Buenos Aires, jueves 30 mayo (PR/24) –En la ciudad de Rotterdam, Países Bajos, se está llevando a cabo el World Seed Congress. Organizado por la International Seed Federation, que celebra sus 100 años, el evento se realiza desde el 26 al 30 de mayo.
En el día ayer, se realizó la Asamblea General de la ISF, donde se aprobó todo lo realizado durante 2023 y se eligieron al nuevo Presidente Arthur Attavar de India; y Vicepresidenta a Lorena Basso, de Argentina, primera mujer y primera argentina en asumir este cargo.
“Por suerte los tiempos cambiaron, antes éramos pocas mujeres en las mesas directivas y el desafío era ser escuchadas. Hoy hay más mujeres en el sector con roles importantes, aún somos pocas pero confío que en un futuro próximo vamos a ser más dejaremos de tener el tema ´mujeres´ en las agendas.”, aseguró Basso.
Y agregó: “Mi foco ahora está en conectar lo nacional con lo internacional, en integrar Argentina con la región, en cómo ayudar a nuestro país desde ese otro lugar”.
Basso fue presidenta de la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA) entre 2019 y 2023. Asimismo lidera Basso Semillas, una empresa fundada en 1931 que se dedica a la investigación, producción y venta de maíz pisingallo, maíz dulce y semillas de zapallos.
La ISF es una organización no gubernamental sin fines de lucro que representa los intereses de sus miembros desde 1924 y es ampliamente considerada como la voz de la industria mundial de semillas.
Asociación de Semilleros Argentinos
ASA es la organización del sector semillero más antigua de la Argentina. Sus socios son compañías semilleras familiares, nacionales, cooperativas y multinacionales relacionadas con la obtención de nuevas variedades, biotecnología, producción y distribución de semillas.
Buenos Aires, lunes 28 mayo (PR/24) — Especialistas del INTA y del INTI -en el marco del Programa Argentino de Carbono Neutro (PACN)- desarrollaron un calculador de huella de carbono que mide todos los factores involucrados desde la semilla hasta el producto final en la cadena productiva de cebada y malta, y de la cerveza envasada. Este software es una herramienta público-privado que brinda información precisa para la toma de decisiones estratégicas que favorezcan la mitigación climática. Este logro se suma a los calculadores de maíz, sorgo, soja, girasol, trigo y lácteos.
La huella de carbono es un indicador ambiental que refleja la cantidad de gases de efecto invernadero (GEI) que emite un individuo, una organización, evento o producto. Para calcularla se recopilan los datos de consumos directos e indirectos de insumos materiales y energía, traducidos en emisiones de gases equivalentes al dióxido de carbono.
Con el objetivo de conocer el impacto ambiental de toda la cadena productiva de la cebada, la malta y la cerveza, especialistas del INTA y del INTI -en el marco del Programa Argentino de Carbono Neutro (PACN)- desarrollaron un calculador desde la producción primaria hasta la distribución doméstica en frío de una lata de cerveza. Además, obtuvieron un manual de uso para el calculador y un manual de buenas prácticas ambientales (MBPA).
Para Rodolfo Bongiovanni -coordinador del proyecto “Diseño y desarrollo de sistemas sostenibles” del INTA- “contar con esta información precisa permite tomar decisiones estratégicas que favorezcan la mitigación climática”. Según el investigador, “este desarrollo público-privado es una herramienta fundamental para comprender los procesos que involucran diferentes prácticas durante la producción de cebada, malta y cerveza”.
“Estamos poniendo a disposición de las empresas un software para calcular la huella de carbono de ocho productos individualizados de la cadena de valor de la cebada, de la malta y de la cerveza en lata. Seis son en el campo, dos de maltería y tres de cervecería”, detalló el técnico del INTA.
Para Bongiovanni, “este desarrollo permite dos grandes posibilidades: por un lado, posicionar a aquellas empresas amigables con el ambiente, con buena imagen, sustentables y con responsabilidad social empresaria. Por otro, generar un valor agregado ambiental y ponerle un valor a lo que los consumidores están dispuestos para pagar. Ambas alternativas son voluntarias y dependerán de los objetivos que tienen las empresas”.
El equipo de especialistas, junto con las empresas miembro de la Mesa de Cebada del PACN, obtuvo una serie de herramientas de cálculo y gestión de huella de carbono por producto de la mesa sectorial. “A partir del trabajo articulado, se desarrolló un calculador de la huella de carbono para toda la cadena productiva de cebada, un manual de uso de dicho calculador y un manual de buenas prácticas ambientales (MBPA) tanto agrícolas como industriales para la cadena productiva de la cebada”, puntualizó Bongiovanni.
A su vez, el investigador explicó que “el calculador está basado y alineado a los estándares ISO 14040-14044 de ciclo de vida e ISO 14067 de huella de carbono de producto, lo que permite un manejo autónomo e independiente por parte del usuario”. En esta línea, detalló que “la herramienta facilita la opción de cálculo de remociones de carbono en suelo sea a través de mediciones propias, alineadas a la guía metodológica FAO, mediante estimaciones de nivel 1 y 2 del IPCC. También incorpora la posibilidad de analizar la existencia de forestaciones de servicio incluidas en los campos productores”.
Por otra parte, el Manual de Buenas Prácticas Ambientales resume un conjunto de acciones de diversa magnitud relevadas de entre las empresas miembro y a escala internacional para que el usuario del Calculador del PACN pueda seleccionar actividades de mitigación de la huella de carbono en función de los resultados obtenidos. A su vez, el manual se vincula con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (ODS), así como con los indicadores del Global Reporting Initiative (GRI).
Con respecto a las estrategias para mitigar los impactos, Bongiovanni detalló que el manual de buenas prácticas ambientales cuenta con una serie de herramientas para minimizar las emisiones de gases de efecto invernadero, desde la huella de carbono directa, que implica una mayor eficiencia en el uso de recursos, como así también disminuir la generación de los residuos y generar mayor valor agregado.
A su vez, hay recomendaciones para reducir la huella de carbono directa e indirecta en la logística, mediante la implementación de equipos y servicios amigables con el ambiente. Otra forma también de reducir la huella de carbono indirecta es mediante acciones de sensibilización y de capacitación para todos los actores de la cadena.
Un calculador, decenas de factores
“El calculador de huellas de carbono realmente es muy completo porque incluye todos los aspectos de la cadena productiva, desde el grano en el campo hasta la cerveza en la góndola”, señaló Bongiovanni. “El método de estudio que nosotros aplicamos se llama análisis de ciclo de vida, porque no es una foto solamente de lo que estoy viendo en este momento en la realidad, sino que incluye todo el ciclo de vida, todo el impacto de los insumos que ingresan de alguna forma al sistema, como así también de todas las emisiones que salen al aire, agua o suelo”, agregó.
En este sentido, puntualizó que en el campo se miden las semillas, la forma en que se siembra, los fertilizantes, herbicidas, insecticidas, fungicidas, los envases de los agroquímicos en los que vienen los productos, la energía, así como los vectores energéticos: consumo de gasoil, electricidad, gas natural y hasta el plástico de los silos bolsas.
Además, se mide qué ocurre con el rastrojo del cultivo que también son emisores de gases de efecto invernadero y cuál es el destino final de todos esos insumos que ingresaron. A su vez, se consideran los transportes que hay de todos esos insumos hacia el campo, así como el traslado desde el campo hasta el acopio o hasta el puerto de esos granos.
“También consideramos las remociones como lo dice la norma ISO 14067 que es la base de todo este cálculo, las que pueden ocurrir a través de la forma en que se maneja el suelo o también a través de la forestación de servicio”, detalló el especialista del INTA.
Una vez en la maltería, se miden todos los insumos que ingresan al sistema, la energía utilizada, los envases y embalajes, el transporte, los residuos, cómo se los procesa si es que hay procesamiento, los efluentes, el consumo de energía también y en la cervecería algo similar.
Autor: Ing. Agr. Antonella Fiore Prospectiva – Aapresid
Las abejas contribuyen a la seguridad alimentaria mundial y al equilibrio de los ecosistemas.
Buenos Aires, 23 de mayo (PR/24) .- La Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró el 20 de mayo como el día Mundial de las abejas para crear conciencia sobre la importancia de los polinizadores, las amenazas a las que se enfrentan y su contribución al desarrollo sostenible.
Albert Einstein dijo una vez “Si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, a la humanidad le quedarían cuatro años de vida”. Si bien la frase puede sonar fatalista, nos da una dimensión del papel fundamental que cumplen las abejas en la polinización, en la agricultura y, por ende, en la alimentación humana.
La seguridad alimentaria está estrechamente ligada al trabajo de las abejas y otros polinizadores. Según la FAO, cerca del 75% de los cultivos mundiales que producen frutas y semillas para consumo humano dependen, al menos en parte, de los polinizadores. Estos insectos contribuyen al 35% de la producción agrícola mundial, al polinizar alrededor de 85 de los 115 principales cultivos alimentarios a nivel mundial. Se estima que 1/3 de los alimentos de nuestras despensas se han producido gracias a la polinización de las abejas.
Pero la polinización no solo beneficia a la agricultura, sino que también tiene un impacto positivo en el ambiente, ya que ayuda a mantener la biodiversidad y la vitalidad de los ecosistemas.
Este enorme “servicio al ecosistema” lo prestan a través de la “polinización”, actividad que asegura “el intercambio de genes” y la reproducción de muchas plantas cultivadas y silvestres. ¿Cómo funciona esto? Muchas especies de plantas se reporducen a través del “polen”, ese polvo amarillo que vuela en primavera y nos saca nuestros mejores estornudos.
El polen viaja a diversas distancias llevando consigo las células (y genes) de unas flores a otras, para fecundarlas y producir nuevos frutos y semillas. Pero para facilitar este proceso que ayuda a perpetuar las especies, la Naturaleza fue sabia: ciertas especies de flores evolucionaron para desarrollar texturas, colores, olores atractivos y “recompensas alimentarias” que promueven que ciertos animales e insectos polinizadores visiten estas flores, y en el camino, se lleven el polen que luego depositan al visitar nuevas flores. En el caso de las abejas, estas pueden recorrer cerca de mil metros a la redonda para la recolección de néctar y polen.
La miel
Las abejas son conocidas como las únicas y grandes productoras de miel, un alimento natural consumido por las personas desde tiempos antiguos. La apicultura, es decir, la crianza y el cuidado de las abejas del género Apis, ha sido practicada durante siglos, proporcionando no solo miel, sino también productos como jalea real, propoleo, cera y polen. Con buenos regímenes de lluvia, una colmena puede producir entre 25 kg y 30 kg de miel.
Argentina se ubica entre los tres principales productores de miel a nivel mundial, siendo el segundo mayor exportador con un volumen promedio superior a las 75.000 toneladas (tn) anuales, mientras que el consumo interno ronda las 6.000 tn promedio, según datos del sitio web oficial del gobierno argentino (www.argentina.gob.ar).
Las condiciones climáticas y los avances tecnológicos permiten obtener miel de alta calidad con diversas características que las distinguen a nivel internacional. Los productores más numerosos provienen de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe. No obstante, la apicultura argentina es una actividad con marcado perfil federal, desarrollándose en 22 provincias y generando impacto en las economías locales, dado que los productores suelen residir cerca de donde desarrollan sus actividades.
La sociedad de la colmena
Otro distintivo de las abejas es que conviven en sociedades o grupos muy organizados. Los individuos de cada colonia se organizan y dividen para realizar tareas de reproducción, cuidado de las crías, recolección de polen y néctar, mantenimiento de la colmena y defensa de su colonia.
Además, han desarrollado un increíble lenguaje que les permite comunicarse. En el siglo pasado, el biólogo Karl von Frisch logró descifrar el mensaje de su danza comunicativa, trabajo que lo llevó a recibir el premio Nobel de Medicina en 1973.
Estas danzas sirven para informar sobre la presencia de alimento a distintas distancias con una precisión increíble: detrás del tipo de danza, velocidad de los movimientos, duración y trayectoria de cada tramo del “repertorio” se esconde información sobre la distancia de la fuente de alimento, localización respecto de la posición del Sol y duración del recorrido.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Lo que en la novela de Philip Dick era ciencia ficción, hoy de alguna forma se hace realidad con las abejas. Desde hace algunos años, un grupo de científicos alemanes de la Universidad de Berlín, vienen llevando a cabo un proyecto revolucionario: el desarrollo de los “RoboBees”, nanorobots que simulan ser abejas.
Estos dispositivos biométricos están programados para imitar los característicos bailes de comunicación de estos insectos, con el fin de atraer abejas desde diferentes regiones para que estas realicen sus tareas de polinización en zonas concretas.
Tomar conciencia del rol de las abejas y otros polinizadores es el primer paso para protegerlos, en un contexto donde la conjunción del cambio climático y prácticas como el monocultivo y el mal uso de fitosanitarios, están provocando una disminución de las poblaciones de polinizadores silvestres.
Por la Dra. Virginia Busnelli, (MN 110351), Médica especialista en nutrición con orientación en obesidad. Directora del Centro de Endocrinología y Nutrición CRENYF.
Si hablamos de una bebida con un gran trasfondo cultural y social, muchas veces símbolo de tranquilidad, disfrute y oportunidad para deleitarnos con diversos sabores, hablamos del té. El 21 de mayo es su día, es el Día Internacional del té, en donde se busca celebrar y valorizar esta tradicional bebida, no solo a partir de sus propiedades y simbolismo, sino también reconociendo su papel como generador de trabajo y sustento económico para miles de familias en el mundo.
El té acompaña nuestro día a día desde hace muchos años, su consumo varía dependiendo de cada persona y cultura, están los que lo prefieren frio, caliente, saborizado, en diferentes partes del día y momentos del año… aprendamos algunas particularidades sobre esta fiel infusión:
El té es la bebida más consumida del mundo, después del agua.
Decimos que el té es una “bebida milenaria” ya que su descubrimiento fue hace unos 5000 años en China.
Es una infusión que se obtiene de las hojas de una planta denominada Camellia Sinensis, arbusto que hoy crece en plantaciones de distintas partes del mundo.
Dependiendo del procesamiento de las hojas, el grado de oxidación y/o fermentación podríamos hablar de distintos tipos de té: blanco, verde, oolong (azul), amarillo, rojo y negro.
El té verde es el que posee mayor cantidad de principios activos con propiedades antioxidantes para nuestra salud.
Hay estudios que relacionan el consumo de diferentes tipos de té con la prevención y el tratamiento de numerosas enfermedades.
El té es más que solo la acción de derramar agua caliente sobre unas hojas, representa un patrimonio cultural antiguo y es motor de desarrollo económico.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) la producción del té contribuye al desarrollo socioeconómico y representa una fuente principal de empleo e ingresos para millones de familias pobres de todo el mundo.
El té nos reúne, nos invita a compartir alrededor de la mesa, nos acompaña en nuestros momentos de silencio, estudio, lectura, distención y porque no, de series y películas. El té puede ser nuestro aliado a la hora de calmar y frenar.
Como ya dijimos el té es una de las bebidas más consumidas pero son pocos los que la consumen diariamente en su estado más puro y natural. Lo ideal es poder adquirir hojas de té no procesadas y no endulzar la bebida con azúcar o edulcorantes… ¡Animate!
Hoy, con un té en mano, disfrutemos de esta milenaria bebida y apoyemos a aquellos productores que trabajan de una manera más sostenible, amable con el medio ambiente y con sus trabajadores y que hacen que esta infusión nos siga acompañando.
Autora: Ing. Agr. Antonella Fiore | Prospectiva – Aapresid
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró el 20 de mayo como el día Mundial de las abejas para crear conciencia sobre la importancia de los polinizadores, las amenazas a las que se enfrentan y su contribución al desarrollo sostenible.
Albert Einstein dijo una vez “Si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, a la humanidad le quedarían cuatro años de vida”. Si bien la frase puede sonar fatalista, nos da una dimensión del papel fundamental que cumplen las abejas en la polinización, en la agricultura y, por ende, en la alimentación humana.
La seguridad alimentaria está estrechamente ligada al trabajo de las abejas y otros polinizadores. Según la FAO, cerca del 75% de los cultivos mundiales que producen frutas y semillas para consumo humano dependen, al menos en parte, de los polinizadores. Estos insectos contribuyen al 35% de la producción agrícola mundial, al polinizar alrededor de 85 de los 115 principales cultivos alimentarios a nivel mundial. Se estima que 1/3 de los alimentos de nuestras despensas se han producido gracias a la polinización de las abejas.
Pero la polinización no solo beneficia a la agricultura, sino que también tiene un impacto positivo en el ambiente, ya que ayuda a mantener la biodiversidad y la vitalidad de los ecosistemas.
Este enorme “servicio al ecosistema” lo prestan a través de la “polinización”, actividad que asegura “el intercambio de genes” y la reproducción de muchas plantas cultivadas y silvestres. ¿Cómo funciona esto? Muchas especies de plantas se reproducen a través del “polen”, ese polvo amarillo que vuela en primavera y nos saca nuestros mejores estornudos.El polen viaja a diversas distancias llevando consigo las células (y genes) de unas flores a otras, para fecundarlas y producir nuevos frutos y semillas. Pero para facilitar este proceso que ayuda a perpetuar las especies, la Naturaleza fue sabia: ciertas especies de flores evolucionaron para desarrollar texturas, colores, olores atractivos y “recompensas alimentarias” que promueven que ciertos animales e insectos polinizadores visiten estas flores, y en el camino, se lleven el polen que luego depositan al visitar nuevas flores. En el caso de las abejas, estas pueden recorrer cerca de mil metros a la redonda para la recolección de néctar y polen.La miel
Las abejas son conocidas como las únicas y grandes productoras de miel, un alimento natural consumido por las personas desde tiempos antiguos. La apicultura, es decir, la crianza y el cuidado de las abejas del género Apis, ha sido practicada durante siglos, proporcionando no solo miel, sino también productos como jalea real, propoleo, cera y polen. Con buenos regímenes de lluvia, una colmena puede producir entre 25 kg y 30 kg de miel.
Argentina se ubica entre los tres principales productores de miel a nivel mundial, siendo el segundo mayor exportador con un volumen promedio superior a las 75.000 toneladas (tn) anuales, mientras que el consumo interno ronda las 6.000 tn promedio, según datos del sitio web oficial del gobierno argentino (www.argentina.gob.ar).
Las condiciones climáticas y los avances tecnológicos permiten obtener miel de alta calidad con diversas características que las distinguen a nivel internacional. Los productores más numerosos provienen de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe. No obstante, la apicultura argentina es una actividad con marcado perfil federal, desarrollándose en 22 provincias y generando impacto en las economías locales, dado que los productores suelen residir cerca de donde desarrollan sus actividades.
La sociedad de la colmena
Otro distintivo de las abejas es que conviven en sociedades o grupos muy organizados. Los individuos de cada colonia se organizan y dividen para realizar tareas de reproducción, cuidado de las crías, recolección de polen y néctar, mantenimiento de la colmena y defensa de su colonia.
Además, han desarrollado un increíble lenguaje que les permite comunicarse. En el siglo pasado, el biólogo Karl von Frisch logró descifrar el mensaje de su danza comunicativa, trabajo que lo llevó a recibir el premio Nobel de Medicina en 1973.
Estas danzas sirven para informar sobre la presencia de alimento a distintas distancias con una precisión increíble: detrás del tipo de danza, velocidad de los movimientos, duración y trayectoria de cada tramo del “repertorio” se esconde información sobre la distancia de la fuente de alimento, localización respecto de la posición del Sol y duración del recorrido.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Lo que en la novela de Philip Dick era ciencia ficción, hoy de alguna forma se hace realidad con las abejas. Desde hace algunos años, un grupo de científicos alemanes de la Universidad de Berlín, vienen llevando a cabo un proyecto revolucionario: el desarrollo de los “RoboBees”, nanorobots que simulan ser abejas.
Estos dispositivos biométricos están programados para imitar los característicos bailes de comunicación de estos insectos, con el fin de atraer abejas desde diferentes regiones para que estas realicen sus tareas de polinización en zonas concretas.
Tomar conciencia del rol de las abejas y otros polinizadores es el primer paso para protegerlos, en un contexto donde la conjunción del cambio climático y prácticas como el monocultivo y el mal uso de fitosanitarios, están provocando una disminución de las poblaciones de polinizadores silvestres.
El plástico que se ‘autodestruye’: bacterias con una dieta basada en plástico ayudan a reducirlo. Un estudio de la Universidad de California (EE. UU.) lo ha probado incrustando estas bacterias en el poliuretano termoplástico (TPU), el resultado es que se ‘autodestruye’ después de entrar en contacto con el suelo y la humedad.
Buenos Aires, lunes 13 de mayo (PR/24) .- El Programa para el medio ambiente de la ONU estima que cerca de 7.000 millones de los 9.200 millones de toneladas de plástico producidas entre 1950 y 2017 se han convertido en residuos que acabaron en vertederos. En su informe ‘Cerrar el grifo: cómo el mundo puede poner fin a la contaminación por plásticos y crear una economía circular’ propone soluciones para reducir esta contaminación en un 80 % para 2040, entre las que se encuentran las tres erres: reducir, reutilizar y reciclar.
Para contribuir a reducir este problema, un equipo científico de la Universidad de California en San Diego (EE. UU.) ha incrustado esporas bacterianas de una cepa de Bacillus subtilis al poliuretano termoplástico (TPU, por sus siglas en inglés) que tienen la capacidad de permanecer latentes durante la vida útil del plástico, pero que se ‘despiertan’ y ayudan a descomponerlo cuando se quiere eliminar este material.
Este componente es común en productos como calzado, carcasas de móviles o piezas de coches. Sin embargo, en la actualidad no existe un flujo de reciclaje para los poliuretanos y la mayoría termina como residuo en vertederos o se filtra al medio ambiente al final de su vida útil.
“Las esporas que hemos utilizado fueron seleccionadas y diseñadas específicamente para el TPU. Sin embargo, la técnica de extrusión para fundirlo y moldearlo es versátil y puede utilizarse para procesar muchos otros polímeros. Esto significa que, si podemos fabricar esporas que funcionen para otros plásticos, nuestro método puede aplicarse a más materiales”, dice Han Sol Kim, científico de la Universidad de California en San Diego (EE. UU.) y coautor del estudio que publica la revista Nature Communications.
De esta forma, los autores sugieren que este enfoque puede ofrecer esperanza para mitigar la contaminación plástica global y que el nuevo tipo de bioplástico podría ayudar a reducir la huella medioambiental de esta industria.
“La técnica de extrusión para incluir las esporas en los plásticos consiste en fundir polímeros en estado líquido mediante la aplicación de calor y cizallamiento [fuerzas paralelas en sentido contrario] para facilitar la mezcla de diversos aditivos que mejoran sus propiedades. Añadimos esporas como ‘aditivo biofuncional’ al TPU fundido”, añade el científico.
Bacterias ‘inactivas’ hasta entrar en contacto con el suelo y la humedad
A diferencia de las esporas de hongos, que cumplen una función reproductiva, las esporas bacterianas tienen un escudo proteico protector que permite a las bacterias sobrevivir en estado vegetativo.
“Pueden permanecer latentes durante muchos años hasta que se exponen a entornos favorables que les permiten prosperar. Por ejemplo, la humedad y los nutrientes del suelo son buenos desencadenantes de la germinación de las esporas. Esto significa que es probable que estas permanezcan inactivas hasta que detecten estas características del suelo, que son escasos durante la vida útil del plástico”, explica Sol Kim.
Para evaluar la biodegradabilidad del material, pusieron las tiras en entornos con abono tanto con microbios activos como estériles. Las instalaciones de compost se mantuvieron a 37 grados centígrados con una humedad relativa que oscilaba entre el 44 y el 55 %. El agua y otros nutrientes del compost provocaron la germinación de las esporas dentro de las tiras de plástico, que alcanzaron una degradación del plástico en un 90 % en cinco meses.
“Los plásticos biodegradables suelen debilitar las propiedades mecánicas de los polímeros, lo que limita sus aplicaciones y su vida útil. No obstante, el TPU utilizado en esta investigación es un elastómero especial con una solidez excepcional. Añadiendo esporas como bioaditivo, mejoramos aún más su firmeza a la vez que facilitamos su degradación”, asegura el experto.
«Ambas propiedades mejoran enormemente simplemente añadiendo las esporas», señala Jon Pokorski, profesor de nanoingeniería en la Escuela de Ingeniería Jacobs de UC San Diego y codirector del Centro de Ingeniería y Ciencia de Investigación de Materiales (MRSEC). «Esto es fantástico porque la adición de esporas lleva las propiedades mecánicas más allá de las limitaciones conocidas, donde antes existía un equilibrio entre resistencia a la tracción y capacidad de estiramiento».
Por su parte, Sol Kim no prevé ningún obstáculo importante para ampliar la producción de plásticos con esporas: “La extrusión es una técnica de procesamiento de polímeros muy utilizada en la industria, y las esporas ya se comercializan como suplementos probióticos comestibles. Dado que menos del 1 % de adición de esporas es suficiente para desarrollar TPU resistentes y degradables, el coste de producción no sería muy superior al del tradicional”.
Respecto al material que queda tras la degradación plástica, los investigadores indican que cualquier espora bacteriana que quede “probablemente sea inofensiva”. Bacillus subtilis se utiliza en probióticos y se suele considerar segura en humanos y animales, de hecho, en algunos casos puede ser beneficiosa para la salud de las plantas.
El plástico que se ‘autodestruye’
Hasta ahora, el grupo de científicos se ha centrado en producir cantidades pequeñas a escala de laboratorio para comprender la viabilidad, pero en el futuro esperan optimizar el enfoque para su uso a gran escala. En este sentido, buscan aumentar la producción a cantidades de kilogramos y evolucionar las bacterias para que la descomposición sea más rápida y se pueda usar en otro tipo de plásticos.
«Hay muchos tipos diferentes de plásticos comerciales que terminan en el medio ambiente; el TPU es solo uno de ellos. Uno de nuestros próximos pasos es ampliar el alcance de los materiales biodegradables que podemos fabricar con esta tecnología«, argumenta Adam Feist, de la misma universidad.
“Actualmente, no existe una corriente de reciclaje para el TPU. Aunque puede recogerse en la categoría 7 del código de identificación de resinas, los plásticos de esta categoría suelen considerarse no reciclables. Por ello, nos hemos centrado en programar la biodegradación del TPU”, concluye Sol Kim.