Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestro camino en la escuela del Evangelio, siguiendo los pasos de Jesús en los  últimos días de su vida. Hoy nos detenemos en una escena íntima, dramática, pero también  profundamente verdadera: el momento en el que durante la cena pascual Jesús revela que uno de los Doce  está a punto de traicionarlo: “En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está  comiendo conmigo” (Mc 14,18).

Son palabras contundentes. Jesús no las pronuncia para condenar, sino para mostrar que el amor,  cuando es verdadero, no puede prescindir de la verdad. La habitación del piso superior, donde poco antes  se había preparado todo con atención, se llena de repente de un dolor silencioso, hecho de preguntas, de  sospechas, de vulnerabilidad. Es un dolor que conocemos bien también nosotros, cuando en las relaciones  más queridas se insinúa la sombra de la traición.

Sin embargo, el modo en el que Jesús habla de lo que está a punto de suceder es sorprendente. No  levanta la voz, no señala con el dedo, no pronuncia el nombre de Judas. Habla de tal modo que cada uno  pueda cuestionarse a sí mismo. Y es precisamente eso lo que sucede: “Ellos comenzaron a entristecerse y  a preguntarle uno tras otro: ‘¿Seré yo?’” (Mc 14,19).

Jesús no denuncia para humillar. Dice la verdad porque quiere salvar. Y para ser salvados hay que  sentir: sentir que se está involucrado, sentir que se es amado a pesar de todo, sentir que el mal es real pero  no tiene la última palabra. Solo quien ha conocido la verdad de un amor profundo puede aceptar también  la herida de una traición.

La reacción de los discípulos no es rabia, sino tristeza. No se indignan, se entristecen. Es un dolor  que nace de la posibilidad real de ser involucrados. Y precisamente esta tristeza, si se acoge con  sinceridad, se convierte en un lugar de conversión. El Evangelio no nos enseña a negar el mal, sino a  reconocerlo como una ocasión dolorosa para renacer.

Nosotros estamos acostumbrados a juzgar. Dios, en cambio, acepta sufrir. Cuando ve el mal, no se  venga, sino que se entristece. Y aquel “más le valdría a ese hombre no haber nacido” no es una condena  impuesta a priori, sino una verdad que cada uno de nosotros puede reconocer: si renegamos del amor que nos ha engendrado, si traicionando nos volvemos infieles a nosotros mismos, entonces realmente  perdemos el sentido de nuestra venida al mundo y nos autoexcluimos de la salvación.

Sin embargo, precisamente allí, en el punto más oscuro, la luz no se apaga. Es más, comienza a  brillar. Porque si reconocemos nuestro límite, si nos dejamos tocar por el dolor de Cristo, entonces  podemos finalmente nacer de nuevo. La fe no nos evita la posibilidad del pecado, sino que nos ofrece  siempre una vía para salir: la de la misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros podemos preguntarnos hoy, con sinceridad:  “¿Seré yo?”. No para sentirnos acusados, sino para abrir un espacio a la verdad en nuestro corazón. La  salvación comienza aquí: en la conciencia de que podremos ser nosotros los que rompamos la confianza  en Dios, pero que podemos ser también nosotros los que la recojamos, la custodiemos y la renovemos.

En el fondo, esta es la esperanza: saber que, aunque podamos fallar, Dios nunca nos falla. Aunque  podamos traicionar, Él nunca deja de amarnos. Y si nos dejamos alcanzar por este amor – humilde,  herido, pero siempre fiel – entonces podemos de verdad renacer. Y empezar a vivir ya no como traidores,  sino como hijos siempre amados.