El ruido, las preocupaciones y el activismo pueden alejarnos de lo esencial sin que lo notemos. Pequeñas actitudes cotidianas revelan cuándo la fe empieza a volverse superficial. Una invitación a mirar hacia adentro y recuperar un corazón abierto a Dios.
Buenos Aires, lunes 20 abril (PR/26) — Los cristianos de hoy solemos vivir con con demasiado ruido en nuestra cabeza. Las preocupaciones de la vida nos llevan a alejarnos de lo verdaderamente importante y muchas veces no queremos detenernos a escuchar lo que nos dicta nuestra conciencia: «Le perteneces a Dios y un día volverás a Él». Lo sabemos, pero se plantea una lucha entre el activismo y la espiritualidad o la práctica de la fe que muchas veces pueden endurecernos el corazón.
Nuestra Señora Reina de la Paz al inicio de sus apariciones (que continúan hasta el presente) en Medjugorje, Bosnia – Herzegovina, dijo que quería corazones de carne y no de piedra como hay una cita al respecto en la Biblia.
Y, como cualquier enfermedad, estos son los síntomas que deben mantenerle alerta.
Es necesario que tomemos conciencia de lo que estamos haciendo con nuestra vida interior y pidamos perdón a Dios, fomentando en nosotros lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica:
«El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: ‘Conviértenos, Señor, y nos convertiremos’ (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» (CEC 1432).
Recordemos que mientras vivamos tendremos oportunidad de convertirnos, que Dios nos bendiga.
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Fuente: basado en un artículo del sitio católico Aleteia






















