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Vivimos tiempos que huelen a Apocalipsis. Pero ¿lo son? ¿Y si no estamos al borde del fin… sino al umbral de una promesa?
En el Monte de los Olivos Jesús habló ante sus discípulos sobre el final de los tiempos: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes…” (Mt 24,7). Jesús también advierte sobre falsos profetas y persecuciones a todos aquellos que le sigan.
El escenario mundial parece sacado de los titulares del Apocalipsis —guerras, hambre, persecución y odio—; en verdad que, muchas manifestaciones del fin del mundo profetizado se hacen ver en nuestros días pero, con todo esto, hay una verdad que los cristianos no podemos olvidar: los signos de los tiempos no son anuncios de derrota, sino oportunidades de despertar.
El mundo ha vivido en convulsión
En la historia, la humanidad ha vivido pestes, imperios que se derrumbaron, persecuciones feroces, cristianos en catacumbas, ciudades devastadas por conquistas imperialistas o por bombas atómicas; genocidios silenciosos y otros muy visibles y, en medio del caos, de la incertidumbre, del miedo, han surgido grandes santos, innumerables mártires; madres heróicas, jóvenes valientes, comunidades enteras que han abrazado la cruz sin soltar la esperanza.
Hoy, como ayer, las señales están ahí. Pero la clave no está en temerlas, sino en leerlas con ojos de fe. Porque si hay “signos”, es porque Dios aún habla.
“Cuando vean todas estas cosas, sabrán que el Hijo del Hombre está cerca” (Mt 24,33). Lo cual tampoco es una mala noticia, es decir, los cristianos esperamos a Jesús quien, finalmente, redimirá a toda la creación. Lo decimos en cada Misa: “Ven Señor Jesús” (Ap 22,20).
Y es que Jesús no habla del final del mundo en el sentido de miedo o escándalo, sino como un llamado a permanecer firmes y fieles cuando llegue la tormenta pues, el Señor, insiste: “Pero el que persevere hasta el final, ese se salvará” (Mt 24,13).
¿A qué nos llama el final de los tiempos o los signos actuales?
El final del mundo no implica, necesariamente, una destrucción de parte de Dios de la humanidad y el planeta, como muchas películas muestran o nos hacen creer. No es destrucción, es renovación, un cambio radical en el mundo, cuando el mal será definitivamente vencido… ¡es un motivo para alegrarnos y llenarnos de esperanza!
Para el Papa Benedicto XVI, la escatología ha de leerse como “lámpara y espejo” —es decir, ilumina la vida cristiana y exige una lectura que oriente la esperanza, no la histeria. Por lo tanto, para la Iglesia, hablar del final de los tiempos es consuelo teológico, no panfleto apocalíptico.
Los signos de los tiempos, son, entonces, un llamado a la conversión individual y colectiva; a vivir con mayor vigilancia, compasión y fe pues, Jesús no dice: “calculen”, dice “velen y hagan oración”. En lugar de adivinar fechas o llenarnos de temor, Cristo nos invita a reconocer su presencia en medio del caos del mundo. A no desesperar. A no ceder al miedo. A ver el dolor como preámbulo de algo nuevo, como dolores de parto, no de muerte (cf. Mt 24,8).
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Fuente: Aleteia


















