Reflexión para meditar sobre San José, obrero. Los temas propuestos son: la normalidad de la Sagrada Familia; trabajar bien y servir a los demás; el trabajo se ordena al amor.

Esta es una nota especial de Desarrollo Humano de Primicias Rurales, editada con calidez para honrar la figura del trabajador en este 1 de mayo. Foto hecha por IA

Buenos Aires, 1 mayo (PR/26) — En el día de su memoria, reflexionamos sobre la vida del artesano de Nazaret, San José, quien transformó el esfuerzo diario en una misión divina de servicio y amor.

La memoria de San José Obrero nos transporta a Nazaret, aquel momento en que Jesús regresó a su hogar tras predicar y realizar milagros. Al hablar en la sinagoga, sus vecinos reaccionaron con recelo: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano?». Aunque San José ya había fallecido,se calcula que cuando Jesús tenía unos 20 años.

Para los habitantes del pueblo, anclados en lo que ya conocían, fue difícil ver lo sobrenatural. Sin embargo, esa reacción confirma la normalidad de la Sagrada Familia. A los ojos de la gente eran una familia más, corriente y trabajadora, sin detalles llamativos, llevando una vida hecha de años de trabajo siempre igual.

Una existencia sencilla con dimensiones insospechadas

 

 

Al considerar a San José en su dimensión de trabajador, lo primero que resalta es su existencia sencilla. Como se preguntaba San Josemaría Escrivá: «¿Qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo».

Pero el nombre de José significa, en hebreo, “Dios añadirá”. Dios añade dimensiones insospechadas a la vida de quienes cumplen su voluntad. Dios nos confía una misión muy grande escondida en la normalidad de nuestra vida cotidiana, añadiendo su gracia a nuestra colaboración humilde.

El taller de Nazaret: Colaboración con la Creación

Nazaret era un conjunto de casas en la ladera de un monte, una aldea de pocos centenares de personas dedicadas al campo. Nunca faltaba un artesano como José, que trabajaba la madera para vigas, puertas, instrumentos de labranza o utensilios domésticos.

José necesitaba trabajar para sacar adelante a su familia y para vivir con dignidad, con el gozo de colaborar con Dios en el desarrollo del mundo. Todo trabajo bien hecho es una forma de colaboración social y expresión del cuidado de Dios hacia cada persona. «El trabajo humano es la vocación del hombre recibida de Dios al final de la creación del universo».

El espíritu de servicio en el oficio

Ese saber realizar el propio oficio debe estar informado por el espíritu de servicio. El trabajo de José no buscaba la autoafirmación; él trabajaba pensando en Jesús, en María y en el bien de todos los habitantes de Nazaret.

Era una labor orientada a hacer agradable la vida a las demás familias, acompañada de una sonrisa o una palabra amable que devuelve la fe a quien está a punto de perderla. José santificó esa vida normal, con sus alegrías y las inevitables asperezas, como los apuros económicos o el trato con clientes difíciles.

El trabajo como manifestación del amor

Nada nos ha quedado de los enseres que fabricó San José con sus manos, pero sigue vigente el amor que puso en ellos. «El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor». Su amor a la familia lo impulsaba a trabajar con intensidad y detalle.

En este día, cabe preguntarnos: ¿Es el amor a Dios y a los demás lo que nos impulsa a trabajar bien? ¿Convertimos nuestra tarea en oración?

Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y del Santo Patriarca para que nos ayuden a que nuestro trabajo sea, cada vez más, una ocasión de servicio y encuentro con el Señor.

Primicias Rurales

Fuente: Opus Dei / IA