A propósito, el Evangelio que acaba de proclamarse nos provoca a examinar con atención nuestro vínculo con el Señor y, por lo tanto, entre nosotros. Jesús plantea una alternativa clarísima entre Dios y la riqueza, pidiéndonos que tomemos una posición clara y coherente. «Ningún siervo puede servir a dos señores», por eso «no podéis servir a Dios y al dinero» (cf. Lc 16,13).
Por eso Jesús contrapone precisamente la riqueza a Dios: el Señor habla así porque sabe que somos criaturas necesitadas, que nuestra vida está llena de carencias. Desde que nacemos, pobres, desnudos, todos tenemos necesidad de cuidados y afecto, de una casa, de alimento, de vestido.
La sed de riqueza corre el riesgo de ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón, cuando creemos que es ella la que salva nuestra vida, como piensa el administrador deshonesto de la parábola (cf. Lc 16,3-7). La tentación es esta: pensar que sin Dios igualmente podríamos vivir bien, mientras que sin riqueza estaríamos tristes y agobiados por mil necesidades.
Ante la prueba de la necesidad nos sentimos amenazados, pero en lugar de pedir ayuda con confianza y compartir con fraternidad, tendemos a calcular, a acumular, volviéndonos suspicaces y desconfiados hacia los demás.
Por el contrario, Dios destina los bienes de la creación a todos. Nuestra indigencia de criaturas atestigua entonces una promesa y un vínculo de los que el Señor se hace cargo en primera persona. El salmista describe este estilo providente: Dios «se inclina para mirar sobre los cielos y la tierra»; Él «levanta del polvo al débil, del estiércol alza al pobre» (Sal 113,6-7).
Así actúa el Padre bueno, siempre y hacia todos: no solo hacia quien es pobre de bienes materiales, sino también hacia aquella miseria espiritual y moral que aflige a los poderosos como a los débiles, a los indigentes como a los ricos.
Entonces se abrirán nuestras mentes: para proyectar una sociedad mejor, no para buscar negocios al mejor precio. Como escribe san Pablo: «Ante todo recomiendo que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que tienen autoridad» (1 Tim 2,1).
Hoy, en particular, la Iglesia ora para que los gobernantes de las naciones estén libres de la tentación de usar la riqueza contra el hombre, transformándola en armas que destruyen a los pueblos y en monopolios que humillan a los trabajadores.
Las Sagradas Escrituras arrojan luz sobre este apego a los bienes materiales, que confunde nuestro corazón y distorsiona nuestro futuro.
Queridísimos, les agradezco porque, de diversas maneras, colaboran para mantener viva la comunidad de esta parroquia y ejercen también un generoso apostolado. Los animo a perseverar con esperanza en un tiempo gravemente amenazado por la guerra.
Pueblos enteros son hoy aplastados por la violencia y aún más por un descarado desinterés que los abandona a un destino de miseria. Ante estos dramas, no queremos ser pasivos, sino anunciar con la palabra y con las obras que Jesús es el Salvador del mundo, Aquel que nos libera de todo mal.


















