El ruido, las preocupaciones y el activismo pueden alejarnos de lo esencial sin que lo notemos. Pequeñas actitudes cotidianas revelan cuándo la fe empieza a volverse superficial. Una invitación a mirar hacia adentro y recuperar un corazón abierto a Dios.

 

 

Buenos Aires, lunes 20 abril (PR/26) — Los cristianos de hoy solemos vivir con con demasiado ruido en nuestra cabeza. Las preocupaciones de la vida nos llevan a alejarnos de lo verdaderamente importante y muchas veces no queremos detenernos a escuchar lo que nos dicta nuestra conciencia: «Le perteneces a Dios y un día volverás a Él». Lo sabemos, pero se plantea una lucha entre el activismo y la espiritualidad o la práctica de la fe que muchas veces pueden endurecernos el corazón.

Nuestra Señora Reina de la Paz al inicio de sus apariciones (que continúan hasta el presente) en  Medjugorje, Bosnia – Herzegovina, dijo que quería corazones de carne y no de piedra como hay una cita al respecto en la Biblia.

Y, como cualquier enfermedad, estos son los síntomas que deben mantenerle alerta.

Señales que invitan a revisar el corazón

A veces creemos que estamos haciendo lo correcto, pero hay pequeñas actitudes que pueden indicar que nos estamos alejando sin darnos cuenta. No se trata de juzgar, sino de mirarnos con sinceridad.

1. Estar demasiado ocupado para Dios

Todo cristiano sabe que la oración es esencial. Sin embargo, muchas veces aparecen excusas para no dedicarle ni siquiera unos minutos al día. Nos sentimos ocupados, y sin notarlo, Dios queda en último lugar.

Incluso en los momentos de calma, evitamos el silencio interior. Es como cuando alguien deja de interesarnos: evitamos el encuentro. Y sin querer, podemos hacer lo mismo con el Señor.

2. Confesarse por costumbre y no desde el corazón

La confesión es una oportunidad de encuentro y conversión verdadera, pero a veces puede vivirse de manera automática, solo por cumplir.

Cuando falta el arrepentimiento sincero y el deseo de cambiar, el gesto pierde profundidad. Más que un trámite, está llamado a ser un momento de gracia, donde el corazón realmente se abre.

3. Vivir la Eucaristía con indiferencia

Asistir a la Eucaristía es mucho más que estar presentes físicamente. Puede pasar que estemos ahí, pero con la mente en otro lado, sin participar, sin orar, sin unirnos a la comunidad.

La Misa es un encuentro vivo, y cuando se vive con distancia o distracción, su riqueza no logra llegar plenamente al alma.

4. Mirar con distancia al que necesita

En la vida cotidiana, nos cruzamos con personas que necesitan ayuda. A veces, el cansancio o los prejuicios nos llevan a mirar para otro lado o a juzgar rápidamente.

Sin embargo, cada persona merece al menos una mirada, una palabra, un gesto humano. No sólo en la calle: también cerca, en casa o en el entorno, puede haber alguien esperando atención.

5. Creer que “ser buena persona” es suficiente

Puede aparecer la idea de que, como no hacemos daño a nadie, ya estamos bien. Pero la vida cristiana es más que evitar el mal: implica amar activamente, crecer, convertirse, darse.

Cuando surge la autosuficiencia, el corazón puede cerrarse sin darse cuenta. Y entonces dejamos de escuchar, de revisar, de abrirnos a lo más profundo.

Una invitación a mirar hacia adentro

No son condenas, sino llamados de atención. Todos estamos en camino, y siempre hay posibilidad de volver a empezar.

¿Te reconocés en alguna de estas situaciones?
Tal vez sea una oportunidad para reconectar, hacer silencio y volver a poner a Dios en el centro.

Mientras tengas vida hay oportunidad

Es necesario que tomemos conciencia de lo que estamos haciendo con nuestra vida interior y pidamos perdón a Dios, fomentando en nosotros lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica:

«El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: ‘Conviértenos, Señor, y nos convertiremos’ (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» (CEC 1432).

Recordemos que mientras vivamos tendremos oportunidad de convertirnos, que Dios nos bendiga.

 

 

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Fuente: basado en un artículo del sitio católico Aleteia