de la tierra

Cuando la persecución de Diocleciano arreció en la región, Julián fue tomado prisionero junto a todos los que vivían con él. Ante la autoridad, que habría de emitir la sentencia de muerte, San Julián proclamó: “Dios ayuda a los que son sus amigos, y Cristo Jesús, que es muchísimo más importante y poderoso que el emperador, me dará las fuerzas y el valor para soportar los tormentos”.

“Yo no adoro sino única y exclusivamente al Dios del cielo”, gritó San Julián en ese momento. Los verdugos, entonces, precipitaron su ejecución cortándole la cabeza de cuajo. Uno de ellos, llamado Celso, hijo de Marciano, se convirtió a Cristo, impactado por el valor y la serenidad mostradas por el mártir. Estos acontecimientos se produjeron alrededor del año 304. Santa Basilisa, en cambio, sobrevivió a su esposo por un tiempo hasta que moriría por causas naturales.

Si quieres conocer más en torno a estos santos esposos, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santos_Juli%C3%A1n_y_Basilisa.

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Fuente: Aciprensa
Cada 8 de enero celebramos a San Severino, el santo que temía más al pecado que a las armas

Cada 8 de enero celebramos a San Severino, el santo que temía más al pecado que a las armas

Severino fue un hombre apasionado por el anuncio del Evangelio y muy preocupado por la salvación de las almas. Llamaba constantemente a la conversión y a la penitencia. Además, poseía los dones de curar a los enfermos y de aconsejar a los desorientados. No obstante, fue fundamentalmente un hombre sencillo y de caridad vivida intensamente: «Si quieren tener la bendición de Dios, respeten mucho lo que les corresponde a los demás”, solía decir el santo.

:Vida contemplativa, vida activa

San Severino nació en Roma (ca. 410) en el seno de una familia noble y rica. Sin embargo, respondiendo al llamado de Dios, quiso apartarse del mundo y vivir como eremita. Pasó algunos años bajo ese régimen espiritual hasta que, conmovido por la destrucción y muerte que dejaban las invasiones de los bárbaros a su paso, decidió ponerse al servicio de las poblaciones devastadas. Así, abandonó las tierras circundantes a Roma y se fue a predicar a orillas del río Danubio, entre Austria y Alemania.

¡Señor, arranca de nosotros el corazón de piedra! (ver: Ez 11, 19-20)

En esa región, todavía provincia del Imperio romano, se estableció en la ciudad de “Asturis”, donde profetizó que si los pobladores no se alejaban de los vicios y volvían a Dios con oraciones, sacrificios y obras de caridad, sufrirían un terrible castigo. Lamentablemente, nadie le tomó importancia a dicho vaticinio.

¡Y concédenos un corazón de carne! (ver: Ez 11, 19-20)

En Comagenis, Severino también profetizó castigos si los pobladores no se convertían. Nadie le creyó inicialmente, por lo que podría pensarse que la ciudad correría la misma suerte de Asturis. Sin embargo, un sobreviviente de dicho lugar llegó a Cumanegis y dio testimonio de lo que pasó a su ciudad de origen: nadie en Asturis hizo caso de las advertencias de Severino; y por no escuchar la voz del hombre que los quería ayudar, no se prepararon para defender sus tierras y siguieron viviendo frívolamente.

Es en ese momento que sucedió algo que cambió el curso de los acontecimientos: estando el enemigo al acecho, se produjo un terremoto de tal magnitud en la región, que los hunos se llenaron de temor. Estos consideraron lo sucedido como un signo de mal augurio. Así los invasores decidieron huir y no entrar a la ciudad.

Es Dios quien protege y anima a los hombres a través de sus santos

Su fama se acrecentó aún más por las curaciones milagrosas que hacía. Cabe decir que no fue un “simple taumaturgo”. Severino enseñaba que a veces Dios permite el sufrimiento como un medio para alcanzarlo a Él. Precisamente, la tradición recoge una curiosa historia  en la que el santo le dice a su discípulo, Bonoso: “Enfermo puedes llegar a ser santo. Pero si estás muy sano te vas a perder». Y es que, por 40 años, Bonoso había sufrido una enfermedad penosa. Bonoso finalmente entendió que Dios se había valido de aquel sufrimiento para hacerlo más santo, más fuerte, y más pleno.

A San Severino le gustaba repetir frases de la Biblia y recordar siempre que todo pecado trae consecuencias y que, en muchas oportunidades, dadas la gravedad o insistencia en la falta, pueden venir castigos del cielo.

Evangelizando siempre

El 6 de enero del 482, tuvo una premonición sobre su propia muerte, así que mandó a llamar a las autoridades civiles de la ciudad de Nórico (provincia del Imperio donde vivía) para pedirles que respeten los derechos de los demás si querían tener la bendición de Dios. “Ayuden a los necesitados y esmérense por ayudar en todo lo posible a los monasterios y a los templos», pidió el santo.

Severino murió el 8 de enero del 482 tras repetir las palabras del Salmo 150: «Todo ser que tiene vida, alabe al Señor». Seis años después, su tumba fue abierta y se encontró su cuerpo incorrupto. Al levantarle los párpados los que realizaban la exhumación vieron que sus ojos azules brillaban como cuando estaba vivo. Sus reliquias se encuentran hoy en Nápoles (Italia).

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Fuente: Aciprensa

Cada 7 de enero se celebra a San Raimundo de Peñafort, patrono de los profesionales del derecho

Cada 7 de enero se celebra a San Raimundo de Peñafort, patrono de los profesionales del derecho

Raimundo, cuyo nombre significa en germánico “protegido por el consejo divino”, nació alrededor de 1175 en Peñafort, Barcelona (España). Desde muy joven destacó por su inteligencia y disposición para el estudio.

Con solo 20 años obtuvo una cátedra de filosofía, lo que puede ser considerado el inicio precoz de una brillante carrera intelectual. Sin embargo, Raimundo entendió que los cargos importantes y los menesteres que estos implican requieren de mucha sencillez y espíritu de servicio.

“Contemplad al autor y mantenedor de la fe, a Jesús, quien, siendo inocente, padeció por obra de los suyos”, escribió Raimundo cuando ya pertenecía a la Orden de Predicadores (dominicos), manifestando con claridad cuál era la prioridad de su vida.

El centro de sus días era contemplar a Jesús en la oración, algo que supo combinar muy bien con el estudio y la acción. Siendo un hombre dedicado a las letras -muchos de sus escritos poseen fama inmortal- también fue un gran pastor y evangelizador.

Quien ama la ley debe ir tras la virtud

En 1222 dejó el puesto de canónigo e ingresó a la Orden de Predicadores. Allí aprovechó todos los medios espirituales que la vida religiosa le proporcionaba. El santo se convirtió poco a poco en ejemplo de humildad y sacrificio. No rehuyó ni las penitencias severas ni los trabajos considerados humillantes. Raimundo sabía muy bien que el orgullo es veneno para el alma.

Servicio intelectual

Como resultado de dicho encargo elaboró la “Summa de casibus paenitentialibus”, la primera obra en su género, célebre por ser de gran provecho para confesores y moralistas.

San Raimundo trabajó arduamente en la predicación y la instrucción en la fe. En 1230 el Papa Gregorio IX lo convocó a Roma y lo nombró su confesor. Además, le encomendó la recopilación del corpus canónico con los decretos de los Papas y de los Concilios que no estuvieran incluidos en la colección entonces vigente -ordenada por el Papa Graciano en 1150-.

Servicio pastoral

A pesar de las súplicas del Santo para dedicarse exclusivamente a la vida intelectual, el Papa lo nombró Obispo de Tarragona. Como Pastor realizó una labor muy buena, pero enfermó gravemente y el Pontífice terminó por liberarlo de su cargo.

De regreso a Barcelona, su tierra natal, pasó un largo tiempo recuperándose. Una vez que se sintió fortalecido, volvió al trabajo para atender un nuevo encargo de la Santa Sede. A este periodo de su obra pertenece la “Summa casuum”, sobre la administración genuina y provechosa del sacramento de la Penitencia.

Introdujo una reforma canónica según la cual debía ser aceptada la dimisión voluntaria del Superior de la Orden cuando éste tuviera razones justas. De esta manera pudo renunciar al cargo fundamentándose en su edad, al haber cumplido 65 años.

Los siguientes años los empleó en la evangelización, al esclarecimiento de la doctrina ante el peligro de las herejías y buscando los medios adecuados para la conversión de judíos y musulmanes.

Ya mayor y enfermo, fue visitado en su agonía por los reyes Alfonso de Castilla y Jaime de Aragón. San Raimundo partió a la Casa del Padre el 6 de enero de 1275, a los 100 años de edad. Sus restos mortales reposan en la catedral de Barcelona, España.

Hay una historia milagrosa que tiene a San Raimundo como protagonista. De acuerdo al relato, Raimundo se encontraba acompañando al rey Jaime rumbo a Mallorca. El rey era un conocido mujeriego que había prometido enmendarse, pero que no hacía honor a su palabra. En vista de ello, San Raimundo se negó a seguir acompañándolo y pidió autorización para regresar a Barcelona.

El rey no aceptó el pedido y amenazó de muerte a quien se atreviera a sacarlo de la isla. Ante esto, el Santo dijo: «Los reyes de la tierra pueden impedirnos la huida, pero el Rey del cielo nos dará los medios para ello». Luego se fue al mar, extendió su túnica sobre el agua, ató un extremo de ella a un palo para que sirviera de vela, hizo la señal de la cruz y subió sobre ella.

Milagrosamente la improvisada “nave” llegó a Barcelona y San Raimundo fue recibido con aclamaciones por la gente que lo vio llegar. El santo, sin inmutarse, recogió su túnica, que permanecía seca, la puso sobre sus hombros y se fue en dirección a su monasterio. En el lugar del desembarco, tras su muerte, se construyó una capilla y una torre.

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Fuente: Aciprensa

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor

El término “epifanía” es la transliteración del griego epiphaneia, επιφάνεια, cuyo significado es precisamente “manifestación”, “darse a conocer”.

Donde la Epifanía no se celebra el día 6 de enero, esta solemnidad suele trasladarse al domingo siguiente.

Por otro lado, en muchos lugares, la celebración de la Epifanía es el día por excelencia en el que se intercambian regalos, a diferencia de aquellos donde se prefiere practicar dicha costumbre en Nochebuena o en la mañana del 25 de diciembre. Los regalos que hoy se entregan entre familiares y amigos evocan los presentes que los Reyes Magos llevaron a Jesús recién nacido.

Reyes Magos

El Evangelio nos presenta a unos personajes conocidos como los ‘Reyes Magos’, también llamados ‘sabios’, quienes dejaron atrás su tierra de origen y su cultura para salir al encuentro de Aquel del que hablaban las profecías: un rey que habría de salvar al mundo y que gobernaría con justicia, devolviendo la esperanza a la humanidad.

Desde antiguo existe la convicción de que los Reyes Magos fueron tres y que sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Esta tradición goza de mucha fuerza, en parte gracias a un famoso mosaico hallado en Rávena (Italia) que data del siglo VI d. C. en el que aparecen grabados, con toda claridad, los tres nombres antes mencionados.

Regalos a Jesús

La hermosa costumbre de intercambiar regalos en Navidad está conectada con la presencia de los Reyes Magos en el pesebre, al que llegaron siguiendo una estrella, cuyo destello alumbraba el humilde lugar donde Dios había nacido. Jesús es el sentido último de cualquier obsequio de Navidad y, por lo tanto, debe ser expresión de amor y de la alegría compartida. Dios mismo se ha hecho don por cada uno de nosotros, para que tengamos vida y permanezcamos unidos en Él.

Sigamos el ejemplo de los Reyes Magos y ¡hagámosle un regalo a Jesús! Empecemos por regalarle nuestro corazón y hagamos promesas de conversión para el año que empieza: algo que nos haga mejores personas, más santos.

Lectura del Evangelio correspondiente a la Solemnidad de Epifanía (Mt 2, 1-12)

“Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron: ‘En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel’. Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: ‘Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo’.

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Fuente: Aciprensa