Desde los viñedos de altura en el norte hasta la frescura patagónica, Argentina ofrece un itinerario enológico que combina bodegas de vanguardia, gastronomía de autor y paisajes imponentes.

Buenos Aires, martes 5 de mayo (PR/26) .- Explorar la Argentina a través de sus copas es sumergirse en una de las rutas más fascinantes de Sudamérica. Este recorrido no es simplemente una acumulación de visitas a bodegas; es un equilibrio perfecto entre la geografía, la altitud y la identidad de cada terruño. Es un viaje que se recuerda tanto por la retina como por el paladar, donde la experiencia cambia drásticamente al ritmo del relieve.

Mendoza: El epicentro de la tradición y la innovación

Mendoza es la gran puerta de entrada y el corazón vitivinícola del país, concentrando más del 70% de la producción nacional. En zonas como Luján de Cuyo y Maipú, el viajero puede optar por recorridos en bicicleta entre viñedos históricos o disfrutar de almuerzos con maridaje frente a la majestuosa Cordillera de los Andes. Es aquí donde la gastronomía se vuelve inseparable del paisaje, ofreciendo desde bodegas boutique hasta proyectos arquitectónicos contemporáneos de nivel internacional.

Valle de Uco: Altura y sofisticación

Si Mendoza es la puerta, el Valle de Uco es el destino para bajar el ritmo. Regiones como Paraje Altamira, Los Chacayes o Gualtallary se han consolidado como polos de vinos premium. Bodegas como Zuccardi Valle de Uco y Salentein son referentes mundiales no solo por su calidad enológica, sino por su arquitectura integrada al entorno. La recomendación experta es dedicar al menos una noche a esta zona para ver caer el sol sobre los viñedos y disfrutar del silencio andino.

Cafayate: El carácter del desierto y la altura

Hacia el norte, en los Valles Calchaquíes, el paisaje se vuelve árido y rojizo. Llegar a Cafayate a través de la Quebrada de las Conchas es una experiencia escénica en sí misma. Bajo un cielo que presume más de 300 días de sol al año, el Torrontés se convierte en el protagonista absoluto. Las catas a altitudes que superan los 1.500 metros ofrecen una atmósfera luminosa y distinta, donde el vino se entiende en perfecta sintonía con la aridez del entorno.

Patagonia: Frescura en el fin del mundo

Finalmente, la ruta se abre hacia el sur. En Neuquén y Río Negro, los viñedos aparecen entre mesetas y horizontes infinitos. Esta es la cara menos obvia y más tranquila del vino argentino. Aquí, la luz es más limpia y los vientos patagónicos aportan una frescura singular a las cepas. Es el cierre ideal para un itinerario que demuestra que, en Argentina, cada valle tiene una historia diferente que contar.

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Fuente: Agencia NA