Cada 12 de marzo se celebra a San Orione, el incansable obrero de la Divina Providencia

Cada 12 de marzo se celebra a San Orione, el incansable obrero de la Divina Providencia

Los salesianos, los orionistas y algunas otras congregaciones celebran su festividad cada 16 de mayo.

Una búsqueda permanente

Don Orione, como se le conoce popularmente, nació en Pontecurone (Italia) en 1872. En su adolescencia tuvo como preceptor a San Juan Bosco en el Oratorio de Valdocco de Turín. “Nosotros siempre seremos amigos”, le dijo alguna vez el fundador de los salesianos a un jovencísimo Luis (Luigi), sin saber que esas palabras resultarían premonitorias. Con el paso de los años, la amistad quedaría plasmada en numerosas obras patrocinadas por ambos santos, y cuyos frutos perviven hasta hoy.

Tras los días del oratorio, Luis tendría un acercamiento a los franciscanos y, unos años más tarde, retomaría el contacto con los salesianos. No obstante, Dios le iría mostrando un camino diferente, centrado en el sacerdocio, aunque no en las familias espirituales que había conocido.

Así, Luis ingresó al seminario de Tortona, y abriría, en paralelo, un oratorio en el que trabajaría directamente al servicio de un grupo de jóvenes, cuidando de su formación humana y cristiana. Poco después, cumplidos los 21 años, fundó su primera escuela para niños pobres en el barrio de San Bernardino, también en Tortona.

Esta experiencia llevaría a Don Luis a extender su obra pastoral a otras partes del territorio italiano, con nuevas casas y oratorios. Poco a poco, se fueron uniendo más clérigos y sacerdotes al proyecto, bendición que le permitió priorizar lo que más amaba: la enseñanza, la predicación y las visitas habituales a las familias pobres y a los enfermos. No obstante, nunca pudo desentenderse del todo de las labores administrativas.

Un torrente de gracia

En 1903 el obispo de Tortona, Mons. Igino Bandi, le concedió el reconocimiento canónico a otra fundación de Don Orione: la congregación masculina de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, dedicada a fomentar el encuentro del pueblo con el Señor en la celebración de la Eucaristía. Su misión era promover que los fieles, desde pequeños, salgan al encuentro de Dios presente en la Liturgia, animándolos a asistir al Papa y a la Iglesia mediante las obras de caridad.

No hay reposo para el apóstol

Por si fuera poco, la obra fundacional de Orione no se detuvo. Fundó otras tantas congregaciones: la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, las Hermanas Adoratrices Sacramentinas Invidentes y, posteriormente, las Contemplativas de Jesús Crucificado. La fuerza con la que Don Orione trabajaba para extender el Reino parecía incontenible.

También trabajó muchísimo por y con el laicado: organizó las Asociaciones de Damas de la Divina Providencia, los grupos de exalumnos de sus escuelas y de amigos o benefactores de sus obras pastorales. A través de estas organizaciones fue tomando forma la idea de lo que sería algún día el Instituto Secular Orionino y el Movimiento Laical Orionino.

Hasta el último aliento

Don Orione, por otro lado, impulsó la construcción de los santuarios de la Virgen de la Guardia en Tortona y de la Virgen de Caravaggio en Funo.

El santo también se las arregló para enviar expediciones misioneras a diversas partes del mundo, de las que él mismo fue partícipe. Estas misiones se realizaron a países de América Latina como Argentina, Brasil, Uruguay y Chile.

Don Luis gozó de la estima de los Papas San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII. Por su don de gentes, su amabilidad e inteligencia los mencionados pontífices, en distintos momentos, le encomendarían varias tareas específicas -misiones diplomáticas, resolución de conflictos, visitas pastorales, etc.- dentro y fuera de la Iglesia, a lo largo de décadas.

Su cuerpo fue encontrado incorrupto en la primera exhumación realizada en 1965. Se encuentra expuesto para la veneración en el santuario de Nuestra Señora de la Custodia de Tortona desde el día en que fue beatificado en 1980.

El Papa San Juan Pablo II beatificó a Don Orione el 26 de octubre de 1980 y él mismo lo canonizó el 16 de mayo de 2004.

El fútbol, la provincia y Don Orione

Don Luis visitó Argentina por primera vez el 16 de noviembre de 1921. En esa oportunidad su estadía en el país estuvo marcada por la visita al Santuario de Nuestra Señora de Luján (a 70 km de Buenos Aires) donde oró ante la Virgen y celebró misa. Un año después  volvió a visitar el Santuario. Así se estableció un fuerte lazo entre el santo y el país sudamericano.

Una expresión popular de ese vínculo es, por ejemplo, el “Don Orione Atletic Club”, institución deportiva de la ciudad de Barranqueras, Provincia del Chaco. Su equipo de fútbol es bastante reconocido en la provincia, aunque el club también destaca en otras disciplinas deportivas como el baloncesto, vóley, hockey, canotaje, paddle y artes marciales.

“Don Orione Atletic Club” fue fundado el 29 de agosto de 1942 por un grupo de jóvenes miembros de la Acción Católica, liderados por un sacerdote, el Padre Juan Ibertoski, con el objetivo de representar a la parroquia “La Inmaculada Concepción” de Barranqueras, Chaco.

Aquel equipo sería bautizado con el nombre del santo, “Don Orione”, y su primera camiseta fue roja con un bordado característico en el pecho que decía: “ORIONE”. Hoy el equipo participa de la Liga Chaqueña de Fútbol (divisiones A y B), siendo siempre uno de los animadores o protagonistas del torneo.

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Fuente: aciprensa

Cada 11 de marzo se celebra a San Sofronio, Patriarca de Jerusalén, defensor de Cristo como Dios y hombre

Cada 11 de marzo se celebra a San Sofronio, Patriarca de Jerusalén, defensor de Cristo como Dios y hombre

Por otro lado, el monotelismo fue una postura teológica según la cual en Cristo hay dos naturalezas, la humana y la divina, pero una única voluntad: la divina. La doctrina católica se apartó de esta posición sobre Cristo por cuanto, queriendo salvar la divinidad de Cristo, restaba perfección a su plena naturaleza humana. El monotelismo fue propuesto y difundido por Sergio, Patriarca de Constantinopla.

Monje y asceta

San Sofronio nació en Damasco alrededor del año 550, en el seno de una familia cristiana. De joven fue un brillante profesor de retórica y se ganó el apelativo de “el sofista”. En esos tiempos, tal denominación no conllevaba necesariamente la carga negativa que hoy posee. Era simplemente una alusión a su capacidad de persuasión y a la claridad de su discurso.

Cuando alcanzó la madurez, Sofronio descubrió el llamado de Dios a una vida de entrega en la oración y la práctica de la virtud. Se presentó al monasterio de San Teodosio, cerca de Jerusalén, donde llegaría a ser monje. Años después, realizó un viaje a Alejandría, donde conoció al asceta San Juan Moschou (Juan Mosco, ‘el abstemio’). Prontamente se convirtió en su discípulo y juntos peregrinaron a través de los territorios de las actuales Siria, Palestina y Egipto, para luego tomar rumbo hacia Roma, capital del imperio.

Cabeza de Tierra Santa

Sofronio fue elegido Patriarca de Jerusalén en el año 634, dedicando su primer discurso ante la asamblea de obispos a rechazar enérgicamente la enseñanza monotelita. El texto que escribió para la ocasión, por la calidad y contundencia de los argumentos empleados, fue enviado a modo de misiva al Papa Honorio, quien lo respaldó con vigor.

Lamentablemente la asimilación de las enseñanzas vertidas en el discurso de Sofronio contra la mencionada herejía tomaría mucho tiempo y no se produciría hasta varias décadas después.

Contra el monotelismo

En aquel célebre discurso, Sofronio había incluido numerosas y pertinentes referencias a las fuentes patrísticas y a la Escritura, las que contribuyeron a consolidar la tesis de las dos naturalezas presentes en Cristo y a avizorar las nefastas consecuencias de aceptar el monotelismo.

Para bien de los fieles, el punto de las dos voluntades y las dos naturalezas llegaría a ser esclarecido de manera definitiva en el III Concilio de Constantinopla (680-681), gracias a la acertada influencia del santo. El Concilio se haría eco de la tesis de Sofronio según la cual en Cristo hay dos voluntades, en consonancia con sus dos naturalezas, las que coinciden perfectamente cada vez que operan.

Durante el patriarcado de Sofronio, los cristianos de Jerusalén gozaron de libertad de culto, por lo que podían acceder sin mayores dificultades a los lugares santos, pese a que la ciudad estaba en manos de los invasores árabes.

El patriarca participó activamente en la lucha por la defensa de la ciudad y sus lugares santos en contra de los musulmanes. Penosamente se vio forzado a mediar las condiciones de la rendición cuando la Ciudad Santa fue tomada por el califa Omar I en el año 637.

Aún con todo, San Sofronio tuvo relativo éxito en la obtención de determinados derechos civiles y religiosos, entre los que se subraya la preservación de la iglesia del Santo Sepulcro. Sin embargo, a cambio, tendría que aceptar la imposición de un tributo anual a ser pagado por los cristianos de Jerusalén.

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Fuente: aciprensa

 

Cada 10 de marzo se celebra a San Simplicio, el Papa que combatió una herejía que negaba la humanidad de Cristo

Cada 10 de marzo se celebra a San Simplicio, el Papa que combatió una herejía que negaba la humanidad de Cristo

Una Iglesia sin el apoyo imperial

Aquellos fueron tiempos de grandes cambios para el mundo conocido, y particularmente para los cristianos. Precisamente en ese contexto, Simplicio se convirtió en un férreo defensor de la autoridad de la Sede de Pedro y la independencia de la Iglesia Católica respecto del poder político, sobre todo porque desde Bizancio (imperio romano de Oriente) llegaban señales que invitaban a la unificación del fuero político con el religioso.

La unificación del poder espiritual con el poder temporal era algo que suscitaba dudas y polémica en Occidente, ya que muchos pensaban que la Iglesia no debía estar sujeta a otro “orden” que no fuese el que proviene de Dios.

Nuevas herejías y separación de fueros

A la par, el Papa Simplicio se vio obligado a salir al paso de los problemas doctrinales originados por la herejía monofisita del siglo V. Esta postulaba que Jesucristo, Hijo de Dios, poseía una única naturaleza: la divina, lo que constituía un rechazo a su humanidad e iba en detrimento de la dignidad del género humano, precisamente objeto de su obra redentora.

Sin perder tiempo, Simplicio inició una comunicación epistolar con Acacio, obispo de Constantinopla, y con el mismo Flavio Basilisco, exhortando a ambos a mantenerse fieles a la enseñanza heredada de los Apóstoles. “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores -los de Pedro-, a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos”, escribió el Papa Simplicio el 10 enero del año 476.

Urbi et Orbi

San Simplicio inauguró con este tipo de medidas un nuevo tipo de pontificado que habría de desarrollarse en “escenarios” sin precedentes hasta ese entonces, en los que se iban presentando retos distintos. Es en esas circunstancias donde el Papa dio los primeros pasos marcando el derrotero para sus sucesores: la Iglesia ha de estar de cara a la sociedad y el mundo, haciendo presente la Palabra de Dios anunciada por Jesucristo.

Es la idea de que la Iglesia no se cierra sobre sí misma, sino que debe cumplir el papel de faro que ilumina en la oscuridad y que, al mismo tiempo, acoge y vela por sus miembros santificando sus vidas.

San Simplicio Papa falleció el 10 de marzo del año 483.

 

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Fuente: Aciprensa

Cada 9 de marzo se celebra a Santa Francisca Romana, patrona de los automovilistas

Cada 9 de marzo se celebra a Santa Francisca Romana, patrona de los automovilistas

Su intensa vida de fe constituye un hermoso testimonio de fortaleza e inspiración para muchas mujeres que han pasado -o pasan- por circunstancias similares a las que la santa vivió. No es exagerado señalar que Santa Francisca supo soportar algunas de las pruebas más difíciles por las que puede pasar una mujer, y, aún así, florecer en esperanza y caridad.

Francisca contrajo matrimonio de muy joven y tuvo hijos, dos de los cuales murieron a causa de la peste. No obstante su matrimonio salió adelante. Sin embargo, la santa perdería trágicamente a su esposo en la guerra. Ella, fiel a su búsqueda de Dios y sus planes, terminó por abrazar la vida religiosa, llegando a constituir una familia espiritual que subsiste hasta hoy.

Con motivo de los 400 años de su canonización, en el Jubileo de 2008, el Papa Benedicto XVI la llamó ‘la más romana de las santas’.

Esposa y madre forjada en el dolor

Santa Francisca nació en Roma, Estados Pontificios, en 1384. A los 12 años experimentó las primeras inquietudes vocacionales, pero a pesar de ello, sus padres arreglaron su matrimonio. Ella, asistida por su fe, no se conformó con casarse sino que formó un hogar hermoso y santo, al que Dios bendijo con tres niños varones. Lamentablemente, a causa de la peste negra que asolaba Europa a inicios del siglo XV, perdió a dos de sus pequeños. La magnitud de lo sucedido sensibilizó su alma ante el sufrimiento para el resto de su vida.

Por su lado el esposo de Francisca formaba parte del ejército del Sumo Pontífice. Eran tiempos en los que el papado estaba amenazado por intereses políticos que habían llevado a la Iglesia, una vez más, al borde de otro cisma en Occidente. Debido a esto, el ejército pontificio tuvo que librar numerosas batallas y el marido de Francisca andaba casi siempre ausente. Precisamente, cuando este se hallaba exiliado en los Estados Ponzianos, las tierras de la familia fueron expoliadas.

El día que el esposo de Santa Francisca pudo regresar a Roma, la ciudad se encontraba bajo el acecho del ejército napolitano. Entre las escaramuzas y los enfrentamientos, el hombre cayó herido gravemente. Al enterarse Francisca de que su esposo había sido herido en combate, lo busca sin descanso hasta que logra encontrarlo. Lamentablemente es tarde y aunque asume su cuidado, parece que no hay más que acompañarlo en bien morir.

Francisca había estado casada por cuarenta años. En medio del dolor espiritual tras haber enviudado la santa empezó a considerar qué era lo que quería Dios de ella para el futuro, dadas las grandes pérdidas sufridas a lo largo de su vida.

Así, la mujer terminó reencontrándose con aquel deseo de juventud de ser monja. Acompañada por su director espiritual, inició un camino que la condujo a la vida religiosa. El 15 de agosto de 1425, día de la Asunción de la Virgen María, Francisca, junto a 9 compañeras, hizo su oblación (consagración) en la cofradía de las oblatas benedictinas (Orden de San Benito).

En 1433, Francisca fundó el monasterio de Tor de Specchi, al que se mudó junto a las oblatas que deseaban tener una vida en común y fortalecer así su servicio a los demás. El Papa Eugenio IV aprobó la iniciativa y el grupo de mujeres se convirtió en la que sería la única congregación religiosa de oblatas con votos privados y vida en común que existe hasta el día de hoy.

El ángel de la guarda

A Francisca, Dios le concedió la gracia de poder ver a su ángel de la guarda y experimentarse siempre guiada y protegida. Ella lo describía así: «Era de una belleza increíble, con un cutis más blanco que la nieve y un rubor que superaba el arrebol de las rosas. Sus ojos, siempre abiertos tornados hacia el cielo, el largo cabello ensortijado tenía el color del oro bruñido”.

Santa Francisca Romana murió el 9 de marzo de 1440 y fue canonizada el 9 de mayo de 1608 por el Papa Pablo V.

Ella es la patrona de los oblatos benedictinos y de los automovilistas. Según la tradición, el ángel de la guarda de Santa Francisca iluminaba su camino especialmente en los parajes oscuros para que su pie no tropiece.

Si deseas saber más sobre Santa Francisca Romana, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Francisca_de_Roma.

Cada 8 de marzo se celebra a San Juan de Dios, patrono de los hospitales y los trabajadores de salud

Cada 8 de marzo se celebra a San Juan de Dios, patrono de los hospitales y los trabajadores de salud

San Juan es un símbolo de la vocación de la Iglesia a hacerse ella misma caridad con aquellos que sufren en el cuerpo y también en el espíritu.

El aventurero llamado a servir a los que sufren

San Juan de Dios O. H. nació en Montemor-o-Novo (Montemayor), Portugal, el 8 de marzo de 1495 y, coincidentemente, fue llamado a la Casa del Padre también un 8 de marzo, pero de 1550, en Granada (España). Su nombre de pila fue João Cidade Duarte, aunque el mundo lo ha conocido siempre como Juan, ‘Juan de los enfermos’.

João, con tan solo 12 años, tomó rumbo hacia Toledo (España). Allí empezaría su curioso itinerario laboral que lo haría pasar del pastoreo -su primer empleo- a mercenario a los 27 años, cuando se enlista en la milicia del Emperador Carlos I de España (1500-1558). Poco le faltó para morir ahorcado a causa de un descuido suyo que comprometió a su compañía militar. Años después volvería a enrolarse para apoyar a Carlos I (Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico), esta vez no para luchar contra los franceses sino contra los turcos que habían sitiado Viena en 1532.

Santo de los libreros y mayordomos

Decidido a probar fortuna empezó a trabajar como librero en Gibraltar, llegando a abrir una pequeña librería propia. Gracias a este oficio tuvo contacto con la literatura religiosa de la época, que dejó una huella imborrable en su corazón. Por épocas volvió a trabajar como sirviente, ejercitándose aún más en los dones y hábitos que Dios plenificaría más tarde cuando Juan se convertiría en servidor de los enfermos para siempre.

Finalmente, Juan se hizo enfermero por vocación y convicción, pues descubrió que el amor a los que sufren dolor era lo que más le movía y llenaba el corazón. Juan se quedó prendado de este noble oficio, con el que aprendió a tratar a diario con ‘ese’ Jesús sufriente, vulnerable, esperando ser atendido y consolado, y que siempre está presente en cada persona enferma.

Un alma hospitalaria

Juan, cuando trabajó como sirviente, aprendió aquello de que en el servicio el amor se hace palpable, visible. Cristo se hizo servidor de todos y fue quien más amó y es quien más nos ama. Movido por esa convicción, el santo fundó un hospital en Granada y, posteriormente, junto con su grupo de compañeros, constituyó la base de lo que sería la Orden Hospitalaria, dedicada a la pastoral de la salud. Los miembros de la Orden estarían dedicados por entero a atender a los pobres y necesitados.

En aquel hospital, el Hermano Juan trabajaría casi sin descanso durante diez años. Fueron años duros, con muchas tribulaciones y dolores, que se hicieron más llevaderos -cuando no hermosos- gracias a la oración. Sin Cristo, nada hubiese sido posible, pensaba Juan: “Son tantos los pobres que aquí llegan, que yo mismo, muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, mas Jesucristo lo provee todo y les da de comer”.

El Hermano Juan, cada vez que podía, se ponía en presencia de Dios o renunciaba a alguna cosa que le agradaba para “mantener contento al Señor” durante la jornada y seguir exhibiendo la sonrisa que animaba a sus enfermos. Ellos, desorientados por el dolor, muchas veces pensaban que Dios los había abandonado y se veían caer en el abismo del desamparo, hasta que de pronto la sonrisa serena de Juan y sus ademanes llenos de cuidado y afecto les aliviaba el alma.

Juan había interiorizado hasta el tuétano que amar al que sufre es razón suficiente para desvelos y sacrificios. Ni cuando su propia salud lo traicionaba -solía resfriarse constantemente- buscó su seguridad o comodidad, sino siempre primero el bienestar del que tenía enfrente.

En una ocasión, se produjo un terrible incendio en su hospital y él, poniendo en riesgo su vida, se encargó personalmente de rescatar a los pacientes. Fue auténticamente milagrosa la manera como Juan de dios atravesó el lugar en llamas, una y otra vez, sin recibir quemadura alguna. Aquel día ni uno solo de sus pacientes sufrió algún daño.

San Juan de Dios además de ser patrono de hospitales y centros de salud, lo es de quienes trabajan en ellos en todas las áreas: médicos, enfermeros, administrativos y obreros; es decir, de todos los involucrados en preservar la salud y el valor de la vida humana. Asimismo -y no es poca cosa- es patrón de los que difunden libros en los que hay verdad, como los libros religiosos o de provecho espiritual. La salud es siempre cosa del cuerpo y del alma.

Hoy su vida y ejemplo de entrega a los sufrientes cobran un sentido especial. Pidamos su intercesión por todos aquellos que se arriesgan en los hospitales y servicios de salud alrededor del mundo para servir a otros. Pidamos también por quienes padecen el dolor del deterioro corporal y la soledad que a veces acarrea la enfermedad.

Actualmente los religiosos hospitalarios de San Juan de Dios, sus hijos espirituales, continúan sirviendo en cientos de centros de salud en los cinco continentes. Ellos son testigos del valor único de la vida humana, que ha de respetarse de manera incondicional.

¡San Juan de Dios, intercede por el alma de los médicos y enfermeros que murieron en los años de pandemia y por quienes ahora dan la vida en las zonas de guerra! ¡Acompaña a quienes están enfermos y sufren soledad! ¡Asiste a quienes no solo están afectados físicamente, sino también a aquellos cuyas mentes o almas están heridas o desorientadas! Que por tu intercesión, todos recuperen el aliento, la paciencia y la esperanza, incluyendo a sus familias y a quienes los cuidan. ¡Que nadie se sienta abandonado por Dios!

Si deseas conocer más sobre la vida de San Juan de Dios, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Juan_de_Dios.

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Fuente: aciprensa

Cada 7 de marzo se celebra a las santas Perpetua y Felicidad mártires, valerosas madres y amigas en Cristo

Cada 7 de marzo se celebra a las santas Perpetua y Felicidad mártires, valerosas madres y amigas en Cristo

Estas extraordinarias mujeres entregaron la vida con valor inusitado, testimoniando que la confianza en Dios es capaz de suscitar hazañas. Por eso, en memoria de su sacrificio, realizado mientras experimentaban el don de la maternidad, la Iglesia honra y pide por todas las madres del mundo.

Con ellas, la Santa Madre Iglesia exclama “¡Dónde está, muerte, tu victoria!” (1 Cor 15, 55).

Patronazgos: en la memoria constante del pueblo de Dios

Los nombres de Perpetua y Felicidad resuenan en la liturgia eucarística cada vez que el celebrante en Misa lee la Plegaria Eucarística No. 1 del Canon Romano. También sus nombres están inscritos en las Letanías de los Santos.

Perpetua y Felicidad son patronas de las madres, particularmente de dos hermosos modos: Felicidad lo es de aquellas que dan a luz en condiciones difíciles, mientras que Perpetua lo es de las madres lactantes. Las razones estriban en lo siguiente: Felicidad se encontraba embarazada cuando fue apresada, y Perpetua era madre de un bebé lactante al momento de su martirio. ¿Cuál fue su delito? Ser cristianas.

Perpetua fue una joven perteneciente a una familia rica e influyente de Cartago; se había convertido al cristianismo gracias a la predicación de un santo diácono de nombre Saturo. Acusada ante las autoridades imperiales de profesar el cristianismo, fue arrestada junto con su esclava Felicidad (Felícitas) y otras tres personas más, sirvientes de la casa.

Felicidad, aún teniendo la condición de esclava, era cercana en edad a Perpetua y había entablado con ella una auténtica amistad. La conversión de su señora le abrió también a ella las puertas del conocimiento de Cristo. A través de Perpetua, Felicidad conoció el amor de Dios y el sentido de la verdadera libertad. Las dos conversas trascendieron las diferencias sociales y llegaron a verse como hermanas, porque eran hijas de un mismo Padre celestial.

Los tiempos de la acusación a Perpetua y Felicidad eran los de la persecución organizada por el emperador Septimio Severo (periodo 193 – 211). Ambas comparecieron ante el gobernador de Cartago, amigo del padre de Perpetua. Este, en consideración a dicha amistad, intentó disuadirlas de ser cristianas y animarlas a que adorasen a los dioses romanos.

Las mujeres se rehusaron a tales ofrecimientos y fueron condenadas a morir en el anfiteatro. Condenadas al martirio, estando en una situación de vulnerabilidad, morirían aferradas a la Gracia divina, venciendo al dolor y la muerte.

De acuerdo a las actas de Perpetua y Felicidad, la denominada Passio (La pasión de las mártires Perpetua y Felicidad), ambas fueron arrojadas a las fieras -un grupo numeroso de vacas y toros salvajes- para que mueran a golpes; sin embargo, las bestias no lograron acabar con ellas.

Después, heridas y agotadas, se acercaron la una a la otra, se dieron el beso de la paz en Cristo, y fueron atadas para ser decapitadas a manos de los verdugos.

La tradición recoge una escena según la cual, Felicidad murió de un certero tajo en el cuello, mientras que Perpetua, ante el yerro del verdugo, tuvo que ser rematada en la garganta, a pedido e indicación de ella misma. El hecho se ha convertido en símbolo de valor y entrega. El martirio tuvo lugar hacia el año 202.

Si quieres saber más sobre estas santas, visita el artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santas_Felicidad_y_Perpetua.

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Fuente: Aciprensa