Hoy es la fiesta de Santa María Magdalena, la primera testigo de la Resurrección de Jesús

Hoy es la fiesta de Santa María Magdalena, la primera testigo de la Resurrección de Jesús

Mensajera de la Pascua

María Magdalena siguió de cerca las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, quien la eligió para ser testigo de su Resurrección, incluso antes que los apóstoles. Ella recibió el encargo de testimoniar lo que sus ojos habían visto: la victoria definitiva del Maestro sobre la muerte.

Ese llamado particular de su discipulado hace de Santa María Magdalena un modelo para todo aquel que está llamado a evangelizar. Ella encarna la figura del que anuncia el mensaje gozoso de la Pascua: hay, para todos, una nueva vida en Cristo.

El Papa Benedicto XVI, en el año 2006, resumía con precisión la relevancia de Santa María Magdalena para la vida cristiana: “La historia de María de Magdala recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él, y le ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo de la potencia de su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y la muerte”.

Discípula firme y fiel

El Evangelio está lleno de referencias a María Magdalena: como la pecadora perdonada (Lc 7, 37-50); como una de las mujeres que seguían al Señor (Jn 20, 10-18); como María de Betania, la hermana de Lázaro (Lc. 10, 38-42). La liturgia romana identifica a las tres mujeres con el nombre de María Magdalena, siguiendo la tradición occidental que viene desde los tiempos del Papa San Gregorio Magno (siglo VI – inicios del siglo VII).

La ‘Magdalena’ acompañó a Jesús incluso hasta el Calvario y estuvo de pie frente a su cuerpo yacente. En la mañana del Domingo de Resurrección, fue la primera que vio a Cristo resucitado, en cuerpo glorioso. En consecuencia, la Iglesia reconoce desde siempre la importancia que tuvo ella en la vida del Salvador y en la experiencia de la primera comunidad cristiana, tal y como queda en evidencia en las narraciones del Evangelio.

«A quien poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7, 47)

Tras conocer al Señor sucede todo lo contrario. Él le revela el sentido último de su existencia y la grandeza de su dignidad. Por eso, la conversión de María Magdalena es ejemplo del poder transformador del perdón y la gracia, capaces de brindar una ‘nueva vida’, libre del poder del pecado y sus terribles consecuencias. El perdón divino tiene el poder de reconstruir lo que estaba roto, y permite el nacimiento de un ‘hombre nuevo’, de una nueva persona, que vive y anuncia el Amor.

En la liturgia, hoy

El 10 de junio del 2016, el Cardenal Robert Sarah, entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, emitió un decreto en el que, siguiendo la voluntad del Papa Francisco, la ‘memoria’ litúrgica de Santa María Magdalena quedaba elevada al rango de ‘fiesta’.

Si quieres saber más sobre Santa María Magdalena, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_María_Magdalena.

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Hoy se celebra a San Lorenzo de Brindisi, el fraile que “valía lo que un ejército”

Hoy se celebra a San Lorenzo de Brindisi, el fraile que “valía lo que un ejército”

Buenos Aires, martes 21 de julio (PR/26) .- Cada 21 de julio la Iglesia celebra a San Lorenzo de Brindis (Brindisi), franciscano capuchino que vivió entre los siglos XVI y XVII y que sería proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa San Juan XXIII en 1959.

En el mundo de habla hispana es conocido como San Lorenzo de ‘Brindis’, castellanización del italiano ‘Brindisi’ (nombre de la ciudad de la región italiana de Apulia, antiguo Reino de Nápoles). La Iglesia le ha otorgado el título de Doctor apostolicus [Doctor apostólico] (Breve pontificio: “Celsitudo ex humilitate”).

“Me basta Jesús crucificado” (San Lorenzo)

Giulio Cesare Russi -nombre de pila del santo- destacó en los estudios desde pequeño gracias a su buena memoria y a la claridad de su razonamiento. De adolescente, tocó las puertas de los franciscanos capuchinos de su ciudad y fue recibido por ellos con beneplácito. Giulio se descubría llamado a seguir de cerca los pasos de San Francisco de Asís.

A poco de haber ingresado a la vida religiosa, tuvo un diálogo con su prior que quedaría grabado en su memoria para siempre. El prior quiso advertirle de la dureza y austeridad de la vida franciscana -al probarla la mayoría de jóvenes jóvenes desistía hasta de los más firmes propósitos-.

Giulio prometió abrazar el espíritu de pobreza franciscana consciente de que le era posible con la ayuda del Señor: “Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir, por amor a Él, cualquier padecimiento… Me basta Jesús crucificado”.

Como diácono empezó a predicar con insistencia en diversos lugares. Dios le concedió un ánimo especial para la predicación, y el joven fraile se esmeró en desarrollar ese talento. No pasaría mucho tiempo para que Fray Lorenzo suscitara las primeras conversiones entre quienes lo oían. El franciscano sería ordenado en 1583.

Después, ya de sacerdote, el Papa Clemente VIII le encomendó un ministerio muy especial: predicar a los judíos e intentar ganarlos para Cristo. Muy pocos conocían y dominaban la lengua hebrea como Fray Lorenzo, y el Pontífice deseaba que el Evangelio fuera anunciado con cercanía y calidez a quienes son “nuestros hermanos mayores” (expresión con la que el Papa Juan Pablo II solía referirse al pueblo judío).

Ya desde los tiempos universitarios en Padua, Lorenzo había demostrado una habilidad poco común: conocía casi a la perfección el hebreo, el arameo y el caldeo, además del latín y el griego. El franciscano también hablaba español, italiano, francés y alemán.

El secreto de una buena homilía

Cierto día un sacerdote le preguntó a Lorenzo cuál era su “secreto” para predicar tan bien, a lo que él respondió: «En buena parte se debe a mi buena memoria. En otra buena parte, a que dedico muchas horas a prepararme. Pero la causa principal es que encomiendo mucho a Dios mis predicaciones, y cuando empiezo a predicar se me olvida todo el plan que tenía y empiezo a hablar como si estuviera leyendo en un libro misterioso venido del cielo».

Fray Lorenzo fue también ejemplo de ascetismo y sobriedad con las cosas materiales: dormía sobre tablas, se levantaba en las noches a rezar los salmos, ayunaba con pan y verduras, huía de los honores y hacía su mejor esfuerzo para mantener el buen humor con todos.

Viajó a Alemania para unir fuerzas con el Beato Benito de Urbino. Ambos capuchinos se dedicaron a la atención de las víctimas de la peste que asoló ese país hacia el último cuarto del siglo XVI. De la mano del beato, fundó conventos en Praga, Viena y Gorizia.

Contrarreforma

Lorenzo deseaba contribuir con su apostolado al movimiento de la contrarreforma. En ese propósito, se inspira en lo hecho por el holandés Pedro Canisio y se entrena en la dialéctica teológica. Fruto de sus disputas con teólogos protestantes son, por ejemplo, las Lutheranismi hypotyposis [El luteranismo hipotético] escritas en tres volúmenes, y una síntesis de las Disputationes de Roberto Belarmino.

Fray Lorenzo sería elegido superior general de su Orden, los Hermanos Menores Capuchinos, desempeñándose en ese cargo entre 1602 y 1605. Después de ese periodo solicitó no ser reelegido, pues estaba convencido de que Dios lo prefería dedicado a otro tipo de menesteres. Y vaya que Dios tenía otros planes para el franciscano.

«Seguro de que él solo valdría lo que un ejército» (Papa Clemente VIII)

El Papa Clemente VIII le pide a Lorenzo que colabore de cerca con el emperador germano Rodolfo II, y lo convierte en su representante diplomático. En un momento complicadísimo para los germanos, el santo tuvo que lidiar para conseguir el apoyo de todos los príncipes alemanes y poder hacer frente a una inminente invasión turca.

Involucrado por la obediencia con la casta militar, Fray Lorenzo se hizo capellán del ejército imperial.

Así, antes de la batalla definitiva, el franciscano arengó a los soldados, poniéndose de pie ante todos y dando instrucciones con voz fuerte. Luego sale al frente del ejército, en la primera línea, con sus dos únicas armas: el crucifijo y su fe. Ese día, los turcos sufrieron una aplastante derrota. El Papa, después de recibir la noticia del triunfo exclamó: “Seguro de que él solo [Lorenzo] valdría lo que un ejército» (Clemente VIII).

Obrero de la paz

De vuelta tras la victoria, el santo permaneció en el convento de Gorizia. Después el Papa le encomendó otras misiones diplomáticas en favor de la consolidación de la paz en diversas partes de Europa.

El santo se retiró finalmente al convento de Caserta. Allí era frecuente verlo arrebatado, en éxtasis, durante la celebración de la Misa.

San Lorenzo de Brindis partió a la Casa del Padre el 22 de julio de 1619, el mismo día de su cumpleaños. Fue canonizado en 1881 y, en 1959, San Juan XIII le otorgó el título de Doctor de la Iglesia.

 

Si quieres conocer más sobre San Lorenzo, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Lorenzo_de_Brindis.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 20 de julio celebramos a San Apolinar, mártir, el tenaz obispo de Rávena

Hoy 20 de julio celebramos a San Apolinar, mártir, el tenaz obispo de Rávena

“San Apolinar, obispo, que al mismo tiempo que propagaba entre los gentiles las insondables riquezas de Cristo, iba delante de sus ovejas como buen pastor, y es tradición que honró con su ilustre martirio a la iglesia de Classe, cerca de Rávena, en la vía Flaminia, pasando al banquete eterno el día veintitrés de julio (c. s. II)”.

Espíritu apostólico

De acuerdo a las actas de su martirio, Apolinar nació en Antioquía (actual Turquía), donde se hizo discípulo de San Pedro, quien después -según una antigua tradición- lo nombraría obispo de Rávena. Este santo fue uno de los mártires más famosos de la Iglesia primitiva, y la gran veneración que se le profesa desde la antigüedad puede ser considerada el mejor testimonio de su santidad y espíritu apostólico.

Tras su conversión y posterior bautizo, Apolinar se consagró al anuncio de Cristo entre sus coetáneos. Muchas conversiones fueron obradas en su ciudad natal gracias a su testimonio, lo que le valió ser objeto del repudio de las autoridades civiles. El santo terminó desterrado, por lo que se dirigió hacia la región de Bolonia (norte de Italia), donde el Evangelio había calado en muchas almas.

Como obispo de Rávena, ciudad costera en la ruta de Bolonia, volvió a ponerse en la mira de las autoridades imperiales y fue nuevamente desterrado. Durante la travesía hacia el exilio naufragó frente a las costas de Dalmacia, donde fue capturado y castigado severamente por declararse cristiano.

Apolinar volvió tres veces a su sede, y otras tantas fue capturado, torturado y desterrado. El emperador Vespasiano había publicado un decreto por el que condenaba al destierro a todos los cristianos. San Apolinar consiguió evadir la pena por algún tiempo más, pero fue descubierto y murió a golpes a manos de una turba.

San Pedro Crisólogo, ilustre sucesor del santo, lo llamó mártir, y añadió que Dios había preservado la vida de Apolinar durante largo tiempo para bien de la Iglesia.

Patronazgo e iconografía

Apolinar es patrón de Rávena y de la región italiana de Emilia-Romagna, donde también está Bolonia. Es reconocido como intercesor milagroso, especialmente efectivo contra enfermedades como la gota, las enfermedades venéreas y la epilepsia.

El obispo suele ser representado con atuendo episcopal, la palma del martirio y el palio. La historia de su vida está representada en los vitrales de la Catedral de San Pedro y San Pablo de Troyes (Francia).

Si deseas saber más sobre este gran obispo y mártir, te recomendamos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Apolinar.

 

 

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Fuente: Aciprensa

Hoy celebramos a las santas Justa y Rufina, patronas de los alfareros y los comerciantes de cerámica

Hoy celebramos a las santas Justa y Rufina, patronas de los alfareros y los comerciantes de cerámica

Buenos Aires, domingo 19 de julio (PR/26) .- Cada 19 de julio la Iglesia celebra a dos mujeres españolas del siglo III, las hermanas Santa Justa y Santa Rufina, mártires, patronas de la ciudad de Sevilla (España), así como de los alfareros, pues ellas se ganaron la vida vendiendo cerámicas.

En Sevilla, su tierra natal, se les celebra el día 17 de julio, mientras que en el resto de España y en otros lugares el día central de las celebraciones es el 19 de julio.

Más allá de la controversia

Existe una antigua controversia en torno a estas santas y su historicidad, dado que muchas de las fuentes en las que son mencionadas carecen de rigurosidad absoluta, sea por su temprana elaboración o por los típicos errores que abundan en los escritos de la antigüedad. Sin embargo, la tradición que las venera goza de tal fortaleza que hace perfectamente creíbles sus testimonios.

La Enciclopedia Católica señala: “Solamente Santa Justa es mencionada en el ‘Martyrologium Hieronymianum’, pero en los martirologios históricos (Quentin, “Les martyrologes historiques”) se le menciona como ‘Justina’”. Esto ha inducido a más de uno a  ciertos malentendidos ocasionados por el nombre y a confundir a las hermanas con otras mujeres mártires. Lamentablemente, recién a partir de documentos del siglo VI ambas hermanas aparecen con los nombres con los que se les venera hoy. En consideración a esto (una fuente del siglo VI es una fuente considerada “cercana”) y a la tradición, reforzada por las Actas, es posible sostener que “no hay duda de que ambas santas son mártires históricas de la Iglesia española” (Enciclopedia Católica).

Hijas de la Iglesia

Justa y Rufina nacieron aproximadamente entre los años 268 y 270, en territorio perteneciente a Andalucía, Hispania, cuando esta formaba parte de los territorios de la península anexados al Imperio romano. Las hermanas eran parte de una familia muy modesta, pero de firmes costumbres y sólida fe cristiana.

Sus padres murieron cuando eran unas niñas. Entonces, el obispo de la ciudad, cercano a la familia, decidió apoyarlas y velar por ellas, animándolas a perseverar en la fe y la virtud. Luego, los cristianos las ayudaron a aprender un oficio -alfarería- con el que pudiesen ganarse la vida honradamente.

Comerciantes esforzadas e íntegras

Las hermanas se dedicaron a vender los recipientes de cerámica que hacían. Agradecidas con Dios por no haberlas abandonado, participaban activamente de la comunidad cristiana de su ciudad: oraban y asistían a la Eucaristía.

La gente del pueblo las conocía por su caridad y benevolencia, que concedían a todos sin distinción, sean paganos o cristianos. Las hermanas no temían dar testimonio de su fe frente a nadie y, en actitud ejemplar, pedían siempre por la conversión de los no cristianos. Proclamaban al Señor y enseñaban su doctrina a los gentiles.

Hacia el año 287, durante las celebraciones en honor a Venus, un grupo de mujeres pasó recorriendo las calles de Sevilla con un ídolo de la diosa Salambona (equivalente babilónico de Venus) cargado en hombros. Cuando estas divisaron a Justa y Rufina, les pidieron el donativo habitual para la festividad, además de que se hinquen y adoren a la estatuilla de la diosa. Las hermanas se negaron a entregar dinero y rechazaron rendir pleitesía alguna a la imagen. El desaire provocó la ira de la turba, que se lanzó contra ellas.

Firmes en la fe por la gracia

Diogeniano, prefecto romano en Sevilla, en respuesta a la “provocación” mandó apresar a Justa y Rufina, las interrogó y las amenazó con crueles tormentos si persistían en defender la religión cristiana. Sin embargo, pese a las amenazas, las santas se resistieron a renegar de su fe, exclamando que solo adorarían a Jesucristo:

«Eso que vos llamáis la diosa Salambona, no era más que un despreciable cacharro de barro cocido; nosotras adoramos al único Dios verdadero que está en los Cielos, y a su Hijo Jesucristo que se hizo hombre y murió por nosotros para salvarnos de nuestros pecados…».

Tras las crueles torturas, Santa Justa murió a causa del debilitamiento, encerrada en una celda sin agua ni alimento. Por su lado, Santa Rufina, quien sobrevivió brevemente a su hermana, terminó degollada por orden directa de Diogeniano.

Valientes sevillanas 

La tradición ha hecho de las santas hermanas las patronas de Sevilla y de los gremios de alfareros y cacharreros. También lo son de Valencia, Palencia y otras ciudades de España. Sus restos fueron venerados en esta ciudad desde el tiempo de su martirio hasta la invasión árabe en el año 711, cuando tuvieron que ser escondidos para su protección.

El siglo pasado dichos restos fueron redescubiertos en Alcalá de los Gazules (Cádiz); y hoy, debajo de la iglesia de la Trinidad en Sevilla, pueden encontrarse las celdas en las que Justa y Rufina pasaron sus últimas horas.

Puedes encontrar información adicional sobre ambas santas aquí: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Rufina.

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Hoy se celebra a San Arsenio, quien renunció a una gran herencia para vivir en el desierto

Hoy se celebra a San Arsenio, quien renunció a una gran herencia para vivir en el desierto

Buenos Aires, sábado 18 de julio (PR/26) .- Cada 18 de julio la Iglesia Católica recuerda a San Arsenio, un monje anacoreta que vivió entre los siglos IV y V, célebre por su sabiduría y virtud. Se le considera como uno de los llamados ‘Padres del Desierto’, el movimiento espiritual integrado por monjes, ermitaños y anacoretas que, tras la paz constantiniana, abandonaron las ciudades del Imperio y se retiraron al desierto para llevar una vida de oración y ascetismo.

San Arsenio se hizo conocido por su don para aconsejar a quienes habían perdido el rumbo en la vida espiritual. Muchísimas personas solían ir a su encuentro. Algunas de ellas viajaban durante semanas e incluso meses para llegar a su celda, con tal de encontrar consuelo o luz en sus palabras. En vida recibió el apelativo de ‘el Grande’.

“Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57)

Se cree que Arsenio nació en Roma alrededor del año 350. Posiblemente perteneció a una familia noble y fue educado con esmero y pulcritud. En el año 383, el emperador Teodosio I el Grande lo mandó llamar para que fuera preceptor de sus hijos Arcadio y Honorio, siguiendo el consejo del Papa San Dámaso I, y vivió durante poco más de diez años en el palacio imperial.

A los 40 años, tras una profunda crisis espiritual, Arsenio entendió que Dios le pedía un cambio total de vida: «Apártate del trato con la gente y ve a la soledad». Así, abandonó Constantinopla -donde se encontraba en ese momento-, y se embarcó secretamente en dirección a Alejandría, hasta llegar al desierto de Scetis.

Puesto a prueba

Arsenio se presentó en el monasterio del lugar alrededor del año 400. El abad, enterado de su nobleza y refinamiento, lo sometió a un régimen muy exigente con el propósito de poner a prueba su vocación. La primera noche, el abad tiró sus alimentos al suelo y le dijo: “¡come!”. Arsenio agradeció al abad y se hincó para recoger su comida. Todos quedaron impresionados por su buen temperamento y humildad.

No era extraño en aquellos días que se dieran este tipo de prácticas como formas de poner a prueba la voluntad y el deseo de una persona que decía querer vivir solo para Dios. Arsenio, en ese sentido, demostró claramente que estaba apto para una vida de mortificación y sacrificio, y fue admitido en la vida monástica.

Muerto para las cosas del mundo

San Arsenio se haría conocido por su espíritu penitente y su alma obediente. Era frecuente que pasase la noche en oración, mortificándose a través del ayuno y el trabajo manual. Solía escribir y repetir “sentencias” (frases breves de carácter aleccionador) que eran de gran ayuda para sus hermanos o para quienes lo escuchaban.

En una ocasión le comunicaron que un senador romano le había dejado en herencia una gran fortuna. El santo renunció a ella para dársela a los pobres. Refiriéndose al donante exclamó: «Antes de que él muriera en su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y avaricias. No quiero riquezas mundanas que me impidan adquirir las riquezas del cielo».

San Arsenio falleció en Troe (Egipto) el año 445.

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Si quieres saber más sobre este santo, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Arsenio,_San.

 

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 17 de julio conmemoramos a las 16 mártires carmelitas asesinadas durante la Revolución Francesa

Hoy 17 de julio conmemoramos a las 16 mártires carmelitas asesinadas durante la Revolución Francesa

A estas mártires se les suele llamar también “teresianas”, en alusión a Teresa de San Agustín, priora del monasterio carmelita de Compiègne.

Tiempos de confusión

Las carmelitas se establecieron en Compiègne en 1641 y, fieles al espíritu de Santa Teresa de Jesús, con su santidad se ganaron la estima de los lugareños. Sin embargo, iniciada la Revolución, se desató un régimen persecutorio contra la Iglesia y sus representantes. El convento en el que vivían las religiosas fue cerrado y sus integrantes forzadas a vivir como seglares, de acuerdo a la ley revolucionaria de 1790.

El siguiente paso fue obligar a las religiosas a firmar el llamado “juramento revolucionario”, por el que se comprometían a defender los valores de la revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Sometiéndose a dicha ley evitaron ser deportadas, pero tuvieron que disgregarse. Fue así que las integrantes de la comunidad pasaron a residir en cuatro casas distintas, en la clandestinidad.

Cuando la situación parecía haberse calmado un poco, Teresa de San Agustín, antigua priora del convento, propuso a sus hermanas retomar la disciplina de la vida conventual, aunque estuviesen exclaustradas. De ese modo, pese a vivir separadas, las monjas retomaron la relación de obediencia con su superiora y comenzaron a comunicarse entre ellas a diario.

Los ideales revolucionarios, mientras tanto, quedaban expuestos ante todos como palabras que las lleva el viento. En nombre de estas ideas, al amparo de la “Razón” y el deseo de “justicia”, se cometieron muchas atrocidades, como lo que se hizo con las mártires carmelitas.

En determinado momento, algunos partidarios de la Revolución en Compiègne se percataron de lo que las hermanas hacían -desafiar el autoritarismo del Régimen del Terror- y las denunciaron ante el “Comité de Salud Pública”. De inmediato, se ordenó registrar sus casas y confiscar toda «prueba de vida conventual”. Encontraron una estampa del Sagrado Corazón, algunas cartas y escritos.

Afortunadamente, algunas carmelitas lograron escapar, aunque la mayoría -unas dieciséis- fue apresada. Los revolucionarios reunieron a las prisioneras en un solo recinto. Estando una frente a la otra, las mujeres se encomendaron a la Virgen del Carmen y acordaron retractarse del juramento revolucionario y no aceptar más imposiciones contra su fe.

Cuando se solicitó que firmaran de nuevo el juramento, las carmelitas se negaron. Acto seguido, fueron acusadas de “conspiradoras contra la revolución”.

En la “Ciudad de la Luz”

Las dieciséis fueron enviadas a París, con las manos atadas, encima de dos carretas con paja. Al llegar a su destino fueron encerradas en la prisión de la Conciergerie, que tenía la fama de ser la antesala de la guillotina. Allí las ubicaron al lado de presos comunes y, por supuesto, de presbíteros, religiosos y laicos acusados de conspiradores también.

En la prisión, las carmelitas fueron un modelo de piedad y firmeza. Establecieron una suerte de régimen de oración conventual y lo cumplían frente a todos, carceleros y reos, sin ningún temor. Las monjas, incluso, se las arreglaron para celebrar a la Virgen del Carmen el 16 de julio.

Aquel fue un día glorioso en la prisión, en el que se pudo respirar algo de serena alegría y solemnidad.

Vestidas de blanco, llevando palmas en las manos

A la mañana siguiente, el 17 de julio de 1794, las hermanas comparecieron ante el Tribunal Revolucionario. Este sentenció la pena de muerte para todas; la forma de la ejecución: muerte por decapitación.

Al pie de la guillotina las carmelitas cantaron el “Te Deum”, renovaron sus promesas y votos, y subieron una por una a entregar la vida como ofrenda a Cristo. Así se cumpliría lo que cien años antes había vaticinado una carmelita de la misma comunidad de Compiègne. Aquella religiosa tuvo una visión en la que aparecían las monjas del monasterio vestidas de blanco, llevando la palma del martirio en las manos.

Las dieciséis carmelitas de Compiègne fueron beatificadas por el Papa San Pío X en 1906. El Papa Francisco autorizó su proceso de canonización por ‘equipolencia’ [equivalencia], el 3 de marzo de 2022. Este proceso es conocido como ‘canonización extraordinaria’, y se da cuando el Papa reconoce, acepta y ordena el culto público y universal de una persona sin pasar por el procedimiento ordinario (reconocimiento de algún milagro), dada la extensión o antigüedad de la veneración, condición que se cumple en el caso de las mártires de Compiègne.

…Si quieres conocer más sobre estás mártires, te recomendamos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Las_Dieciséis_Beatas_Mártires_Teresianas_de_Compiègne.

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