Su música —que suena también a rebeldía y a protesta— no está hecha para la liturgia, sino para ser escuchada en conciertos. “Los jóvenes están siempre con un casco (auricular) en la oreja puesto. Por lo que aprovechamos esta vía para proclamar la gloria de Dios“, explica a ACI Prensa.
Por ello, deja de lado el tradicional órgano de la Misa para interpretar “ritmos con fuerza” a través de los que “meter contenido religioso en las letras y llegar directos al corazón”.
El poder de atracción de un escenario
Todo empezó en Alcalá de Henares, donde se estaba formando como seminarista junto a Julio. Alberto era formador en el seminario y se los encontró tocando la guitarra en su habitación. Entonces les propuso cantar al final de una de las jornadas diocesanas que se organizan cada año. “Preparamos unas canciones y cantamos un poquito. A la gente le gustó mucho”, explica el P. Curry.
Este primer concierto fue una pequeña victoria tras la que “empezaron a llamarnos de las parroquias de la gente que había asistido a la jornada diocesana para amenizar sus propios encuentros con chavales”.
Han grabado varios CD y hasta estuvieron de gira en Estados Unidos. “Al final se va pasando la voz de unos a otros y nos llaman para anunciar a Dios”, explica.
Tampoco faltan en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Hasta ahora la Voz del Desierto ha tocado en Madrid, en Panamá, en Lisboa y “en muchos otros encuentros de jóvenes”.
Confesarse tras un concierto de rock
Durante los conciertos, el grupo no sólo evangeliza con la música y sus letras, “también explicamos lo que hacemos, lo que vivimos y el sentido de las canciones”, explica el P. Curry.
Un día les sucedió algo memorable. Estaban dando un concierto en un pueblo y “había un hombre ateo, que llevaba años sin acercarse a nada de la iglesia pero le llamó la atención la música”.
“Estaba ahí abajo y al principio, empezó a decirnos alguna cosa un poco fea. Pero de repente algo le tocó en medio de ese concierto, y al acabar, según bajamos, se me acercó. Se me puso a llorar y me dijo: ‘Padre, ¿me podría confesar? Llevo años y años sin confesarme, pero esto que habéis dicho en esa canción me ha tocado y he experimentado algo’. Sé que Dios está llamando a algo”, narra.
Un ejemplo concreto de cómo esta música de altos decibelios puede ser también una herramienta poderosa de misión.
También en lugares donde el dolor es cotidiano
La Voz del Desierto también ha llevado su música a lugares donde el dolor es cotidiano como prisiones u hospitales.
Un día tocaron en una cárcel de menores en Extremadura (España): una experiencia espiritual que llegó a los corazones heridos de los jóvenes. “Estaban ahí, en el auditorio, moviéndose con el ritmo de la música y, en medio de su sufrimiento, pudimos anunciarles una palabra de salvación”, describe este sacerdote.
“Fue precioso. Los chavales, quizá otras cosas no les atraen, pero un concierto así… les atrajo, y vinieron muchísimos”, comenta con emoción.
Otro de los conciertos tuvo lugar en el hospital de parapléjicos de Toledo, donde también les fue posible llevar consuelo y alegría a través de la música. “Imagínate qué duro también, en un lugar así, anunciar a los enfermos este amor de Dios”, recuerda. La música, insiste, “te abre caminos de evangelización”.
Primicias Rurales
Fuente: ACI Prensa


















