Un ingeniero agrónomo jubilado, su hija comunicadora y dos hectáreas en el Valle de Uco: así nació Pielihueso. Hoy elaboran 55.000 botellas al año, exportan a cinco países y acaban de abrir su propio restaurante en medio de los viñedos.
Buenos Aires, viernes 12 de junioi(PR/26)–Hay negocios que nacen de un plan impecable. Y hay otros que brotan de una intuición, un viaje o una jubilación bien aprovechada. Pielihueso pertenece, sin dudas, al segundo grupo. Celina Bartolomé, comunicadora de 34 años nacida en Venado Tuerto, Santa Fe, lo dice con una honestidad que desarma: «Me cuesta mucho cuando te preguntan la profesión para algún formulario. Nunca sé qué poner porque no soy nada, pero soy un poquito de todo». Esa imposibilidad de encasillarse fue, a fin de cuentas, su mayor ventaja.
Celina Bartolomé
Todo empezó con su padre, Alejandro Bartolomé, ingeniero agrónomo con décadas dedicadas a la soja, el trigo y el maíz en la pampa húmeda. Cuando llegó a los 60 y pico, decidió que la jubilación no era para quedarse quieto.
En vez de comprar un departamento —la opción más previsible—, adquirió dos hectáreas y media dentro del proyecto Casa de Uco, en el Valle de Uco, Mendoza. «Pasamos de una idea pasiva o familiar a crear una marca, un proyecto y una pyme muy rápidamente», recuerda Celina.
Celina Bartolomé es el motor detrás de Pielihueso, el proyecto vitivinícola que fundó junto a su papá,
Mientras la tierra tomaba forma en Mendoza, Celina construía en Buenos Aires un recorrido zigzagueante pero coherente. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA, pasó por productoras, agencias de publicidad y hasta por Globant.
Pero su vocación iba mutando hacia algo más tangible. Empezó organizando pop-ups de vino en la terraza de un local en Palermo, eventos independientes para acercar la bebida a una generación que la sentía lejana.
En uno de esos encuentros conoció a Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci, los fundadores del restaurante Anafe, y se convirtió en su primera empleada de sala y vinos. Dos años después, con ese bagaje encima, tomó la decisión definitiva: viajar a Piamonte, Italia, para hacer una Maestría en Vino y entrar de lleno a la empresa familiar.
Una pyme que aprendió a no crecer de más
Hoy la estructura es clara: Alejandro maneja la parte productiva en la finca; Celina se ocupa de lo comercial, la comunicación y el diseño, junto a Paula La Torre, la enóloga. La bodega tiene una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, de 13 hectáreas —10 plantadas— más 2 hectáreas adicionales en Chacayes dentro del complejo Casa de Uco. La inversión inicial fue de un millón de dólares, destinada a la compra de la tierra y la construcción de la bodega.
En Pielihueso hacen diferentes vinos. El Naranjo es el insignia.
Los números cuentan una historia de crecimiento sostenido: 500 botellas en la primera añada de 2017, 20.000 para 2020 y un pico de 55.000 botellas anuales en 2024. Ahí decidieron frenar. No por falta de demanda, sino por lucidez. «En 2020, 2021 y 2022 hacíamos menos vino del que la gente quería comprar. Elegimos mantenernos así.
Con el diario del lunes fue una buena decisión porque en los últimos años bajó el consumo de vino estrepitosamente. Si hubiésemos crecido, ahora nos sobraría vino», explica Celina. La flexibilidad de la estructura familiar —donde dos personas hacen muchos roles— les permite ajustarse a los picos y las caídas sin cambiar nada.
El posicionamiento es premium: el precio promedio en retail ronda los $40.000 por botella. Pero lo que más define a Pielihueso no es el precio sino la filosofía. Celina se resiste a etiquetas como «vino natural» o «boutique» y prefiere hablar de vitivinicultura artesanal: uvas orgánicas, fermentación espontánea sin levaduras comerciales, sin filtrado y con uso nulo o mínimo de sulfitos.
«Son vinos hechos por personas a las que les importa, que tienen su propia finca y manejan un volumen adecuado. Preferimos un proyecto donde todos estemos involucrados, generar vinos puros, frescos, y que sean reflejo de donde son».
Cómo terminaron registrando «Naranjo» casi sin querer
Uno de los hitos más curiosos de la historia de Pielihueso es el de su producto estrella: el vino naranjo. Cuando Celina viajó a los Estados Unidos en 2016, descubrió en barras especializadas el concepto de los orange wines y rastreó su origen ancestral en la región del Cáucaso, en Georgia.
Al volver, le propuso a su padre apostar por esa categoría para diferenciarse: «Si hacemos un Malbec de Valle de Uco, ¿por qué alguien compraría el nuestro versus cualquier otro de los buenísimos que ya existen?». De las dos barricas iniciales en 2017, hoy destinan 12.000 litros exclusivamente a este estilo.
El problema fue que el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) no reconocía la categoría. Celina encontró una salida ingeniosa: registrar la palabra «Naranjo» como nombre legal del vino, no como categoría, para poder incluirla en la etiqueta.
«Al día de hoy tenemos el registro de la palabra vino naranjo sin querer», cuenta con gracia. El resultado es que Pielihueso terminó siendo pionera en un segmento que hoy tiene nombre propio gracias, en parte, a ese movimiento.
El naranjo es hoy el producto más vendido de la bodega, tanto en el mercado local como en el internacional. Este dato rompe los estándares de la industria: mientras en Argentina el tinto domina los volúmenes, en Pielihueso el tinto representa solo el 20% de la producción.
El 80% restante son naranjos, rosados y blancos. Para abastecer esa demanda sin hacer inversiones agrícolas costosas, crearon soluciones creativas: el Tinto de los Sauces —mitad tinto, mitad rosado— para bajar la intensidad tánica, y el Claranjo, un corte de Malbec vinificado como rosado y Torrontés elaborado como naranjo.
De la venta puerta a puerta a exportar a cinco países
Durante las primeras añadas, Celina era al mismo tiempo la cara, las piernas y la voz de la marca en Buenos Aires. Iba ella misma a los restaurantes donde sentía que el vino «tenía que estar». Hace dos años sumaron distribuidoras tradicionales, pero ese período de venta directa dejó una ventaja que ningún intermediario puede comprar: el conocimiento íntimo del consumidor.
«Al vender directo sabíamos qué compraban los clientes y por qué les costaba pagar. Eso ayudó a la construcción de marca. De afuera se ve el éxito comercial de Pielihueso diciendo que es por las etiquetas o por ser vinos raros, pero hay una parte de vínculos comerciales atrás que hicimos muy bien», subraya.
Pielihueso cuenta con una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, que abarca 13 hectáreas -10 plantadas.
El canal principal sigue siendo restaurantes de autor y vinotecas seleccionadas. El 60% de la producción va al mercado interno y el 40% se exporta, principalmente a Estados Unidos a través de Brazos Import. El resto llega a Perú, España, Japón y Canadá. En el mercado local, la estrategia de expansión apunta al interior: ya tienen alianzas con distribuidores en Córdoba, Rosario y Mar del Plata.
Un restaurante en medio de los viñedos como siguiente capítulo
El plan de largo plazo de Pielihueso siempre incluyó el turismo enológico. Y ese objetivo tomó forma con la apertura de La Amistad, su propio restaurante en el corazón de la finca de Los Sauces.
El proyecto demandó un millón de dólares de inversión y dos años de obra en medio de los viñedos. Lo hicieron junto a Najmanovich y Arcucci —los mismos de Anafe, con quienes Celina trabajó al inicio de su carrera.
La propuesta incluye almuerzos con visitas guiadas a la bodega, catas verticales enfocadas en tres variedades de naranjos y el formato Mix Sorpresa: cinco copas seleccionadas al azar.
En un mundo donde el consumo global de alcohol cae y las generaciones más jóvenes se relacionan diferente con el vino, Celina mira el panorama con realismo pero sin resignación: «Va a sobrevivir quien se adapte, tenga una estructura que pueda manejar y no subestime al consumidor«.
Y remata con la clave que, según ella, explica por qué Pielihueso permeó: «Desde el principio lo tratamos como una marca que no era solo de vino. Pensamos en su personalidad y en nuestro target. Por eso te hablaba más allá del líquido que tenía adentro».
Tras el fin del aporte obligatorio, las bodegas celebran la recuperación de su autonomía financiera mientras la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar) enfrenta el desafío de subsistir únicamente mediante la voluntad del sector privado. La medida del Gobierno desmantela un sistema de recaudación coactivo que, tras veinte años, no logró cumplir con las metas de exportación prometidas.
Buenos Aires, miércoles 6 mayo (PR/26) — El ecosistema vitivinícola argentino atraviesa un sismo institucional tras la decisión del Gobierno nacional de desarticular el modelo de financiamiento de la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar).
Lo que durante dos décadas fue una estructura sostenida por la obligatoriedad, hoy se enfrenta a un desafío de supervivencia: las bodegas y establecimientos productivos han recuperado la potestad sobre sus recursos, celebrando el fin de una carga que afectaba su rentabilidad y competitividad.
La medida, oficializada por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, extingue el flujo de fondos automáticos provenientes de cada litro de vino. Este cambio de paradigma coloca a la Coviar en una posición de examen constante, donde su continuidad dependerá exclusivamente de la voluntad del sector privado para sostenerla mediante aportes voluntarios.
Las bodegas recuperan autonomía frente al «impuesto» privado
Para la gran mayoría de las bodegas, la eliminación de la contribución obligatoria representa un alivio financiero inmediato. El sector privado ha manifestado de forma contundente que el esquema anterior —donde el Estado actuaba como agente de cobro para una entidad privada— era una distorsión que restaba agilidad al mercado.
Desde la perspectiva de los industriales, si la Coviar desea seguir representando los intereses del sector, debe hacerlo bajo las reglas de la libertad de asociación.
«Si una institución aporta valor real, los privados invertirán en ella de forma voluntaria», es la premisa que hoy recorre los pasillos de las principales cámaras bodegueras, quienes comparan este nuevo camino con el éxito de entidades como Wines of Argentina, financiadas genuinamente por sus socios.
Mendoza y la mirada de los directores: «Si no funciona, se cambia»
El pulso de la provincia de Mendoza, motor de la industria, también se ha inclinado a favor del cambio.
El Ministro de Producción local, Rodolfo Vargas Arizu, quien posee una silla en el directorio de la Coviar, fue uno de los más directos al analizar la situación. Reconoció que la corporación no logró cumplir con las metas de exportación y mercado interno planteadas originalmente, y que el estancamiento de los últimos años obligaba a una reforma profunda.
Vargas Arizu ha hecho un llamado a «desdramatizar» la pérdida del financiamiento estatal. Según su visión, este es el momento para que la vitivinicultura argentina demuestre su madurez.
El ministro mendocino sostiene que la industria debe enfocarse en vender más y mejor, dejando atrás las estructuras que no lograron adaptar sus resultados al aporte que exigían de los productores.
Sturzenegger y el cuestionamiento a la gestión de fondos
Desde el ámbito nacional, el ministro Federico Sturzenegger ha sido el principal crítico de la gestión de la Coviar. El funcionario detalló que, bajo el amparo del Plan Estratégico Vitivinícola (PEVI), se le extrajeron al sector cerca de U$S 300 millones en dos décadas, sin que eso se tradujera en un aumento de la cuota de mercado mundial, que sigue clavada por debajo del 2,5%.
El Gobierno sostiene que la Coviar intentó «autoprorrogarse» facultades y financiamiento sin el aval correspondiente, lo que derivó en la intervención administrativa actual.
Con la nueva resolución, se ordena un cierre administrativo de tres meses para que la entidad rinda cuentas detalladas sobre el uso de los activos percibidos y el cumplimiento real de las metas de competitividad que justificaban su existencia.
El futuro institucional: Entre la judicialización y la unión
Mientras la Coviar evalúa posibles presentaciones judiciales para defender su anterior estatus, el resto de la cadena ya mira hacia adelante. La propuesta de unificar los grandes eventos del sector —como los clásicos almuerzos y desayunos de la Vendimia— gana fuerza como un símbolo de la nueva era: una vitivinicultura unida por objetivos comerciales y no por leyes de contribución forzosa.
La Coviar mantiene su personería jurídica, pero el mensaje de las bodegas y el Gobierno es claro: el tiempo del financiamiento coactivo ha terminado. El éxito de la entidad ahora depende de su capacidad para convencer a los productores de que su gestión es, efectivamente, una inversión y no un gasto.
Buenos Aires, martes 5 mayo (PR/26)– El Gobierno nacional dispuso el cierre del Plan Estratégico Argentina Vitivinícola 2020 (PEVI) y decidió el cese inmediato de las contribuciones obligatorias que los establecimientos vitivinícolas pagaban para financiar este programa.
A partir de esta decisión, la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR) dispone de un plazo de tres meses para presentar un informe final que incluya el rendimiento de cuentas, el uso de recursos y el grado de cumplimiento de las metas originales.
Los fondos remanentes que queden tras el cierre se transferirán al patrimonio del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV).
La medida fue comunicada a través de la Resolución 55/2026 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, publicada este martes en el Boletín Oficial y que procesó Agencia Noticias Argentinas.
El texto oficial señala que el plan estratégico fue concebido con un horizonte temporal que culminaba originalmente en el año 2020.
La normativa fundamenta que, al haberse cumplido el plazo, «corresponde declarar la finalización de las contribuciones obligatorias» y de cualquier otra fuente de financiamiento público nacional, debido a que terminó la finalidad que motivó su creación. El documento aclara que la intención original de la ley era que el plan durara 15 años desde su implementación.
Respecto a la continuidad de la entidad gestora, la resolución especifica que «esto no implicará la disolución ni liquidación de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), la cual seguirá existiendo» bajo los términos de la ley que la creó.
Sin embargo, la Secretaría determinó que COVIAR no tiene facultades para resolver unilateralmente una prórroga del plan estratégico.
Finalmente, el organismo nacional instruyó al INV para que deje de percibir los fondos correspondientes a los establecimientos del sector.
Según el documento, la decisión busca evitar un enriquecimiento sin causa al finalizar el programa con recursos todavía disponibles.
El ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, explicó que desde 2004 “todas las bodegas y productores del país pagaban una contribución obligatoria por elaborar, por embotellar y por vender”.
“Los tres pagaban por cada litro elaborado de vino y mosto, por cada litro embotellado de vino, por cada litro vendido de mosto, y por cada kilo de uva que ingresaba a los establecimientos procesadores».
El minstro señaló que «ese tributo no iba al Estado sino que iba a financiar a la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), una entidad conducida por el sector privado y cuyo objetivo era implementar el Plan Estratégico Vitivinícola 2020 (PEVI). El PEVI prometía posicionar a la Argentina entre las industrias vitivinícolas más destacadas del mundo, alcanzar exportaciones por USD 2.000 millones anuales y capturar el 10% del volumen del comercio mundial de vinos para el año 2020”, aunque Sturzenegger dijo que este objetivo no se cumplió.
¿Puede un vino, por sí solo, cambiar el destino de toda una industria? En 1991, la bodega Luigi Bosca demostró que sí, al certificar el primer Malbec bajo la Denominación de Origen Controlada (D.O.C.) Luján de Cuyo, marcando, un hito sin precedentes, en toda América Latina.
Un Sello, un Territorio, una Identidad, imagen creada por IA
Mendoza, sábado 25 abril (PR/26) — Lo que hoy parece natural, en 1989, fue una visión audaz del ingeniero Alberto Arizu. Junto a un grupo de bodegueros mendocinos, impulsó la creación de la Denominación de Origen Controlada (D.O.C.), con el objetivo de proteger la identidad del Malbec, establecer estándares de calidad rigurosos, y asegurar que el origen sea el valor diferencial.
Este proceso, se consolidó en 1991, con el aval de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), para certificar formalmente la procedencia.
«El Malbec no es sólo una uva, es un lugar», afirma Alberto Arizu (h), destacando que esta normativa, convirtió al origen, en la cualidad central del vino argentino.
El Dominio del Malbec, en cifras, 2025
A 35 años de aquel primer paso, el Malbec, no sólo es la variedad emblema, sino que vive un presente de liderazgo absoluto. Según los datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), el organismo encargado de fiscalizar la producción y genuinidad de los vinos en el país, al cierre de 2025, Argentina registró:
Superficie cultivada:46.890 hectáreas, con un crecimiento del 16,1%, en la última década.
Producción histórica:4.461.646 quintales, cosechados, superando el promedio de los últimos diez años.
Presencia nacional: Se cultiva en 18 de las 20 provincias, siendo el activo más valioso, de la vitivinicultura nacional.
Concentración:Mendoza, lidera con el 84,8% de la superficie, mientras que el Valle de Uco, concentra el 41,7% del Malbec mendocino.
Mercado, Exportación y el Mundo
El Malbec, representa hoy el 61,4%, de todos los vinos varietales comercializados. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), el 52%, se destinó al mercado interno, donde las ventas crecieron un 51,6%, en diez años. En el exterior, el ingreso de divisas fue de 404,7 millones de dólares, llegando a 114 países, con el Reino Unido y Estados Unidos, a la cabeza.
El Futuro: La Escucha del Terroir
Más allá de los récords, la clave reside en la trazabilidad. El Malbec, ha demostrado una plasticidad única, para expresar las diferencias de cada suelo, desde el norte hasta la Patagonia. El desafío actual, según los expertos, es la «remasterización» de la cepa: seguir interrogando la tierra, afinar la escucha del terroir, y traducir esa conversación, en vinos con precisión creciente.
En Luján de Cuyo, Mendoza, el ingeniero Ricardo «Charly» García lidera un proyecto vitivinícola disruptivo basado en variedades no tradicionales y sistemas de conducción natural. Bajo una filosofía de mínima intervención y solidez técnica, busca consolidar su marca en el mercado local y proyectar sus primeras exportaciones a Estados Unidos.
Luján de Cuyo, miércoles 22 abril (PR/26) — En Mendoza, el empresario CREA Ricardo García apostó por vinos con variedades no tradicionales y sistemas de conducción sin poda, y logró crecer en un contexto de crisis.
Lidera un proyecto creativo en Mendoza basado en experiencias europeas y argentinas.
A Ricardo le dicen “Charly”, y su apellido es García. Pero su camino no siguió la música, sino el vino. Tras años de asesorar viñedos y bodegas, en 2018 inició un proyecto propio junto a su esposa y un amigo, donde volcó su experiencia y exploró nuevas variedades y sistemas de conducción no convencionales, con buenos resultados.
En Perdriel, Mendoza, elaboran vinos a partir de uvas propias, que buscan expresar el carácter de cada ambiente y diferenciarse de las variedades clásicas. Uno de ellos,“El jardín de Alicia”, toma su nombre del universo narrativo de Lewis Carroll, como la canción del popular músico argentino.
Recuperación y resiliencia productiva
La finca se llama Viñedos El Mirlo y forma parte del grupo CREA Vignerons, de la región Valles Cordilleranos. “Somos una empresa muy pequeña, que trabaja con prácticas sustentables”, resumió. “Estamos ubicados en Luján de Cuyo, una zona histórica de producción de uvas, tierra de Malbec. Pero cuando vas llegando a la finca, ves muchas otras que fueron abandonando el negocio en medio de una crisis muy profunda”, lamentó.
García decidió involucrarse de manera directa en la producción junto al productor Pablo Tripodi y a su esposa, Graciana Monneret.
Hace ocho años recuperaron una finca familiar de siete hectáreas que había quedado sin actividad tras la crisis de 1987, aunque se mantuvo en uso mediante alquileres para conservar los derechos de riego.
“Recolonizamos la tierra y plantamos los viñedos, primero con el objetivo de vender uvas. Obtuvimos buenos rindes y calidad, lo que nos permitió abastecer a distintas bodegas”, señaló. Durante los primeros años, la comercialización de uva representó cerca del 50% de los ingresos de la empresa, pero la ecuación empezó a cambiar cuando avanzaron en la elaboración de vinos y ganaron peso en ese segmento.
García advirtió que aún no viven del emprendimiento, aunque es un desafío hacia el futuro, y para eso apuestan a realizar nuevas inversiones. En paralelo, mantiene su rol como asesor en distintas empresas, muchas de ellas vinculadas a la red CREA.
Expresión botánica y variedades alternativas
La finca cuenta con dos viñedos bien diferenciados. Por un lado, el esquema tradicional, con Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Malbec conducidos en espaldero. Por otro, una unidad más pequeña —El Pichón— donde avanzan con manejos orgánicos y biodinámicos, y certifican prácticas junto a un grupo de productores locales.
“Ahí empezamos a probar cosas distintas, sobre todo en variedades”, explicó García. La experiencia acumulada en Europa le abrió otra mirada sobre el potencial de Mendoza. “Veía que había variedades que podían adaptarse muy bien a nuestra zona, pero que no se usaban. Estábamos muy cerrados en el esquema clásico de Burdeos”, señaló.
En esa búsqueda incorporaron nuevas opciones:Garnacha, Monastrell y Carignan entre las tintas, y Roussanne en blancas. Sobre un total de siete hectáreas, la mayor superficie sigue ocupada por Malbec, Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon —unas dos hectáreas cada uno—, mientras que 1,5 hectáreas se destinan a estas variedades alternativas.
Say no more: viñedos en libertad
El cambio no se limitó a la diversidad varietal. También avanzaron sobre los sistemas de conducción, con una lógica distinta a la tradicional. “Trabajamos con formas más libres, con mayor expansión vegetativa, sin poda o con intervenciones mínimas. Buscamos que la planta exprese su hábito botánico”, describió.
Ese enfoque dio lugar a modelos diversos: vasos abiertos, estructuras voluminosas y plantas con mayor desarrollo de madera. La idea es reducir la intervención y acompañar el crecimiento natural de la vid. “Fuimos armando todo con una lógica fisiológica, mirando cómo crece la planta en su estado natural”, agregó.
El concepto también atraviesa a los vinos. El nombre de uno de ellos,“Las lianas de Carignan”, remite a las características botánicas de la especie. “La vid es una liana. Entonces tratamos de copiar ese hábito, dejar menos cortes y que la planta envejezca antes, en un buen sentido”, explicó.
Además, estos manejos generan efectos concretos en la calidad. En Malbec, por ejemplo, comentó que los sistemas libres permiten obtener taninos distintos y mayor frescura, en un contexto donde el varietal suele ser cuestionado por perfiles más redondos o pesados.
En Carignan realizaron ensayos que profundizan esa línea. Este año probaron bajar la poda y trabajar con brotes decumbentes, en lugar de erectos. Esa práctica modificó el tamaño de la uva, con granos más livianos (pasaron de 1,8 a 1,3 gramos) y mayor concentración. Al mismo tiempo, lograron sostener la productividad, ya que el mayor número de racimos compensó esa reducción.
Vinos fuera de la autopista
La empresa lanzó su primer vino en 2022, con una producción acotada. Desde entonces, el crecimiento fue gradual, siempre a partir de uvas propias. “Buscamos elaborar vinos rebeldes, saliendo de la autopista. Esa es nuestra filosofía”, resumió García.
Con el tiempo incorporaron equipamiento, con vasijas de elaboración, ánforas de arcilla y barricas. “En las ánforas pensamos hacer un vino nuevo, aunque sean pocos litros, 250 o 300 botellas, con características totalmente distintas… después me las tomaré yo”, bromeó.
El enfoque está puesto en que cada vino refleje su origen. Para eso, avanzaron en un trabajo más fino sobre el viñedo, diferenciando ambientes dentro de cada lote. “Este año zonificamos recorriendo la viña, caminándola, midiendo vigor y probando uvas”, explicó. A partir de esa zonificación, por ejemplo, en una misma superficie de Garnacha lograron múltiples expresiones. “En 0,3 hectárea hicimos seis tipos de vinos”, señaló.
“Ahora pensamos hacer una pequeña bodega en casa. Así como no compramos uva de otros lados, queremos hacer el vino nosotros”, comentó. El objetivo es consolidar un modelo de trabajo integral, donde el mismo equipo produzca la uva, elabore el vino y comercialice la botella, un concepto asociado a la tradición francesa del vigneron, que hoy ya aplican, aunque mediante elaboraciones a fasón en bodegas de terceros.
La apuesta comercial y el mercado externo
En pocos años lograron posicionar una marca con reconocimiento, aunque todavía en una escala reducida. El crecimiento fue paulatino, acompañado por la demanda. “No tenemos mucho volumen ni vivimos de esto por ahora, pero vendemos todo lo que hacemos”, explicó García. Para este año proyectan unas 5000 botellas, con la intención de escalar a 15.000 o 20.000 en el mediano plazo.
El desarrollo comercial estuvo acompañado por el trabajo en red. El grupo CREA Vignerons fue clave en esa etapa inicial, especialmente en la apertura de mercados. A fines de 2024, por invitación de Andrés Biscaisaque, productor CREA, participaron de una feria en Buenos Aires, donde presentaron vinos de Garnacha y Monastrell. “Nos fue muy bien”, resumió.
La estrategia también incluye una segunda línea más accesible, con un corte de ambas variedades y un varietal de Roussanne. La respuesta del público fue positiva, a pesar de tratarse de cepas menos difundidas. “Invitamos a los consumidores a probarlas y vendimos todo”, señaló. “Hace poco nos quedamos sin ‘La danza de los colibríes’, un blend de esas uvas. Hicimos 1000 botellas, las fraccionamos en agosto y las vendimos desde enero”, contó.
Además de aumentar la presencia en Buenos Aires, donde concentran la distribución, el empresario destacó otras mareas más directas de llegar a sus clientes: “El boca a boca funciona. Cuando alguien prueba nuestros vinos, se convierte en un faro para otros”, afirmó.
La tercera para en el área de comunicación a punta a llegar al mercado externo. En ese sentido, para fines de abril esperan la visita de tres exportadores de Estados Unidos interesados en conocer los vinos.
“Tal vez podamos enviar un pallet. No tenemos mucho volumen, pero es interesante tener un pie afuera”, evaluó. “Estamos replanteando la empresa. Hay que crecer a demanda y ser sólidos en lo técnico y conceptual para permanecer más allá de la novedad”, concluyó.
Del 12 al 14 de mayo, Sitevinitech 2026 reunirá en el Complejo Las Naves a los principales referentes del sector para presentar soluciones en competitividad, innovación digital y maquinaria de vanguardia en un mercado global en plena transformación.
Mendoza, sábado 18 abril (PR/26) — La cuenta regresiva para el evento más trascendente de la industria vitivinícola en Latinoamérica ya comenzó.
Con la totalidad de su superficie comercializada y una proyección de más de 10.000 visitantes, la edición 2026 de la feria Sitevinitech se perfila como un termómetro clave para medir el pulso de la producción y los negocios en el Cono Sur.
Renovación tecnológica y eficiencia operativa
En un escenario marcado por la necesidad de optimizar recursos, la feria presentará una superficie de
exposición superior a los 8.000 metros cuadrados. Un dato que resalta el vigor del encuentro es que el 30% de los expositores son nuevos, lo que garantiza una oferta renovada en servicios y desarrollos técnicos.
Frente a la actual coyuntura de baja en el consumo a nivel mundial, la feria se propone como una plataforma estratégica para:
Reducir costos operativos mediante procesos automatizados.
Implementar tecnología de precisión, con el uso de drones y software de análisis de fincas.
Exhibir maquinaria de última generación y sistemas de pulverización de alta eficiencia.
Sitevinitech 2026 es la feria vitivinícola y agrícola más importante de Latinoamérica, enfocada en innovación, tecnología y negocios. Se celebrará del 12 al 14 de mayo en el Complejo Las Naves, Mendoza, Argentina, reuniendo a más de 150 expositores, con demostraciones de drones, maquinaria, y rondas de negocios internacionales para el sector.
Un polo de conocimiento y exportación de servicios
Más allá de los fierros y los insumos, Mendoza reafirma su rol como exportadora de conocimiento enológico. La agenda de este año incluye rondas de negocios internacionales con delegaciones de Uruguay, Perú, Bolivia, Ecuador y México, interesadas no solo en productos, sino en servicios de diseño, marketing y gestión vitivinícola.
Durante las tres jornadas, el predio ofrecerá un ciclo de charlas y talleres de formación en conjunto con entidades como Bodegas de Argentina, enfocados en brindar herramientas concretas para mejorar la productividad y competitividad del sector.
Cómo participar
La organización ha habilitado la pre-acreditación online a través de su portal oficial. Cabe destacar que el acceso será gratuito por tiempo limitado y, debido a la alta demanda esperada, los cupos para las actividades especiales y conferencias serán restringidos.
Este encuentro no solo representa una vitrina para las empresas locales, sino que consolida a la región como un referente ineludible del hemisferio sur en materia de innovación agroindustrial.