Hoy celebramos a San José Obrero, patrono de los trabajadores

Hoy celebramos a San José Obrero, patrono de los trabajadores

San José, esposo de la Virgen y padre adoptivo de Jesús, conoció muy bien el mundo del trabajo: fue carpintero –y muy probablemente también albañil–, y con su sudor procuró el sustento diario para su hogar, la casa de la Sagrada Familia.

Día mundial del trabajo

La fiesta de San José coincide con el ‘Día Internacional de los Trabajadores’, llamado en ciertos lugares simplemente ‘Primero de Mayo’. En este día se conmemora la fundación del movimiento obrero mundial, el ‘Día Mundial del Trabajo’.

El Venerable Papa Pío XII instituyó la festividad de San José Obrero en 1955, en presencia de un grupo numeroso de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

El Santo Padre pidió en esa oportunidad que “el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.

Santidad y trabajo

Por su parte, San Juan Pablo II, en su encíclica “Laborem exercens” [Al ejercer el trabajo], dedicada al tema del trabajo humano, destacaba que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”.

Con estas palabras, el Papa Peregrino subrayaba entre líneas la importancia de San José en la comprensión y santificación del trabajo, es decir, cómo la figura del padre adoptivo de Jesús es inspiración, ejemplo y compañía en el camino que los seres humanos recorremos para santificarnos y realizarnos, a través del trabajo concreto que toque desempeñar.

Posteriormente, durante el Jubileo de los Trabajadores del año 2000, el Papa polaco añadiría:

“Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo… El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico”.

San José, poderoso intercesor en las dificultades laborales

San José es modelo e inspiración para todo ser humano que desea asumir el trabajo desde una perspectiva espiritual. En ese sentido, el trabajo debe ser siempre una actividad auténticamente humana, que brinde realización y satisfacción al corazón humano y no sea solo medio para producir “cosas”.

Sin su sentido sobrenatural, el trabajo se convierte en ocasión de viejas y nuevas esclavitudes, instrumentalización o manipulación. Por eso, como San José, cada persona que trabaja o da trabajo debe mirar al cielo y trascender lo puramente material, que siendo importante no agota toda la realidad. Es Dios quien corona todo esfuerzo en búsqueda del bien común y la plenitud.

San José, obrero y trabajador, es poderoso intercesor frente a la injusticia, auxilio para que no falte lo necesario y asistencia para quienes están desempleados o en búsqueda de un nuevo empleo.

Si deseas profundizar en la figura de San José, puedes hacer clic en el siguiente enlace de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_José.

 

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Fuente: Aciprensa

Hoy jueves 30 de abril celebramos a San Pio V, el Papa que organizó la defensa de Europa y la cristiandad

Hoy jueves 30 de abril celebramos a San Pio V, el Papa que organizó la defensa de Europa y la cristiandad

La victoria conseguida en Lepanto tuvo un enorme significado en el proceso de preservación de la cultura cristiana en Europa, e hizo posible el decrecimiento del área de influencia del Islam en ese Continente, que parecía condenado a ser sometido. El Papa Pio V, en agradecimiento a Dios por la victoria alcanzada, dedicó el triunfo cristiano a la Virgen del Rosario.

La mano de Dios

Antonio Ghislieri -nombre de pila de San Pío V- nació en Bosco (Italia) en 1504. De niño fue cuidador de ovejas y ayudante de las labores del campo. En la adolescencia conoció a una generosa familia que decidió financiar sus estudios en gesto de agradecimiento, una vez que se percataron de que el hijo más rebelde y holgazán había empezado a comportarse mejor desde que entabló amistad con el santo.

Gracias a ese apoyo económico, Antonio pudo estudiar con los dominicos y descubrir más adelante su vocación religiosa. Ya más maduro, pidió ser recibido en la Orden de Predicadores, con quienes había iniciado su formación escolar. Los dominicos tuvieron a bien recibirlo y Antonio fue integrándose con alegría y naturalidad a la vida conventual. Con el correr del tiempo asumiría diferentes puestos de servicio y responsabilidades dentro de la Orden, hasta que un día, el Pontífice en persona lo convocó y lo ordenó obispo y, posteriormente, lo nombró inquisidor y comisario eclesiástico.

Rectitud de mente, rectitud de corazón

A la muerte del Papa Pío IV, San Carlos Borromeo (1538-1584) sugirió el nombre de Antonio Ghislieri como “papable” a muchos de los cardenales electores, presentándolo como el hombre más apropiado para asumir la Sede de Pedro. El cónclave votó a su favor, razón por la cual, el hasta ese momento, monseñor Ghislieri se convirtió en el nuevo Papa, tomando el nombre de ‘Pío V’.

Pastor cuidadoso y amable

Desde el inicio de su pontificado, San Pío V dio muestras de su vocación de servicio a los más pobres. Pidió que no se realicen más banquetes en su honor y que el dinero ahorrado se use para ayudar a los mendigos de Roma. Por otro lado, el nuevo Papa se empeñó en dar muestras de cercanía al pueblo católico.

Gustaba de caminar por las calles de la ciudad sin mayor ostentación, conversando con la gente que encontraba en el camino, visitando barrios y calles. En una oportunidad, se encontró con su viejo amigo de la infancia -el de la familia que pagó sus estudios- y, advertido de su buena fe y disposición, lo nombró gobernador del cuartel pontificio. Antonio -el caballero tenía su mismo nombre- era un hombre honesto e inteligente, y el pueblo lo sabía muy bien. Así que el nombramiento como gobernador fue una suerte de gesto de reciprocidad o gratitud, muy del agrado de la gente, pues evidenciaba la humildad del Papa que carecía de la necesidad de ocultar sus humildes orígenes. Así Pío V conquistó el corazón del pueblo para siempre.

El Papa tenía una devoción profunda a la Eucaristía y al rezo del Santo Rosario, su oración favorita, la que consideraba la expresión más patente de piedad filial a la Madre de Dios. El Pontífice, desde la Cátedra de Pedro, se encargó de impulsar ambas devociones entre los fieles. Por otro lado, ordenó que los obispos y párrocos residan efectivamente en los territorios o diócesis que se les encargaba, ya que muchos descuidaban sus responsabilidades espirituales por comodidad o interés.Bajo su gobierno, también, fueron publicados un nuevo misal, una nueva edición de la Liturgia de las Horas, así como un nuevo catecismo.

San Pío V fue quien nombró Doctor de la Iglesia a Santo Tomas de Aquino en 1567, y quien impulsó con ahínco el espíritu de la Contrarreforma.

Centralidad de la liturgia

El Misal de San Pío V contiene el rito en latín que puede celebrarse actualmente de manera universal por los sacerdotes que así lo deseen. Fue a través del decreto pontificio del 7 de julio de 2007 -promulgado en forma de motu proprio «Summorum Pontificum» [De los Sumos Pontífices] por el Papa Benedicto XVI- que se autorizó de forma explícita la potestad de celebrar la liturgia tradicional (el antiguo ordinario). El misal de San Pio V había sido el preponderante en la liturgia de la Iglesia Católica hasta 1962, cuando fue reemplazado por el “Novus Ordo” [Nuevo Ordinario], aprobado como parte de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

Lepanto, momento crítico

Durante el pontificado de San Pío V, el expansionismo musulman amenazaba con extenderse más en Europa, mucho más allá de la península hispánica y, con eso, acabar con la religión católica -deseo que se coreaba sin reparo alguno-. Desde Turquía salieron cientos de miles de guerreros rumbo a Europa occidental y central. Los invasores arrasaron con todo a su paso: pueblos, iglesias, monasterios y cualquier vestigio que fuese expresión católica. Hubo entre ellos guerreros que anunciaban que la Basílica de San Pedro se convertiría en la pesebrera de sus caballos. Era tal el temor generado en el Viejo Continente, gracias a la crueldad de los ejércitos islámicos, que ninguna nación quería enfrentarlos.

Entonces, el Papa Pio V buscó la ayuda de todas las casas y coronas europeas logrando organizar una armada naval y un ejército sin precedentes. Él, en persona, dio su bendición a todos los valientes que zarparon en defensa de la civilización cristiana. Pio V también pidió que todo soldado se confiese y comulgue antes de la batalla; y que todos participen de la Santa Misa. Mientras tanto, ordenaba que quienes se habían quedado en las ciudades como Roma, recen asiduamente el Rosario por los ejércitos defensores de la fe.

El encuentro entre las fuerzas más numerosas se produjo el 7 de octubre de 1571, en el golfo de Lepanto, cerca de Grecia. Los jefes cristianos habían ordenado que los soldados rezaran el Santo Rosario antes de la batalla y así se hizo. Aún siendo los musulmanes superiores en número de milicianos y embarcaciones, se encontraron con una armada católica fortalecida en el espíritu.

Cuando empezó el combate, el viento estuvo en contra de las fuerzas europeas hasta que de un momento a otro cambió de dirección, entonces los barcos cristianos se lanzaron al ataque, obligando a los musulmanes a huir.

“Hemos conseguido la victoria”

Esa tarde, San Pío V, sin haber recibido aún noticias oficiales de lo sucedido, se asomó por la ventana y dijo a los cardenales: «Dediquémonos a darle gracias a Dios y a la Virgen Santísima, porque hemos conseguido la victoria».

El Papa como agradecimiento mandó que cada 7 de octubre se celebre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y que en las letanías se incluya la siguiente petición: «María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros», letanía que siglos después sería el emblema espiritual de otro santo italiano: San Juan Bosco.

San Pio V partió a la Casa del Padre el 1 de mayo de 1572, a los 68 años.

Si quieres saber más sobre San Pio V, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Pío_V.

 

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Fuente: Aciprensa

Hoy 29 de abril celebramos a Santa Catalina de Siena, la mujer que se convirtió en protectora de los Papas

Hoy 29 de abril celebramos a Santa Catalina de Siena, la mujer que se convirtió en protectora de los Papas

Catalina fue una mujer extraordinaria en todo sentido, poseedora de una sencillez única, que combinó muy bien con su fuerza espiritual: siendo integrante de la Tercera Orden de Santo Domingo, se convirtió en la gran defensora del papado en tiempos críticos para la Iglesia.

Fue proclamada en 1999 ‘Copatrona de Europa’ por el Papa San Juan Pablo II. Ostenta dicho patronazgo junto a San Benito de Nursia, San Cirilo y San Metodio; Santa Brígida de Suecia y Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Hacer del mundo un lugar cálido y luminoso

Alguna vez Catalina escribió: “Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”; palabras que encierran un profundo significado y cuyos ecos resuenan hoy más que nunca. Catalina estaba convencida del llamado que Dios hace a cada uno, para el que hemos y seremos provistos adecuadamente por su gracia y misericordia.

Si cada cual -pensaba la santa- hace con su vida aquello que Dios espera, el mundo habrá de transformarse: se “encenderá” de amor y dejará de ser un lugar frío y abandonado. Habrá de convertirse en un lugar acogedor y luminoso, anticipo del Reino de Dios.

“Encender el mundo”, además de ser una frase que identifica a Catalina, es una expresión que evoca, de manera particular, el papel de las mujeres hoy y siempre, en conexión con aquello que San Juan Pablo II denominaba el “genio femenino”; es decir, el llamado de Dios a que sea la feminidad, entendida dentro del plan divino, la llamada a aportar la cuota de humanidad que resulta decisiva para la Iglesia y la sociedad en general.

Catalina Benincasa -nombre de pila de la santa- nació en Siena (Italia) en 1347. Sus padres fueron personas de intensa piedad, lo que favoreció que ella creciera desarrollando una relación personal, íntima, con Dios. El calor de la vida familiar significó para Catalina el primer encuentro con ese “calor” con el que el Señor enciende los corazones y los llama a vivir la caridad.

Catalina gustaba mucho de la oración y de aprender cada día algo nuevo sobre las cosas de Dios. Con solo siete años, pero con un entendimiento iluminado por el Espíritu, prometía a Cristo permanecer virgen toda la vida. La pequeña niña sabía bien lo que quería: vivir solo para Él. No obstante, años más tarde, sus padres intentaron comprometerla en matrimonio. Sin embargo, ella se resistió, como era de esperar. No deseaba otra cosa que mantener la promesa hecha, pues, además, había entendido que Dios la quería para una misión distinta y de inmensa importancia.

Su compromiso con Jesús era, además, un compromiso con los padecen. La santa fue aprendiendo a ver en cada ser humano sufriente el rostro de Cristo mismo, a quien quería entregarse por entero. Esa generosidad de Catalina impactó en muchas personas de su entorno, animándolos a que se pongan también al servicio de los demás.

Matrimonio místico

A los 18 años, Catalina recibió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. Asumió, con ello, la tarea de encarnar la espiritualidad dominica en la vida secular. En ese esfuerzo, Catalina sufrió numerosas dificultades y tentaciones. Los ataques del demonio para que abandonara su propósito arreciaron, y no pocas veces fueron causa de dolor, angustia y confusión. Afortunadamente Catalina se sabía frágil, necesitada y dependiente de Jesús, por lo que pudo aprender a reconocer que toda fortaleza en última instancia viene de lo alto.

En 1366, la santa experimentó el llamado “matrimonio místico” con Cristo. La joven estaba en su habitación orando cuando vio frente a sí al Señor Jesús acompañado de su Madre y un cortejo celestial. La Virgen María tomó la mano de Catalina y la juntó a la de su Hijo, quien le puso un anillo, haciéndola “su esposa”. Luego el Señor le prometió que estaría bajo su cuidado y protección por el resto de sus días, pues el camino que le tocaba vivir era el de la cruz.

Los años pasaron y llegaron tiempos muy duros. Brotó en Europa una gran peste y miles murieron.

La santa se mantuvo en todo momento al lado de los enfermos, la mayoría de veces -dadas las trágicas circunstancias- limitándose a prepararlos para la muerte, asunto en sí mismo más que encomiable.

En esos días aciagos, Catalina no mezquinó nada a Dios, incluso cuando alguno entre los que atendía la ofendía o trataba mal. La paciencia y dulzura de la joven lograron derribar muchas murallas -de esas que aíslan los corazones-, de manera que Cristo pudo ingresar en ellos y dar su salvación, y, en ocasiones milagrosas, también devolver la salud física.

Protectora del Papa

Muchos otros retos tuvo que enfrentar Santa Catalina en su vida. Poseedora del don de reconciliar incluso a los peores enemigos -sea a fuerza de persuasión, sea a fuerza de oración, o de la combinación de ambas-, fue capaz de reconocer antes que nada la dignidad de quien tenía enfrente y tocar su corazón. Por eso, Dios le encomendó una tarea que la convertiría en una de las mujeres más célebres de la historia.

Esa misión se desarrolló durante el denominado ‘periodo de los Papas de Avignon’ (Francia), entre 1309 y 1377. Su virtud y santidad la llevaron a convertirse en protectora de la Sede de Pedro. Aquellos fueron tiempos en los que los Pontífices renuncian a gobernar desde Roma por miedo a presiones externas. Y fue en esas circunstancias donde Catalina, respetada por vida ejemplar, devolvió orden a la Iglesia: allí cuando el Papa titubeaba por miedo a las conspiraciones políticas o a los juegos de poder, la voz de la santa se alzaba siempre para “encenderlo todo”. Así, Santa Catalina trabajó incansablemente por años y años, procurando la unidad de la Iglesia en momentos en los que la posibilidad de un nuevo cisma asolaba al Cuerpo Místico de Cristo.

Avignon y la amenaza de un nuevo cisma

El Papa Gregorio XI hizo una promesa en secreto a Dios de que abandonaría Avignon y  regresaría a Roma. Sin embargo, las dudas y temores enfriaron su corazón. Al recurrir a Catalina en busca de consejo, recibió de ella una dura llamada de atención, en el instante mismo en que lo vio: “Cumpla con su promesa hecha a Dios”, le reprochó la santa. El Papa quedó completamente sorprendido, porque no le había dicho nada a nadie sobre lo que pensaba hacer.

Gracias a Dios, el Santo Padre, asistido por la fuerza arrolladora de Catalina, llegó a cumplir su promesa y volvió a la Ciudad Eterna.

Posteriormente, a la muerte de Gregorio XI, sería elegido Papa Urbano VI (1378-1389). De repente, los cardenales más prestigiosos se distanciaron de él y declararon nula su elección, y forzaron un nuevo proceso en el que fue elegido otro pontífice, el Papa Clemente VII, en calidad de reemplazo. El procedimiento para elegirlo estuvo lleno de vicios y atropellos, de manera que las cosas tomaron un curso imprevisto, mucho más grave. Clemente VII, para alejarse de la curia romana, decidió residir en Avignon, consumándose el periodo conocido como el ‘Cisma de Occidente’. Santa Catalina envió cartas a los cardenales expresando su rechazo a la manera como habían procedido y los llamó al orden, para que reconocieran al auténtico Pontífice, Urbano VI.

La santa también escribió a Urbano VI exhortándolo a llevar con temple y gozo las dificultades inherentes al gobierno de la Iglesia. Luego visitaría Roma, a pedido del Papa, quien siguió cada una de sus instrucciones. La santa envió misivas a los reyes de Francia y Hungría para que dejaran de conspirar y apoyar el cisma. Catalina sin proponérselo se había convertido en la gran defensora del papado.

Legado para el mundo de hoy: mística y espiritualidad

Otra famosa visión tuvo lugar en la vida de Santa Catalina de Siena. Jesús, de pie frente a ella, le mostró dos coronas, una de oro y otra de espinas, para que escoja. Ella le dijo: «Yo deseo, oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite». Luego tomó la corona de espinas y se la puso sobre la cabeza. Esa habría de ser la confirmación final de que su camino siempre fue el de la cruz.

Catalina murió súbitamente el 29 de abril de 1380 en Roma, con tan solo 33 años.

El Papa Pablo VI nombró a Santa Catalina de Siena ‘Doctora de la Iglesia’ en 1970 y fue proclamada ‘Copatrona de Europa’ por el Papa Juan Pablo II en 1999.

San Juan Pablo II, con motivo del VI centenario de la muerte de la santa (1980), escribió: «Aunque era hija de artesanos y analfabeta por no haber tenido estudios ni instrucción, comprendió, sin embargo, las necesidades del mundo de su tiempo con tal inteligencia que superó con mucho los límites del lugar donde vivía, hasta el punto de extender su acción hacia toda la sociedad de los hombres; no había ya modo de detener su valentía, ni su ansia por la salvación de las almas».

¡Santa Catalina de Siena, ruega por el Papa y los obispos, para que sean siempre fieles a las mociones del Espíritu Santo!

Si quieres conocer más sobre Santa catalina de SIena, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Catalina_de_Siena.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 28 de abril celebramos a San Pedro Chanel mártir, misionero marista y patrono de Oceanía

Hoy 28 de abril celebramos a San Pedro Chanel mártir, misionero marista y patrono de Oceanía

Fruto del seminario menor

Pierre-Louis-Marie Chanel (Pedro Luis María Chanel) nació en La Potière (Francia) en 1803, en el seno de una familia humilde dedicada a las labores agrícolas y al pastoreo. Fue el quinto de ocho hermanos.

Dadas las limitaciones económicas de su familia, Pedro, con solo seis o siete años, empezó a cuidar del rebaño. Sucede con demasiada frecuencia que cuando un niño está forzado por las circunstancias a trabajar, su educación pasa a un segundo plano. Ese terminó siendo el caso de Pedro, hasta que, providencialmente, por su vivacidad e inteligencia llama la atención de un sacerdote, el P. Trompier. El buen sacerdote apuesta por él y lo patrocina para que se dedique a estudiar.

El santo ingresaría entonces al seminario menor (centro educativo destinado a formar posibles candidatos al sacerdocio desde temprana edad, mientras cursan estudios regulares) ​y luego, dado su éxito académico, al seminario mayor, donde madura su vocación de servicio y se descubre llamado al sacerdocio.

Presbítero marista

Pedro recibe el orden sacerdotal a los 24 años y es enviado a la parroquia de Crozet, donde realiza una labor digna de elogio: participa activamente en la reconstrucción de la iglesia local y anima, con su testimonio de amor, a que la gente se acerque a Dios.

En 1831 el santo conoce al P. Jean-Claude Colin, quien por ese entonces estaba empeñado en la formación de una nueva congregación, consagrada a la educación y a las misiones: la Sociedad de María (cuyos miembros serán conocidos como “maristas”).

Pedro quedó entusiasmado con el proyecto y se une al grupo fundacional ese mismo año. Posteriormente, en 1833, viajaría a Roma con el P. Colin en busca de la aprobación pontificia para la Orden. Esta llega finalmente en 1836, gracias a la venia del Papa Gregorio XVI, quien pide de inmediato a la congregación que envíe misioneros a la Polinesia.

En las antípodas

Hacia 1838, Chanel arriba a la isla de Futuna en Oceanía, territorio francés de ultramar. Allí se encontró con una población dividida en bandos tribales, con costumbres completamente diferentes a las occidentales, algunas de ellas abiertamente inmorales -por ejemplo, no había pasado mucho tiempo desde que los colonos franceses habían prohibido el canibalismo-.

En esas circunstancias, San Pedro Chanel comenzó a tener éxito en su misión pastoral, algo que queda reflejado en el aumento vertiginoso del número de conversos entre los nativos. El sacerdote no perdía el tiempo ni andaba con rodeos: aprendió la lengua local, proporcionó instrucción básica a niños y jóvenes, y se las arregló junto con Marie-Nizier Delorme, otro misionero marista, para cuidar y atender a los enfermos locales. Parecía que ninguna escasez de recursos podía detenerlos.

Signo de contradicción

Lamentablemente, llegados a este punto, se produciría un quiebre en la relación con las cabezas de la comunidad originaria de la isla. La mayoría de la población estaba muy contenta con los hermanos cristianos, pero Niuliki, rey de Alo y jefe principal de la isla de Futuna, empezó a verlos con otros ojos. El cristianismo estaba transformando el alma de la gente y el rey empezó a temer por sus prerrogativas como líder religioso y jefe político. Alo era uno de los dos reinos establecidos en el archipiélago de Horne (“archipiélago del Horno”).

Cuando Meitala, hijo Niuliki, pidió ser bautizado, el rey no lo soportó y envió a su yerno, el guerrero Musumusu, a “resolver el problema” a cualquier costo.

Musumusu astutamente se enfrentó primero a su cuñado, Meitala, tras lo cual acudió a casa de San Pedro Chanel en busca de atención médica. Sus lesiones no eran de gravedad, pero fueron el pretexto para llevar a cabo la treta.

Mientras Musumusu era atendido, sus partidarios ingresaron a la residencia de los misioneros, la saquearon y armaron una gresca que terminó en el asesinato de Chanel. Musumusu le asestó con su hacha un golpe mortal en la cabeza. El misionero muere el 28 de abril de 1841 a los 37 años.

“Retorno a casa”

Después de varios años, los restos del mártir regresaron a Francia, el 1 de junio de 1850, para ser ubicados en la sede de la Casa Madre de los maristas de Lyon.

San Pedro Chanel fue declarado mártir y beato el 17 de noviembre de 1889. Décadas después, sería canonizado y proclamado patrono de Oceanía por el Papa Pío XII, el 12 de junio de 1954.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 27 de abril la Iglesia celebra a Santa Zita de Luca, patrona de las empleadas del hogar

Hoy 27 de abril la Iglesia celebra a Santa Zita de Luca, patrona de las empleadas del hogar

Zita fue una mujer de condición muy humilde, por lo que tuvo que trabajar desde pequeña. Trabajó como sirvienta de una de las familias más ricas de su localidad, de manera que se hacía de algún dinero y contribuía al sostenimiento de los suyos. Su trabajo le acarreó dificultades y penurias en distintos momentos de su vida que supo afrontar desde su fe. Aun siendo blanco de burlas y maltratos, su amor a Dios y a su familia fueron siempre más grandes, y le ayudaron a mantenerse firme y crecer en fortaleza y confianza en Dios.

En el Martirologio Romano se señala: “En Luca, de la Toscana, santa Zita, virgen, la cual, nacida de hogar humilde, a los doce años entró a servir a la familia de los Fatinelli, perseverando hasta la muerte con admirable paciencia en este servicio doméstico (1278)”.

Zita, cuyo nombre es una variante del toscano ‘citta’ [joven, muchacha], nació en 1218. Y fueron 48 largos años los que trabajó como sirvienta.

La cocina revuelta

Zita sabía muy bien qué eran las privaciones y las dificultades, y aún con ellas, siempre se preocupaba por los que consideraba menos favorecidos que ella. Cierto día salió de la casa de sus patrones para atender a una persona enferma, dejando trabajo pendiente en la cocina. Eso irritó a algunos de sus compañeros de trabajo, quienes la acusaron ante la señora de la casa.

Cuando aquella mujer fue a la cocina a cerciorarse de lo ocurrido, encontró que todo estaba impecablemente limpio y aseado. Una voz empezó a correr por todo el pueblo: el portento de la cocina había sido obra de los ángeles, quienes lo habrían llevado a cabo para proteger a Zita. La dueña de la casa, sorprendida por el acontecimiento, le concedió desde aquel momento la libertad de servir a los pobres. Lamentablemente, Zita se convirtió en blanco de los ataques y burlas de mucha gente, empezando por sus compañeros de labores.

A ella esto le importó poco, porque sabía que Jesús era su escudo y la Virgen quien la animaba a preocuparse de los más débiles, como corresponde a una buena madre. Muchas historias, como la anterior, se cuentan sobre la noble muchacha, quien se convirtió en portadora del amor de Dios, allí donde estaba o a donde iba.

La despensa vacía

Santa Zita redobló esfuerzos para no dejar desamparados a los más hambrientos. Habitualmente compartía la comida que su señora le daba, pero la situación llegó a tal punto que tuvo que empezar a repartir incluso su propia ración y las reservas de grano que poseía la familia. Cuando los patrones se enteraron, fueron a registrar el granero con la intención de castigar a su sirvienta, pero se dieron con la sorpresa de que la despensa estaba completamente llena. Había más grano del que se podía recolectar en meses así.

El hombre muerto de frío

«Siervo bueno y fiel: en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25, 21)

Santa Zita murió el 27 de abril de 1278. De inmediato su fama de santidad se extendió en la región y de ahí a todo el país, llegando más allá de las fronteras de Italia.

Los restos de la santa reposan hoy en la capilla de Santa Zita ubicada dentro de la Iglesia de San Frediano, en Luca (Italia).

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Fuente: Aciprensa
Hoy se celebra a Cleto y Marcelino, Papas de tiempos distintos, pero unidos en el martirio

Hoy se celebra a Cleto y Marcelino, Papas de tiempos distintos, pero unidos en el martirio

Dos siglos de distancia, un mismo destino de gloria: la Iglesia celebra hoy a San Anacleto y San Marcelino. Entre el martirio y la entrega absoluta, el santoral recuerda a estos dos Papas que, en tiempos de pruebas extremas, mantuvieron encendida la llama de la fe que hoy sigue iluminando a nuestras comunidades.

 

Buenos Aires, domingo 26 abril (PR/26) — Cada 26 de abril, la Iglesia Católica celebra a dos santos que vivieron en tiempos diferentes -con dos siglos de distancia entre ellos-, pero que comparten el haber sido Primados de la Iglesia. Ellos son los papas San Anacleto y San Marcelino.

San Anacleto fue el tercer pontífice de la Iglesia, después de San Pedro y San Lino.

Al Papa Anacleto se le conoce también como “Cleto”, “Anacleto” o “Anencleto” (variaciones de su nombre en latín y en griego, causa de algunas confusiones).

Fue el apóstol San Pedro quien lo conoció, lo bautizó y lo ordenó sacerdote en Roma. Junto a Lino, Anacleto estuvo entre los principales discípulos del primer Papa y posteriormente fueron sus sucesores.

Papa Anacleto o Cleto

De acuerdo al Liber Pontificalis o “Libro de los papas”, “Cleto” ocupó la cátedra de San Pedro durante los imperios de Vespasiano y Tito. No se tiene certeza sobre si nació en Roma o en Atenas.

Como pontífice se ocupó de los necesitados reuniendo la limosna, alentó a los cristianos en medio de la persecución y ordenó un número importante  de sacerdotes.

El inicio de su pontificado se sitúa entre los años 76 y 80, mientras que el final del mismo suele determinarse entre el año 88 y el 92.

El nombre de “Cleto” aparece en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I) de la Santa Misa, siendo este nombre el más común para referirse a este Pontífice. La tesis de que sufrió el martirio se ve fortalecida precisamente por ser parte de la selecta lista del Canon. Su cuerpo se conserva en la basílica de San Pedro en el Vaticano.

 

Papa Marcelino

Esta persecución -extremadamente violenta por la naturaleza de sus edictos- fue ejecutada a partir del año 303 por el augusto y coemperador Maximiano Herculio. El Papa San Marcelino murió al año siguiente (304), se cree que por causas naturales.

Sin embargo, la tradición lo cuenta entre los mártires aún cuando Marcelino no figura ni en el Martyrologium hieronymianum, ni en el Depositio episcoporum, ni en el Depositio martyrum, pero sí en el Liber Pontificalis -donde también es mencionado el Papa Cleto-. En ese documento se señala que sufrió el martirio en compañía de otros cristianos.

Su cuerpo fue sepultado en la Catacumba de Priscila en la Vía Salaria de la Ciudad Eterna.

Si quieres saber más sobre San Anacleto (Cleto), te sugerimos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Cleto.

En la Enciclopedia también puedes encontrar más información sobre San Marcelino: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Marcelino.

 

Fuente: ACI Prensa

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