Sin tradición bodeguera y con mucha paciencia, Ignacio Pujante y Anabella Razetto transformaron una chacra abandonada del Alto Valle de Río Negro en un proyecto vitivinícola de alta gama. En julio llegan sus primeras botellas al mercado.
Río Negro, martes 30 juniio (PR/26)–«No venimos del vino, elegimos el vino«. Con esa frase, Ignacio Pujante resume siete años de trabajo, paciencia y convicción. Él y su esposa Anabella Razetto son abogados —él nacido en Neuquén, ella en Buenos Aires— y decidieron construir desde cero un emprendimiento vitivinícola en uno de los territorios con mayor potencial de la Patagonia: el Alto Valle de Río Negro.

La historia comenzó entre 2018 y 2019, cuando aquella idea que rondaba en la familia empezó a tomar forma. Para darle vida convocaron a un equipo de profesionales: los ingenieros agrónomos Marcelo Canatella y Fernando Enfarrell, el enólogo Mario Lascano, el encargado de chacra Miguel y la responsable de bodega Soledad. Juntos comenzaron a buscar el lugar ideal.
Una chacra olvidada donde la vid volvió a brotar
Lo encontraron entre Allen y Guerrico: una chacra de 10 hectáreas completamente abandonada que décadas atrás había albergado un viñedo. Luego vinieron las manzanas y las peras, y el viñedo quedó en el olvido. Pero las señales del pasado todavía estaban ahí.
«Recorriendo la chacra todavía aparecían algunas plantas de vid que seguían brotando«, recordó Ignacio. Esas raíces que se negaban a morir reforzaron la decisión de recuperar el lugar. Primero hubo que desmontar el terreno, reconstruir el sistema de riego y preparar el suelo. Un trabajo enorme antes de plantar la primera vid.

Cada decisión fue tomada con criterio. Eligieron plantar Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc, pero también distintas selecciones clonales de cada variedad según las características de cada parcela. La idea: poder elaborar cada sector por separado y, al momento de los cortes, tener una paleta amplia para construir vinos con mayor complejidad.
Poco volumen, mucha calidad: una filosofía diferente
Las primeras plantas se implantaron en 2022. La primera cosecha llegó recién en 2025. «Lo que imaginamos allá por 2018 y 2019 recién hoy puede apreciarse dentro de una botella», reconoció Ignacio. Esta demora no es un fracaso —es parte del plan.
El establecimiento tiene cerca de 50.000 plantas implantadas y podría producir hasta 80.000 botellas por año. Sin embargo, la meta es bien distinta: estabilizar la producción en entre 15.000 y 20.000 botellas anuales. «No nos apura el volumen ni la necesidad de vender más; queremos lograr vinos que expresen el potencial que sabemos que tiene esta región», subrayó el productor.

La primera cosecha dará origen a unas 4.500 botellas distribuidas en cuatro etiquetas y dos líneas comerciales: Arrayán y Gran Arrayán. Para julio de 2026, esas primeras botellas ya estarán en el mercado. La siguiente vendimia apunta a las 10.000 botellas.
El Alto Valle en cada copa: la identidad que buscan expresar
Para Ignacio, el gran protagonista de cada botella no es la bodega ni el enólogo: es el territorio. La amplitud térmica entre el día y la noche, el clima árido, el viento constante y la excelente sanidad del viñedo permiten obtener uvas con frescura y concentración difíciles de lograr en otros suelos.
«Eso termina notándose en el vino: son vinos frescos, con muy buena concentración y con características propias del Alto Valle», explicó.

Todos los vinos pasan parcialmente por barricas nuevas de roble francés, aunque la cantidad de madera varía según la etiqueta y la cosecha. La elaboración busca expresar lo que da el lugar, sin seguir la moda del mercado.
El nombre de la marca no es casual: Arrayán es el árbol típico de los bosques andino-patagónicos, cuya madera permanece naturalmente fresca. Esa sensación —la frescura— es la cualidad que definen como distintiva de sus vinos y de la región.
El próximo paso: una bodega propia en la chacra
Hoy elaboran en instalaciones de terceros, pero con equipamiento propio y protocolos diseñados por su equipo técnico. El objetivo mayor es construir una bodega dentro de la chacra para elaborar los vinos en el mismo lugar donde nacen las uvas y, además, abrir las puertas a quienes quieran conocer el viñedo y degustar las etiquetas en el corazón de la Patagonia.

«Elegimos todo el proceso, desde trabajar la planta hasta compartir una botella», afirmó Ignacio. «Sin esa pasión sería muy difícil sostener una actividad que requiere tantos años de trabajo y tanta paciencia». Un proyecto que tardó siete años en dar sus primeros frutos —literalmente— y que recién está empezando a mostrar de qué es capaz el Alto Valle de Río Negro.
Primicias Rurales
Fuente: Diario Río Negro Rural – Mara Díaz
















