Queridos hermanos y hermanas: Las palabras de Jesús nos comunican cómo Dios contempla el mundo, en cada tiempo y en cada lugar.

El Evangelio que hemos escuchado (Lc 16,19-31) nos muestra la mirada de Jesús sobre un pobre y un rico: uno muere de hambre y el otro se sacia delante de él; contempla los vestidos elegantes de uno y las llagas del otro, que hasta los perros lamen (cf. Lc 16,19-21).

Pero no sólo eso: el Señor mira el corazón de los hombres y, a través de sus ojos, reconocemos a un indigente y a un indiferente. Lázaro es olvidado por quien tiene delante, apenas más allá de la puerta de su casa, y, sin embargo, Dios está cerca de él y recuerda su nombre. El hombre que vive en la abundancia, en cambio, carece de nombre, porque pierde su propia identidad al olvidarse del prójimo. Se dispersa en los pensamientos de su corazón, lleno de cosas y vacío de amor. Sus bienes no lo hacen bueno.

El relato que Cristo nos entrega es, por desgracia, muy actual.

A las puertas de la opulencia se encuentra hoy la miseria de pueblos enteros, lacerados por la guerra y la explotación. A través de los siglos, nada parece haber cambiado: ¡cuántos Lázaros mueren delante de la codicia que olvida la justicia, del beneficio que aplasta la caridad, de la riqueza ciega ante el dolor de los pobres!

Queridísimos, por una singular coincidencia, este mismo pasaje evangélico fue proclamado precisamente durante el Jubileo de los Catequistas en el Año Santo de la Misericordia. Al dirigirse a los peregrinos que vinieron a Roma en aquella ocasión, el Papa Francisco subrayó que Dios redime al mundo de todo mal, entregando su vida para nuestra salvación. Su acción es el inicio de nuestra misión, porque nos invita a entregarnos por el bien de todos.

El Papa decía a los catequistas: «Este centro en torno al cual todo gira, este corazón palpitante que da vida a todo, es el anuncio pascual, el primer anuncio: el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, por ti ha dado su vida; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera cada día» (Homilía, 25 de septiembre de 2016). Estas palabras nos hacen reflexionar sobre el diálogo entre el hombre rico y Abraham, que hemos escuchado en el Evangelio: se trata de una súplica que el rico dirige para salvar a sus hermanos y que se convierte en un desafío para nosotros.

Pues bien, uno ha resucitado de entre los muertos: Jesucristo. Las palabras de la Escritura, entonces, no quieren decepcionarnos ni desanimarnos, sino despertar nuestra conciencia. Escuchar a Moisés y a los Profetas significa hacer memoria de los mandamientos y de las promesas de Dios, cuya providencia nunca abandona a nadie.

El Evangelio nos anuncia que la vida de todos puede cambiar, porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. Este acontecimiento es la verdad que nos salva: por eso debe conocerse y anunciarse, pero no basta. Es necesario amarlo: es ese amor lo que nos lleva a comprender el Evangelio, porque nos transforma al abrir el corazón a la Palabra de Dios y al rostro del prójimo.

Esto quiere decir que el catequista es persona de palabra, una palabra que pronuncia con su propia vida. Por eso, los primeros catequistas son nuestros padres, quienes nos hablaron primero y nos enseñaron a hablar. Así como aprendimos nuestra lengua materna, también el anuncio de la fe no puede delegarse en otros, sino que acontece allí donde vivimos. Ante todo en nuestras casas, en torno a la mesa: cuando hay una voz, un gesto, un rostro que conduce a Cristo, la familia experimenta la belleza del Evangelio.

Todos hemos sido educados en la fe mediante el testimonio de quienes creyeron antes que nosotros. De niños y adolescentes, de jóvenes, luego de adultos y también de ancianos, los catequistas nos acompañan en la fe compartiendo un camino constante, como lo habéis hecho hoy vosotros en la peregrinación jubilar.

Esta dinámica involucra a toda la Iglesia: en efecto, mientras el Pueblo de Dios engendra hombres y mujeres a la fe, «crece la comprensión, tanto de las cosas como de las palabras transmitidas, ya sea con la contemplación y el estudio de los creyentes que las meditan en su corazón (cf. Lc 2,19.51), ya con la inteligencia dada por una experiencia más profunda de las realidades espirituales, ya con la predicación de aquellos que, con la sucesión episcopal, han recibido un carisma cierto de verdad» (Const. dogm. Dei Verbum, 8). En esta comunión, el Catecismo es el “instrumento de viaje” que nos protege del individualismo y de las discordias, porque atestigua la fe de toda la Iglesia católica.

De este modo, los catequistas en-señan, es decir, dejan una huella interior: cuando educamos en la fe, no damos una simple instrucción, sino que depositamos en el corazón la palabra de vida, para que dé frutos de vida buena.

Al diácono Deogratias, que le preguntaba cómo ser un buen catequista, san Agustín respondió: «Expón todo de tal modo que quien te escucha, al escuchar crea, al creer espere y al esperar ame» (De catechizandis rudibus, 4, 8).

Queridos hermanos y hermanas, ¡hagamos nuestro este llamado! Recordemos que nadie da lo que no tiene. Si el rico del Evangelio hubiera tenido caridad hacia Lázaro, habría hecho el bien no solo al pobre, sino también a sí mismo. Si aquel hombre sin nombre hubiera tenido fe, Dios lo habría salvado de todo tormento: fue el apego a las riquezas mundanas lo que le arrebató la esperanza del bien verdadero y eterno.