Ciudad del Vaticano, domingo 19 abril (PR/26) — El Papa León XIV se trasladó en la mañana de este 19 de abril en automóvil a la explanada de Kilamba Kiaxi, en Luanda, para celebrar su primera Misa en el país africano de Angola, donde permanecerá hasta el 21 de abril.

Tras realizar un recorrido en papamóvil entre los cerca de cien mil fieles que le saludaban con entusiasmo, el Santo Padre presidió la Misa en la explanada de esta amplia zona residencial construida por China y que llegó a conocerse como “la ciudad fantasma”, debido al elevado precio de los apartamentos.

En su homilía, el Papa León XIV reflexionó sobre el Evangelio de los discípulos de Emaús, quienes habían visto morir a Jesús y necesitaban hablar de ello, aunque corrían el riesgo “de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza”, recordó.

Esta escena representa para el Santo Padre la historia de Angola, un país “bellísimo pero lastimado” por una larga guerra civil, que tiene “hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad”.

“Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre  el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo”, indicó a continuación.

A la luz de este Evangelio, el Pontífice quiso infundir esperanza al pueblo de Angola: “Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y  la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro”.

Asimismo, precisó que el Señor se acerca a los discípulos desanimados, ayudándoles a “mirar más allá del dolor” y para recordarles que no están solos en el camino.

Atentos a la magia y superstición

De este modo, el Pontífice subrayó la “certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros”, así como “el compromiso que Él nos pide”. Esta compañía, señaló, “se experimenta en la relación con Él, en la escucha de su Palabra y también en la celebración de la Eucaristía”.

En este contexto, aconsejó a los angoleños estar atentos a las formas de “religiosidad tradicional” propias de su cultura, donde existe el riesgo “de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual”.

Frente a ello, les pidió permanecer fieles a lo que enseña la Iglesia, a confiar en sus pastores y a mantener “la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía”.

 

Mirar al futuro sin miedo y con esperanza

Al dirigir su mirada a la Iglesia en el país, subrayó que Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y laicos “que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de  realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan”.

“Con la gracia de Cristo Resucitado —continuó el Pontífice— podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad”, especialmente el odio y la violencia.

“Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de  una nueva humanidad y de una nueva sociedad”, señaló.

 

 

Al finalizar la Misa, el Arzobispo de Luanda, Mons. Filomeno do Nascimento Vieira Dias, dirigió unas palabras de agradecimiento al Santo Padre. “Angola le abraza con la alegría contagiosa que le caracteriza y con la fe que hemos recibido como don y continuamos como gracia”, señaló.

Tras el tradicional intercambio de obsequios, el Papa León XIV se trasladó en automóvil a la Nunciatura Apostólica, donde almorzó en privado.

Esperanza por la tregua anunciada en Líbano

 

Al finalizar la Misa, antes de dirigir el rezo del Regina Coeli, el Santo Padre quiso manifestar su cercanía a todos aquellos que sufren, “para que incluso en el dolor permanezca viva la luz de la fe, y con ella la esperanza en un mundo mejor”.

Ante los cientos de miles de fieles que le escuchaban desde la explanada, el Pontífice lamentó el aumento de los ataques contra Ucrania, que siguen afectando también a los civiles.

“Expreso mi cercanía a quienes sufren y aseguro mi oración por todo el pueblo ucraniano. Renuevo el llamamiento para que callen las armas y se siga el camino del diálogo”, señaló.

También mostró su esperanza por la tregua anunciada en Líbano, la cual “representa un brote de alivio para el pueblo libanés y para el Levante”.

“Aliento a quienes están trabajando por una solución diplomática a continuar los diálogos de paz, para hacer permanente el cese de las hostilidades en todo el Medio Oriente”, señaló.

Por último, recordó que “Cristo ha vencido a la muerte, y es con esta certeza que todos nosotros, unidos a Él y en Él como un solo cuerpo, hoy y cada día nos comprometemos a hacer crecer a nuestro alrededor los frutos de la Pascua, que son el amor, la verdadera justicia y la paz, más allá de todo obstáculo y dificultad”.

Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa en Kilamba, Angola

Homilía del Papa León XIV en Kimbala (Angola) | Crédito: EWTN.

El Papa León XIV presidió la celebración de la Misa en la explanada de Kilamba en su segundo día de viaje apostólico a Angola, este 19 de abril. En su homilía, el Santo Padre se refirió a “los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza” que enfrenta el país, subrayando que estas situaciones “reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Misa en Kilamba:

Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.

En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.

Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.

Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.

Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.

Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.

Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.

Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.

La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.

Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.

Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.

Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad.

 

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Fuente: ACI Prensa